El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 2. El Taxi.

La azafata ya había anunciado el aterrizaje. Laura estaba muy ansiosa por llegar. Hacía casi tres años que no visitaba a su familia en Sincelejo. Luego de salir del colegio “El Carmen”, el más famoso colegio privado de la Sabana, su papá, el entonces diputado por Sucre, Iván Curiel, la había enviado a estudiar Administración de Empresas en la Universidad Andina en Bogotá.

Laura sabía que algo raro había sucedido con su ingreso a esa universidad. Sus notas del colegio nunca fueron lo suficientemente altas como para ingresar a una universidad de prestigio, sus pruebas de estado fueron pésimas, por decir una palabra y no había hecho mayor cosa en el examen de ingreso.

Para el día destinado a la matricula aún no recibía notificación alguna sobre su admisión a la universidad. Sin embargo aquel día su papá la sacó de la cama a las cuatro de la mañana. Se iban para Bogotá. Ivan apenas se tomó el tiempo necesario para dejar las maletas en un hotel cerca del aeropuerto y se fue con su hija directo a la universidad sin darle la menor importancia a la fuerte lluvia que caía sobre la ciudad y al intenso frío que ella sentía meterse en medio de la ropa y le calaba hasta los huesos.

Don Iván entró a la decanatura de la Facultad de Economía y Administración. La secretaria le confirmó que el decano estaba esperándolo. Laura se sentó en un viejo sillón café en la recepción esperando noticias de su papá y enviándole mensajes de textos a sus amigas, Tatis y Dana. Las tres estaban en plena conversación, vía mensaje de texto, sobre Héctor, el nuevo novio de Dana y que ya había salido con Tatis unos meses atrás, cuando don Iván salió de la oficina con su cara de ogro amargado.

-Ven, que vas a firmar la matricula- le dijo a su hija.

Mientras firmaba el papel verde donde estaban consignadas sus asignaturas, Laura se sintió intrigada. Algo muy serio debía haber sucedido en aquella oficina para que le hubiesen permitido matricularse, y  para que su padre saliera aún mas enojado de lo que había estado durante la mañana, pero ella estaba mucho más intrigada por lo que podía estar sucediendo en Sincelejo con Tatis, Dana y Héctor. Ya se había hecho a la idea de que regresaría aquella misma tarde a la sabana y asistiría a la UPES, la única universidad privada que abría todos los días y que tenía su sede propia en la vía para Corozal. Pero las cosas dieron un giro inesperado, al menos en lo que a ella se refería.

Iván llevó a Laura al hotel  y se marchó de inmediato sin decirle una palabra. La muchacha se quedó viendo televisión  hasta bien avanzada la tarde cuando su papá apareció en la puerta de la habitación empapado hasta los huesos y de peor humor que en la mañana.

-Empaca rápido que nos vamos- dijo él.

Laura conocía muy bien el carácter de su papá y no le quedó otra que obedecer a ciegas, y aunque se moría de ganas de preguntarle para donde era que iban tan rápido, se quedó callada esperando que el cielo se apiadara de ella. Salieron a la Avenida, cerca al aeropuerto y tomaron un taxi. Laura amaba a Bogotá, pero como para ir de paseo, no para quedarse a vivir allí, ni mucho menos, le encantaba la tranquilidad que tenía en su casa en Florencia en Sincelejo, las salidas a playa en Coveñas, las veces que iban a la finca de su tío en Toluviejo y sobre todo a sus amigas del colegio, con las que había estudiado desde el jardín de niños con la profesora Rosita, de la que nunca volvió a tener noticias.

Pensando en todas esas cosas, en el calor de Sincelejo, en la comida que le hacía Patri, la empleada del servicio y en su cuarto, en su diario que había dejado oculto bajo el colchón de su cama, Laura no se dio cuenta en que momento ya habían llegado al centro, por la Jimenez. Iván la bajó del carro junto con las dos maletas que cargaban.
Entraron a una casa lúgubre donde una señora muy emperifollada los estaba esperando.

-La habitación es por acá- dijo la mujer con el fastidioso acento cachaco que tan mal le caía a Laura.

Subieron las escaleras de madera y llegaron a un pasillo lleno de bustos de hombres que habían muerto hacía decadas. Caminaron un par de pasos y la mujer abrió la puerta.

-Este es- dijo la mujer.

-Aquí te vas a quedar Laura- dijo Iván, que había cambiado su severa expresión a una más humana- yo me tengo que ir en el vuelo de esta noche, en la tarjeta hay lo suficiente para que te compres ropa y los libros que necesites en estos días, apenas entres a la universidad consigue a alguien que te explique todo, yo me encargo de mandarte algo para que le pagues y sobre todo estudia mucho, no desperdicies esta oportunidad que te estamos dando.

Laura se sintió al borde del llanto, sin embargo algo debió haberle sacado a su papá por que no lloró sino hasta que escuchó cerrarse la puerta de la calle y se enfundó en las gruesas sabanas de lana para quitarse el frio que parecía cortarle la respiración.

Ya habían pasado casi tres años desde aquel día. Su padre y su madre la visitaban en navidad y año nuevo, pero nunca le permitieron regresar a Sincelejo, le costó mucho sacrificio aprender todo lo que su carrera exigía, pero la sola idea de decepcionar a su padre le daba fuerzas para conseguir buenas notas, incluso en inglés que era la materia que menos entendía y por la que tuvo que hacer cursos de refuerzo que no salían para nada económicos. Incluso se había hablado de su inscripción en el programa de intercambio para irse una temporada a Australia a perfeccionar su inglés, cuando recibió la llamada de su padre. Le había puestos los pasajes para Corozal.

