El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 6. La Revuelta.

Pechi detuvo la motocicleta un momento bajo la sombra de un frondoso árbol, se quitó el casco y se miró la mejilla izquierda. La niña rica que había encontrado sola por la ruta de El Mamón lo había golpeado con la mano abierta cuando el le sugirió que le pagara con un beso. Definitivamente las niñas ricas no aguantaban un chiste, pensó mientras se tocaba la mejilla frunciendo el ceño. Estaba furioso no sólo con la muchacha sino consigo mismo y no entendía muy bien por qué.

Cuando la vio por primera vez en el camino, con el cabello al aire, bajo el inclemente sol de Noviembre, sentada sobre su maleta pensó que era en definitiva la mujer más hermosa que había visto en su vida, se había sentido nervioso y le ofreció sus servicios con toda amabilidad. Se quitó el casco para verla mejor y la sonrisa que lanzó no era de coquetería sino de nervios. Nunca lo había puesto nervioso una mujer, pero cuando ella se subió a la motocicleta sin decir una palabra, entregándole la maleta sintió un poco más de confianza, mucho más cuando ella lo agarró por la cintura con la mano derecha y se apoyó contra él con todo el cuerpo, con su mano izquierda pegada firmemente en su pecho. Se sintió bien, era como si ella lo necesitara, como si quisiera que él la protegiera. Pero al parecer todo había sucedido en su imaginación.

Pero no podía ser. Quizás era de esos momentos en que todo parece encajar perfectamente pero sólo es una ilusión vacía y sin fundamentos.

Una vez el la dejó en su casa, pensó que era una buena idea romper el hielo con una broma, una broma que quizás sirviera para algo más.

-¿Cuánto te debo? – preguntó ella.
-Un beso- respondió Pechi

Pero al contrario de lo que él esperaba, a ella no le pareció divertido. Lo trato de atrevido, alzado, igualado, aprovechado y cínico. Pero no le pareció suficiente con eso, le restregó en la cara que él no le daba ni por los talones a ella que era una niña decente y de su casa y para terminar sacó de su cartera unos billetes y se los arrojó en la cara.

Pechi quedó abrumado. Su primer impulso fue largarse de ese lugar lo más pronto posible, pero no se podía quedar con la espinita.

-Mira, te las vienes a dar de muy decente y estabas en ese monte, quien sabe haciendo que, quien sabe si te estarías sería rebuscando – dijo Pechi casi sin pensar de la rabia que tenía.

La muchacha le respondió con una cachetada épica que le volteó la cara y le dejó la mejilla ardiendo. Eso era todo. Pechi arrancó su moto y se fue dejando atrás a la niña rica y a los billetes que ella tan groseramente le había arrojado en la cara.

-Todos estos hijueputas son iguales – dijo él mirando las bonitas casas de aquel vecindario.

Le dolió no solamente la cachetada, sino no haber recibido el dinero de la carrera, pero su orgullo era más importante, al menos en aquel momento. Se detuvo en la sombra para mirarse la cara. A la muchacha de verdad le pesaba la mano.

-Hijueputa- dijo mirándose en el retrovisor.

Abrió la corredera de la riñonera donde guardaba la plata. Tenía ocho mil pesos, debía entregarle doce mil a Migue por la cuota del día y llevarle algo a su mamá para el gasto de la casa. Miró el reloj. Mediodía ya. Se bajo de la moto, puso el casco sobre el anden y luego se sentó un rato. No sabía por qué pero sentía la imperiosa necesidad de llorar.
No podía sacarse a la niña rica de la cabeza y menos como le arrojó los billetes en la cara. Pensó en su mamá que tantos esfuerzos había hecho para sacarlo a él adelante, en la cantidad inmisericorde de ropa que lavaba y planchaba a diario para colaborar con el gastos. Pensaba en Kate, su hermana que tantas cosas necesitaba y que él no le podía dar. Miró hacía arriba para que no se le salieran las lágrimas, mientras el nudo que tenía en la garganta se hacía más y más grande. No lo pudo resistir más. Puso el rostro sobre sus rodillas y se descargó completamente, si por lo menos hubiese tenido otra oportunidad, si por lo menos se hubiese esforzado más.

Cuando una mujer salió de la casa del frente y se quedó observándolo, Pechi se dio cuenta que ya era hora de irse. Llegó directo a su casa, donde Salma lo recibió con un plato de sopa de hueso y un plato de arroz. Comió en silencio, apenas observado a su mamá terminando de servir y el patio de la casa con los alambres llenos de ropa ajena, se despidió sin ganas y salió de nuevo en la moto.

Llevó a un muchacho que se dirigía al Colegio Nacional y luego de la Narcisa llevó a una mujer muy elegante hasta Las Margaritas, a ambos se limitó sólo a cobrarles. Luego sonó el celular. Cindy.

-Dime- dijo el de manera seca.
-Pechi, me voy para la universidad, acá nos ofrecieron llevarnos en un bus, pero te estás pendiente por ahí como a las 5 o 6 para que me recojas, ¿está bien?
-Si no hay problema.

