El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 21. La Muerte.

Pechi acariciaba suavemente la espada desnuda de Laura que yacía dormida a su lado. Habían permanecido escondidos en un hotel por los lados de la vía para Sampués desde hacía 4 días. Apenas sí escucharon la bulla de la parranda del 7 de Diciembre. Estaban lejos y estaban felices. Era la recompensa por una semana de espanto que había tenido que pasar el mototaxi.

El sábado que habló con Casallas, trató inmediatamente de llamar a Laura, pero la llamada se iba de inmediato al correo de voz. Salió de su casa a trabajar, pero tenía a la muchacha metida en la cabeza. No podía pensar en otra cosa que no fuera en ella; no podía dejar de pensar en sus ojos, en sus, labios, en su sonrisa, no podía dejar de pensar en su aroma, dulce y sensual que penetraba en su piel y le calaba hasta los huesos.

Volvió a llamarla por la tarde. No hubo respuesta tampoco. Su mente se llenó de dudas y temores ¿Acaso no había sido sincera y todo aquello no era más que un patético juego de niñas ricas donde él había caído como un buen pendejo?

Estaba pensando en eso, cuando la ciudad se alborotó de pronto. Motocicletas y patrullas de la policía se dirigían hacia La Palma, algo había sucedido. Pechi no tuvo que ir hasta allá para saber lo que había sucedido. Otro asesinato.

El martes, ya habían muerto dos personas más y él solo seguía pensando en Laura. Trató de llamarla de otro teléfono, quizás había bloqueado su número para que él no la molestara, pero si era así, ella debía decírselo, no esconderse. Al menos merecía una explicación. El miércoles se animó a ir hasta la casa donde la había dejado el día que la conoció para saber de ella.

Se vistió con la misma ropa que le había prestado Cristian la noche en que fue a cine con ella. La había ido a devolver desde el sábado, pero su amigo le dijo que se quedara con eso, que a él no le hacía falta.

Se estacionó frente a la puerta y se tuvo que armar de todo su valor para poder tocar el timbre. Salió una señora morena y obesa.

-Si, a la orden- respondió la mujer con un tono grosero que a Pechi no le gustó para nada.

-¿La señorita Laura se encuentra?- preguntó él. Pensó que si añadía la palabra “señorita” a la pregunta, sus posibilidades de verla serían más altas. Se equivocó.

-Niño, pero si la niña Laura se regresó para Bogotá desde el Sábado- respondió la mujer sin mirarlo a los ojos.

-No puede ser ¿Usted sabe cómo me puedo comunicar con ella? Un número de teléfono, o algo- insistió Pechi.

-No mi amor, yo no estoy autorizada para eso- respondió la mujer- ¿Algo más?

-No, no, muchas gracias doña- dijo Pechi con una sonrisa fingida antes de volver a subirse en su moto y largarse de allí.

No podía creerlo, Laura se había ido, todo lo que vivieron aquella noche había sido solamente una ilusión. Volvió a tomar y se refugió en los brazos de Mayerlis cada noche buscando un antídoto para su dolor, que parecía ser ya una sensación física que lo desgarraba por dentro y no le permitía respirar. Pero todo fue en vano.

Salma se dio cuenta del conflicto de su hijo y hasta Kate intentó consolarlo, pero él permanecía inalcanzable ante las suplicas persistentes de su madre y de su hermana.

No le importaban las trágicas noticias que escuchaba de Cindy y de otros pasajeros. De alegre y dicharachero, cambió a un humor triste y lúgubre. A veces se iba a los caminos olvidados a llorar, a consolarse por haberse enamorado como un tonto de una mujer que no valía la pena y que solo quería jugar con él. En ese momento debía estar en Bogotá contándole la historias a sus amigas del mototaxi idiota que conoció en Sincelejo y que pensó que de verdad podían estar juntos.

En esas estaba el viernes cuando al llegar a su casa la vio. Estaba sucia y el cabello lo tenía desordenado, pero era ella y estaba allí. De repente todas las dudas se disiparon de su cabeza y la tristeza desapareció. No necesitaba que ella le explicara nada, el solo hecho de estar allí, junto a su mamá era lo único que necesitaba saber para volver a enamorarse de ella.

Sin embargo, ella le contó todo. Desde el encierro en su casa, por cuenta de su papá, hasta la reunión secreta que ella había presenciado en el parqueadero del teatro municipal y que ella creía tenía algo que ver con todas las tragedias que estaban ocurriendo en la ciudad últimamente.

Por su seguridad, Pechi la llevó a un hotel, en la vía para Sampués antes de El Cinco. Pechi la dejó allí la primera noche y al día siguiente le llevó empanadas de queso y jugo de caja para que desayunara. Trabajaba todo el día alegre y trabajaba muy duro para poder reunirse con ella por las noches. La tercera noche, la del domingo siete, habían pasado contando chistes y molestándose el uno al otro, cuando ella le pidió que se quedara.

Aquella noche fue la mejor de su vida. Nunca había sentido lo que sintió estando con Laura, tocándola, sintiéndola, amándola tan apasionadamente como nunca había amado a otra mujer.

-Vámonos de aquí, Pechi- le dijo ella observándolo fijamente.

-¿Te quieres ir del hotel? Pues mañana te buscamos otro- dijo el muchacho.

-No del hotel, bobo, vámonos para Barranquilla, para Medellín, para algún lado muy lejos de aquí Pechi, si ves cómo se ha puesto esto de maluco y no quiero ni imaginar lo que pasaría si mi papá nos encuentra.- respondió Laura.

-¿Qué propones?

