El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 29. La Explosión.

Miércoles 20 de Enero. Un día excelente para todos aquellos que trabajaban llevando y trayendo pasajeros en sus motos, propias, prestadas o alquiladas. Pechi había pasado ocupado toda la mañana y apenas si le dio tiempo de comerse un par de empanadas por los lados de la corraleja a mediodía que le sirvieron como almuerzo. Por la tarde el trajín fue aún mayor. No bien llevaba un pasajero hasta la corraleja, encontraba otro para llevarlo hasta otro punto de la ciudad, donde encontraba otro pasajero para ir hasta la corraleja y así tantas veces que cuando se dispuso a ir hasta su casa a cambiarse, a eso de las ocho y treinta de la noche, no sabía a ciencia cierta cuantos carreras había hecho en el día.

Miró dentro de la riñonera y sacó el producido del día. Había sido excelente. Con aquel dinero hubiese podido pagar veinte cuotas de la moto y aún le sobraría algo de dinero para salir. Pero las cuentas no las podía sacar de esa manera. Le dio la mitad de la plata a Salma para los gastos de la casa en los días por venir, incluyendo las cosas que le faltaban a Kate para ir al colegio. Guardó debajo de la cama la plata para pagar dos cuotas, sabiendo que aquel día no iría a casa de Nane. Y dejo el resto para poder salir con Laura y darle una noche que ella en realidad se mereciera.

Luego de bañarse y perfumarse vio sobre su cama la pinta que había comprado para aquel día. Le había pedido consejo a Cristian, pero este en lugar de limitarse a dárselo, prefirió acompañarlo personalmente a comprar la ropa desde el Domingo. Pechi estaba feliz. Estaba muerto del cansancio, pero la sola idea de pasar el resto de la noche con Laura le dio fuerza no solo para cambiarse y vestirse, sino para volver a encender la motocicleta para buscar a la mujer que amaba.

Ya eran más de las nueve cuando Pechi llegó a Pioneros a buscarla. Aún le faltaba el maquillaje pero estaba preciosa. Adriana lo miraba como buscándole algún defecto, pero la verdad era que Pechi estaba bastante cambiado. En lugar de vestirse de manera informal, llevaba camisa, pantalón, correa y zapatos clásicos. Laura lo vio de reojo y le sonrió pero parecía más preocupada por no sacarse un ojo con el lápiz que por alagarlo a él. Finalmente cuando terminó se acercó y le dio un beso.

-Bueno, mototaxi, ahora sí que me sorprendiste- dijo ella.

-Ah, es que tú sabes, que tienes es a un man pinta contigo- dijo el riéndose.

-Tan convencido- dijo ella quitándole la mirada.

Laura sacó de su bolso la cedula y unos billetes y se los entregó a Pechi.

-Guárdame ahí, maluco, en este vestido no se puede guardar nada- le dijo ella.

Llevaba un vestido color marrón, con falda a la mitad del muslo, un cinturón en un tono más claro y un solo hombro descubierto. Los zapatos tenían un tono parecido, pero tenían puntos que los hacían brillar cada vez que Laura se movía. Se veía hermosa.

Ambos salieron. Pechi decidió dejar la moto en la plazoleta e ir hasta la Plaza de Majagual en taxi. No confiaba en que pudiese encontrar un sitio para parquear su moto y lo que menos quería era poner a caminar a Laura, cuando lo que quería era que ella disfrutara aquella noche. Laura llamó al servicio de taxis desde el celular. Pechi la quedó observado, no podía creer que hubiese tenido la suerte de encontrar a alguien como ella. Sin decirle una palabra tocó los labios de ellas con los suyos, en un beso inocente, pero prolongado.

El taxi llegó y los interrumpió. Ambos abordaron. Había muchísima gente dirigiéndose a la Plaza de Majagual. Aquel día se presentarían cantantes y grupos de generos muy variados y sobre todos de amplio reconocimiento nacional y hasta internacional y lo mejor es que la entrada era completamente gratis.

El taxi los dejo casi a dos cuadras de la Plaza. Ambos caminaron los metros faltantes agarrados de la mano.

El sitio estaba a reventar. Las calles estaban cerradas dos cuadras alrededor de la plaza, que ya estaba abarrotada. Laura tenía cara de afligida, obviamente pensaba que no iban a poder disfrutar del concierto.

La Plaza estaba rodeada por tres gradas en los costados sur, este y oeste, respectivamente, interrumpidas por escaleras de acceso. Un enorme arco de acero abarcaba el costado norte de la plaza de este a oeste, en cuyo centro estaba una especie de techo, parecido al de una carpa, pero hecho en el mismo material metálico. La tarima desde donde se daría el concierto estaba ubicada debajo de este techo, para proteger a los artistas en caso de lluvia, que aunque en otros tiempos hubiese sido poco menos que imposible en pleno Enero, ahora nunca se sabía a ciencia cierta cuando empezaría a llover.

Pechi se metió a empujones por el costado oeste de la plaza, abriéndose a empujones desde el pilar que sostenía el arco hasta que él y Laura pudieron ver de cerca la tarima. A las diez en punto empezó la programación, con la presentación del primer grupo.

Era un reconocido grupo de música tropical que el alcalde había traído desde Puerto Rico. El público enloqueció. Pechi y Laura eran felices, bailando allí apretujados y golpeándose con otras parejas que intentaban hacer lo mismo que ellos.

Algunos de los presentes le ofrecieron trago a Pechi, pero este se negó, quería estar en sus cincos sentido para disfrutar de aquella noche con Laura. Ya habían pasado, además del grupo de merengue de Puerto Rico,  dos grupos de vallenato, cuando salió a escena un grupo de reggaetón. Pechi y Laura bailaron a pesar de los inconvenientes, hasta terminar empapados de sudor. Pechi además terminó aquella tanda de música con una erección que intentó ocultar por todos los medios, pero que al final Laura descubrió.

-Vamos a tener que echarte agua fría- le dijo ella.

El siguiente grupo a presentarse era un grupo que tocaba porro sabanero. La gente en la plaza emitió un sonido estruendoso al escuchar las notas de “La Fiesta en Corralejas”, aquel era más que un himno de la fiestas, un himno de todos los sincelejanos. Laura besó apasionadamente a Pechi, escuchando el sonido de la música, el muchacho sintió las ganas y el calor de ella sobre su piel, queriendo al mismo tiempo estar allí para siempre y llevarla a un lugar para poder amarla sin límites.

De pronto, sin avisar, la muchacha se desprendió violentamente de él.

-¿Qué pasó, mi amor?- dijo Pechi, bastante emocionado, por decir lo menos.

-Nada, es que me pareció ver a…- empezó diciendo Laura.

-¿A quién, mi vida? – preguntó Pechi.

-No, no me hagas caso- dijo Laura apoyándose contra él mientras sonaba ahora “El Sapo Viejo” en los instrumentos de la banda folclórica en tarima.

No había terminado la canción cuando Laura volvió a hacer lo mismo. Esta vez, Pechi si se preocupó.

-¿Mi amor que es lo que te pasa? ¿Qué viste?- preguntó el muchacho desesperado.

-Mi amor, te juro que acabo de ver a Lastre- dijo ella.

-¿A Lastre, el calvo?- preguntó Pechi.

-Sí, lo vi por allá cerca a las gradas- dijo la muchacha.

Pechi volteó a ver, había demasiada gente, quizás Laura había confundido a alguien con aquel criminal, pero dadas las circunstancias, no estaba dispuesto a correr ningún riesgo.

-Mi amor, no veo a nadie dijo Pechi- mirando por todos lados, mientras tenía a Laura firmemente agarrada de su mano.

Entonces lo vio. Era la misma mirada fría, las cejas despobladas y la cabeza completamente calva, que se acercaba hacía ellos. No cabía duda, era Lastre. Pechi no se alcanzó a preguntar como carajos había hecho ese criminal para encontrarlos allí en medio de la caldera humana que en ese momento era la Plaza de Majagual, sino que se concentró en el arma que aquel individuo traía en su arma derecha. Si quería matarlos aquél era el lugar indicado.

