El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 27. El Escape.

El bus pasó las puertas de la cárcel, rumbo hacía los juzgados, donde un tipo gordo y canoso tendría la facultad de marcarle el destino para siempre. Lastre observó por las ventanas oscuras de aquel vehículo. No era el único prisionero al que llevarían en aquel viaje.

Dos puestos más adelante estaba un muchacho flacuchento, con la cara llena de manchas blancas y el cabello inundado de pequeños puntos blancos que hacían evidente su estado de salud. Le decían el Fito y había llegado a La Vega dos días antes. Lo habían llevado por clavarle una puñalada a una mujer en el centro, por no haber querido soltar a tiempo el bolso de mano, donde llevaba la plata que había acabado de sacar de un cajero automático cercano. Aquél día a Fito le leerían los cargos. Lastre veía a aquel muchacho y por más que le buscaba una utilidad para su plan, no se la encontraba por ninguna parte.

Un puesto detrás, en el otro costado del bus, estaba un hombre gordo y corpulento. El sujeto era al menos dos palmos más alto que Lastre. Había llegado a la prisión antes que él, por haber ahorcado a una de las prostitutas de un burdel por los lados de La Selva. Según escuchó la mujer con la que se había encerrado la noche del crimen, se había burlado de su miembro, escondido entre capas y capas de grasa acumulada por los años y el hombre sencillamente no soportó la burla contra su hombría y apretó el cuello de la vagabunda hasta que sencillamente dejó de respirar. Le decían El Mola y Lastre no tenía razones para creer la historia, después de todo siempre había visto a aquel hombre apartado y en silencio y nadie en la cárcel se había atrevido a hacerle ninguna pregunta respecto a ese tema, ni a ningún otro.

Lastre si vio potencial en El Mola para su plan. El bus no tardo más de 15 minutos en recorrer las diez o doce cuadras que separaban la cárcel del edificio de los juzgados. Imaginaba que al llegar un grupo de personas, familiares y amigos de las personas que había mandado a liquidar, estarían allí presentes para escupirlo y maldecirlo. Se equivocó. Fuera de un vendedor de jugos que siempre había visto allí, la puerta del edificio se encontraba completamente vacía.

El funcionario del servicio penitenciario lo hizo pasar por todos los controles y registros, hasta que llegaron a la sala de espera. Había 6 guardianes y los tres prisioneros estaban esposados con las manos a la espalda. Los guardianes no les quitaban los ojos de encima ni por un segundo.

Primero se llevaron a Fito. Aunque Lastre intentó hacerle una señal a Mola, este estaba más absorto que de costumbre. Definitivamente no había manera de hacerlo parte de sus planes. Tendría que hacerlo todo él solo, sin ayuda.

Tenía presionada contra la mejilla izquierda una pastilla que le habían conseguido el día anterior. Le había costado casi trescientos mil pesos, pero el precio no importaba mientras le fuera de utilidad.

No habían pasado más de dos minutos desde que se había tragado la pastilla, cuando empezó a sentir nauseas, los guardianes y Mola lo miraron atentamente, incluso ya algunos pensaban que era alguna farsa, cuando empezó a salir el vómito de su boca. Eran tan violentos los ataques que Lastre empezó a preguntarse si no había exagerado, especialmente cuando vio vetas rojas en la sustancia viscosa que expulsaba de su boca.

Dos de los guardianes lo llevaron hasta los baños y lo colocaron frente al inodoro para que terminara de vomitar. Lastre inclinó su cabeza sobre el inodoro. Sentía que le habían metido una licuadora en el estómago.

Los guardianes tenían la puerta abierta y el color lívido en el rostro del criminal no los hacían sospechar nada. Habían avisado por radio que le trajeran un médico para examinarlo y verificar si era capaz de estar presente en la lectura de la condena por parte del juez.

Lastre cerró los ojos un momento. Se acordó de la hija de Curiel. Y pensar que la muchachita le había dado una pista de lo que tendría que hacer ahora. Los guardianes trataron de despertar a Lastre pero este no respondía, tenía la piel fría y los labios morados. Solamente necesitaba un momento de distracción y entonces tendría una oportunidad. Justo cuando percibió que uno de los guardianes se había marchado a buscar el médico y el otro se había acercado para ver que tenía, puso en marcha la segunda parte de su plan.

Golpeó al guardián en los testículos y luego lo golpeó en la cabeza utilizando la rodilla, para luego agarrarlo con las manos esposadas y golpearlo sin misericordia contra el borde del inodoro hasta que este quedó cubierto de la sangre roja y brillante de aquel hombre desconocido. Tomó las llaves y se liberó.

Agarró el arma del guardián y el radio. Justo en ese momento entraron el otro guardián y el médico. Lastre se fue en contra del tipo, que ya estaba buscando su arma, no le fue difícil someterlo, pero se dio cuenta que el médico se disponía a largarse y a gritar a los cuatro vientos lo que estaba sucediendo. Se alejó del guardián y se dirigió hasta la puerta. Lastre agarro al hombre por el pelo y lo lanzó contra la pared. Cayo inconsciente de inmediato.

