El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 32. El Prólogo

Tendido en el colchón tirado sobre el suelo basto de la bodega, Javi observó como la claridad del amanecer empezó a filtrarse lentamente por los calados de la pared y por las rendijas de la puerta. Otro día más, otro día menos de vida, si es que eso a lo que se enfrentaba diariamente se podía llamar vida.

Se hubiese quedado otro rato mortificándose si una columna de luz proveniente del techo no se hubiese estrellado contra el espejo retrovisor de la motocicleta y lo hubiese reflejado directamente sobre su cara. Javi contempló la vieja bodega y comprendió una vez más, como todos los días, que su vida se había convertido en una mierda.

Aquella vieja bodega, sucia y hedionda, además de su mototcicleta, era lo último que le quedaba. Había llegado a Sincelejo huyendo de los antiguos clientes de su padre, don Pedro Javier Luna Álvarez a quien se le había ocurrido la maravillosa idea de estafar a sus amigos y vecinos mediante el ya desprestigiado esquema de las pirámides. Javi solía preguntarse como la crema y nata de la élite barranquillera había sido tan idiota de caer dos veces en el mismo truco. No era sino recordar como unos años antes hasta su papá le había entregado plata a un aparecido que prometía entregar el doble de lo invertido en un periodo igual o menor a seis meses. En ese entonces era comprensible que la gente hubiese caído víctima del timador, que luego apareció con la boca llena de moscas en un caño de aguas negras al sur de la ciudad, según el mismo Javi había leído en el El Emisario, el periódico más importante de Barranquilla. Era una manera nueva de engañar a la gente y sacarle la plata.

Pero en la cabeza de Javi no cabía la idea que la misma gente, supuestamente la mejor educada de la Costa Caribe Colombiana se hubiese dejado timar por segunda vez, con la misma promesa fantasiosa.

“Idiotas” pensó Javi.

De no haber sido por la estupidez de esa gentuza, quizás no le hubiese tocado refugiarse en ese infierno monótono y atrasado que era Sincelejo. No le quedó remedio. Luego de tres meses de enorme prosperidad en su casa, en el Norte de Barranquilla, donde su padre aseguraba que los dineros que recaudaba estaban produciendo excelentes ganancias en la bolsa de Nueva York, un día sencillamente el señor no amaneció en la casa.

A Javi todavía le dolía recordar como empezaron a llegar lentamente las amenazas, las notas anónimas debajo de la puerta, las llamadas constantes a toda hora, y la horda de gente sin oficio que se le acercaba cuando caminaba en la calle, preguntando que cuándo iba a aparecer don Pedro Javier, que cuando les iban a devolver su plata, que quien iba a responder y muchas otras más, mucho menos amables. Su madre no lo soportó. Un día ella tampoco amaneció en la casa y según lo último que supo Javi por boca de su tía en Estados Unidos, era que ella se había ido a Italia con un amante fugaz que conoció por Internet.

“Puta” pensó Javi en ese momento.

Todos aquellos que creía que era sus amigos lo abandonaron. Tato, Guillo, Lucho y hasta Hencho, que había sido como su hermano cuando estaban en el colegio dejaron de contestarle las llamadas y hasta supo que se burlaban de él a sus espaldas.

Javi no pudo soportar más la vergüenza cuando un abogado, acompañado de una camioneta llena de policías, fue a embargar la casa. Se llevaron todo, o bueno todo lo que estaba a nombre de su papá y de su mamá, que era prácticamente todo. Lo único que le quedó fue la moto. Y la bodega.

Aquella vieja bodega en realidad había sido de su abuelo, por los tiempos en que comerciaba con el algodón que traían de San Pedro y fue lo único que el viejo Luna, como le solía llamar Javi cariñosamente, le había heredado directamente el día que tomó grado de bachiller. El viejo le había aconsejado que estudiara algo que lo preparara para montar un negocio y que la bodega en Sincelejo podría ser un buen inicio. Obviamente Javi no lo escuchó.

Nunca supo si su mamá o su papá se enteraron que en realidad no estaba estudiando Ingeniería Industrial, como les había manifestado sino que se había inscrito en una academia de Taekwondo, donde también le enseñaron defensa personal. Aquella era su pasión. Igual, pensaba él en aquellos tiempos, no tenía necesidad de estar estudiando tanto y matándose la cabeza con números y libros si al fin y al cabo iba a heredar todas las propiedades y las tierras de los Luna. Y cómo él era hijo único quedarse sin dinero estaba por fuera de sus preocupaciones. Estaba tan motivado, que su entrenador incluso llegó a proponerlo dentro de la representación del Atlántico en los Juegos Nacionales y hasta decía a viva voz que Javi estaba preparado para representar al país en unas olimpiadas. Pero todos esos sueños se frustraron en el momento en que el notario le certificó que lo único que le quedaba, fuera de su ropa y su motocicleta, era aquella vieja bodega en Sincelejo.

Javi ni siquiera miró la escritura. No pudo continuar con sus entrenamientos, pues se había quedado sin dinero y en el caso de que lo hubiese tenido, la vergüenza de ser el hijo de un timador prófugo era suficiente motivo para largarse de Barranquilla y no querer volver nunca más. No tardó en tomar su motocicleta y los pocos objetos de valor que le quedaban y puso rumbo a Sincelejo.

Los primeros meses no fueron tan duros como esperaba, logró vender la cadena de oro puro que le había regalado su mamá a los doce años, el reloj plateado del Viejo Luna y los costosos anillos que fue comprando con el único propósito de no ser el más  deslustrado y arrastrado entre sus amigos.

“O ex-amigos” pensó Javi.

Pero pronto el dinero no le alcanzaba, y vender sus zapatos y su ropa de marca no mejoró mucho la situación. Lo único útil que había hecho con el dinero de la cadena, el reloj y los anillos, era comprarse un colchón y dos juegos de sábanas. Ni siquiera se le ocurrió comprar la cama. Había tenido con que, pero había desaprovechado la oportunidad. Esa era la historia de su vida.

Pronto se dio cuenta que si no quería morirse del hambre tenía que vender también la moto. “No, eso no” No pudo deshacerse de aquella moto, era una motocicleta deportiva, de buen rendimiento que compró pensando en los barrizales que separaban la ciudad de La Risueña, la finca de los Luna por los lados de Sabanalarga. Había tenido esa motocicleta desde que tenía catorce años y aunque ya tenía su buen uso, nunca lo había dejado botado, confiaba en ella mucho más de lo que ahora confiaba en su padre, el timador, y en su madre, la bruja que lo abandonó a su suerte para irse con quien sabe quien.

Analizó sus opciones y sopesó sus posibilidades. Si quería comer y conservar la moto, no le quedaba otra salida: tenía que trabajar de mototaxi.

Lo primero que hizo fue comprar un bloqueador, sabía lo que era pasar todo el día sobre una moto y además de pobre y arruinado, quemado y carbonizado ya hubiese sido demasiado. Le costó mucho trabajo memorizarse los nombres de los barrios; En Sincelejo sólo conocía el centro y la bodega donde dormía. Nada más. Se había aventurado por algunas partes de la ciudad, algunas agradables y otras no tanto, pero nunca se le ocurrió preguntarle a nadie como se llamaban aquellos parajes.

La mayoría de las veces los mismos pasajeros le indicaban el camino y él aprendía rápido. Al menos tenía buena retentiva, aunque inteligente ya estaba comprobado que no era. Luego de un tiempo hasta le empezó a tomar cariño a su nueva profesión, si así se le podía llamar, hasta el día nefasto en que se encontró con Alexandra Romero, una de sus ex-novias.

Había llevado a un pasajero desde La Palma hasta los terminales de Transportes cuando escuchó el grito de la mujer.

-NO-LO-PUEDO-CREER -dijo ella- ¿Javier Luna de Mototaxi?

La mujer empezó a reírse de él en frente de un grupo de pasajeros que empezaron a acercarse.

“Maldita”

Javi salió de allí lo más rápido que pudo, pero de pronto el peso de su pasado empezó a caer sobre él, rexaminó su vida y se dio cuenta que el Javi que había vivido en Barranquilla aún estaba dentro de él y que detestaba el rumbo siniestro que había tomado su existencia debido a los errores de su papá.

Ya había pasado una semana desde la cruel burla de aquella mujer, a la que alguna vez él encontró atractiva y deseable. No había podido dormir bien y pasaba de mal humor, refunfuñando y martirizándose por todo aquello que ya no podría conseguir.

Se paró del colchón y se apartó las sabanas. Salió al estrecho patio donde estaba el tanque de latón donde almacenaba el agua, se desnudó allí mismo. Las paredes eran tan altas que nadie habría podido verlo, y estaba tan ensimismado que le hubiese dado lo mismo que hubiese estado media ciudad, allí mismo, observándolo. Mientras se bañaba se dio cuenta que había perdido mucha condición física. Seguía teniendo los brazos musculosos y el pecho firme y robusto, pero empezaba a notársele la barriga, obviamente consecuencia de sus comidas, que se reducían a empanadas y arepas en el desayuno, las comidas de cajeta que vendían en el Colegio Interamericano en el centro, y a un pedazo de pizza con cerveza en las noches. Tras de pobre y burlado, terminaría gordo y feo. Era mucho más de lo que podía soportar.

Cuando terminó de cambiarse se observó en el espejo de mano que tenía guindado en una de las paredes. Tenía el cabello negro, liso en su mayoría pero con rizos en la parte de adelante. Sus ojos y su piel eran del mismo tono oliva trigueño que la de su abuelo. De hecho el color de su piel junto con las facciones angulosas que heredó de la familia de su madre, los Priore (descendientes de un ladrón Siciliano que llegó a Barranquilla de polizón en un barco repleto de telas, perfumes y ratas) hacían a Javi particularmente atractivo, incluso en su nueva faceta como mototaxi, más de una había aceptado tenderse en el colchón de la bodega a cambio de tenerlo un momento entre sus brazos.

Pero luego de que Alexandra se burlara de él, hasta las ganas de conquistar a alguna de sus clientes se le había quitado. Salió a la calle y empezó su día con una pasajera que iba para la Escuela Técnica, estaba bonita, pero sólo ver su cabello tinturado le recordó las burlas de su ex-novia.

El día pasó así, en silencio, incluso le fue mejor de lo que esperaba luego de cenar la acostumbrada pizza, a media cuadra de la bodega. Ya estaba pensando en irse a dormir, cuando un viejo, con una camiseta estampada con propaganda política, se le acercó.

-¿Estás haciendo carreras?- le preguntó.

Javi, desganado, asintió con la cabeza, mientras terminaba de tomarse la cerveza para bajar la pizza.

-Vamos, pues- dijo el viejo.

En otra época, Javi se hubiese cruzado de acera para no toparse con alguien como ese sujeto, pero ya no estaba en condiciones de estar rechazando el trabajo. Salieron por Las Américas, hasta la Bucaramanga y de ahí rumbo hacia el Maizal, pero justo antes de llegar, el anciano le pidió a Javi que doblara a la derecha. Siguieron por un camino muy oscuro, pero la moto tenía excelentes luces y Javi pudo ver la vía con claridad.

-¿Para dónde vamos?

-Yo te aviso- contestó el anciano.

Ya había avanzado cierto trayecto cuando pasaron por una piedra enorme que estaba junto al camino. Allí fue donde el anciano le pidió que se detuvieran.

-Son dos mil pesos – dijo Javi, tratando de disimular una sonrisa que estaba muy lejos de ser sincera.

-Lárgate – dijo el anciano asqueroso

-¿Qué?- preguntó Javi bajándose de la moto- ¡A mi me pagas la carrera!

-¡Lárgate, mariquita de mierda sino quieres que te rebane los sesos aquí mismo! – dijo el asqueroso apuntando al mototaxi con un cuchillo oxidado

Javi miró alrededor, no había nadie, estaba oscuro y no iba a permitir que un anciano decrépito y maloliente le robara los dos mil pesos que se había ganado.

-¡Págame la carrera, viejo pendejo!- exigió Javi apenas iluminado por la luz frontal de la moto.

-Ahora sí- fue lo único que dijo el anciano antes de lanzarse contra él con el cuchillo en la mano.

Javi apenas pudo esquivarlo, era más rápido de lo que se esperaría de un decrépito como ese. Se alejó un poco. El anciano se escondió detrás de la luz de la moto y volvió a atacar, Javi se deslumbró y apenas pudo sostener el brazo con el que el anciano sostenía el arma. “Estoy muy oxidado” pensó Javi.

Con un movimiento de su pierna derecha, Javi derribó las dos piernas del anciano que cayó sobre la base de la piedra y soltó el cuchillo.

-¡Ahora si te moriste!- gritó el anciano mientras Javi tomaba el cuchillo.

El mototaxi apenas alcanzó a esquivar el ataque del anciano y Javi le golpeó la cara con una patada. Para algo le habían servido los dos años que permaneció en la academia de Taekwondo, para algo habían servido.

-Vente mariquita- dijo Javi excitado por la acción y la adrenalina.

Pero el anciano no se paró del piso. Lo siguiente que recordó Javi fue un dolor intenso sobre el ojo izquierdo, el maldito anciano le había lanzado una piedra y se arrojó sobre él, pero al hacerlo no vio que Javi empuñaba el cuchillo. El mototaxi sintió como el arma se le había hundido en el vientre del sujeto, seguido de un olor nauseabundo.

Apartó el cuerpo moribundo con la mano, asqueado y asustado, y vio que sus manos y su chaleco estaban sucios de sangre. A lo lejos, escuchó el sonido de otra moto acercándose. No podían verlo así, no con aquel anciano muerto junto a él. Lo agarró de los brazos y lo llevó hasta el borde de la piedra donde lo arrojó.

-Lo lamento – dijo Javi.

Apagó las luces de la moto y esperó detrás de un arbusto a que pasara la motocicleta que había escuchado acercarse, mientras él se quedaba allí quieto, como muerto, rodeado de oscuridad y cubierto de sangre.

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