El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 11. La Estación.

La patrulla se había detenido. Nane pensó que ya habían llegado a su destino. Pero no. Estaban en uno de los semáforos de la avenida Alfonso Lopez. Al menos ya estaban cerca. Observaba sus manos y las esposas que ahora cubrían sus muñecas “¿Cómo pudo pasar todo esto?” pensó el muchacho aguantando las ganas de llorar que le carcomían la garganta. La patrulla siguió moviéndose, escuchó pitos y gritos afuera. Miró a Cindy. Observó atentamente su cabello oscuro y lacio que le daba más abajo de los hombros, su cara delgada, sus cejas delineadas y sus labios carnosos. Estaba vestida con vaqueros azules y una blusa roja encima de una camiseta blanca; calzaba unos zapatos deportivos, curiosamente él tenía un par igual puestos en ese momento.

Nane sonrió. Cindy lo observó incrédula. Él la miro a los ojos, sabiendo que ella no tenía idea por qué reía y dilató el momento lo más que pudo. Al final ella no pudo más y le preguntó.

-¿Por qué se rie?

El muchacho señaló primero los zapatos de ella y luego los zapatos de él. Cindy también sonrió. El policía que los acompañaba en la parte trasera de la patrulla se había dado cuenta del detalle desde que estaban en la casa y no les prestó atención.

-¿Dónde los compraste?- preguntó Nane.

-Es un regalo- dijo Cindy ahora en un tono más serio.

Nane siguió sonriendo aunque evidentemente Cindy se había dado cuenta que no debía estar charlando tan animadamente con el tipo que se metió en su casa sin permiso y le destruyó su computador. El muchacho no podía entender como esa mujer cuya sonrisa le cambió el humor por un momento fuera el tan temible Misionario que escribía pestes sobre su papá en El Manifiesto.

Cuando Emilio le mencionó el nombre de Cindy Villarreal, vinculado con El Manifiesto, pensó que tal vez era una de esas brujas amargadas, faltas de marido que no encontraban una mejor entretención que dañarle las vida a los demás a punta de mentiras y de chismes, o que tal vez la línea estaba a nombre de una mujer, pero que en realidad era el marido el que escribía esas barbaridades, y que muy seguramente era un enemigo político de su papá.

Cuando salió de la oficina de Emilio, Nane empezó a ajustar su ahora fallido plan. Primero fue a buscar a Alex. Le contó lo que planeaba hacer y su amigo decidió ayudarlo. Ambos salieron en la moto de Nane hasta El Cortijo, a la dirección que le había indicado Emilio. No fue difícil encontrarla.

Nane se bajó de su motocicleta y le dijo a Alex que se estacionara cerca, pero que estuviera pendiente. Abrió la reja con cuidado y subió los dos escalones hasta la terraza, intentó tocar, pero la puerta estaba abierta. Eso no estaba dentro de su plan. Entró a la casa con cuidado, mirando a las casas vecinas, verificando que no lo estuviesen viendo.

Lo impresionó el orden y sobre todo el aroma fresco que impregnaba aquel lugar. Observó las fotografías colgadas en las paredes y definitivamente Cindy no era una anciana. Había unas de la primera comunión acompañada de ambos padres, pero para la fotografía del grado de bachiller, solamente estaba el señor.

Nane subió al cuarto y encontró unos discos compactos, pensó en llevárselos, tal vez encontrarían algo para enlodar al Misionario y que no volviera a escribir. Para ese momento el muchacho pensaba que el que escribía era el hombre que aparecía con Cindy en las fotos. No ella. Pero cuando encendió el computador se dio cuenta de lo contrario. Las cuentas de correo estaban todas abiertas. Obviamente Cindy las había dejado así para no tener que meter las claves cada vez que necesitara entrar a su correo electrónico. Al principio nada extraño, trabajos, felicitaciones por cumpleaños, nada del otro mundo. Luego miró el historial. Una de las páginas a las que entraba era precisamente el servicio de blogs donde alojaba sus columnas, antes que Juancho Pedroza las importara para su periódico. Observó todo lo que había escrito la muchacha y sobre todo los comentarios ocultos de Pedroza que le pedía que se comunicara con él, que habría una buena gratificación.

A Nane se le vino todas las veces que su papá gritaba furioso en su casa maldiciendo las columnas de El Misionario, las veces que lo acompañó a pelear con Juancho Pedroza y sobre todo las veces que él trató de hacerlo sentir mejor, pero solo encontró rechazo.  Abrió la torre del procesador, sabía como extraer el disco duro del computador, porque su mamá lo había inscrito en un curso de computación cuando aún estaba en el colegio, y le encantaba armar y desarmar equipos. Nunca lo olvidó. Sacó el disco duro y lo metió en la misma mochila en que había metido los discos compactos, también metió la memoria USB que encontró pegada al procesador. Tenía que haber algo con lo cual presionar a Cindy para que no siguiera escribiendo. Buscó también en los libros, pero obviamente era una perdida de tiempo. Sonó su celular. Llamada de Alex.

-¿Tu estás loco, oye? Yo te llamo ahora que salga- dijo Nane y colgó de inmediato.

