El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 23. El Arma.

Se escuchaban voces. No podía abrir los parpados. Los sentía tan pesados. Se sentía mareada y una punzada constante en la cabeza le taladraba los pensamientos. Recordó a Pechi. Ella estaba en el baño, lavándose los dientes. Le pusieron algo en la nariz. ¿Qué habían hecho con Pechi? Escuchaba el sonido de un motor. Estaba en un carro. Todo esto era obra de su papá. ¿En qué clase de monstruo se había convertido? No podía abrir los ojos. Pero si podía escuchar.

-¿Para donde llevaba Lastre al pelado ese?- preguntó uno de ellos, él que más alejado estaba.

-Espero que se lo haya llevado bien lejos, la orden era darle piso- dijo el que estaba más cerca de ella, que hablaba en un marcado acento paisa.

-Ya está muy claro, espero que no se haya dejado ver de nadie, el marica ese.

-Malparido Curiel ponernos a madrugar, todo porque la puta de la hija estaba dándoselo a un mototaxi, gran hijueputa, ahora todo el hijueputa día con sueño.- dijo el Paisa.

Hubo silencio por un rato.

-Pero la pelada está simpática, y se nota que es bien arrecha, imagínate cuatro días en el hotel ese, dándoselo y dándoselo al mototaxi ese- dijo el paisa entre risas.

-¿Qué? ¿Te gusta o qué?-preguntó el conductor en un tono molesto-Si quieres paramos en una paja para que te la comas, mariconcito.

-Ya, deja el video que tú sabes cómo es la vuelta conmigo y mejor no hablemos de mariconcitos que ahí sale perdiendo usted güevón.

-Así es, deja que te coja para que veas, te vas a meter es con un hombre.

-Eso quiero verlo yo, a ver qué tan hombre eres tu-dijo el paisa.

El carro se detuvo.

-Vamos a cargarla para meterla a la casa- se apresuró a decir el paisa.

Escuchó la puerta del carro abrirse y luego cerrarse.

-No, deja, yo la cargo.

Se escuchó la puerta abriéndose y sintió como quedaba suspendida en el aire, agarrada con fuerza por sus brazos y piernas.

– ¿Es que usted está celoso?- preguntó el paisa en un tono picaresco.

-Ya deja la maricada, que me estás emputando- dijo el tipo que la tenía cargada.

Sintió que abrían la reja de la casa. Escuchó también cuando abrieron la puerta.

-¡Ay Virgen Santísima!

Era la voz de Patri. Sintió que el tipo que la cargaba caminaba unos pasos. Luego la colocó suavemente sobre una superficie cómoda. Evidentemente estaba en los muebles de la sala de su casa. Escuchó unos pasos inconfundibles, eran los zapatos clásicos que siempre usaba su papá cuando estaba de traje.

-Patri, vete para tu cuarto y no salgas de ahí hasta que yo te avise- dijo la voz inconfundible de Iván Curiel.

-Sí, señor- respondió la empleada.

-¿Qué paso?- preguntó Iván.

-Pues don Ivan, que le digo- empezó el paisa- los dos muchachos estaban en el hotel, como usted nos había dicho y pues el mancito de la recepción nos dijo la habitación y de ahí los sacamos. Lastre se llevó al muchachito y pues nosotros le trajimos a su hija sana y salva.

-Espero que Lastre haya cumplido la orden que le dí, ese malparido mototaxi no podía seguir respirando- dijo Iván.

-Fresco, que Lastre es un profesional- siguió hablando el paisa- bueno ahí le dejamos a su hija. Ahora pues si no es mucha molestia, necesitamos el billetico que nos prometió, don Iván.

Laura escuchó los pasos de Iván y luego el sonido de una gaveta abriéndose.

-Aquí está su parte, cuando venga Lastre yo le doy la de él.

-Bien, don Iván, muchas gracias.

-Díganle al patrón que gracias por haberme facilitado los carros y a su gente- dijo Iván.

-Tranquilo, don Iván que ahora todos nosotros somos de la misma familia ¿sí o no Mono?- siguió hablando el paisa.- Bueno don Iván, nos estamos viendo.

La puerta se cerró tras los pasos que Laura escuchó saliendo de su casa. Nunca en su vida había escuchado a su papá, Don Carlos Iván Curiel Isaza decirle “don”, “señor” y mucho menos “patrón” a alguien, ni siquiera al gobernador, al que le decía “Pablito”. ¿En qué clase de porquería se había metido? ¿Qué le había hecho a Pechi? ¿Quién era ese patrón que ejercía tanto poder sobre él? Estaba inmóvil y no podía abrir los ojos.

Pasaron varios minutos, u horas quizás. No tenía una noción clara del tiempo. Se perdía en una mezcla de sueño y recuerdos, de palabras y colores, de sabores y sensaciones, de olores y sonidos. Se vio a sí misma de niña, en un bosque con una enorme diadema en la cabeza. Su papá tomaba un arma con las manos. También tenía una diadema en la cabeza que le cubría las orejas , llevaba también unos gafas grandes y transparentes que le cubrían los ojos. Su papá apuntó, quitó el seguro del arma y presionó el gatillo.

Escuchó el sonido de un carro a lo lejos. Alguien había llegado. En ese momento abrió los ojos y vio que Patri caminaba rápidamente hasta la puerta, tenía suficiente fuerza para pararse pero sabía que si quería saber lo que pasaba debía quedarse tal y como había estado todo aquel tiempo.

La puerta se abrió y Patri subió de inmediato las escaleras. De inmediato escuchó el sonido inconfundible de los zapatos de Iván bajando hasta la sala.

-¿Cómo amanece don Iván?- dijo la voz de un hombre, que ella conocía muy bien. Era la voz del calvo que le había estado apuntando a Pechi con un revolver la noche anterior en el hotel.

-¿Qué más Lastre? Sientate por favor- dijo Iván.

-No, gracias, ya me voy- dijo Lastre- veo que ya le trajeron a la princesa ¿No se ha despertado? Yo creo que a esos manes se les pasó la mano, llenaron ese pañuelo y yo les dijo que con un poquito bastaba.

-Ya despertará- dijo Iván con desdén- ¿Y el mototaxi?

-Ya, a esta hora se lo deben estar comiendo los goleros- dijo Lastre en medio de una sonrisa descarada- ¿Sabe qué? Yo creo que si nos tomamos un tinto ¿Sí o no Guajiro?

Iván y los dos tipos se sentaron en los muebles disponibles. Laura entreabrió los ojos. Lastre se había sacado el arma del pantalón y la había puesto en la mesa de centro.

-¡Patri! ¡Tráenos unos tintos acá a la sala!- gritó don Iván.

Patri no tardó más de veinte segundos en aparecer en la sala. A Laura le sorprendió que no se escuchara ninguna alteración en la respiración de Patri, había un arma en la mesa, posiblemente cargada y ni siquiera se le había movido un pelo. No era normal. “Caras vemos, corazones no sabemos” pensó ella de inmediato.

Iván y sus dos invitados se tomaron el café despacio.

-¿Están seguros de que nadie los vio?

-Seguro, don Iván y a propósito, el patrón le manda a decir que ya se acerca el golpe final, seguramente antes del 24.

-Bueno, dígale al patrón que estoy ansioso de que ese momento llegue.

Laura escuchó la sonrisa de Lastre interrumpida por el sonido del sujeto sorbiendo el café. Era ahora o nunca. Se paró de sorpresa y tomó el arma de Lastre que estaba en la misma posición que ella había calculado.

-Las llaves del carro y los celulares, pero ya…- dijo Laura apuntando directamente a Lastre. El otro sujeto, al que Lastre llamó “El Guajiro”  intentó meter su mano en el pantalón, pero Laura quitó el seguro del arma y presionó el gatillo. Le dio justo en el brazo que había movido.

-¡Ay, mi madre!- exclamó el tipo al que no le había escuchado la voz, hasta ese momento.

Lastre y su papá soltaron los pocillos donde tenían el café y subieron las manos. Sin dejar de apuntarle a Lastre, le quitó el arma al herido que daba alaridos de dolor en el piso. Se metió el arma que le sobraba en el pantalón que le había pertenecido a Pechi y rápidamente recogió las llaves del carro que había saltado por los suelos, luego del disparo.

-Ya cálmate, mi reina, que tu no sabes manejar eso- dijo Lastre.

Laura apuntó a la cabeza de Lastre.

-¿Quieres probar que si se? Se me quitan la ropa los dos, de una.

-¿Qué carajos es lo que estás haciendo Laura Marcela?- se animó a preguntar Iván.

-Quítense la ropa o no respondo.

Lastre fue el primero en quitarse todo. Iván lo siguió de mala gana, atento al arma que cargaba su hija.

-¡Patri!- gritó Laura.

-¡Virgen Santísima!- exclamó Patri al ver a Lastre y a Iván desnudos y de rodillas en frente de la muchacha.

-Las llaves de la casa, pero ya.

Patri se sacó las llaves de uno de los bolsillos de su delantal.

-Abre la puerta del cuarto de San Alejo- ordenó Laura.

En un costado de la casa. Al lado del garaje estaba el cuarto de San Alejo. Un cuarto donde guardaban toda la basura que se producía en la casa, pero que por una u otra razón nadie se había atrevido a botar. Patri abrió la puerta.

-Ahora entren todos ahí, tú también Patri y dame tu celular- dijo Laura apuntado a Lastre.

La empleada le dio su celular a la muchacha y acto seguido, Lastre e Iván desnudos como estaban entraron al cuarto, arrastrando al herido que ya había caído inconsciente. Laura le quitó las llaves a Patri y la empujó adentró del cuartucho. Cuando todos estaban adentró cerró la puerta con llave.

Subió al segundo piso y entró al cuarto de su mamá que estaba abrazada con Juan Carlos, con la cara llena de lagrimas.

-Busca las llaves del carro, Mami, se van para donde Tía Claudia y se quedan ahí hasta que termine esta locura. Mi papá va a tener que pagar por lo que hizo- dijo Laura.

Su mamá empezó a llorar.

-Tranquila Mami, que todo va a estar bien- dijo Juan Carlos, gesto que Laura agradeció- Mi papá es un tipo malo, Mami, no se merece que lloremos por él. El otro día lo escuché hablando con un tipo por teléfono. Estaba diciendo que había traído a Laura de Bogotá para que le sirviera de garantía de que no se iba a voltear.

-¿De qué estás hablando Juan Carlos?- le preguntó Laura a su hermano.

-Yo estaba jugando en la piscina y me caí del otro lado del muro del jardín y él llegó hablando por celular y dijo que la garantía que daba de que no iba a voltearse era que tú ya estabas en Sincelejo.

-Es cierto- dijo la madre de Laura en medio de las lágrimas- tu papá se metió con gente muy peligrosa y solo Dios sabe la cantidad de barbaridades que han hecho.

Laura recordó de inmediato la noche anterior cuando Lastre le apuntaba con un arma a Pechi y ella salía gritando del baño. Adriana y Juan Carlos salieron del cuarto.

-Mami, te vas para allá, yo tengo que hacer algo muy importante- dijo Laura – cuídense mucho.

Cuando Laura regresó a la sala, luego de escuchar que el carro de Adriana se alejaba. Lastre estaba golpeando la puerta del cuarto de San Alejo con la pata de un mueble viejo,  ya había logrado hacerle un hueco, cuando la puerta se abrió. Era Laura apuntándole a la cabeza de nuevo.

-Nos vamos, Lastre- dijo ella.

Su papá estaba tratando de hacerle presión al herido y Patri lloraba en un rincón del cuarto. Salió de la casa con el calvo, que aún estaba desnudo y lo puso a manejar. Ella se metió en el puesto de atrás y le puso el cañón del revolver en la nuca.

-Me vas a llevar ahora mismo donde dejaste a Pechi, malparido- dijo Laura.

Lastre no pronunció ni una palabra mientras condujo. Laura había mirado el arma, tenía cuatro balas aún y se lo hizo ver a Lastre, que si algo tenía era un buen instinto de supervivencia. La llevó justo a la piedra donde había caído Pechi.

Salieron del carro. Lastre caminaba varios pasos delante de ella.

-Aquí fue que lo dejamos.

-¿Dónde? Yo no lo veo por ninguna parte- dijo Laura.

-Se cayó de ahí- respondió Lastre.

-Lo mataron ¿verdad?

Lastre cerró los ojos. Laura no pudo contener el llanto y bajó la guardia. Lastre aprovechó y empezó a luchar con ella para quitarle el arma. Laura se defendió con fiereza, aruñandole la cara al asesino y pateándolo en los testículos, pero el hombre solo tuvo que empujarla y hacerla caer para ganarle. El arma rodó por el mismo barranco por el que había caído Pechi y Lastre agarró a Laura y so colocó sobre ella.

-Ahora sí, mamita- dijo Lastre mirando a Laura a la cara-vamos a ver de a como nos toca, al menos me ahorraste el trabajo de bajarme el pantalón.

Estaba tratando de arrancarle la ropa cuando vio llegar una camioneta con el logo de la Policía Nacional.

-Policía Nacional, quieto- dijo uno de los tres policías que bajaron y apuntaban hacia él; Los policias no venían solos, de la camioneta también bajo una muchacha, de cabello negro lacio, vestida con unos vaqueros azules, una camiseta blanca apretada y unos zapatos deportivos que combinaban el negro y el blanco.

No pasó mucho tiempo. Los policías le habían echado una manta encima a Lastre y lo tenían custodiado en la camioneta. Uno de los muchachos estaba tratando de calmar a Laura que estaba sobre la piedra ensangrentada, llorando tratando mirando por el barranco. La muchacha se acercó y le pidió al policía que la dejara hablar con ella.

-¿Tu eres Laura, verdad?

Laura la miró en medio de lágrimas.

-Lo mataron, lo mataron.- dijo ella tocando la sangre seca en la piedra.

-No, ¿A Pechi? No, a él no lo mataron, él está en la clínica, un amigo mío lo encontró y se lo llevó. Está herido, pero está vivo.

Laura miró a la muchacha como si no le creyera ni una palabra de lo que le había dicho.

-¿Tú quién eres?- preguntó.

-Mucho gusto, Laura, soy Cindy Villarreal- dijo ella extendiendo la mano.

(c)

Anuncios

Navegación en la entrada única

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: