El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 3. El Blog.

11:40. Nane observaba cuidadosamente la puerta del edificio de “El Manifiesto”, uno de los tres periódicos locales que circulaba diariamente en las calles de Sincelejo. Había venido a traer a su papá a una reunión con el gobernador desde las ocho de la mañana y ya eran casi las doce y había estado perdiendo el tiempo entre las conversaciones por el Messenger en el celular, los refrescos que mandaba a traer con el vigilante del parqueadero y la memoria USB de su papá con vallenatos viejísimos que moriría sin saber quién diablos los cantaba.

Una hora antes había salido de la comodidad del aire acondicionado del carro para estirar las piernas. Justo frente al parqueadero de la gobernación se encontraban las oficinas de “El Manifiesto”. Hacía ya más de un mes que se había publicado en ese periódico una columna titulada “Las Mentiras de Tito Mansur”, escrita por alguien que se hacía llamar “El Misionario”. Desde ese día no había habido mucha tranquilidad para Nane. Su papá, el propio Tito Mansur había hecho declaraciones públicas llamando mentiroso y cobarde al tal Misionario y amenazando a los dueños de “El Manifiesto” con cerrarles el negocio si seguían publicando mentiras como esa.

Juancho Pedroza, el cachaco dueño del polémico periódico se le rió en la cara. No solamente no reveló la identidad del mentado Misionario sino que le dio una columna en la que el misterioso personaje hablaba pestes de la clase política de Sincelejo y todo Sucre dos o tres veces por semana. La columna era de lejos la más visitada en la página web de “El Manifiesto” y los días que aparecía impresa, los periódicos se agotaban en la calle, por lo que los vendedores hacían su agosto sacándole copias solamente al escrito de El Misionario y lo vendían por el módico precio de doscientos pesos.

Tito Mansur creía haber agotado los mecanismos legales y hasta algunos no tan legales para callarle los dedos al misterioso escritor, tratando de llevarse por delante al que fuera, pero fue inútil. Juancho Pedroza no comía de miedos, ni mucho menos de amenazas. Había bajado de la montaña para hacer fortuna lejos de su tierra y de niño había visto cualquier tipo de atrocidades, perpetradas por y en contra de miembros cercanos de su familia. Contaba con su propia empresa de vigilancia privada y había tenido en el pasado problemas con personajes mucho más peligrosos que Tito Mansur o cualquiera de los políticos en Sincelejo.

Cuando Nane salió del carro a estirar las piernas, observó por un largo rato el edificio que servía de sede al periódico. No era la gran cosa, parecía más bien como un cubo de concreto gigantesco al que le había sacado pedazos para hacerle las puertas y las ventanas.
Nane se puso sus lentes oscuros para que el sol no lo encandilara. Regresó al carro. Se le había ocurrido una idea.

Marcó un número en su teléfono. Timbró por unos segundos.

-Aló, Buenos Días.
-¿Alex?
-Sí, con el habla.
-Alex, hablas con Nane.
-Que más, mi hermano, que me cuentas.
-Bien, bien, Alex, necesito pedirte un favor.
-Dime, a ver si se puede.
-¿Yaritza trabaja todavía en El Manifiesto?.
-Sí, hasta donde yo sé, ella sigue trabajando ahí.

Nane apretó las tuercas finales de su plan maestro del cual Alex era una pieza fundamental. Ya eran más de las doce y su papá no daba señales de vida, por lo que podía darse el lujo de esperar un rato más. Se quedaba viendo largos ratos la entrada del edificio, observando como los empleados salían a almorzar. Vio el reloj del celular. 12:30. Miró al edificio del frente y entonces finalmente vio salir a la mujer que había estado esperando.

Yaritza había sido amante de Alex, uno de los mejores amigos de Nané, mientras todavía estudiaban en el General Santander, el colegio militar donde ambos cursaron su bachillerato. Lo mejor de todo era que Yaritza era una mujer casada y su propio hijo, Victor, era compañero de clases de Alex y Nane. La mujer no podía negarse al favor que le había pedido Alex, no podía arriesgarse a que su hijo o su marido se enteraran de la clase de aventura que había tenido, mucho menos sabiendo que existían poderosas evidencias de dicha relación.

Yaritza entró al parqueadero de la gobernación cuidando de no ser vista desde el edificio del frente, donde ella trabajaba. Nane encendió por un momento las luces del carro para que la mujer lo identificara; le abrió la puerta del asiento del copiloto y ella entró.

-¿Por qué me están haciendo esto? – preguntó Yaritza ansiosa.
-Solo necesito ese favor, necesito saber quién es el tal Misionario, ¿tu sabes el daño que ese perro le está haciendo a mi papá?.
-Sí, yo sé pero si Pablo se llega a enterar de lo de Alex, la que va a terminar mal soy yo.
-Tu marido no se va a enterar de nada si me ayudas … ¿Quién es el Misionario?
-No lo sé.
-¿Qué? Mira Yaritza…
-Ni siquiera Pedroza sabe quien es, el tal Misionario, como tú le dices escribe en un blog o algo así y Pedraza lo único que hace es copiar y pegar.
-¿Pedroza no le paga?
-No, y esto es todo lo que te puedo dar- dijo la mujer sacando una hoja de papel de su bolso de mano- es la dirección del blog en el que escribe el tal Misionario.
-¿Y yo que hago con esto?
-Ah no sé, eso es problema tuyo y dile a Alex que si vuelve a chantajearme de esta manera, le diré a mi hermano que tome cartas en el asunto, antes de que una sola palabra le llegue a mi marido, así veremos quién pierde más.

