El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 33. El Semáforo.

Las luces del techo se encendieron una tras otra en un orden casi preciso. El pasillo era bastante largo y las paredes estaban pintadas de un extraño color blanco hueso, casi fantasmal. Al ver el resplandor metálico que emanaba del lugar, Laura Curiel no pudo evitar acordarse del brillo mortecino de la morgue donde había visto el cadáver de Patri, la mujer que por años había trabajado en su casa como empleada del servicio. Habían pasado casi dos años desde aquél siniestro día de Enero y Laura seguía teniendo pesadillas no solamente con Patri, sino también con Pacho Espinosa, pero sobre todo con Lastre y la monstruosa explosión en la Plaza de Majagual. Pero no era hora de recordar el pasado. Estaba trabajando y no podía permitirse distracciones.

El vigilante que la guiaba caminaba siempre a cinco pasos de ella, con una precisión militar. Habría querido preguntarle si aún faltaba mucho, pero el hombre ni siquiera le había dirigido la palabra y solamente se comunicaba con ella a través de gestos. De repente las luces empezaron a parpadear.

“Debe estar lloviendo” pensó Laura.

Precisamente por eso era que no le gustaba ir a Bogotá. Demasiada lluvia, demasiado frío. Si hubiese tenido opción se hubiese quedado en Sincelejo, pero dada la importancia del asunto habría querido ir ella misma a buscar el documento que su jefe le había solicitado.

El vigilante se detuvo en frente de una puerta doble, con picaportes en forma de lunas en cuarto creciente, Laura se dio cuenta que el pasillo se prolongaba mucho más allá y estaba lleno de puertas.

“Como en una película de terror” pensó ella. Y las luces seguían parpadeando.

Se escuchó el sonido de la llave entrando a la cerradura y acto seguido el murmullo quejumbroso de las puertas al abrirse. El vigilante le indicó con la mano que siguiera.

-Muchas gracias, muy amable – dijo Laura con ironía- fue un placer hablar contigo, mi amor.

No había terminado de entrar cuando escuchó la puerta cerrarse. Aquella era la biblioteca más grande que Laura había visto en su vida, o al menos eso parecía. Cuando se echó encima la responsabilidad de ir a Bogotá a buscar aquellos documentos tan importantes, su jefe le advirtió que iba a terminar metida en un cuartucho lleno de polvo y excremento de ratas. Evidentemente su jefe se había equivocado.

Los estantes de color plateado se extendían por toda aquella habitación que debía ser al menos tan grande como toda la planta baja de la casa de Ludis Espinosa, lo cuál ya era mucho decir. Entre la puerta y los estantes estaba un escritorio con forma de pájaro, aunque un pájaro muy abstracto pintado de azul. Detrás del escritorio estaba una mujer regordeta con lentes pequeños y el cabello anaranjado, obviamente por una mala aplicación del tinte. Cuando escuchó el sonido de los tacones de Laura levantó la mirada.

-¿En qué puedo ayudarla?

-Buenas tardes, gracias, estoy buscando un registro de expropiación, este es el número del folio.- dijo Laura fingiendo una sonrisa.

-Correcto – dijo la mujer del pelo anaranjado- pero hace falta el año al que pertenece, si no lo tiene me parece que no puedo ayudarla.

-Pero da la casualidad que si tengo el número, señora. Es del año 1962.

-Bueno, al parecer es una reliquia… ese documento es más viejo que usted.

“Pero no más que usted, vieja decrepita” pensó Laura, pero se obligó a callar.

La mujer pareció buscar algo en el computador y Laura se inclinó para ver pero ella apagó el monitor y se levantó de su silla.

-Siga por aquí.

La mujer se internó en los anaqueles plateados, Laura la seguía a prudente distancia. Aquella mañana, en el hotel, se había puesto unos tacones color negro, igual que una falda del mismo color ajustada por encima de la rodilla y una blusa blanca de mangas largas, con un escote cerrado. Llevaba el cabello castaño claro, lacio, amarrado en una cola de caballo que le caía debajo de los hombros.

La mujer se detuvo en un par de ocasiones, levantando la cabeza para que sus ojos quedaran alienados con los lentes y con lo que sea que se encontrara leyendo. Habían dado tantas vueltas que a Laura le hubiese costado trabajo encontrar el escritorio y la puerta si se lo hubiesen pedido.

-Aquí está- escuchó finalmente.

La mujer agarró un libro enorme y salió caminando delante de la muchacha. Una vez en el escritorio la mujer le extendió la mano. Era un tapabocas.

-Hay mucho polvo- explicó la mujer.

Luego que ambas tuvieran la nariz cubierta, la mujer abrió el tomo. Una nube de polvo color marrón se alzó por encima del libro y Laura trató de apartarla con ambas manos.

-Aquí está, este es el número del folio. Expropiación de tierras en el Municipio de Tolúviejo, Bolivar.

Según su jefe le había explicado, para la época de las expropiaciones, todo el departamento de Sucre pertenecía a Bolivar, fue poco después que un puñado de “Locos Avispados”, como decía su jefe, se encargaron de reclamar un terruño aparte con capital en Sincelejo.

-¿Dónde le puedo sacar una fotocopia?- preguntó Laura.

-Apenas nos estamos mudando, señorita- dijo la mujer del pelo anaranjado – todavía no han llegado las fotocopiadoras.

-¿Y entonces cómo me voy a llevar el documento?

-No lo se, pero el libro no sale de aquí.

“Vieja bruja” pensó Laura.

No podía ser que se hubiese ido a Bogotá para nada. La mujer del pelo anaranjado empezó a golpear la punta de uno de sus zapatos contra el piso.

-Bueno mi amor, te esperas, porque no he terminado- le dijo Laura a la mujer. – Ubícame el libro frente de mi, sí exacto.

Laura sacó su teléfono celular y empezó a tomar fotos sobre la página. Fue cuidadosa en tomar todo, desde el encabezado hasta las firmas. Lo subió todo desde el celular corporativo a su cuenta de correo. No hubiese sido nada extraño que algún maniático fuera del edificio de la oficina del Registro Nacional la atracara y le robara el celular. De eso no era que estuviera particularmente escasa Bogotá. Hasta a los ladrones de cuello blanco les gustaba aquella ciudad.

Tal y como Laura lo había sospechado, afuera estaba lloviendo a cantaros. Entre la puerta del edificio y la avenida había aproximadamente veinte metros, lo suficiente para que ella se empapara hasta los huesos, pero el taxista no tenía intención de ir a buscarla con un paraguas, ni mucho menos. Laura se colocó el bolso encima de la cabeza y corrió la distancia hasta el taxi. Cuando fue abrir la puerta, estaba asegurada.

-¡EL SEGURO! – gritó Laura, mientras el cielo rugía tras un haz de luz blanquecina.

La puerta se abrió y por fin pudo entrar. Estaba titiritando de puro frío.

-¿A dónde? – preguntó el taxista.

-26 con 45, por favor -dijo Laura tratando de mantenerse caliente frotándose los brazos.

Apenas pudo ver por la ventana los largos buses rojos, las estaciones metálicas, los transeúntes tratando de huir de la lluvia, los altos edificios del Centro Internacional y las calles destrozadas por algún contratista corrupto. Quizás algún día todo aquel desastre se vería muy bonito y todo, pero definitivamente no sería pronto. Ya había entrado en calor, cuando pensó en otro taxi, hacía tanto, el mismo que la dejó abandonada en medio del calor abrasador del medio día de la Sabana Sucreña, fue allí donde había visto a Pechi por primera vez, extendiéndole un casco de motociclista, con el cabello negro moviéndose con el viento y su sonrisa luminosa haciendo juego con sus ojos azul claro.

“¿Dónde estás Pechi? ¿Por qué? ¿Por qué?”

No era momento de pensar en él. No podía darse ese lujo. No después de todo lo que pasó luego de que él se marchara. Sacó su teléfono celular y empezó a observar las fotografías del folio. Estaba escrito a máquina en su totalidad, excepto por la parte final, que estaba escrita a mano, en una letra tan menuda que era imposible descifrarla. Al menos para ella.

El taxi frenó de repente, el semáforo estaba en rojo. Laura guardó su teléfono en su bolso y casi como un reflejo miró hacia el costado izquierdo. Justo al lado de la ventana estaba una motocicleta de color rojo, el sujeto llevaba una chaqueta oscura y el casco llevaba el visor levantado; El motociclista tenía la cabeza levantada esperando el cambio de luces. Y luego miró en dirección a Laura.

No podía ser, no podía ser. El motociclista sólo había mirado en su dirección una fracción de segundo, obviamente no la había visto, todos los taxis de la ciudad tenían los vidrios oscuros. No la había visto. Luego empezaron los pitos de los carros. El semáforo había cambiado.

-Siga a esa moto- le dijo Laura al taxista, que era un hombre gordo con un bigote que lo hacía parecer cantante de mariachis venido a menos.

-Pero, señorita usted dijo que la llevara a…

-Yo se lo que dije, ¡ahora siga a esa moto, antes de que se pierda!

El taxista se dio prisa mientras que Laura aprovechó su contextura delgada para pasarse al asiento del copiloto.

-¿Qué cree que está haciendo! – gritó el taxista alarmado.

-Siga conduciendo y no pierda de vista la moto.- fue lo único que respondió.

Mientras transitaron por la avenida destrozada, no fue difícil seguir al motociclista. Eran apenas las tres de la tarde, así que el tráfico estaba ligero, pero justo cuando ya lo estaban alcanzando otro semáforo los detuvo. El motociclista había pasado cuando aún estaba en amarillo, pero cuando el taxi llegó ya estaba en rojo.

“Es él” pensó Laura “Tiene que ser él”

-Lo perdimos señorita – dijo el taxista.

-No, no lo hemos perdido, no de nuevo – dijo Laura.

-¿De que habla?

-De nada.

El semáforo volvió a cambiar y el taxi avanzó tan rápido como el tráfico lo permitía. No había rastros de la motocicleta roja. Laura ya se estaba empezando a resignar cuando vio la motocicleta parqueada frente a una oficina de envíos postales.

-¡Deténgase! – gritó Laura.

El taxi iba tan rápido que se detuvo más de una cuadra delante de la motocicleta roja. Laura sacó la cabeza y vio como el motociclista daba la vuelta hacia el otro sentido.

-De la vuelta y no lo pierda de vista.

-Espero que me pague muy bien por esto -dijo el taxista- que estaba rojo como las luces de los semáforos que ya los habían detenido dos veces.

El taxi giró y tomó la avenida destrozada en el sentido occidente-oriente. Laura veía la motocicleta a lo lejos, hasta que doblo a la derecha. El taxi también lo hizo y a cada segundo la distancia se acortaba más. Si en verdad quería atrapar al motociclista debía dejar de perseguirlo.

-Adelántese y cierre el paso- dijo Laura.

El taxista la miró con cara de susto, pero no dijo ni pío y se limitó única y exclusivamente a obedecerla. Adelantó la moto por la izquierda y en una abrir y cerrar de ojos se puso frente a ella. Laura sacó la cabeza y vio como el motociclista, detrás del taxi, también frenaba repentinamente con lo que la moto perdió el equilibrio y salió en dirección opuesta a él, que terminó justo a un costado de la acera.

-¡Lo maté! -dijo el taxista en tono de tragedia.

Laura apenas si le puso atención y salió del taxi.

-¡Oiga, oiga!- gritaba el taxista mientras ella corría hacia el sujeto de la moto roja.

Él ya estaba tratando de ponerse boca arriba; llevaba el visor del casco levantado. Laura no tuvo que hacer ningún esfuerzo para reconocer a aquel hombre, con su cabello oscuro, sus ojos azul claro y aquella sonrisa luminosa que lo hacía inconfundible. Era Pechi.

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Un pensamiento en “Capítulo 33. El Semáforo.

  1. Jael Echeverria en dijo:

    muy bueno

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