El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 4. La Pasajera.

Cindy tenía ya tres horas despierta. Se había levantado desde las siete de la mañana a trabajar en su tesis de grado, que aún seguía atrasada. Tenía en su escritorio un montón de libros que consultar y en el disco duro de su computador de mesa, muchos más artículos y archivos que había bajado de Internet. Debía leerlos y revisarlos todos. Era demasiada información, quizás.

Cuando había decidido hacer sola su trabajo de grado, sabía que no iba a ser un asunto sencillo. Su papa, don Alirio Villarreal, se había levantado casi a la misma hora, había puesto a hervir el café y se sentó a escuchar las noticias de la radio nacional. Muchas inundaciones, muchas lluvias en el país. Aquel había sido un año literalmente pasado por agua y aunque ya despuntaba Diciembre no había señales de que dejaría de llover pronto.

Con la mente puesta en el estado del arte, Cindy apenas si escucho algo de lo que decía el locutor. Se le habían hecho las diez cuando se dio cuenta que tenía clases en una hora y ni siquiera se había bañado. Guardó el archivo de la tesis y se cuidó de subir una copia a Internet. Dos meses antes, cuando ya tenía muy avanzado el trabajo de consulta de bibliografía, una falla en el servicio eléctrico le daño la CPU y todos sus archivos se perdieron. Cindy aprendió la lección y siempre que terminaba de trabajar en el computador guardaba una copia de respaldo.
Descalza y apenas con la ligera bata que usaba para dormir, la muchacha subió las escaleras y se metió a bañar. No tardó demasiado. Cualquiera que hubiese visto la visión de terror de Cindy unas horas antes trabajando en el computador, hubiese quedado con la boca abierta con la visión sensual de la muchacha saliendo del baño apenas con una toalla encima.

Cindy no era esclava de los arreglos normales de una muchacha de su edad y que ella consideraba excesivos. Vestía tenis, pantalones vaqueros y camisetas ajustadas, casi nunca se secaba el espeso cabello oscuro que le daba más abajo de los hombros; igual, pensaba ella, si se iba ir en moto para que gastar energía tostándose el pelo sin necesidad.

-¡Pechi! –se dijo a sí misma.

Rápidamente agarro el teléfono y marcó un número. Timbró una vez. Dos veces. Finalmente contestaron.

-Alo, ¿Pechi?- preguntó Cindy.
-Sí, mi vida con el hablas- Respondió en tono burlón el muchacho.
-Pechi, necesito que me vengas a recoger hoy, no me acordaba que hoy había práctica en La Garita.
-¿Cómo a qué hora?
-Pues la práctica empieza a las once, son las diez y veinte.
-Ah listo mi vida, no hay problema, en quince minutos estoy en la puerta de tu casa.
-Listo, Pechi, Gracias.
-De nada, mi amor.

Cindy se apresuró a vestirse y a empacar la cámara y una de sus libretas en su morral. Apenas si había probado el café que le había servido su papá, pero no sentía hambre. Ese día tendría una clase práctica en uno de los nuevos emprendimientos que empezaban a surgir en las afueras de la ciudad. Empresas del interior del país con capital extranjero, se habían mostrado interesadas en explotar la riqueza agrícola de la Sabana y utilizarla para la producción de biocombustible. Cómo estudiante de Economía, a Cindy le fascinaban esos temas. Según decía en las fotocopias que le había entregado el profesor con una semana de anterioridad, ese día la clase la conduciría el gerente de BioSucre, Marcelo Guevara, quien les explicaría la clase de empresa que dirigía, la fuente del capital y los proyectos de inversión, así como el destino de la producción.

No había terminado de bajar la escalera cuando escuchó el pito de la moto. Pechi ya estaba en la puerta.

-¡Cindy, ya vino Pechi!- gritó don Alirio desde el primer piso.
Cindy ya venía bajando la escalera cuando recordó que había dejado el celular encima de la cama.
-Dile que ya voy, papi- alcanzo a decir la muchacha.
Cindy agarró el celular y se lo metió en uno de los bolsillos del pantalón. Bajó las escaleras y le dio un beso de despedida a su papá.
-Chao, papi.
-Chao, hija, que te vaya bien.

Don Alirio salió a la terraza de la casa mientras observaba a Cindy subirse a la moto roja en la que Pechi la había venido a buscar. Había enviudado hace ya nueve años. Su esposa, Isabel, había fallecido en un accidente de tránsito que nunca se pudo esclarecer. Isabel era abogada titulada y trabajaba con la fiscalía del departamento ; entre sus casos tenía desde simples robos hasta serias denuncias de corrupción y desfalco.

Don Alirio nunca se recuperó de la repentina ausencia de su esposa. Siempre sospechó que había alguien detrás de su muerte pero nunca se pudo probar nada. Algo era seguro, el carro en el que murió se le hacía revisión y mantenimiento mensualmente y por tanto descartaba que un descuido hubiese causado el accidente y segundo, el seguro de vida que había adquirido Isabel tan sólo seis meses antes del siniestro, indicaban que había recibido amenazas o que consideraba que su vida estaba en peligro y que temía dejarlos desprotegidos a él y a la niña.
Don Alirio utilizó el dinero del seguro para terminar de pagar la casa en la que se encontraba en ese momento, una vivienda de dos pisos en el barrio El Cortijo, frente a la calle principal, donde recibía todas las tarde el fresco de la brisa marina que se colaba por las ventanas; y también para asegurarle a Cindy sus estudios de Economía. Pensaba mandarla a estudiar a Barranquilla o a Medellín, pero Cindy decidió quedarse en Sincelejo. No podía soportar la idea de alejarse de la única familia que le quedaba.

Aprendieron a cuidarse el uno al otro. Don Alirio trabajaba como profesor en la UPES unas horas en la mañana, otras en la tarde y algunas en la noche. Pero siempre pudo acomodar su horario para estar presente en las comidas con su hija. Aprendió a cocinar. Y siempre tenía tiempo para dedicárselo a la muchacha. Cindy no fue inmune al esfuerzo sobrehumano de su papá y siempre estaba dispuesta a colaborarle. Entre los dos la casa permanecía limpia y perfumada, siempre había cosas que comer y nunca había desorden.
Cindy se despidió de su papá con la mano con su encantadora sonrisa, mientras Pechí arrancó la moto rumbo a La Garita.

Sin casco y con el cabello al aire libre, Cindy observó los niños que jugaban en la cancha de fútbol, las mujeres barriendo las terrazas de sus casas y algunos muchachos vestidos con camisas largas y corbatas azules, demasiado rubios para ser sincelejanos. Pechí dio la vuelta en la Avenida Argelia y tomó el desvió por el Distrito Militar para llegar a la carretera troncal. A Cindy le daba pavor estar en ese tramo de la carretera. Un compañero suyo del colegio se había accidentado en su moto en ese lugar y había quedado dos meses en estado de coma.

-Con cuidado, Pechi- dijo Cindy con voz nerviosa, mientras lo sujetaba fuertemente por la cintura.

Ni Cindy, ni Pechi habían pensado el uno en el otro con intereses que no fueran el de mototaxi-cliente, o el de conocidos, cuando mucho. Cindy se había cruzado con él unos meses atrás, saliendo de la universidad. Le pidió que la llevara a El Cortijo como hacía siempre con cualquiera de los muchachos estacionados en la bahía de entrada de la Universidad. Cuando llegaron a la casa, Cindy se dio cuenta que no tenía dinero y que su papá estaba en la UPES en clases ese día. A diferencia de lo que pudo esperar, Pechí no se molestó; el muchacho le sonrió y le dijo que si quería, él la vendría a recoger al día siguiente para llevarla a la universidad. Ella aceptó y al día siguiente no sólo le pagó la carrera que le debía sino que le pidió que la viniera a recoger a diario. Desde entonces Pechí la venía recoger puntualmente siempre que tenía clases.

-Tranquila- le dijo Pechi, quitándose su casco y dándoselo a Cindy sonriendo- póntelo para que no veas cuando cruce.

Cindy se puso el casco y cerró los ojos, cuando los abrió ya habían cruzado la carretera. Pechí siguió el camino en línea recta. Cindy se asombraba de lo diferente que eran los barrios de ese lado de la carretera con los del lado donde ella vivía. O al menos los que ella conocía del lado donde ella vivía. De este lado, los barrios parecían más pueblos desordenados. En muchas partes las calles no estaban pavimentadas y las viviendas familiares se levantaban junto a estancos, billares, todo apelotonado sin el más mínimo indicio de orden o planificación.

La motocicleta siguió avanzado y Cindy se levantó el visor del casco. Ya estaban llegando a las últimas cuadras. Si bien el barrio que acababa de ver parecía desordenado y se asemejaba al estilo de un pueblo, lo que la muchacha veía ahora era más bien conmovedor. Casas hechas de palos y bahareque, con el piso de tierra y el techo de palma, junto a un arroyo de aguas negras en cuyas orillas los niños con abdómenes hinchados jugaban a pie descalzo y vistiendo apenas un calzoncillo sucio. “Que horror” pensó.

Pechi y Cindy pasaron el arroyo. Pechi señaló el cerro que se levantaba a su izquierda, a lo lejos.

-Por ahí queda mi casa- dijo el muchacho.

En efecto, Cindy vio que en el cerro se levantaban algunas casas. Fue entonces que se percató que nunca le había preguntado a Pechi donde vivía, ni sabía mucho de él, salvo su número telefónico y su nombre,o mejor dicho su apodo.

-¿Cómo es tu nombre, Pechi?- le pregunto Cindy con un poco de vergüenza.
-¿Y eso a que viene?- le preguntó el muchacho extrañado.
-Sólo quiero saber- dijo Cindy luchando con el golpe de aire que sentía potente en su cara.
-Pedro Luis- contestó él riendo- Pedro Luis Viloria Rico, pero de Rico sólo tengo el apellido.

Cindy sonrió. El caminito estrecho por donde iban estaba pavimentado, sin embargo en las curvas Pechi tenía que bajar la velocidad para que no terminaran estampados en una de los alambres de púas que cercaban el rumbo. Luego de un rato, el camino se hizo un poco más ancho y las cercas desaparecieron dando lugar a almendros y mangos que bloqueaban el brillo intenso del sol a esa hora. Luego al final estaba La Garita. Se escuchaba música proveniente de alguna de las casa pero Cindy no pudo determinar de cual. Pechi tomó el desvío por un caminito mucho mejor conservado. Al final pudieron ver el anuncio con enormes letras verdes que rezaba “BioSucre”. Cindy se bajó de la moto le dio los tres mil pesos que le debía a Pechi y se fue a reunirse con sus compañeros de clase que ya estaban esperando la entrada en torno a la puerta.

(c)

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4 pensamientos en “Capítulo 4. La Pasajera.

  1. muy buena ,,pero muy excelente CARLITOS..

  2. @lony1791 en dijo:

    Ojala, esto se pueda hacer una novela o una serie, porque hasta donde he leído esta muy bien y abarca todos los estratos y formas de vida de mi Sincelejo!

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