Hizo un par de carreras más y se dio cuenta que ya había hecho lo de la cuota de Migue, y le sobraban dos mil pesos, que eran para tanquear la moto. Dos de la tarde y el sol estaba en su furor. Hizo dos carreras más. En la última llevo a un muchacho todo elegante con pantalón clásico, camisa de rayas y gafas de sol hasta el edificio de la empresa de teléfonos, el man le agradeció y le pagó con un billete de cinco mil. Miró y no tenía los tres mil quinientos pesos de vueltas en sencillo, así que se bajó de la moto fue a la heladería del frente y se compró una paleta. Le dio las vueltas al muchacho que entró en el edificio y se sentó en la moto a comerse su helado. Había cuatro mototaxis más en ese lugar, dos de ellos aún tenían energías para ofrecer sus servicios a los transeúntes.

-Hey, ¿qué es esa vaina que hay frente al teatro? – preguntó uno de ellos.
-Una vaina de los desplazados, creo.- respondió el otro.

Pechi no había pasado cerca del teatro municipal aquel día y pues en Puerto Arturo, su barrio, vivían muchos desplazados y no se había escuchado nada el día anterior, ni tampoco le escuchó decir nada a su mamá durante el almuerzo.

-¿Desplazados? ¿Y por qué protestan?
-Creo, que les van a quitar un subsidio o algo así.
-Con todo lo que le dan a esa gente, y uno pasando trabajos.

Pechi no quiso participar de la discusión pero si sintió curiosidad por saber que era lo que sucedía en el teatro. Tal vez podía encontrarse con uno de sus vecinos y hasta le podía salir una carrera. Se dio la vuelta por el monumento de las vacas y por la Luis Carlos Galán y llegó por la parte de atrás del teatro. Había mucha gente, pero en realidad había mucho desorden, no parecía haber organización en ese evento. Se metió con la moto en medio de la multitud por si veía a alguien conocido, pero no, salió y se parqueó en el semáforo cercano, de tal manera que pudiera salir de allí en cualquier momento por si se ofrecía una carrera.

De repente, un sujeto con un pasamontañas con un altavoz en la mano empezó a hablar.

-¡Tenemos derechos, compañeros, no se dejen pisotear!

La multitud se empezó a organizar en torno al sujeto de la mascara, que a Pechi le sonaba extrañamente familiar, pero le llamó más la atención que hubiese muchachos que se quitaban las camisetas para cubrirse el rostro con ella mientras agarraban piedras.

-Aquí se va a formar la de troya – dijo Pechi en voz alta.
-¡A la Gobernación, compañeros! – gritó el líder con el altavoz mientras caminaba rumbo hacía la avenida Las Peñitas.

La multitud empezó a seguir al líder, quien ya estaba como con veinte muchachos alrededor, todos con la cara cubierta con camisetas. Pechi se dio la vuelta por la Calle 21 para alcanzar la protesta en la avenida, la curiosidad era una de sus debilidades. Tardó un rato en llegar, pero no solamente estaban llegando los de la protesta, un camión con policías antimotines los estaba esperando ya justo al frente donde Pechi había estacionado la motocicleta.

Cuando la protesta se encontró con el escuadrón de los antimotines, no dio muestras de miedo.

-¡Sin miedo compañeros, estamos luchando por nuestros derechos, vamos a la gobernación!

Los policías bloqueaban la mitad de la calle y ya había un trancón inmenso, pero la protesta podía pasar por el espacio abierto perfectamente. La presencia de los antimotines parecía incomodar en demasía a los lideres de la protesta, que parecían discutir airadamente. Los caminantes ya habían estado detenidos por unos diez minutos cuando de repente uno de los muchachos con el rostro cubierto lanzó una piedra contra los policías. Fue la gota que derramó el vaso, los otros encapuchados empezaron a arrojar piedras mientras gritaban “Libertad”, “Respeto” y “No a la represión”, los antimotines, se desplegaron, eran unos treinta aproximadamente y se dieron de frente con los revoltosos.

Pechi agarró la moto y trató de salir, pero la gente corriendo desesperada por salir del lugar hizo que se le cayeran las llaves al piso.

-¡Hijueputa! – gritó.

De repente se escuchó una especie de explosión. Las piedras volaban a discreción por el lugar y los negocios ya estaban casi todos cerrados cuando de repente una nube de humo empezó a propagarse por toda la avenida. Pechi se tapó la nariz y finalmente vio las llaves, prendió la moto y trató de salir lo más rápido que pudo del lugar; justo en el momento en que se disponía a marcharse, vio a Don Alirio, sin camisa y con la cabeza bañada en sangre. Pechi se bajó de la moto y salió al auxilio del anciano.

-¡Pechi! bendito sea Dios, sacame de aquí, muchacho.- dijo con voz ansiosa.
-Súbase, ya lo llevo para su casa. – dijo el muchacho.
-No, para la casa no, no quiero que Cindy me vea así.

Los antimotines ya estaban agarrando a algunos de los revoltosos y entonces Pechi se dio cuenta que la voz del líder, era la misma voz  de Alirio, por lo que no consideró buena idea llevarlo a un hospital tampoco.

Alirio se subió a la moto de Pechi, quien tomó rumbo a Puerta Roja. No había visto a nadie del barrio en esa caminata y le pareció que los que habían provocado el desastre habían sido los supuestos desplazados y para terminar de rematar un señor que se veía tan calmado como el papá de Cindy era el que había empezado todo ese espectáculo.

-Caras vemos… – fue lo único que el muchacho pudo decir.

(c)

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2 pensamientos en “Capítulo 6. La Revuelta.

  1. @lony1791 en dijo:

    Njada! e partió el alma imaginar a ese mototaxy a punto de llorar! Esto cada vez se pone mejor!

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