-¡Ahí está, Pechi!- dijo Laura que evidentemente estaba viendo lo mismo que él.

-Ven conmigo y no te sueltes- dijo él.

Si entrar a la plaza en medio de aquel monumental desorden era tarea difícil, salir de allí sí que lo era aún más. Pechi intentaba correr con Laura, pero la cantidad de gente apretujada en torno a la tarima era tal, que apenas si podían avanzar, en medio de gente insultándolos y cerrándoles el paso.

Lastre avanzaba mucho más rápido. Evidentemente no le interesaba el bienestar de la gente que se le atravesaba en el camino, y Pechi lo vio golpeando y apartando a la fuerza a los pobre infelices que tenían la mala fortuna de encontrarse con él.

Ya estaban bastante más cerca de la tarima, justo debajo del techo metálico que colgaba del arco de la plaza, cuando a Pechi se le ocurrió algo. Agarró a Laura y la obligó a agacharse.

-¿Qué haces?- le preguntó la muchacha.

-Así no podrá vernos y se perderá- le contestó Pechi.

El grupo había terminado “El Sapo Viejo” y empezaba a tocar “El Arranca Teta”. Pechi abrazaba a Laura agachados en el piso bajo la mirada alarmada de aquellos que estaban a su alrededor.

Pechi se levantó despacio y miró alrededor. Lastre no estaba cerca, al menos no en el punto donde lo había dejado antes de agacharse; ayudó a Laura a levantarse y trataron de caminar entre la multitud. Aunque llevaban un buen rato tratando de salir aún estaban cerca de la tarima, donde el grupo empezaba a tocar ahora “María Varilla”.

Pechi alcanzó a calcular una ruta para salir rápido cuando escuchó el grito sobrecogedor de Laura ahogado por la música a todo volumen que llenaba en ese momento la plaza. Había el cañón de un arma en su sien derecha. Algunos que estaba cerca de ellos empezaron a gritar también, aunque otros más ni siquiera se inmutaron.

Pechi miró de reojo, era Lastre, vestía una camiseta roja pegada al cuerpo y tenía en la mano un revolver negro, que Pechi sentía frió sobre su cabeza.

-Es hora que te vayas para el otro mundo, mototaxi- dijo Lastre quitándole el seguro a su arma y presionando el gatillo.

Se escuchó una explosión infernal y una presión enorme, como un viento huracanado, levantó a Lastre y a Pechi del piso para volverlos a arrojar contra el con más fuerza, mientras una bola de fuego enorme ardía cerca del pilar oeste del arco de la plaza.

El lugar se volvió una locura. La gente que había quedado de pie trataba de salir a toda prisa. Pechi trató de ponerse de pie, pero le costaba respirar. Trató de llamar a Laura, pero el aire en sus pulmones se lo impedía. Pudo ver en medio de la multitud a Lastre tirado en el piso tratado de levantarse. Entonces escuchó un sonido monstruoso. El arcó de la plaza se movía. El techo que estaba justo sobre él y sobre las personas que aún estaban cerca de la tarima temblaba y estaba desequilibrado.

Lastre ya no estaba. Vio como alguien había lo había ayudado a levantarse y se lo estaba llevando de aquel lugar, pero no veía a Laura por ningún lado. Vio el arma con la que el criminal le había apuntado hacía unos segundos, debajo de una de las vallas que utilizaban para separar a los espectadores de los artistas de la tarima. Quizás le sería de utilidad, la tomó y la guardó en su pantalón. Entonces la vio.

Laura estaba atrapada por una de las vallas, el pie se le había quedado atrapado debajo y no podía sacarlo. El techo metálico suspendido únicamente del arco, seguía meciéndose y emitía un sonido lúgubre que a Pechi le pareció escalofriante. Todos los que estaban cerca de allí empezaron a dejar el lugar despavoridos.

Con todas las fuerzas que le quedaban luego del golpe, Pechi levantó la valla que estaba aprisionada por uno de los bafles que había caído desde la tarima.

