El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 13. La Reunión.

Aquél día sí que había sido un día extraño. Y para Nane Mansur, luego de salir de la estación de policía agarrado de la mano con el mismísimo Misionario, que terminó siendo una muchacha realmente atractiva y sexy seguiría pareciendo igual o más extraño aún.

No bien entraron al taxi, Cindy le soltó la mano con violencia y no volvió a dirigirle la palabra, su madre tampoco dijo nada y se dedicó a mirarse las cejas en el espejo retrovisor del carro. Dejaron a la muchacha en El Cortijo justo frente a su casa, donde era obvio que había más de un chismoso esperando que llegara para sacarle la información completa de lo que había sucedido.

Su mamá definitivamente era un genio, inventarse que la trifulca que había sucedido en El Cortijo era una pelea de novios para evitar cualquier tipo de sospechas, era sin duda un plan bastante creativo, por no decir menos y la actuación de Cindy había sido sencillamente espectacular. Hubo un momento, cuando la muchacha empezó a besarlo que sintió la necesidad de sentirla completamente, la besó apasionadamente y se imaginó tantas cosas que no pudo evitar tener una erección en ese momento. Por fortuna el beso terminó antes de que la muchacha se diera cuenta, o al menos eso creía él.

El taxi tomó la carretera troncal, subiendo por La Narcisa y llegando al colegio Simón Araujo, cuyo puente peatonal debía tener el record mundial en ser el puente peatonal menos utilizado del mundo y sus alrededores. Nane nunca había visto a nadie subirse en ese puente, incluso en sus días de colegio, cuando iba a jugar a ese colegio en los campeonatos de fútbol con el equipo que había armado con sus compañeros de clase, los peatones preferían pasar la carretera por debajo, a riesgo de que les pasara una tractomula por encima que darse la vuelta del bobo por la parte de arriba. Apenas pudo ver de reojo como crecía la maleza sobre ese puente que solamente Dios y los políticos de la alcaldía sabían a cierta ciencia cuanto había costado.

Luego de un rato pudo ver, del otro lado de la ventana, el mercado nuevo. Había entrado una vez a ese sitio de niño, cuando acompañó a su papá a cobrar una deuda y le pareció curioso que le llamaran “mercado nuevo”. Tito le había explicado que antes el mercado municipal quedaba justo donde ahora quedaba el teatro, pero que el sitio se había convertido en un verdadero problema de salud pública, y para mejorarle la cara a la ciudad y de pasó justificar unos cuantiosos recursos decidieron construir el mercado donde estaba ahora. Según Tito contó, el desalojo había sido bastante traumático y en el momento que levantaron los puestos donde se vendían las verduras y el pescado encontraron desde el cadáver reseco de un perro maloliente hasta una lata de aluminio repleta de billetes que había quedado fuera de circulación desde los años cincuenta.

Muy cerca del mercado nuevo, el desordenado terminal de transportes que en realidad no era ningún terminal, sino un cúmulo infinito de sitios donde se parqueaban los taxis y los buses y que se extendía desde la carretera troncal por toda la avenida Ocala y donde una horda de hombres sucios y sin afeitar acosaban a cualquiera que llegara ofreciéndole transporte para Caucasia, Barranquilla, El Valle, Cartagena, Montería, Corozal, Sampués, Magangué, El Carmen de Bolivar y muchos otros más. Nane detestaba ir a ese lugar y cuando las circunstancias lo obligaban a viajar fuera de Sincelejo y no le quedaba más remedio que utilizar el transporte público, en lugar del automóvil de su papá o de algún familiar, pedía que el chofer le colocara el transporte fuera de su casa solo para no tener que ir a esa barullo que muchos se atrevían a llamar terminal.

Luego de un rato, el colegio “El Carmen”, un colegio privado que inicialmente era gobernado con puño de hierro por un grupo de monjas vestidas de blanco y donde educaban a las señoritas de mejor familia de la sabana. Poco a poco y por las exigencias del gobierno no sólo las monjas fueron perdiendo su poder en la institución y pasaron a ocupar cargos donde las estudiantes no las veían sino que empezaron a aceptar varones, incluso Nane estuvo a punto de ser matriculado allí cuando lo sorprendieron fumando un porro de marihuana en los baños del General Santander, pero cuando le dijeron que una de las opciones era meterlo en “El Carmen” Nane dijo con toda tranquilidad que si lo metían en ese colegio preferiría tirarse frente a una tractomula en movimiento que tener que pasar por la humillación de estudiar en un colegio de niñas. No sabía cómo Ludis y Tito habían hecho, pero no solo no lo matricularon en “El Carmen” sino que siguió estudiando en el General Santander junto con todos sus amigos.