Subió de nuevo al segundo piso, entró al cuarto del señor y le pareció curioso que entre sus gavetas tuviera un pasamontañas. Se lo puso en la cara más por jugar y por la ironía de la situación que por necesitarlo, de todas maneras pensaba salir de allí con la cara descubierta y no con un pasamontañas como un vulgar ladrón. Regresó al cuarto de Cindy. Dio una mirada rápida, pero escuchó un ruido. Trató de esconderse pero ella apareció en la puerta. No le quedó más opción que salir corriendo. Pero las cosas resultaron mal y ahora iban rumbo a la estación de policía. Ni siquiera el chiste de los zapatos podía salvarlo ahora.

Llegaron luego de un rato y Nane le pidió el favor a Cindy que le cubriera el rostro de nuevo. No quería que nadie lo viera.

Entraron a la plazoleta donde los policías hacían la formación en las mañanas, Nane siguió por un pasillo pero estaba siendo guiado por el mismo policía que los acompañó. Luego escuchó abrir una puerta. Se encendieron las luces. El policía le quitó el trapo de la cara y Nane pudo ver que estaba ahora sólo con el agente. Estaba en un cuarto de interrogación.

A diferencia de las películas, donde había un espejo del lado del sospechoso, este era más bien un vidrio transparente. Nane podía ver claramente a Cindy hablando con otro policía en la habitación contigua, obviamente de mayor rango que los que habían ido hasta la casa.

-No lo han terminado- dijo el agente mientras le quitaba las esposas a Nane.

-¿Las ventanas?

-El espejo. Se supone que lo iban a terminar esta semana pero no se que ha pasado.

El policía gordo que hablaba con Cindy, entró a la habitación donde estaba Nane.

-Buenas noches, muchacho, soy el Teniente Andrade- dijo el policía con el fastidioso acento de la gente de Bogotá- me puedes explicar que fue lo que pasó.

-Quiero hablar con mi papá primero o con mi abogado.

-Inteligente- se limitó a decir el Teniente.

Sacó de su bolsillo un teléfono celular y se lo extendió a Nane. En la habitación solo había una mesa y dos sillas. El Teniente se sentó justo frente a Nane esperando que hablara.

Nane marcó el número de Alex.

-Alex, es Nane

-Te dije que…

-Cálmate Alex, que no pasa nada. Llama a mi mamá y dile que estoy detenido en la estación que traiga un abogado o algo así, pero apurate mi hermano.

– Bien, ahora esperaremos que venga su mami con su abogado- replicó el Teniente.

El teniente salió de la habitación. Ya Cindy no estaba en la habitación contigua. Estaba completamente solo ahora.

De repente estaba en una especie de lago, la tormenta se empezaba a alejar. Se miró los brazos y el torso desnudo, estaba completamente rasguñado, pero estaba vivo, el torbellino no lo había matado, se sintió jubiloso y por primera vez en mucho tiempo, se sintió feliz.

-¡Miguel Ángel!- gritó Ludis- Despierta, carajo.

-¿Mami? Llegaste rápido- fue lo único que se le ocurrió decir a Nane.

-¿Ahora eres ladrón?- preguntó Ludis que ya se había sentado frente a él.

-No, Mami, tu no entiendes…- empezó Nane.

-¿Qué es lo que no entiendo Miguel Ángel? ¿Qué te metiste en una casa ajena a saquear y a robar? Tienes razón, no entiendo- le interpeló Ludis con dureza.

Nane se dio cuenta que Cindy y el Teniente estaban de nuevo en la habitación contigua.

-Esa muchacha, Cindy, es la que escribe esas mentiras sobre mi papá y yo tenía que detenerla, ella es El Misionario- dijo Nane con ansiedad.

-¿Tú tenias que detenerla? Por favor Miguel Ángel ¿Si te estás escuchando?

-Por favor, Mami, sácame de aquí y que mi papá no se vaya a enterar de esto, por favor Mami.

-Digamos que te saco de este problema ¿Qué ganó yo a cambio?

-Mami, ¿en serio me estas diciendo eso?

-¿Tu que crees?

-Mami, tu sabes que yo dependo de mi papá y de ti ¿Qué te puedo ofrecer yo?

-Quiero que me obedezcas, quiero que sigas todas mis ordenes y que hagas exactamente lo que yo te diga ¿Me escuchaste?

Nane apartó la vista de su madre. No quería pensar en su vida bajo la pesada y permanente tutela de Ludis, pero estaba en una encrucijada.

-¿Lo estás pensando, Miguel Ángel?- preguntó Ludis.

-Esta bien, Mami, si me sacas de esto haré exactamente lo que tu me digas que haga.

-Veintidós años y un delito tuvieron que pasar para que al fin te comportaras como un hijo obediente.

Ludis salió de la habitación y Nane observó que hablaba con el Teniente. El Teniente salió de la habitación contigua al exterior y Ludis quedó a solas con Cindy.

Nane se levantó de la silla, Ludis le daba la espalda y el podía ver a Cindy. Parecía pensativa, pero se veía hermosa. Si tan solo la hubiese conocido en otra circunstancia, tal vez la hubiese invitado a cine, o a comer pizza, o quizás la hubiese llevado a Coveñas. Pero nada de eso pasaría, pensó, Cindy debía odiarlo por entrar a su casa, más que ella de principio ya odiaba a su papá e incluso si todo eso no era suficiente, él estaba ahora bajo el puño de hierro de Ludis del cual ahora no se podía escapar.

(c)

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