El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 14. El Favor.

Todos los jueves y viernes desde las cuatro de la tarde hasta las ocho de la noche, Pechi detenía sus actividades diarias para dedicarle tiempo al estudio. No había sido fácil para él. Terminó el bachillerato a duras penas en la jornada presencial. Ya para esa época utilizaba sus tardes para salir en la moto a conseguir algo de dinero para mantener su casa, incluso había pensado en la posibilidad de validar el bachillerato, pero Salma se opuso con fiereza a la idea. Ella no estaba de acuerdo tampoco con que su hijo saliera a exponerse al peligro de la calle. Les decía a sus hijos que debían dedicarse a estudiar solamente, que ella se encargaría de lo demás. Pero Pechi sabía que les mentía. La cuenta con Roque, el de la tienda, iba creciendo día a día; la profusión de los negocios de lavadoras había hecho que los clientes de su mamá fueran cada vez más escasos y se daba cuenta que en muchas ocasiones Salma se acostó sin comer.

El muchacho no podía quedarse con las manos cruzadas. Uno de sus profesores había comprado una motocicleta nueva. No era nada del otro mundo, era una de esas motos semiautomáticas, de 100 cm3 que estaban por todas partes en la ciudad. Pechi ni siquiera recibía clases del profesor en cuestión pero se dedicó a obsevarlo, mientras se decidía a hablar con él. Un día que tenía una hora libre se lo encontró en la cafetería.

-¿Qué hubo profe?- empezó Pechi sonriendo.

-¿Qué hubo?- contestó el profesor extrañado mirándolo de arriba abajo como su estuviera viendo un bicho raro.

-¿Cuánto le costó esa moto, profe?

-Tres.- dijo el profesor apuntando al muchacho con la mano derecha y tres de sus dedos extendidos.

-Ni tan cara… ¿Pero la está pagando a plazos?

-Me la descuentan del sueldo.

-Ah ya… ¿Y no la piensa poner a trabajar?

-¿Cómo así?

-Si, ponerla a trabajar, usted sabe de mototaxi.

-Pues, la verdad no lo había pensado.

-Pues fácil, profe, usted le da la moto a alguien que lo traiga, lo recoja y lo lleve donde usted necesite en su moto, y pues todos los días le da una cuota, imagínese en un mes se está haciendo lo que le están descontando.

Al profesor pareció interesarle lo que le decía Pechi.

-¿Y tu conoces a alguien que me haga esa vuelta?

-Pues profe, me extraña, aquí lo tiene en frente.

-¿Tu?

-Si, claro profe, ¿quién mas? Usted me da la moto cuando salga de acá del colegio y por la noche yo se la llevo con la cuota.

Dicho y hecho, ese mismo día Pechi arrancó en la moto de mototaxi, luego de dejar al dueño en su casa en el barrio Pioneros. Al principio la inexperiencia le pasó factura. El primer día llevaba solamente los vaqueros que usaba con el uniforme del colegio y una camisa gastada que ya casi no se ponía. Cuando llegó por la noche con la moto a casa del profesor Martinez, la moto estaba tanqueada, lavada y la cuota estaba completa. Pechi estaba listo para el día siguiente pero las cosas no salieron como esperaba. Amaneció completamente adolorido, no solo las piernas, los hombros y la espalda, sino la cara y sobre todo los brazos. Se miró al espejo, estaba muy quemado y la cara le ardía como si se hubiese pegado al fogón de la estufa encendido. Tuvo fiebre todo el día y se ausentó del colegio, mientras escuchaba a toda hora la cantaleta infinita de Salma.

Muchos de sus compañeros ya trabajaban de mototaxis, y fue uno de ellos, Cristian el que le explicó algunas cosas del oficio que apenas acababa de empezar. Primero que todo siempre debía usar una camisa o una camiseta de mangas largas por debajo. Segundo, siempre debía usar guantes o si no la piel de los nudillos se le iba a arrancar y terminaría con unas úlceras espantosas en los dedos. Tercero, aplicarse bloqueador en la cara y por último, siempre usar casco.

Pechi atendió los consejos de Cristian y el profesor Martinez, que ya había estado preguntado por él, le volvió a entregar la moto. Tuvo que prestar plata para comprar las cosas que necesitaba como el casco y el bloqueador, pero al final la situación de su casa mejoró bastante, pudieron pagar lo que debían en la tienda y comer bien todos los días, aunque, claro,  nunca les alcanzaba para ahorrar.

Lo único que empeoró fueran las calificaciones de Pechi, si antes no eran muy buenas que digamos, ahora eran pésimas. Estaba en décimo grado y de no ser porque empezó con su nuevo oficio un par de meses antes de que terminara el año escolar, no le habría quedado mas remedio que repetirlo. Cuando entró a once, su último año de bachillerato, todo se complicó más. Faltaba mucho a clase, no se concentraba y por lo general perdía muchas asignaturas cada vez que entregaban informes, para cuando llegó el fin de año y ya se hablaba de la graduación, el muchacho estaba resignado a que perdería el año, pero sorprendentemente no fue así. Pechi se graduó con sus compañeros y celebraron en una parrada de tres días.

Desde ahí todos sus compañeros tomaron rumbos diferentes, de muchos de ellos no volvió a tener noticia. Con el único que siempre había estado en contacto era Cristian.

Ya habían pasado cuatro días desde que se había encontrado con Laura en la clínica Santa Mónica, mientras el llevaba unas cajas. Ella le había pedido su número. Primero le mandó mensajes, algunos eran pidiéndole perdón por haberle arrojado los billetes en la cara ese día, otros eran de agradecimiento por haberla encontrado en la mitad de la nada y otros eran recordando el vergonzoso momento cuando el le limpió una mancha de vomito que tenía en el cuello. Pechi siempre tenía que salir a recargar su celular para poder responderle. Al principio le respondía solamente con una palabra, pero a medida que había más y más confianza empezó a escribirle muchas más cosas, hasta que empezó a decirle lo bien que la había pasado con ella, y lo hermosa que la había visto. El Jueves se animó a llamarla.

-¿Aló?

-Si ¿Pechi?

-Si, ¿Cómo estas preciosa?

-Bien, bien ¿Y ese milagro que me llamas? Pensé que nunca lo ibas a hacer…

-Si, es que me daba como pena…

-Tú si eres bobo oye.

-Oye te llamaba para ver si nos podíamos ver mañana, un rato, a la hora que tu puedas.

-Pues si, claro ¿Cómo para hacer que o que?

-Pues, no se, si quieres ir a cine o a comerte un heladito.

-Me suena más el plan del cine, que tal si nos vemos en el afuera del Fresno como a las 8 y después vemos a que hora hay función.

-Si, claro.

El Fresno era el nombre que la gente le había dado al único centro comercial de la ciudad, era bastante pequeño comparado con los que había en Medellín o Bogotá, pero aún así, era la mejor opción para una cita de cualquier tipo.

Pechi miró la hora. 7 en punto. El muchacho se levantó de su silla donde estaba recibiendo una clase de electricidad, una de las asignaturas de su curso de mecánica de motos que tardaría aún un par de meses más en terminar. Le pidió excusas a su profesor y salió disparado del edificio de la Escuela Técnica donde se desarrollaba la clase.

Se dirigió rumbo al barrio La Selva donde vivía Cristian. Desde el día anterior lo había llamado para pedirle de favor que le prestara algo de ropa y quizás unos zapatos para no ir como un pordiosero a su cita con Laura, era una oportunidad única y él no estaba dispuesto a perderla.

Pechi entró al barrio, dobló por una de las iglesias e identificó el callejón por donde debía meterse para llegar a la casa de su amigo. Llegó a la casa y pitó dos veces. Sin recibir respuesta subió la moto hasta la terraza de la casa para que al menos los transeúntes pudieran pasar por ese callejón y finalmente tocó la puerta.

-¡Cristian!

Una mujer se asomó de inmediato en la ventana de la casa del frente, tratando de descubrir algo en él, pero que Pechi no sabía a ciencia cierta que era. Cristian no tardó en abrir la puerta, vestía solo una pantaloneta negra.