Yaritza salió furiosa del carro.

Nane observó la dirección. “Un blog” pensó de inmediato. Se miró un rato en el espejo. Tenía el cabello rubio oscuro heredado de su madre, las espesas cejas de su abuelo y los ojos color café heredados de su padre. Se quedó pensando un rato.

Desde que se había retirado de la UPES, el año anterior, donde estudiaba Administración de Empresas su vida era bastante desagradable. Su madre, doña Ludis del Carmen Espinosa de Mansur, no perdía oportunidad para echarle en cara lo inútil y lo mantenido que era. Cómo lo único que sabía hacer, además de tomar los fines de semana, era conducir, le pidió a su papá que lo empleara como chofer. Tito, que había sido alcalde de Sincelejo y era un reconocido ganadero, le dio la oportunidad. Sin embargo la camaradería padre e hijo que tenían desde que Nane era niño, se estaba perdiendo poco a poco. Tito ya no pensaba en Nane como su hijo único sino como un empleado más y en más de una ocasión le gritó en público sin ninguna consideración por llegar a recogerlo tarde. Las mordaces columnas de “El Misionario” agravaron aún más el problema. Se sentía como un huérfano al que no se le habían muerto sus padres.

Pero si lograba descubrir la identidad del misterioso columnista, quizás, solo quizás tendría la oportunidad de reivindicarse con su padre y más aún de que su madre lo viera como algo más que como un vago mantenido.

Sonó el celular. Mensaje de Tatis:

“Hoy llega Laura de Bogotá”
“Que bien ¿Qué le van a hacer?” Respondió Nane de inmediato.
“Vamos a salir a comer en Barajas por la noche y después no se sabe, algo se inventa ¿Vas a venir?”
“Sí, claro, no más díganme a qué hora y allá les caigo”
“Por la noche, como a las 8”
“Listo”

Para Nane, Laura no era más que un vago recuerdo , habían sido “novios” cuando tenían como doce años, pero nunca le dio un beso, ni le escribió una carta ni nada por el estilo, habían sido amigos hasta que ella se graduó en “El Carmen”, más por Tatis, que era prima de él, que por alguna afinidad particular entre ambos y apenas si cruzaban la palabra fuera del saludo. Pero en su soledad y en ese momento tan triste de su vida, hasta los recuerdos perdidos le regresaban por un momento la felicidad.

Se quedó pensando un momento.

-¡Emilio!- se dijo a sí mismo en voz alta.
Busco en la agenda del teléfono. “Emilio Galván” y marcó enseguida. Timbró y casi de inmediato contestaron.
-Aló, ¿Emilio?- Preguntó Nane.
-¿Quién lo necesita? – respondió una voz femenina del otro lado del teléfono, con un tono áspero y cortante.
-Nane Mansur, su compadre.
-Un Momento, ya te lo llamo- dijo la mujer ahora con un tono más familiar.

En efecto Nane había servido de padrino al hijo mayor de Emilio, que era primo hermano de Ludis y por tanto primo suyo en un grado más lejano. Había recordado que Emilio era Ingeniero de Sistemas, de Telecomunicaciones, de las dos cosas o de algo parecido, pero que era un experto en computadores, tanto así que ocasionalmente trabajaba con el CTI y el DAS que lo tenían en alta estima.

-¿Nane? – dijo Emilio del otro lado de la línea.
-Compadre ¿Cómo me le va?
-Bien, bien, compadre ¿Y ese milagro?
-Compadre, pues la verdad es que necesito un favor suyo, pero fresco que el favor incluye una gratificación- dijo Nane riéndose.
-Cuénteme a ver, si me puedo ganar esa gratificación- dijo Emilio también entre risas.
-Es que tengo una dirección de un blog, de una página web, tú sabes de que hablo.
-Sí, claro ¿Qué pasa con esa página?
-¿Tú me puedes averiguar quien escribe en esa página?
-Pues, habría que ver, pero yo creo que sí, pásamela para ver.
Nane le dictó a Emilio la dirección del blog de “El Misionario” que Yaritza le había entregado.
-¿Para cuándo me tiene el dato, compadre?- preguntó Nane.
-Para esta noche, mi hermano.
-¿Así de rápido?
– Si, te lo daría antes, pero tengo unas cosas que resolver acá en la oficina.
-Bien, mi vale, cuente con la gratificación.
-Ah listo- terminó Emilio riéndose antes de colgar.

Entonces fue cuando Nane vio que estaba en problemas. Dos llamadas perdidas de “Papi”. Sabía que tenía que estar pendiente de que su papá le timbrara al celular, para dar la vuelta y recogerlo por la puerta principal del edificio de la gobernación. Arrancó el carro y salió a toda prisa. Tardo un minuto en la esquina mientras se aligeraba el tráfico. Sabía que su papá iba a estar furioso, cada segundo que pasaba en la congestión era un segundo que enfurecía más a Tito Mansur. Hizo el giro y se parqueó justo en frente de la puerta principal. A diferencia de lo que podría esperar su papá estaba feliz.

-Hijo, me lanzo de alcalde, Rangel me va a apoyar.

Hacía mucho que Tito no llamaba a Nane “hijo” y mucho más tiempo que Nane no veía a Tito sonreír. Se imaginaba que si como hijo, su madre le parecía insoportable, su papá debía estar que se ahorcaba teniéndola como mujer. Si Emilio conseguía el nombre de la persona que escribía en el blog, si conseguía saber quién era “El Misionario” su padre iba a estar más feliz, feliz con él, y entonces quizás las cosas si volverían a ser como antes.

(c)

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