-Bueno pues, déjame te explico, estaba pensando que tú podías poner un negocio de arreglar motos y esas vainas, tú sabes de eso ¿sí o no? Y yo como soy casi administradora de empresas, administro tu negocito- dijo ella dándole un beso.

-Me suena la idea- dijo él- déjame que yo deje bien ubicada a mi mamá y nos vamos de una.

Pechi pensaba mandar a su mamá a donde un hermano de ella que vivía en Valledupar. Él la había estado llamando para que fuera a trabajar en una finca donde procesaban palma africana y necesitaban mujeres para que cocinaran. Salma había dicho que no, porque no quería dejar sola a Kate. Sin embargo tenía que hablar bien con su tío para exponerle la situación y evaluar posibles soluciones.

En eso estaba pensando la noche siguiente que fue a pasar con Laura, cuando ambos escucharon un carro que se estacionaba justo en frente del hotel. No era nada raro, en aquel lugar con frecuencia se detenían viajeros a pernoctar y no era raro tampoco que parejas efímeras pasaran por aquel lugar a pasar un buen rato. No había pasado más de treinta segundos cuando llegó otro carro. Pechi se levantó a ver por la ventana. Tenía puestos unos pantalones vaqueros gastados, con los que salía a veces a trabajar y unas medias de color blanco que Mayerlis le había regalado.

Laura estaba vestida con su un pantalón que le había prestado pechi y la blusa de la pijama y se había levantado para ir al baño. En ese momento la puerta se abrió y dos hombres le apuntaba a Pechi directamente en la cabeza.

-¿Dónde esta la pelada?- preguntó uno de ellos que tenía la cabeza completamente calva.

-Mi hermano, calmate que no pasa nada…- trató de contestar Pechi.

El tipo le quitó el seguro al revolver.

-Dime donde está o te mueres aquí mismo perro hijueputa- dijo el mismo sujeto.

El otro, que parecía más tranquilo abrió la puerta del baño y salió con Laura agarrada de la cintura gritando. Pechi trató e ir a su auxilio pero el calvo lo detuvo y lo golpeó en la cabeza. El sujeto que tenía a Laura sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se lo puso a la muchacha en la nariz. Los gritos cesaron de inmediato.

El tipo del revolver se acercó a Pechi.

-Ahora, sino quieres que le hagamos daño a la niñita, vamos a dar un paseíto todos ¿me estás captando?

Pechi asintió con la cabeza. El tipo le permitió ponerse la camiseta y los zapatos. Aquella noche le había pedido el favor a Joel, un vecino que también trabajaba de mototaxi, que lo dejara en aquel hotel y que le dejara la moto a Migue. Quizás por ahí le corría el agua al molino. Joel era un tipo que hubiese vendido a su abuelita por diez mil pesos para irse a jugar baraja con los vagos del barrio.

Pechi y el tipo calvo bajaron hasta la recepción, que en ese momento estaba vacía. Afuera estaban los dos carros, cada uno tenía un conductor que los estaba esperando.

-¿Para donde la llevan?- preguntó Pechi entre lágrimas.

-Tu calmadito, que si te portas bien a ella la entregamos sana y salva en la casa de su papito, que ha estado muy preocupado por ella y nos pagó un buen billete para que se la regresáramos.

Pechi aceptó el trato. Se subió en la parte de atrás de uno de los carros con el tipo calvo que seguía apuntándole. Laura iba en el otro carro, probablemente inconsciente, pero al menos sabía que iban a hacer con ella. Sabía que ella terminaría en su casa en menos de 20 minutos y cuando mucho recibiría los insultos hirientes de su papá y la mandarían de nuevo a Bogotá. Para él, el destino era mucho más incierto.

Cuando llegaron a El Maizal, el carro donde iba Laura siguió por la carretera troncal, mientras que el carro donde iba él tomó rumbo por la vía a Tolú. Se metieron por una estrecha trocha que hacía brincar al vehículo cada diez segundos. Era la vía para San Antonio, lo recordaba muy bien porque había llevado a dos estudiantes de la USAB a trabajar en una tesis en un colegio de allá hacía ya varios meses. Él mismo los había ayudado a medir con una cinta larguísima los salones, las ventanas y las puertas. Se sintió motivado aquella vez y por eso había decido entrar a la Escuela Técnica a estudiar.

Pensaba en eso para no tener que encontrarse con su propio destino que parecía estar comiéndoselo ante sus ojos. Se detuvieron en frente de una roca enorme. El tipo calvo lo obligó a salir del carro.

-Bueno, pelado, lamento decirte esto, pero hasta aquí llegaste- dijo el tipo.

Pechi caminó hasta el borde de la piedra donde empezaba un barranco. Apenas dio una mirada. Se veía oscuro por la cantidad de vegetación. Pechi quería decir algo pero las palabras no le salieron de los labios. Quería darle gracias a Dios por haberle permitido conocer a Laura antes de morir, pero al mismo tiempo tenía rabia con él, porque no quería dejar a su mamá y a su hermanita solos en aquel puto mundo donde todo era tan difícil.

El calvo apuntó hacia él, quitó el seguro del arma y presionó el gatillo. Pechi sintió un ardor enorme en el hombro y la sangre tibia que salpicó en su rostro. Perdió el equilibrio sobre la piedra antes de escuchar el segundo disparo. No sintió nada. No pudo pensar en nada más porque veía como se alejaba la piedra donde había estado parado unos momentos antes y como los matorrales que había visto unos minutos atrás, ahora cubrían para siempre el azul del cielo sabanero que apenas asomaba a esa hora.

(s)

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