Cristian había cambiado mucho desde que Pechi lo conoció en el colegio. Aunque ya desde entonces era bastante peculiar. Desde que estaba en octavo, andaba con una banda de muchachos como de la misma edad, con los que él amanecía los fines de semana. Alguna que otra vez lo vio meterse en los lotes oscuros y baldíos que rodeaban el barrio,  a altas horas de la madrugada aunque siempre ignoró que era lo que en realidad hacían ahí.

Pronto  el muchacho comenzó a soltarse de su familia y empezó a ganar su propio dinero trabajando de mototaxi en una moto de un vecino. Cuando estaban en décimo, una vez Pechi entró a los baños del colegio poco antes del descanso,  y justo en ese momento salía un muchacho pálido, un poco menor que él de uno de los cubículos. Cuando se estaba lavando las manos escuchó el sonido de una cremallera cerrándose y vio salir a Cristian de uno los cubículos, Pechi estaba casi seguro de que había salido del mismo cubículo del que el muchacho pálido había salido, pero no dijo nada.

Poco después, una tarde cualquiera, cuando ya Pechi trabajaba de mototaxi, el papá de Cristian salió furioso de su casa, pero furioso como si se le hubiese metido el diablo adentro y necesitara un exorcismo de manera urgente. Salió con el viejo machete oxidado que usaba para trabajar y se dirigió a pie, corriendo hasta debajo de la colina, donde ya empezaba el otro barrio. Los que vieron el suceso cuentan que el padre de Cristian entró como loco al salón de belleza donde atendía un tal Bayardo, le asestó primero un machetazo en el hombro, luego cuando el peluquero se dio vuelta le clavo el machete en la cara donde quedó atascado. La gritería se escucho hasta la casa de Salma donde Pechi tomaba una siesta. Un par de clientes que estaban presentes en el sitio del hecho corrieron despavoridas con el pelo a medio pintar, al ver como el peluquero se desangraba frente a su asesino que ya había logrado sacarle el machete de la cara.

Nunca se supo por qué el papá de Cristian tomó esa la decisión de matar al peluquero. Lo metieron preso y Cristian quedó viviendo con su madre. Pero luego del grado, el muchacho se mudo aparte, a la casa donde ahora lo visitaba Pechi.

Obviamente Cristian se ejercitaba, estaba muy musculoso y había pesas tiradas en el piso de la sala. Tenía muebles bonitos y la casa se veía un poco recargada por la cantidad de cosas que el muchacho había comprado. Pero a Pechi solo le interesaba una cosa en el mundo en ese momento: Laura.

Cristian primero lo mandó a que se bañara y le entregó una cuchilla nueva de afeitar. Luego le puso sobre la cama la camisa y el pantalón que se iba a colocar y debajo los zapatos que se debía poner sin medias. Era una camisa nueva, de color blanco, Pechi se la colocó y le quedaba perfecta, al igual que el pantalón, de hecho nunca había tenido un pantalón que le quedara tan bien. Cristian le echó una crema en el pelo, que a diferencia del gel, no lo dejaba fijo, le dio una peinilla para que se terminara de arreglar y finalmente le echó una carga de su colonia encima.

-Te vas a gastar la colonia, oye- le dijo Pechi riéndose, nervioso.

-Tranquilo, que este es el regalo de cumpleaños que no te di.

Ambos rieron, Pechi se terminó de peinar. Cristian se quedó analizando a Pechi un momento.

-Te falta algo- dijo el muchacho.

Sacó de una de sus gavetas una cadena delgada de color plateado con un dije azul en forma de delfín.

-Pontela.

Pechi se miró en el espejo, se veía muy bien. De no haber sido porque Cristian aún estaba ahí le hubiese dado un beso a su reflejo.

-Bueno mijo, 7:50 en diez minutos tienes que estar en El Fresno.

-Uy si marica- dijo Pechi, saliendo directo a la puerta- oye Cristian gracias de verdad.

-Tranquilo, que para eso estamos- respondió Cristian.

Pechi salió emocionado y ni siquiera le prestó atención a la chismosa que seguía pegada a la ventana, ni a su amigo que lo veía con una sonrisa de satisfacción en la cara. Llegó como un rayo a la puerta de El Fresno, donde ella ya lo estaba esperando.

(c)

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