El taxi tomó la ruta por el costado de la UPES, por un sendero solitario y lleno de vegetación con muy pocas viviendas, luego salieron a una glorieta sin terminar, donde al frente se construían nuevos proyectos de vivienda para nada populares, eso sí. Unos metros más adelante, rodeada de una hermosa muralla de piedra espaciada, estaba la casa de los Mansur.

Se habían mudado allí justo antes del grado de bachiller de Nane, a quien le pareció una locura mudarse en medio de un monte despoblado, pero muy pronto tuvo que tragarse sus palabras, porque aquel sector empezó a llenarse de viviendas, enormes y elegantes, mismas que hicieron triplicar el precio de la casa que Ludis había insistido en construir en ese lugar.

Una vez entraron, Ludis le recordó a Nane su compromiso de obediencia y que como primer paso tendría que ir a recoger a Cindy el día siguiente para comprarle un computador nuevo y le reintegraran los datos del viejo disco duro. Nane asintió sin ganas. Se dirigió a la cocina donde tomó una caja de leche y la subió a su habitación.

La habitación donde dormía Nane tenía unas enormes ventanas de vidrio que daba a un pequeño balcón, donde con frecuencia jugaba dominó con sus amigos o se sentaba él solo a tomarse una cerveza. Tenía un armario fijo a la pared, un computador con un monitor muy amplio que le servía al mismo tiempo como televisor y como equipo de sonido, dos mesas de noche con unas lámparas de diseñador que había conseguido en Barranquilla y la cama doble sobre la que dormia. Ningún cuadro o afiche.

Encendió el computador y puso algo de música, aún con las luces del cuarto apagadas. Le encantaba la salsa, pero de la vieja guardia, tanto así que tenía la colección completa de la Sonora Matancera en CD. Puso los parlantes del computador a bajo volumen, se tiró sobre su cama a pensar, a analizar lo que había sucedido.

De repente estaba en un camino estrecho, encerrado por murallas de piedra exactamente iguales a las que encerraban su casa y cada paso que daba una muralla se acercaba detrás de él, por lo que sólo le quedaba seguir hacia adelante. Corrió y corrió y la muralla lo seguía de cerca y por más que trataba de escapar no podía hacerlo hasta que se encontró de frente con ella. Con Cindy. Estaba ahí frente a él justo como la había visto aquella tarde. Con su cabello oscuro, sus vaqueros gastados, su blusa roja y sus zapatos deportivos iguales a los de él. Cerró los ojos para besarla, pero cuando los abrió vio a su madre.

Se despertó sobresaltado. Fue hasta el baño a echarse un poco de agua sobre el rostro. Vio la hora. 3 de la mañana. Detrás de la casa de los Mansur,  por fuera de la muralla de prisión que había mandado a construir Ludis para mantener “a los indeseables por fuera” , como ella misma decía, pasaba un arroyo, que sólo se llenaba de agua cuando llovía con fuerza sobre la ciudad. Los días que no amanecía borracho en algún estadero de mala muerte, o en otros sitios de peor reputación, a Nane le gustaba empezar el día caminando por aquel lugar. Le agradaba ver la claridad del día filtrarse poco a poco por la vegetación que cubría el arroyo, le gustaba sentir el cascajo debajo de sus zapatos y sentir que sólo él conocía aquel lugar. Sentía que allí los malos momentos de su vida se evaporaban y se sentía feliz. Cualquiera que lo hubiese sorprendido lo hubiese tildado de loco, mucho más su hubiese sido su madre o cualquiera de sus amigos, por eso siempre se cuidaba de hacer su recorrido temprano en la madrugada, cuando nadie lo pudiera ver.

