El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 31. El Atardecer.

Pechi terminó de ponerse los zapatos de tela de color negro que utilizaba para trabajar en la moto. La casa estaba vacía. Su mamá y su hermana se habían marchado para Valledupar aquella mañana. Las envió con parte del dinero que le habían dado en la policía como recompensa por haber ayudado a capturar a Marcelo Guevara. En el trascurso de aquella semana lograron capturar a casi todos sus complices, el único que seguía prófugo era Curiel. De acuerdo con lo que le dijo Cindy, El Guajiro había recibido la orden de asesinarlo, pero Curiel le ofreció dinero para que lo dejara escapar. Si era cierta o no aquella versión, ya era cosa que a él no le interesaba. Laura se inclinaba a creer que su papá estaba vivo. Pechi no se lo decía pero para él, El Guajiro le había metido un tiro a Curiel y había escondido el cadáver, e insistía con la versión de que había huido para ahorrarse un par de lustros de condena en la cárcel.

El juez falló a favor de Adriana, Laura y Juan Carlos respecto a los bienes del ahora supuestamente prófugo Iván Curiel. Aquel mismo día recibirían los documentos que garantizaban todos los derechos sobre las cuentas y las propiedades que antes figuraban a nombre de aquel individuo, responsable de que a él le metieran un tiro que por poco acaba con su vida.

Pechi dio una mirada alrededor, había empacado todo lo que necesitaba. Las pocas cosas que había en la casa, las había regalado aquel mismo día en la mañana, cuando su madre ya debía estar llegando a El Bongo en su largo camino hasta la casa de su hermano en el Cesar.

Lo único que había dejado era el espejo. Tenía una especie de conexión con él y se había resistido a regalarlo. Sabía que quizás aquel mismo día por la noche, o cuando otras personas llegaran a ocupar la casa, el espejo pasaría a otras manos, pero él ya no estaría allí para verlo.

Se despidió de aquella casa, donde había vivido desde niño, desde que su madre se mudo de su natal Chinú huyendo del hombre que la había violado en tres oportunidades con la consecuencia perdurable del nacimiento de su hermana Kate.

Salió de la casa y le dio candado. La propiedad no tenía escrituras, como muchas otras del sector. Su mamá había invadido el lote, junto con las otras familias que vivían en aquel barrio y había construido cada pared y cada techo con el sudor de su frente y con las pocas ayudas que recibían de algunas organizaciones de caridad que iban en ocasiones a colaborarles con cualquier cosa. Pero era definitivo. No pensaba regresar.

Encendió la moto y saludó a Migue que estaba cargando a su hija del otro lado de la calle, con la eterna pantaloneta amarilla que al parecer nunca se quitaba. Bajó por la calle hecha un desastre por el aguacero de la mañana. Ya el sol se empezaba a ocultar y el cielo cambiaba su tonalidad azul, a un color rosa suave matizado por algunas nubes oscuras que auguraban más lluvias por las horas de la noche.

Llegó a la carretera troncal y siguió por El Zumbado, doblo por la Avenida Alfonso Lopez y siguió derecho hasta la Iglesia de los Mormones donde dobló rumbo a El Cortijo. Llegó a la casa de rejas negras en la que en tantas ocasiones fue a recoger y a dejar a Cindy. Pitó dos veces. Salió Alirio con un perro labrador a su lado.

-Pechi, Cindy no está aquí mijo- dijo el anciano- Para dentro, Miguel Ángel.

-Tranquilo Don Alirio, que vengo a hablar con usted-dijo Pechi sin bajarse de la motocicleta.

Alirio se dirigió hasta él lugar donde estaba Pechi. Miguel Ángel se quedo cerca de la puerta.

-Dime muchacho.

Pechi sacó de su morral dos sobres de manila. Uno llevaba escrito el nombre de Nane Mansur y el otro simplemente decía Laura.

-Le dice a Cindy que me haga el favor de entregar estos paquetes, en el de Nane está la plata que le debo de la moto, que con eso ya quedamos en paz- dijo Pechi.

Alirio le recibió ambos paquetes un poco extrañado.

-Y dígale que le entregue el otro paquete a Laura, ella sabe quien es- dijo Pechi encendiendo la motocicleta- bueno Don Alirio, que  me le vaya bien y que mi Dios me lo bendiga mucho.

-Amén, muchacho- respondió el anciano.

Pechi arrancó con rumbo hacia el Maizal para tomar su rumbo. Busco en el bolsillo de la camisa su viejo celular, el mismo que había aguantado un intento de asesinato y una explosión en la Plaza de Majagual, lo miró un momento y lo arrojó a la calle donde se reventó en pedazos.

Recordaba la carta que le había escrito a Laura hacía un par de horas.

“Laura.

Se que después de que leas esto te vas a sentir confundida y hasta puede que llegues a odiarme, pero créeme que esta es la mejor decisión que puedo tomar. Sabes que te amo, te amo más de lo que he amado a ninguna otra persona en el mundo, pero por eso mismo no quiero que frenes tus sueños y te quedes atascada conmigo. Ahora que has recuperado todo lo que te pertenece por derecho, debes hacer todo lo posible para mantener a salvo a tu hermano y a tu mamá, debes hacer todo lo posible para terminar tu carrera, para que viajes y salgas a conocer el mundo como tantas veces me lo dijiste. Yo no hago parte de esos sueños y tú lo sabes. Te amo, pero también se que amo ser libre y no estar atado, así sea a la persona que más quiero en el mundo y se que en algún momento voy a tener que elegir entre mi libertad y mi amor por ti y ni siquiera yo quiero saber la respuesta. Me mataría fallarte, faltarte o que me vieras de otra manera a la que me ves cada vez que estás frente a mi. Es el momento de que yo tome mi camino, buscando mi libertad, la que nunca había disfrutado completamente porque estaba condenado a vivir el día a día para responder por mi mamá y mi hermana. Creo que es hora de descubrir por mi mismo que quiero hacer en la vida y que es lo que realmente debo hacer con ella. Por favor trata de entenderme. Y si llegas a odiarme, por favor al menos guarda un bonito recuerdo, como el que siempre yo tendré de ti. Te amo con todo el corazón y siempre te voy a llevar en mi pensamiento y en mi alma.

Atte.

Pechi”

Siempre habría de recordar a Laura tal y como la vio aquella madrugada, luego de la explosión, cojeando agarrada de su mamá, sonriedole y diciéndole adiós con la mano. Solo necesitaba eso para olvidar las explosiones, los techos que caian del cielo, los edificios abandonados, los muertos, los policías y todos los recuerdos tenebrosos de aquella noche infernal.

Pechi ya había salido de Sincelejo, iba por el camino para Sampués pero su punto de llegada estaba aún a muchos kilómetros de aquel lugar. Llevaba el morral en la parte de adelante y lo tocó con su mano derecha. Allí adentró además de un par de mudas de ropa que podría necesitar en el viaje, llevaba el resto de la recompensa. Era lo que necesitaba para comenzar de nuevo.

El sol brillaba a un costado por el occidente, y Pechi se levantó el visor del casco para verlo a su derecha. Aquel era el comienzo de una nueva vida para él, con muchos recuerdos y una vida por delante. Se bajó el visor y se enfocó en el horizonte del camino, mientras el sol terminaba de ocultarse emitiendo sus últimos rayos sobre la portentosa amplitud de la sabana.

FIN.

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3 pensamientos en “Capítulo 31. El Atardecer.

  1. Me hiciste llorar… Pechi se merecia un buen final… ke bueno

  2. @lony1791 en dijo:

    Al final ni terminaron juntos, No me parece eso se que Pechi se merece una nueva vida pero dejar a su familia, a Laura , abandonar su casa, a son de prosperar en otro lado! al final se abandona el centro de la historia, el mototaxismo y sincelejo! lo siento pero esperaba otro final! Por lo menos que hubieran quedado juntos! igual chevere que se muestren a través de esta historia un poco de la cultura de acá!
    Bien Hecho!

  3. charlieroa en dijo:

    buena novela, pero pienso que pechi debio haber terminado conn Laura ps para que fuera un final feliz…. 😉 excelente noovela, estuve pegado durante tres dias en mmmis ratos libres…

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