El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 9. La Enfermera.

Luego de tocar varias veces la puerta, Mayerlis por fin abrió. Pechi había bajado a Alirio de la motocicleta con algo de dificultad. Le había prestado un pañuelo para que se cubriera la escandalosa herida que tenía cerca de la sien pero la hemorragia aún no se había detenido. Lo ayudó a subir los tres escalones de la terraza y lo mantuvo apoyado contra su cuerpo mientras tocaba la puerta. Fue un alivio cuando la muchacha finalmente abrió la puerta.

Pechi había conocido a Mayerlis en Enero, el mismo día del desfile de las comparsas. Había sido un día muy bueno para él y aunque no vio  nada del espectáculo, al menos hizo el dinero necesario para comprarle los útiles que Kate necesitaría para ir al colegio. Durante el día la cosa estuvo normal, Pechi se dedicó a rodear las avenidas por donde pasaba el desfile y siempre encontró pasajeros. A eso de las 8 de la noche ya todo el mundo se preparaba para celebrar, los estancos y bares estaban a reventar, y el jolgorio se había armado en la plaza de Majagual y en las avenidas Las Peñitas. Pechi esperó, sabía que siempre habría pasajeros a esa hora de la noche y el suceso no se hizo esperar. A unos pasos de donde él había estacionado la moto se armó una trifulca descomunal: dos tipos se habían ido a las manos; el que estaba más sobrio le había dado una patada en los testículos al otro sujeto que evidentemente estaba más borracho, lo tumbó al suelo y luego lo pateó varias veces en el pecho y el abdomen. El borracho apenas se pudo levantar y trató de ponerse de pie. Pechi salió al encuentro, justo a tiempo para que un par de muchachas le pagaran para que sacara de allí al borracho, que ya empezaba a escupir sangre.

El sujeto sólo hablaba incoherencias y Pechi como pudo lo llevó a la clínica Santa Mónica, una de las mas prestigiosas clínicas privadas de la Sabana; dejó al sujeto solo con las enfermeras y salió rumbo a Las Peñitas de nuevo, seguro habría muchos pasajeros esperando allí. Justo cuando iba por la puerta de acceso vio a una hermosa morena, con el cabello recogido y vestida de blanco. Obviamente trabajaba allí. Era Mayerlis.

Pechi la llevó a su casa , pero cuando la muchacha se disponía a pagarle, él se negó; en cambio le propuso cancelar la deuda aceptándole una invitación a comer un helado o a tomar  una cerveza. Ella aceptó el trato. Fue el inicio de una relación apasionada pero algo tormentosa. Mayerlis era una mujer demasiado aprehensiva y demasiado celosa para un hombre tan independiente como Pechi. Al muchacho no le gustaba darle explicaciones a nadie, ni siquiera a Salma, su mamá y el hecho de tener a Mayerlis llamándolo cada media hora a preguntarle donde estaba, lo ponía de mal humor.  Llegó hasta el punto en que buscando una salida a la relación asfixiante que tenía con la enfermera, apagaba el celular y se iba los fines de semana por la noche a los estaderos ubicados en la vía para Tolú, donde no era raro que alguna mujer se le ofreciera. No le veía nada de malo a eso, para él una relación con una mujer no significaba que no pudiera gozar a otra, pero un día de Julio, justamente cuando le estaba explicando su lógica simplista a Mayerlis, la muchacha no resistió más y lo echó de la casa.

Ella trató de llamarlo después arrepentida, pidiendo perdón, pidiendo que recapacitara, pero para Pechi esas cosas no tenían vuelta de hoja. Si ella le había terminado, entonces que así fuera. Él la olvidó y no la volvió a llamar.

Pero cuando vio a Alirio con la cabeza abierta, lleno de sangre, saliendo de un motín en el que estaba en compañía de unos personajes muy poco recomendables, Pechi pensó muy acertadamente que no debía llevarlo a un hospital. Seguramente allí estaría la policía haciendo preguntas, preguntas que Alirio no tendría como responder y si las respondía seguramente terminaría pasando una buena temporada en La Vega, como le decían a la cárcel de la ciudad.

Mayerlis se sorprendió al ver a Pechi con un herido, pero su experiencia y se sentido común le indicaron que debía atender la herida en la cabeza del sujeto en lugar de estar haciendo preguntas imprudentes.

Pechi llevó a Alirio hasta la habitación de Mayerlis, que era la más luminosa de la casa.

-Traeme el botiquín, Pechi- dijo Mayerlis.

Pechi sabía donde estaban las cosas en aquella casa, después de todo hubo un tiempo en el que se podía haber dicho que él y la enfermera vivian juntos. Se dirigió al baño donde identificó el baulito de madera donde Mayerli guardaba las medicinas y los elementos de primeros auxilios.

La muchacha primero le limpió la herida y se la desinfectó con alcohol y yodo.

-Necesita que le cojamos puntos.- dijo ella.

Don Alirio, que soportaba el dolor estoicamente, se asustó con la idea que le fueran a coger puntos sin ningún tipo de anestesia.

-Tranquilo, yo tengo lidocaína- dijo ella sonriendo, tratando de tranquilizar a su improvisado paciente.

Pechi le pasó un frasquito transparente pequeño y una jeringuilla que había dentro del baulito. Mayerlis rápidamente preparó la inyección y se la aplicó a Alirio en la frente. Luego tomó el hilo y la aguja de suturar. Le tuvo que coger dos puntos para que la herida se cerrara.

-Pechi, tráele un vaso de agua- pidió Mayerlis sin quitarle los ojos de encima a la herida del anciano.

Alirio tomó el agua muy despacio, cerró los ojos y trató de descansar.

Cuando Mayerlis regresó a la sala, Pechi se había sentado en la sala con los codos sobre las rodillas mirando el suelo.

-Tienes sangre – dijo ella.

-¿Dónde?- preguntó el muchacho.

Mayerlis tomó un pañito húmedo de una caja que tenía en su cartera y empezó a limpiar el cuello de Pechi. Seguramente Alirio había apoyado la cabeza contra el cuello del muchacho cuando lo ayudó a entrar a la casa y él no se había dado cuenta. Ya Pechi estaba limpio cuando sintió que la mano inquieta de la morena lo acariciaba y se escurría por su cabello.

-¿Sólo así vienes a buscarme?- preguntó ella.

-Maye, yo la verdad…

No pudo terminar den hablar, Mayerlis le imprimió un beso cálido y húmedo en los labios. Ambos estaban en el sofá y ella se había sentado junto a él para limpiarle la sangre. Pechi no se pudo resistir, tomo a la muchacha por la nuca y se la acercó, compartieron un beso apasionado e intenso. Él la acarició por la espalda y se la acercó para que estuvieran más cómodos. Ella lo tomó por  la nuca y lo sujetó fuertemente por el cabello. Él empezó a acariciarla por debajo de la blusa y ya estaba listo para que cualquier cosa pudiera pasar, cuando escucharon un ruido. Alirio se había levantado de la cama.

-Don Alirio…- dijo Pechi aún agitado por lo que había terminado de pasar.

-Muchacho, no me puedo quedar aquí, no quiero meter a la muchacha en problemas- dijo él con la voz apagada.

-Tiene razón, Maye, no se puede quedar aquí…- le dijo Pechi a la enfermera mirándola a los ojos.

La muchacha no se atrevió a preguntar nada, para ella mientras menos supiera mucho mejor. Buscó en la gaveta de la ropa vieja y encontró una camiseta para que el anciano no saliera a la calle con el torso desnudo. Ya estaban listos para salir cuando Mayerlis le pidió a Pechi que la acompañara un momento a su habitación.

-Ven acá como a las diez, para recordar viejos tiempos- le dijo ella.

-Cuenta conmigo- dijo Pechi sonriendo.

Pechi salió a la calle y encendió la moto, Alirio se subió de inmediato.

-Vamos a Las Margaritas.

Pechi no hizo preguntas tampoco, y apenas pudo ver como Mayerlis se despedía de él. Manejó despacio hasta Las Margaritas donde Alirio le indicó la dirección de destino. Llegaron a una casa azul, detrás de un antejardín florido y unas bonitas rejas pintadas de blanco. El muchacho pitó. De la casa salió un hombre canoso, pero muy bien vestido, demasiado para el clima caluroso de Sincelejo.