El techo seguía moviéndose y justo cuando este empezó a caer, Laura sacó el pie de debajo de la valla y Pechi pudo ponerla a salvo a solo centímetros del lugar donde había caído el objeto metálico con una violencia tremenda.

Con la adrenalina del susto. Pechi cargó a Laura y la sacó de aquel lugar. Se dio cuenta que ella tenía el pie lastimado y tampoco quería que viera el desastre de vidrios, cables y heridos que había quedado por toda la plaza.  Corriendo con la muchacha en los brazos, caminó con rumbo hacia el monumento de Las Vacas. En un salón al que su mamá lo había llevado algunas veces de niño y donde se celebraban algunas reuniones religiosas, Pechi vio a varias personas, saliendo en ropa de dormir a ver qué era lo que sucedía. Del otro lado, doblando la esquina vio la camiseta roja de Lastre y al tipo que lo acompañaba.

-Laura ¿Tu confías en mí?- le preguntó Pechi antes de tomar una decisión.

-Con todo mi corazón, Pechi- respondió ella aún bajo el efecto alucinante de la adrenalina.

Pechi entró al salón y le pidió a las personas que estaba allí que cuidaran a la muchacha, mientras él terminaba de hacer algo muy importante. Una mujer mayor en bata de dormir, un hombre que parecía ser su esposo y una niña que parecía la nieta de ambos se quedaron con Laura mientras Pechi salía a toda prisa de aquel lugar.

-Esto lo hago por los dos- le dijo Pechi a Laura antes de despedirse desde la reja del salón, mientras la señora trataba de ver que le había sucedido en el pie.

Pechi salió a la calle nuevamente y dobló por la misma esquina por donde vio que dobló Lastre. Caminó y caminó. Ya había avanzado varias cuadras y ya estaba pensando que quizás habían tomado otro camino cuando los vio a lo lejos.

Pechi intentó correr, pero el cuerpo no le respondía. El golpe lo había maltratado. Caminó lo más que pudo tratando de no perder de vista a aquellos sujetos. Habían doblado para entrar al Parque Santander, Pechi también dobló y tocó el arma que tenía escondida en su la parte de delante de su cinturón. No podía seguirlos tan de cerca. Había mucha gente en la calle aún, la mayoría tratando de huir del desastre de la plaza, un tiroteo allí empeoraría la situación y alguien podría salir lastimado.

Los individuos atravesaron el parque y tomaron la calle que da al barrio La Ford. Pechi los seguía de cerca. Debía ubicarlos en un sitio fijo para poder llamar a la policía. Tomó el mismo camino que los tipos a los que seguía, pero ya no vio a nadie. No podía ser que hubiesen desaparecido así como así.

Pechi examinó la calle, no había casas cerca donde su hubiesen podido esconder. Lo único que le llamó la atención fue una lámina de zinc abierta en el cercado improvisado del famoso edificio sin terminar que se veía desde cualquier parte del centro.

Esos tipos no habían podido meterse en otro lugar, pero Pechi no estaba seguro, así que antes de llamar a la policía debía verificar. Sacó su teléfono de su bolsillo. Aunque estaba golpeado, aún servía.

Entro a ciegas a aquel lugar. Estaba oscuro y el piso estaba desnivelado, pero escuchaba voces, eran varios hombres discutiendo en alguno de los pisos de arriba, Pechi utilizó la linterna de su celular para ubicar la escalera. A medida que subía podía escuchar las voces claramente. Una de ellas la reconocía muy bien, era la del paisa que lo había sacado del hotel aquella madrugada, la otra era la de Lastre y la tercera voz no la identificaba.

-¿Le pusieron la carga a la muchacha?- preguntó el tipo de la voz desconocida.

-Sí, patrón, pero esa vaina no va a explotar desde acá tan lejos, para activarlo hay que estar cerca del lugar.- dijo el paisa.

-Mejor hubiese sido dejar vivo al tipo de las bombas- escuchó decir Pechi a Lastre.

-¿Y tú donde carajos estabas, Lastre? ¿Por qué te perdiste?- preguntó el sujeto al que le decían “patrón”.

