El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 19. El Casallas.

Había sido una noche bastante tensa para Pechi Viloria. Hasta el momento en que llegaron un grupo de matones disparando al lugar donde Laura lo había llevado minutos antes, pensaba que aquella noche estaba destinada a ser la mejor de su vida. No tardó en darse cuenta de lo equivocado que estaba. Laura estaba en shock. Estaba fría y sudorosa, respiraba rápidamente y trataba de decir algo pero las palabras que salían de sus labios no tenían ningún sentido. Pechi la sentó en una de las bancas de cemento del parque, donde la muchacha no resistió más y empezó a vomitar todo lo que había comido y bebido aquella noche. Pechi la levantó del suelo y la llevaba cargada en sus brazos. La clínica Santa Mónica estaba a menos de dos cuadras y la muchacha necesitaba atención médica.

-Oiga, oiga ¿para donde va?- preguntó uno de los policías que habían llegado en motocicletas al lugar de los hechos.

-Oye, ¿pero no ves que esta mal? ¡Tengo que llevarla a la clínica!- contestó Pechi visiblemente afectado.

Pechi observaba a Laura tendida en sus brazos, había cerrado los ojos y estaba más fría que antes. No pudo sacar de su mente el momento en que la vio en aquel paraje abandonado, sentada en la enorme maleta negra, con su cabello castaño claro alborotado por el viento, con sus vaqueros azules y la blusa blanca que hacía juego con sus sandalias.

-Gonzales, vaya con ellos a la clínica y usted tome la declaración de los muchachos- dijo uno de los policías que se había quedado observando el cadáver.

El policía los acompañó hasta la puerta de la clínica donde le dieron la entrada a Laura.

-¡Hijueputa, la moto! – se acordó Pechi.

-¿Usted tiene una moto allá, en el restaurante?- preguntó Gonzales con un marcado acento santandereano- Si quiere me da las llaves y yo se la traigo hasta acá mientras atienden a la muchacha.

-Uy mi hermano, gracias de verdad. Están en el bolsillo de la camisa.

El policía sacó las llaves de la camisa de Pechi, quien inmediatamente se dirigió a la Urgencia. Laura fue atendida de inmediato. Pechi no se despegó en ningún momento de ella. Le pusieron una manta gruesa encima y acomodaron la camilla para que tuviera los pies levantados.

Se veía bastante mejor, cuando una de las enfermeras le pidió los papeles de la muchacha. Pechi no los tenía a la mano. Sabía que Laura había salido con su bolso del bar porque ella pagó la brocheta que se había comido en el restaurante, pero luego de la locura de los disparos no sabía donde había quedado. Ya estaba matándose la cabeza pensando como iba a hacer para responder, cuando apareció Gonzales con las llaves de la moto y el pequeño bolso negro que Laura había llevado casi toda la noche.

-La moto está fuera y el dueño del restaurante dijo que esto era de la muchacha.-dijo el policía.

-Gracias, mi hermano, de verdad que no se como agradecerle- respondió Pechi inclinado en la camilla donde estaba Laura.

-¿Cómo sigue ella?- preguntó.

-Mejor, al menos ya no está tan fría como estaba hace un rato.

-¿Me repites tu nombre?- empezó el policía sacando una pequeña libreta de apuntes.

-Pedro Viloria.

-¿El nombre de ella?

-Laura Curiel.

-¿Curiel?

-Si, ese es el apellido de ella.

-¿Qué hacían en El Viento Libre a esa hora?

-Estábamos en un bar cerca, bailando y a ella le dio hambre y llegamos a ese sitio.

-¿En que bar estaban?

-El Cabo, creo que es que se llama.

-¿Qué recuerdas de lo que pasó?

Pechi se quedó pensativo.

-Estábamos allí tranquilos y luego llegaron dos tipos en una moto, no les pude ver la cara porque no se quitaron los cascos y pues en ese momento yo me tiré al suelo con ella, vi que alguien corría y pues escuché un disparo que venía desde el otro lado y el señor que estaba allí pues cayó.