El guardián se estaba levantando del piso confundido por los golpes que le habían propinado. Era hora de acabar con ese problema de una vez por todas. Lastre le rodeó el cuello con el brazo derecho y apretó con todas sus fuerzas, sin ver, solamente escuchando el ruido de las piernas del guardián moviéndose con ansias en el piso, hasta que finalmente dejó de luchar.

Le dio seguro a la puerta. Le quitó la ropa al médico y se puso los lentes de sol que este traía puestos en la cabeza. Se limpió las salpicaduras de sangre en el cuello y en la cara y salió de aquel sitio como si nada hubiese pasado. Había terminado de salir del edificio cuando escuchó las alarmas y los gritos. Ya estaba a salvo.

Caminó a pie hasta el centro. Allí, en una de las esquinas más importantes había un edificio de unos doce pisos, había sido propiedad de un narcotraficante por allá en los años ochenta y nunca lo habían terminado. No tenía paredes y el tiempo le había quitado toda la solidez y la belleza que algún día pudo haber tenido. Entró por uno de las láminas de zinc que cercaban el lugar, bajo la mirada atenta de un pordiosero que vigilaba aquella puerta inusual.

Aquel lugar estaba poblado de maleza. La naturaleza se había encargado de destruir poco a poco aquel viejo armazón de concreto. Había sido verdaderamente un desperdicio de dinero. Sin embargo era en aquel lugar donde se habían planeado y ordenado los asesinatos que había ocurrido a finales del año anterior.

Lastre subió las escaleras. Habían varios sacos llenos de tierra elevados hasta el techo, aunque ya había estado allí antes, no recordaba por donde era la entrada. Seguramente El Paisa cambiaba la posición todos los días, para así tener algo de ventaja en caso de una visita inesperada.

Tuvo que rodear todo el piso para encontrar el punto por donde debía entrar, para encontrar a la persona que buscaba. Caminó por un pasillo estrecho hasta llegar a un espacio amplio, iluminado con luces blancas.

Había varias colchonetas tiradas en el piso; una mesa amplia donde un tipo parecía estar armando algo, en medio de una profusión de cables y cilindros; y al fondo una mesa donde cuatro tipos estaban jugando dominó en ese momento.

Uno de ellos lo observó y dejó las fichas sobre la mesa.

-¿Lastre?

Los otros tres voltearon de inmediato. Estaban allí El Paisa, que era uno de los encargados de la seguridad del patrón. Estaba también El Mono, que era el que lo había identificado y que hacía las veces de conductor. También estaba Curiel. Y finalmente completaba el cuarteto el mismísimo patrón.

-Lastre, veo que te adelantaste la salida de la cárcel un par de años- dijo el hombre que vestía con una bermuda marrón, una camiseta blanca y unas chancletas.

-Así es, patrón, vengo a ver si todavía tengo el camello- dijo Lastre.

-Claro que sí amigo mío, ya se acerca el golpe final y necesitamos de gente como tú- le respondió el patrón, que desde Noviembre se había dejado crecer el bigote y se había cortado el pelo que antes solía llevar más largo.

El patrón dejó las fichas también en la mesa y se paró a conversar con Lastre, apartados de los otros tres.

-¿Estamos para las que sea, Lastre?-así es señor, respondió él.

-Me contaron lo que pasó en la casa de Curiel, te dejaste joder de una peladita como Laura, estás fregado Lastre- dijo el patrón.

-Esa peladita nos engañó, patrón, además tenía mucha rabia porque le habíamos matado al novio, no quería que me diera un tiro, a mi me gusta estar vivo, patrón- dijo Lastre.

-El problema es que no mataste al novio de la niñita- dijo el patrón.

-Si, ya de eso me enteré patrón, el hijueputa declaró en contra mía en el juicio, gran malparido ese.

-Si, el hijo de Mansur lo sacó de allí, los estaba siguiendo Lastre.

Se llenó de rabia y de frustración. Nunca se le había escapado nadie al que le hubiese puesto el ojo y el mototaxi y la hija de Curiel no solo se le habían escapado sino que lo habían mandado a la cárcel. Quedó mirando a Curiel por un rato.

-Vea, patrón, a la niñita esa y al novio, al malparido mototaxi ese los voy a mandar para el otro mundo así me tenga que ir con ellos, y si el mariquita de Curiel se mete, también le meto un tiro a él.

El patrón se quedó pensativo y se acariciaba su bigote que a decir verdad no le lucía muy bien en sus rasgos finos y fileños.

-Todo a su tiempo, Lastre, ahora hay cosas más importantes que hacer… y que matar.- fue lo único que pudo decir después el patrón mientras observaba al tipo de los cables trabajando en el mesón.

(c)

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