El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 34. La Cabaña.

El fuego se había ido en una llamarada que se alejaba cada vez más en medio del cielo más azul que Nane Mansur hubiese visto jamás. Se miró la palma de las manos. Había sangre goteando de sus dedos, pero no sentía dolor. “No es mi sangre” se dijo a si mismo. Estaba en medio de un desierto, dunas de arena se extendían hasta donde podía ver, un viento ligero pero abrasador se escocía entre sus cabellos y entre sus ropas. Vestía de blanco, como siempre lo hacía su madre. La sangre siguió fluyendo de sus dedos, pero no era su sangre, era la sangre de alguien más; miró hacia atrás. Desde lo lejos podía ver como el rastro de sangre se alejaba. Dio la vuelta y caminó.

Nane se dio cuenta que a medida que caminaba las gotas de sangre en la arena no caían de su mano sino que subían hacia ella, como desafiando a la gravedad, o mejor, al tiempo.

Caminó un largo trecho y el calor se hacía cada vez más intenso, pero ya podía ver el origen del rastro sangriento. No alcanzaba a distinguir muy bien que era, pero el color negro sobre la arena resplandeciente era inconfundible. Caminó cada vez más lento, la sangre seguía subiendo hasta sus dedos y empezó a manchar su impecable ropa blanca. Siguió caminando y se dio cuenta que la figura negra era una persona, un hombre vestido de ese color. Nane se acercó a verlo. Llevaba un casco de motocicleta, negro al igual que el resto de su atuendo. Se agachó y justo cuando pensaba levantar el visor para verle la cara, las dunas emitieron un sonido lúgubre y amenazador y empezaron a estallar alrededor de él. La arena empezó a meterse por sus ojos, su nariz, sus oídos, por la boca, no podía respirar, se estaba ahogando, le hacía falta el aire, se arrodilló sofocado por la arena que se metía dentro de sus pulmones sin parar; era todo, no podía respirar. Se dejó caer sobre la arena y desde allí vio la figura de una mujer vestida también de negro. No podía verle la cara, ella se agachó junto a él y puso sus labios sobre su oreja derecha.

-No te amo- dijo la mujer, mientras la arena la consumía a ella también, para siempre.

Nane abrió los ojos desconcertado, respirando deprisa y empapado de sudor. El ventilador estaba apagado. “Otra vez se fue la luz” pensó. Se levantó de la cama y se metió al baño, abrió el grifo y se echó agua en la cara para espantar el sueño “No, no otra vez” se dijo a si mismo. El agua tenía cierto sabor salobre, sin embargo Nane bebió, tenía demasiada sed y estaba demasiado inquieto. La última vez que había tenido sueños tan vívidos había sido cuando murió su tío Francisco, cuando empezaron los asesinatos de Marcelo Guevara, cuando intentaron secuestrar a su papá y cuando Cindy casi explota en medio de la Plaza de Majagual junto a él.

Se dirigió a la puerta del baño y la observó. Llevaba el cabello lacio ahora por encima de los hombros, vestía únicamente la piyama de ositos blancos sobre fondo celeste que siempre llevaba consigo cuando debía salir de Sincelejo. Se sentía tan afortunado de tenerla ahí con él. Se acercó a ella con cuidado, olió el perfume de su cabello y le dio un beso corto y tierno en los labios entreabiertos.

Nane salió con cuidado de la cabaña, sus chancletas estaban justo al lado de la puerta y luego de ponérselas recorrió el camino que daba hasta el rumor incesante del agua de mar chocando contra la playa. Aún no había amanecido y la multitud de estrellas titilando por todo el cielo de este a oeste le indicaban que aún faltaba mucho para que saliera el sol aquel día.

Caminó por toda la orilla de la playa, al fondo podía ver una enormes torres rodeadas de luces, que correspondían al puerto donde los enormes buques cisternas se abastecían del petróleo nacional para enviarlo a algún puerto desconocido en Luisiana o Texas. Entre Nane y el puerto se extendía una hilera de luces que desde lejos parecían luces navideñas titilando sobre el mar.