Había terminado sus materias unos días antes y pues como todas las vacaciones esperaba que su papá y su mamá vinieran a visitarla, fue una gran sorpresa saber que esta vez era ella quien viajaría hasta Sincelejo.

Laura empacó todo en la maleta grande que había comprado para su posible viaje a Melbourne, se despidió de la señora de la casa, de la que nunca supo a ciencia cierta cómo se llamaba y tomó un taxi rumbo al aeropuerto. Le envió un mensaje a Tatis por el Messenger del celular, no alcanzó a recibir la respuesta cuando vio en una de las pantallas que ya los pasajeros estaban embarcando en el vuelo que la sacaría de Bogotá aquella vez.

Era tal la emoción de regresar a Sincelejo, a su tierra, que apenas si notó las instrucciones de las azafatas, la señal del cinturón de seguridad y la fría ciudad que se alejaba cada vez más de las ventanas que tenía a su derecha. Hubiese querido dormir, pero era imposible y luego de haber apagado su celular y su reproductor de música lo único entretenido que tenía a la mano era las revistas de la aerolínea cuyos crucigramas y sudokus ya habían sido todos resueltos.

Cerró los ojos un momento y cuando los abrió nuevamente, la pudo ver por la ventana. Era la Sabana hermosa en la que había crecido, verde y ondulada, con diminutos puntos blancos y claros enormes interrumpidos solamente por los rebeldes árboles que no se habían rendido aún ante la presión de la llanura. Laura se aseguró el cinturón de seguridad para prepararse para el aterrizaje.

Estaba sentada en las filas del centro, pero como estaba junto a la ventana, debía esperar que el hombre y la mujer junto a ella (a los que apenas había notado durante el viaje) salieran primero, pero estos parecían no tener ninguna prisa. Para matar el tiempo encendió su teléfono. Había un mensaje de texto.

“Lau, tuve una reunión urgente, no te puedo ir a recoger, toma un taxi directo a la casa”

A Laura no le pareció la gran cosa, ya no era una niña y creía poder hacer el viaje del aeropuerto de Corozal hasta la puerta de su casa en Florencia sin ningún inconveniente. Cuando la pareja de desconocidos por fin se dignó a salir, ya el avión se encontraba vacío.

Laura se apresuró a salir por la puerta trasera, y bajo con cuidado las escaleras metálicas. Sintió su corazón latir con más fuerza, cuando ante sus ojos se abría inmensa la bella sabana en la que creció, tal como ella la recordaba. Soplaba una suave brisa mañanera y el calor no se sentía aún. Siguió a la pareja de desconocidos hasta el interior del edificio. Nunca antes había puesto un pie allí; siempre que viajó en avión de niña lo hizo desde Montería o Cartagena para llegar a Bogotá.

Ya casi no había pasajeros esperando maletas. Mientras esperaba la suya, Laura vio a algunas personas que habían viajado con ella abrazando a sus seres queridos. En ese momento sintió de golpe la necesidad de abrazar a su padre y a su madre, a sus amigas, a su hermano. Pero ella estaba sola.

Vio de reojo la maleta y apenas la pudo alcanzar antes de que diera otra vuelta en la cinta. Se apresuró a salir. No había ningún taxi a la vista, pero si alcanzó a ver un policía, un bachiller de pie a unos pasos de ella, escribiendo algo en su teléfono celular.

-Buenos días- dijo ella con su sonrisa en total plenitud interrumpiendo la escritura del muchacho.
-Buenos días señorita- dijo el joven policía.
-¿Sabes dónde puedo conseguir un taxi?
-Pues, señorita del otro lado siguiendo el pasillo al final, se estacionan los taxis.
-¿Me acompañas? Es que no conozco bien el lugar y no me quiero perder, además me urge llegar a Sincelejo. Por fa ayúdame.- dijo Laura en su tono de niña consentida.

El policía lanzó una sonora carcajada. Era imposible que alguien se perdiera en ese aeropuerto, era muy pequeño y quedaba alejado de la carretera. El lugar que él le había indicado se encontraba a unos veinte pasos al final del pasillo donde estaba parados y si los taxis no se veían era por la vegetación que había en medio del bulevar. Pero igual el policía estaba encantado con Laura y no perdió oportunidad para charlar con ella mientras llegaban hasta el sitio indicado previamente.

Había un solo taxi y alguien ya se había subido. El policía se apresuró a hablar.

-Buenos días, la señorita va para Sincelejo pero no hay más taxis, ¿será que puede compartir este con ustedes?- dijo el muchacho dirigiéndose a los dos hombres que iban de pasajeros.

Laura notó las miradas ansiosas que se dirigieron los dos hombres dentro del taxi y que ella recordaba haber visto en el viaje desde Bogotá.

-Sí, si no hay problema- dijo el conductor del taxi- primero llevo a los señores y luego a la señorita.

El conductor se bajó del carro y abrió el baúl del carro para meter la única maleta que llevaba Laura, quien luego se sentó en el puesto del copiloto mientras se despedía amigablemente del policía. Escuchó que los hombres cuchicheaban algo pero no le dio importancia. La belleza de la sabana se abría inmensa ante sus ojos y era cuestión de minutos para estar otra vez en la casa en la que había crecido.

(c)

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