-¿Alirio? – preguntó el anciano.

-Julio, compadre, necesito un favor tuyo, préstame diez mil pesos para pagarle al muchacho.

Julio sacó su billetera y le dio un billete de veinte mil a Alirio, Pechi se preparó para darle el cambio, pero Alirio lo rechazó.

-Deja así- dijo- Y dale algo a la enfermera… y si Cindy te llama dile que estoy aquí en casa de mi compadre Julio y que llego tarde por la noche. Hazme ese favor.

Alirio se dio la vuelta y entró con Julio a la casa, quien parecía estar muy molesto cuando Alirio empezó a hablarle en voz baja, pero Pechi no les prestó mucha atención. Una cosa si era cierta, Don Alirio Villarreal no era la perita en dulce que parecía cuando él iba en las mañanas a recoger a Cindy, sin duda andaba en pasos muy raros, esa gente con la que estaba en la protesta no parecían ser campesinos desplazados, o al menos no todos y ese señor Julio tenía algo muy raro que no se atrevía a descifrar, pero no le siguió dando vueltas al asunto. Miró la hora. Cuatro de la tarde. De allí de Las Margaritas le salió una carrera hasta la Escuela Técnica y luego otra hasta la USAB donde se quedó un rato charlando con los otros mototaxis que esperaban pasajeros en la puerta.

No se hablaba de otra cosa más que de la revuelta, según escuchó había varios capturados, pero se decía que no eran desplazados, y que algunos tenían orden de captura por rebelión. Pechi estaba tan concentrado que perdió varias carreras por estar conversando. Mayerlis vivía a unas cuadra de la USAB y hubiese sido fácil llegar allí, pero la muchacha le había dicho que se pasara por la noche y el estaba dispuesto a hacer lo que ella le había pedido, al menos aquella vez. Hizo una carrera hasta Florencia y de allí otra hasta La Palma. Ya había oscurecido cuando recibió la llamada de Cindy. Necesitaba que la recogiera en la USAB.

Cuando la muchacha salió de la Universidad, él la estaba esperando. Trató de hablar lo menos posible en el viaje, sin embargo Cindy le hizo varias preguntas sobre la revuelta y él intentó responder de la manera menos sospechosa posible.

-Ah Cindy, te iba a decir una cosa… dijo Pechi.

-¿Qué? – preguntó Cindy.

-Yo le hice una carrera a tu papá, él está por los lados de Las Margaritas con un compadre, me dijo que te dijera que llegaba tarde.

-¿Por qué no me llamó al celular?- preguntó ella.

Pechi no se esperaba esa pregunta.

-No se.

La dejó en la puerta de la casa y le sonrió. Le agradaba Cindy y no le gustaba que Alirio le estuviera ocultado algo, mucho menos la doble vida que parecía tener.

Pechi no pudo no notar que a la vuelta de la casa de Cindy, cerca de la cancha de fútbol había un muchacho en una super moto deportiva roja. Era la moto de los sueños de Pechi. Encendido digital, arranque eléctrico, seis velocidades, 12500 revoluciones por minuto, 998 cm3, una verdadera belleza. No se imaginaba cuantos años tendría que trabajar para pagarse una moto como esa, pero si se imaginaba cuantas mujeres podrían caer si él estuviera montado en una así. Sonó el celular. Mensaje de Texto. Adriana Farmacia.

“Pechi, hay una chambita acá en la clínica, Hay unas cajas que hay que traer  desde las bodegas de Manuel Correa, llámame si te le mides.”

Pechi buscó de inmediato alguien que vendiera minutos por el barrio. No fue difícil.

-Aló ¿Adriana?

-¿Pechi? ¿Ajá te le mides a la chambita?

-Espérame , en dos minutos estoy allá.

(c)

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4 pensamientos en “Capítulo 9. La Enfermera.

  1. Quiero mas!!!!!! jejejejejejeje [lectora compulsiva]

  2. jael echeverria en dijo:

    Capitulo 10 por favor.

  3. Mañana a las diez de la mañana, se publica el capítulo 10. Les adelanto el título: LA CENA

  4. Excelentes los flashbacks y flashforwards!

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