Lastre no contestó.

-Se fue detrás de la hija de Curiel y del mototaxi, el los vio cuando estaban entrando a la plaza.- dijo el paisa.

Pechi se había encontrado con un muro de sacos llenos de tierra. Estaba bien organizado como una pared que resguardaba una habitación. El muchacho se asomó por uno de los huecos y vio a los tres personajes que hablaban.

-¡Esa no fue la orden que te di, Lastre!- dijo el patrón furioso.

Lastre estaba arrodillado frente él.

-Perdóneme patrón, yo no quería…- trato de decir el calvo, pero el patrón lo interrumpió.

-¡Las dos bombas debían explotar y ahora por tu culpa ya no se puede! Dame tu arma, paisa.

-Patrón, pero- empezó a decir el paisa.

-Dame el arma o tendré que buscar la mía, gran hijueputa.

Pechi marcó el número de la policía, mientras tocaba el arma que llavaba escondida en su pantalón.

-Aló, policía, los tipos que pusieron la bomba en la plaza, están escondidos en el edificio abandonado de la 19 con 20- dijo el muchacho en susurros.

-¿Está usted seguro señor?- respondió la operadora.

-Que sí, venga rápido, están en el segundo piso, antes que se vayan.

Se escuchó el sonido de un disparo. Pero al contrario de lo que Pechi esperaba el que estaba en el suelo no era Lastre, sino el paisa. Lastre ahora apuntaba a el patrón.

-Ahora sí, perro malparido ¿Por qué no te buscas tu pistola y vemos quién es más macho aquí?- dijo Lastre mirando al patrón.

Pechi sin querer había encontrado la entrada y caminó por el pasillo que daba hasta la luz blanca de la habitación donde había ocurrido el disparo.

-Lastre, deja la maricada y salgamos de aquí, ni siquiera sabes si alguien te siguió- dijo el patrón.

-Mire, Don Marcelo, no me crea tan marica, usted de aquí no sale vivo- dijo Lastre.

Pechi se asomó a la habitación y vio como el calvo se preparaba para disparar.

-Hasta aquí llegaste Marcelo Guevara, ahora si te vas a morir, pero de verdad.- dijo Lastre, antes de que Pechi entrara a la habitación y apuntara el arma hacía el.

-Quédate quieto, Lastre- dijo el muchacho.

Lastre no estaba de paciencia para una situación tensa de negociación y se volteó a dispararle a Pechi.

-Ahora si te mando para el otro mundo, mototaxi marica- dijo Lastre escondiéndose en una de las mesas.

Lastre disparó y la bala dio en uno de los sacos de arena a pocos centímetros del lugar donde Pechi estaba. Pechi trató de disparar pero el arma solo disparó dos veces y quedó descargada. Lastre se rio y se salió del escondite.

-Ahora si hora de que te mueras perro hijueputa- dijo Lastre.

Antes de que disparara, Pechi se lanzó sobre el y empezaron a disputar el arma. Pechi se apoyó con el pie derecho y lanzó todo el peso de su cuerpo contra Lastre que cayó sobre una de las columnas en medio de la habitación. Hubo silencio.

Lastre había quedado quieto y había soltado el arma. La sangre empezó a caer sobre el piso de cemento bruto, alcanzó a caminar unos pasos adelante, con lágrimas en los ojos sintiendo un gran dolor. Cayó de rodillas al piso y finalmente se desplomó sobre el piso para no levantarse más. Pechi se dio cuenta que había caído sobre una varilla que quedaba suelta de la columna donde lo había empujado.

No le dio tiempo de pensar en nada. Sabía que faltaba alguien. El patrón, o Marcelo como lo había llamado Lastre, estaba empezando a bajar las escaleras aprovechando la distracción. Pero Pechi le apuntó con el arma antes de que lograra su objetivo.

Cuando llegó la policía encontraron al muchacho terminando de amarrar al patrón, con los cables sueltos que había encontrado en una de las mesa. Ahora era libre y lo único que tenía en la cabeza era ir al lugar donde se encontraba Laura para volverla a abrazar.

(c)

 

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