Tenía mucho en que pensar y a pesar de que era muy temprano para salir a vagar por el arroyo, decidió hacerlo. Se puso su sudadera, sus zapatos deportivos y los audífonos pegados a su teléfono celular para escuchar música en su extraño paseo matutino. Salió por la puerta del costado de la casa y rodeó la “fortaleza Mansur” como solía llamarle su tío Pacho. Bajó por la pendiente e iluminó el camino con su celular. Vio la hora: 3:21. Caminó un rato por el surco del arroyo, escuchando música y pensando en todo lo que había sucedido aquel día. Pensó en Yaritza, en Alex, en Emilio, en Ludis, pero sobre todo en Cindy. Había algo en aquella muchacha que lo inquietaba.

Había caminado casi veinte minutos cuando vio por encima del borde del arroyo una luz intensa, se quitó los audífonos y pudo escuchar perfectamente el sonido del motor de un carro que se estacionaba a poco metros de donde él se encontraba.  Guardó el celular en el único bolsillo que tenía la sudadera que tenía puesta. Se apoyó contra el tronco de un árbol que sobrepasaba la profundidad del arroyo y escuchó que alguien cerró la puerta del vehículo.

-¿No ha llegado Castilla?- preguntó alguien con voz de mando, era un hombre.

-Ya mismo me comunico con el guajiro a ver que pasó, patrón- dijo la voz de otro hombre con un fuerte acento paisa.

-No, vamos a esperar un rato- dijo de nuevo el hombre al que le decían patrón.

Nane se cuidó de no hacer ningún ruido, si había algo de lo que estaba seguro era de que ni al tal patrón, ni al paisa que lo acompañaba les iba a gustar que alguien los estuviera escuchando. De repente se escuchó el sonido de otro carro llegar. Nane subió la mirada hasta el borde del arroyo, había llegado una camioneta. Salieron de ella cuatro hombres, a los que no pudo distinguir porque lo cegaban las luces delanteras de la camioneta. Trató de subir más pero su pie resbaló. El ruido debió escucharse porque uno de los hombres volteó a mirar. Nane escuchó los pasos del sujeto, quién se asomó al arroyo, también contando unicamente con la luz del celular. Nane se apoyó lo más que pudo al costado del arroyo, lleno de vegetación. El hombre dejó de iluminar el sitio con su celular y se reunió con las otras personas que habían llegado.

-¿Que veías en ese arroyo, paisa? – preguntó el patrón.

-Nada, me pareció escuchar algo, pero no vi nada, debió ser una culebra o algo así- respondió el paisa.

-Castilla, veo que te has tardado un poco- dijo el patrón.

-Tus hombres me ayudaron bastante, sabes que tengo que regresar en un par de horas- dijo el tal Castilla- ¿Y Curiel?

-Debe estar por llegar- dijo el patrón.

-¿Estás seguro de que podemos confiar en él?- preguntó Castilla.

-El hombre tenía una deuda muy grande con mi hermano, ahora me debe a mi.

Nane no podía ver, pero se le ocurrió una idea. Sacó su celular y lo puso en modo de video, lo subió hasta el borde del arroyo y empezó a grabar todo. Llegó un tercer vehículo hasta aquel lugar. Solo un hombre salió del carro. Nane lo conocía.

-Curiel, te retrasaste- dijo el patrón.

-Ya estoy aquí- dijo Curiel.

-Ya está todo listo, tu ya sabes lo que tienes que hacer ¿verdad? -preguntó Castilla.

-Yo se lo que tengo que hacer- dijo Curiel.

-Mis muchachos se encargarán del resto – dijo el patrón.

-¿Y el golpe final? – preguntó Castilla.

-En Diciembre, antes de que se inscriban los candidatos – dijo el patrón.

Nane seguía grabando. Los hombres se intercambiaron unos sobres. Curiel, Castilla y el otro sujeto al que le decía el patrón estaban cerca de la camioneta. Pero los otros cuatro sujetos estaban dando vueltas, como custodiando el lugar.

-Allí está todo- dijo el patrón- ya nos estaremos viendo y Castilla, no te preocupes, no vas a estar mucho tiempo en ese hueco.

-Eso espero.

Los hombres se subieron en los vehículos en que llegaron y salieron de aquel lote baldío. Nane guardó el video que había grabado y se dirigió a su casa. Tenía muchas preguntas en la cabeza, pero de lo que no le quedaba duda era de la identidad del hombre que llegó en el último carro. Era Iván Curiel, el político. Nane llegó a su habitación y de inmediato encendió el computador para editar el video. Al menos tendría algo interesante que mostrarle a Cindy.

(c)

 

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