-¿Algo más?

-No, creo que eso era todo.

El policía terminó el interrogatorio pidiéndole su número de teléfono y dándole una tarjeta para que llamara por si recordaba algo.

Pechi no supo cuanto tiempo pasó cuando Laura por fin despertó.

-¿Pechi?

-Hola, dormilona- dijo él tratando de sonreír.

-¿Qué me pasó? ¿No me digas que me dieron un balazo?- preguntó Laura asustada.

-No, mi amor, claro que no- respondió él, creo que le escuché decir al médico que estabas en shock.

-Y yo que me vine de Bogotá escapando de la inseguridad y mira- dijo Laura riéndose.

No había terminado de hablar cuando la cortina que rodeaba a la camilla se abrió de pronto. Pechi estaba en una silla de plástico y tenía a Laura agarrada de las manos. Había llegado un hombre canoso delgado y muy bien vestido.

-Laura Marcela ¿Tu me puedes explicar que carajos hacías tu en ese restaurante a esa hora?- preguntó el recién llegado.

-Ay, papi perdóname por no haberte avisado- respondió Laura con la cabeza baja.

-Préstame los papeles, que nos vamos YA para la casa.

Pechi tomó la cartera de Laura que estaba debajo de la almohada y se la pasó al padre de Laura, quien la tomó en un gesto grosero y pedante. No tardó, vino con el médico quien le dio de alta con apenas un par de consejos para que descansara y no tuviera emociones fuertes muy pronto para que el episodio no se repitiera.

Pechi siguió a Laura y a su padre de camino a la puerta de la urgencia.

-Papi, dejame hablar con Pedro un momento ¿si?

-Bueno ¿pero que carajos es lo que te pasa, Laura Marcela? Me dijiste que ibas a estar por Las Peñitas con tus amigas y a las dos de la mañana me llama un policía diciendo que mi hija está en la clínica con un tipo que yo ni conozco. Mandas cascara. Y usted- dijo el hombre dirigiéndose a Pechi- Me haces el favor y no te vuelvas a meter con mi hija porque soy capaz de hacerte un daño, muchachito.

Laura trató de intervenir pero sus esfuerzos habían sido inútiles. Los Curiel salieron a toda prisa del área de Urgencia seguidos de cerca por Pechi. El hombre estaba furioso,  metió a Laura casi que a la fuerza al carro.

Ella le hizo un seña con la mano a Pechi, pidiéndole que la llamara, antes de perderse en la oscuridad de la noche, dejando al muchacho con un enorme vacío en el corazón.

Pechi casi no pudo dormir. Pensaba en Laura, en el muerto, en su mamá y en su hermana, pero más que todo pensaba en los tipos que cometieron esa barbaridad. Hubo un momento de su vida donde estuvo tentado a tomar un camino parecido. Le propusieron unirse a una banda, no tenía que hacer nada, salvo manejar la moto y servir de apoyo a los que si tenían las agachas de matar a un cristiano, pero Pechi se negó rotundamente. Aunque era verdad que el dinero no le sobraba, al menos Salma lo había educado con buenos principios y ser cómplice de asesinato no le sonaba, pero para nada.

Cuando amaneció, no había dormido ni un minuto. Le pidió a su mamá que lavara la ropa de Cristian para poder devolvérsela antes de mediodía y limpió los zapatos prestados que estaban manchados de sangre y vómito.

Eran las seis de la mañana cuando salió de la casa a pie. Le había dicho a Migue el día anterior que iba a trabajar hasta tarde por lo que la cuota que debía entregar aquel día era más alta y con la invitación que le hizo a Laura estaba bastante mal de fondos, pero en ese momento tenía otro pensamiento en la cabeza.

Eran las seis en punto cuando salió de la casa. Soplaba una brisa fresca y el sol empezaba a salir tibio más allá de los cerros. A pesar de que tenía la moto disponible en la casa, para hacer aquella vuelta prefirió caminar.

El barrio estaba solo y vacío a esa hora. En la calle aún habían restos de la parranda de la noche anterior, botellas de aguardiente vacías, borrachos dormidos en las terrazas de las casas y hasta restos de comida desparramados por la calle.

Pechi caminó por la calle que daba hasta la parte más alta del barrio. Era una calle donde había casas sólo en uno de los lados. El otro era una cerca que delimitaba las tierras que le pertenecían a los Martelo. Dobló por un callejón sucio y lodoso. Al final estaba la casa que estaba buscando. Era una casa de tablas sin pulir y con techo de palma.

Tal como Pechi lo esperaba, la puerta estaba abierta.

-¡Casallas!- llamó Pechi asomándose adentro de la casa.

El piso de la casa era de tierra y no había separaciones de ningún tipo, por lo que la única habitación servía de cocina, cuarto, sala y hasta de baño ocasionalmente, lo cual era evidente por el olor característico que tenía el sitio.

Pechi entró abriendo la puerta completamente. La hamaca estaba colgada en el centro de la casa y estaba vacía. Justo cuando Pechi se disponía a devolverse, se encontró con un revolver apuntándole en medio de los ojos.

-Te me vas largando de aquí de una, pelao- dijo el hombre escuálido que le apuntaba.

-Casallas, soy yo, Pechi Viloria, necesito hablar contigo.

-¿Y a mi que culo me interesa que tu quieras hablar conmigo? Yo una vez te propuse un buen trato y lo rechazaste y nunca más te habías pasado por aquí…te me pisas de aquí sino quieres aparecer mañana en El Manifiesto.

-Ya cálmate, Casallas, que solo quiero hablar contigo, oye y baja esa vaina que ya me estas poniendo nervioso- dijo Pechi con las manos levantadas.

Casallas no había dejado de apuntarlo cuando el muchacho aprovecho un segundo de descuido para empujarlo con el pie agarrarle el arma y quitársela de las manos. Pechi apuntó ahora con el arma a Casallas.

-¿Ahora si podemos hablar?- pregunto él arrojándole el arma a sus pies.

Salieron al patio donde había dos taburetes debajo de un frondoso árbol de mangos.

-Tu hubieses podido ganar mucho, Pedro, eres bueno para esto.

-Si hubiese podido, pero no hubiese podido vivir tranquilo jamás, Casallas, y a mi me gusta vivir con la conciencia tranquila…- contestó Pechi.

-…Y el bolsillo pelado- terminó diciendo el sujeto.

El Casallas era más alto que Pechi, pero el muchacho le ganaba en contextura. Los pantalones holgados y las camisetas sin mangas lo hacían ver mucho más desagradable.

-Bueno ¿Qué es lo que quieres saber, Pedro?

-Anoche mataron a un man en un restaurante por allá por La Ford.

-Ya sé, y también se que tu estabas allí en ese restaurante, muy bien acompañado por lo que me dijeron ¿Quién es?

-Una muchacha a la que le hice una carrera.

-Deberías alejarte de ella- dijo Casallas muy seriamente con la voz rasposa que lo caracterizaba, como si estuviera enfermo de la garganta- a esa pelada la rodea gente muy mala y perversa, mucho peor que yo, Pedro, al menos la gente sabe a que atenerse conmigo, yo no tengo mascaras, pero hay muchos que le sonríen a los enemigos para hacerlos comer mierda después. No me quiero ni imaginar que es lo que te podría pasar a ti, si te llegas a meter con la persona equivocada.

-¿Qué es lo que está pasando, Casallas? ¿Quién está pagando por esto?

-No me creas idiota, Pedro, lo único que debes saber es que se acerca algo muy feo en este pueblo que sueña con ser ciudad, hay muchos tratando de reinar aquí, pero hay muchos que estorban y lo que tu amiga y tu vieron en La Ford solo es el principio. Se acercan días negros Pechi. Y si tu estás con la gente equivocada vas a amanecer un día de estos con la boca llena de hormigas. Así que toma mi consejo y aléjate de esa pelada.

(c)

Anuncios

Navegación en la entrada única

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: