El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 5. El Beso.

Observando el paisaje a través de sus lentes de sol, Laura se sentía sinceramente asombrada. La ciudad había cambiado mucho en los años que había estado por fuera. Desde que salió de Corozal no había hecho otra cosa que mirar atentamente por la ventana del taxi, tratando de recordar cómo era todo antes de que su papá, don Iván Curiel, se la llevara casi a rastras a Bogotá. Se moría de ganas de llegar a Sincelejo; había escuchado de algunos de sus compañeros oriundos de Sucre de la doble calzada, del peaje, del centro comercial, de la plaza de Majagual y de muchas otras cosas que sucedían en la sabana, pero siempre pensó que todo era obra de la exageración y que su ciudad no había cambiado tanto en tan poco tiempo.

El taxi cruzó el peaje, Bremen, las colinas forradas con frondosos árboles de mango, la empresa de agua con el descolorido reloj digital que tanto dio que hablar, el cementerio, la UPES y finalmente ahí estaba su ciudad. No resistía las ansias de llegar rápidamente a su casa, tanto así que le mando un mensaje de texto a su papa. “Ya estoy llegando” escribió rápidamente antes de ver en la pantalla de su teléfono las palabras confirmando el envío del mensaje.

Esperaba que el taxi doblara a la derecha en el primer desvío, pero el vehículo siguió en linea recta. Pensó que los otros pasajeros desembarcarían en el terminal de transportes y que luego el conductor la llevaría hasta la puerta de la casa como había prometido. No dijo nada. El taxi continuó y justo antes de llegar al terminal de transportes dio un giro … pero a la izquierda, hacía el otro lado de la carretera troncal. Laura no se asustó. De nuevo pensó que era un desvío temporal, y que luego el conductor la llevaría a su casa. Pero cuando el taxi dejó atrás las últimas casas y se internó en un polvoriento camino con rumbo desconocido, la muchacha empezó a preocuparse.

-Señor- dijo Laura- ¿Para dónde vamos?
-Pues para El Mamón- respondió el conductor de inmediato.
-¿Cómo que para El Mamón, señor? Yo necesito que me lleve a mi casa- afirmó Laura, ahora sí muy asustada.
-Pues, la verdad que los que me contrataron fueron los dos señores- dijo señalando al puesto de atrás- usted se montó al carro después que habíamos cerrado el negocio.
-¿Y entonces yo que?- dijo Laura exponiendo su vulnerabilidad.
-Pues, señorita, le toca esperarse a que lleve a los clientes y luego la llevo a usted- dijo el conductor.
– ¿Pero cuánto se demora para llegar allá?- preguntó ella.
– Pues ida y vuelta…como unas dos horas y media- contestó el conductor.

Laura no se imaginó la suerte que tuvo de que los dos pasajeros originales del conductor tomaran la trifulca que siguió como algo divertido y no como una ofensa hacía ellos. El conductor sostenía, con toda razón que él había sido contratado por los dos señores que estaban ahora en el asiento trasero del carro y que la que se metió sin preguntar primero había sido ella. Laura, por otro lado, sostenía que era una falta de respeto con una señorita decente como ella que la hubiesen metido en ese monte sin siquiera haberle preguntado primero; sólo para que el conductor respondiera que la que debía preguntar era ella, no él y así en una sucesión infinita de reclamos de parte y parte que tenía a los dos pasajeros disfrutando de un espectáculo por el que no habían pagado.

Si los dos señores hubiesen tomado las palabras de Laura como un insulto hacia ellos la cosa se hubiese puesto color de hormiga para ella, al final de cuentas eran tres hombres fornidos y grandes, para ella, una niña delgada y delicada que al parecer lo único que tenía bien afilado era la lengua. Al final Laura pidió que detuvieran el carro y que la dejaran allí, pero que por nada del mundo, ni más faltaba, iba a pagar un peso por ese viaje. El conductor aceptó.

Solamente cuando se vio sola en un camino abandonado, con una maleta que pesaba más que ella y sin ninguna pista del lugar donde se hallaba, Laura se dio cuenta que debió pensar mejor las cosas cuando salió furiosa del improvisado taxi que la trajo de Corozal.

Como no había más remedio, ni ningún árbol que ofreciera sombra alguna y cómo tampoco tenía deseos de caminar, la muchacha se sentó sobre su maleta a esperar que Dios en su infinita misericordia enviara a un ángel que la sacara de semejante lío.

Se colocó las manos en los oídos mientras hacía su desordenada plegaria mezclada con improperios en contra del taxista que la había metido en tan absurda situación. Estaba tan abstraída y tan concentrada en su petición al Señor de los cielos que no se dio cuenta que justo frente a ella se había detenido una moto.

Laura observó con cuidado la motocicleta de color rojo que se había aparcado frente a ella, y al muchacho de ojos claro, espeso cabello oscuro y sonrisa angelical que le ofrecía un casco, pronunciando palabras que ella no podía escuchar. Se quitó las manos de la cabeza para poder entenderlo mejor.

-¿Moto? ¿Te vas?- dijo el muchacho que ella no podía dejar de mirar.

Ella ni siquiera pronunció una palabra le entrego la pesada maleta a su recién aparecido ángel motorizado y se subió en el asiento del parrillero mientras se aseguraba el casco de la moto.

-¿Para dónde vamos?
-Florencia- dijo ella.
-¿Florencia, Italia?- se burló el muchacho.

Laura se tragó el improperio que había pensado decirle al mototaxi dos segundos antes, pero lo pensó mejor ante la posibilidad de que el muchacho la dejara botada otra vez en mitad de la nada y sencillamente hizo como si no hubiese escuchado nada.

El muchacho tomó la misma ruta que el taxi. Hasta cierto punto donde hizo un desvío, pero antes de que Laura dijera algo, el muchacho se apresuró a decir “Por acá es más cerca”. Los conocimientos geográficos de Laura eran ya bastante limitados y mucho más si eran sobre la geografía sucreña o peor, la sincelejana; si acaso podía ubicar a Sincelejo en un mapa de Colombia, y eso. Así que no le quedó de otra que confiar en el mototaxi.

Ya había entrado a un área poblada y avanzado varios minutos cuando el muchacho se detuvo.

¡Migue! – gritó en voz alta sin bajarse de la moto.

Pitó dos veces. La moto seguía encendida. La puerta se abrió de golpe y de la casa salió un hombre que a Laura le pareció de lo más vulgar. No sólo no llevaba camisa puesta sino que era obvio que debajo de la pantaloneta amarilla no llevaba ropa interior y para colmo de males se atrevía a rascarse sus partes íntimas en frente de ella y del mototaxi.

-¿Ya tienes el saldito?- preguntó el horroroso hombre.
-Sí, aquí lo tengo- dijo el mototaxi.

El muchacho sacó de un pequeño bolso que llevaba ajustado a la cintura dos o tres billetes de cinco mil. El hombre horroroso tomó los billetes y sin siquiera dar las gracias se metió en su casa y cerró la puerta con un fuerte golpe. El mototaxi pitó dos veces más, esta vez mirando a la casa del frente. Había una señora asomada en la ventana, de pelo corto y de sonrisa cálida.

-Pechi, ¿A qué hora vienes a almorzar?- preguntó la mujer.
-Ahora en seguida, mami, llevo a la pasajera y regreso. – contestó el muchacho.

“Pechi”. Pensó Laura. Uno de sus compañeros de clase en la Universidad Andina le decían Pechi, incluso había bailado con él en alguna ocasión, en una noche de farra con sus compañeras. Se llamaba Pedro José y le decían de cariño Pechi. No tuvo tiempo de seguir recordando porque la moto de Pechi salió a la carretera troncal y siguió derecho. A pesar de que Pechi iba a más de 80 kilómetros por hora, a Laura no le dio miedo. Amaba la velocidad. Había aprendido a conducir con el carro de su tío, cuando este lo dejaba parqueado en el garaje de su casa y con el beneplácito de su madre ella lo sacaba a pasear en las cercanías. Tendría apenas 14 años en ese tiempo

Cuando se mudó a Bogotá, no sólo era ella la que conducía los carros de sus amigas, compañeras de clase de la universidad, sino que con frecuencia iba a carreras de carts en las afueras de Bogotá, amaba la velocidad y el riesgo. Se afirmó un poco para tener mejor apoyo. Se sentía muy bien.

Pechi dobló a la izquierda por la avenida Ocala y siguió derecho. En la época que Laura se fue de Sincelejo, esa avenida era un pavimento en medio de potreros, ahora había muchas edificaciones y al fondo el logo del centro comercial del que tanto le habían hablado. La moto dobló por la avenida La Paz y salió a la gobernación. Dobló a la izquierda y siguió derecho hasta la Escuela Técnica, la zona rosa, que ya tendría tiempo de explorar, luego siguieron hasta entrar a Florencia, un par de desvíos y allí estaba. La casa en la que había crecido, estaba igual de hermosa y el jardín del frente estaba verde y las macetas llenas de flores. Pechi bajó la maleta y la colocó sobre el pavimento. Laura se bajó, estaba a punto de llorar.

-¿Cuánto te debo?- le preguntó Laura al mototaxi, con un fuerte nudo en la garganta.
-Un beso.- contestó el muchacho.

(c)

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