No había caminado ni cien metros, cuando se dio cuenta que las chancletas no le iban a permitir avanzar tan rápido como quería y decidió llevarlas en la mano el resto del trayecto. Extrañaba los paseos en solitario en la madrugada, tal como lo hacía en el arroyo que daba a la parte de atrás de la casa de su madre, esos paseos le permitían pensar, reflexionar y organizar sus ideas. Lo hubiese seguido haciendo hasta la madrugada en que Ludis, su madre, lo sorprendió saliendo por la puerta del servicio. Si había algo que le fastidiaba a Nane era darle explicaciones a su madre, así que en lugar de armar una discusión allí mismo decidió regresar a dormir y no volver a hablar del tema, aunque eso no significaba que ella no lo trajera a colación de vez en cuando.

-Deberías pensar en casarte pronto, Miguel Ángel – le había dicho ella un día mientras almorzaban- sino vas a terminar loco, pidiendo limosna a las tres de la mañana en un arroyo.

Ludis siempre encontraba la forma de fastidiarlo, incluso con Cindy. A Nane le costaba trabajo armar planes para ellos dos solos sin que la sombra blanca de su madre no se interpusiera en ellos. Le preocupaba que Cindy acompañara a Ludis a hacer compras en Barranquilla, a organizar eventos en Corozal, o incluso a verificar el estado de sus propiedades. De haber sido por él, Cindy nunca hubiese vuelto a pisar la casa de sus padres, si había alguien que los conocía bien era él y sabía que no eran las dos peritas en dulce que aparentaban ser con ella.

A Nane le costaba creer que Cindy hubiese caído tan fácil en la telaraña de encantos de Ludis, teniendo en cuenta que ella la había chantajeado, pero también debía tener en cuenta que de no haber sido por su imprudencia al entrar como un ladrón a la casa de los Villarreal, dicho chantaje no hubiese sido necesario. Quería creer que al igual que él, sus padres habían cambiado, pero sabía que no era cierto. Ludis seguía siendo la misma mujer arrogante y cínica de siempre y Tito, aunque se había retirado de la política luego de lo ocurrido aquel Veinte de Enero, seguía frecuentando gente de calaña muy sospechosa y siempre se cuidaba de que dichas visitas no coincidieran con las visitas de Cindy a la casa Mansur.

Aunque no se lo decía, las columnas de Cindy también había perdido parte de su encanto, quizás por su nuevo rol de editora de judiciales en El Manifiesto lo cuál no le dejaba tiempo para dedicarse a sus escritos propios. Nane no se atrevía a suponer que Cindy se hubiese suavizado por cuenta de Ludis y Tito y terminado por ser una persona completamente diferente.

Pero cuando la veía sonreír y hablar, meterse con él al mar, disfrutar con él la brisa de la playa y el rumor de las olas; cuando podía sentirla entre sus brazos, escuchando su respiración entrecortada y sintiendo la fina película líquida que se formaba entre ellos al momento de amarse, todas aquellas dudas se disipaban y no le quedaba más que amor y pasión por aquella mujer que tanto le había cambiado la vida.

Volvió a ver las torres del puerto de Coveñas, estaban muy cerca ¿Acaso había caminado tanto sin darse cuenta? No llevaba reloj y había dejado el teléfono celular en la cabaña, pero la coloración violeta del cielo del este le indicaba que pronto amanecería, así que dio medio vuelta y tomó rumbo hacía el lugar donde Cindy aún dormía.

El camino de regreso le pareció mucho más largo y cuando llegó frente a la cabaña ya no brillaba ninguna estrella en el cielo, salvo la enorme bola de fuego del sol caribeño saliendo impetuoso a un costado del horizonte.

Tito Mansur le había comprado aquella cabaña a Ludis, como regalo por el vigésimo aniversario de su matrimonio, aunque de no ser por las visitas ocasionales de Nane bien se podía decir que los Mansur apenas si ponían un pie allí. Nane pasó la cabaña de largo, si Cindy se hubiese despertado la hubiese encontrado leyendo algún libro en la hamaca de la terraza, así que podía regresar luego.

Detrás de algunos arbustos estaba una choza pequeña, pero muy bien construida. La palma se conservaba en excelente estado y las paredes de bahareque pintado de blanco la hacían ver limpia. Por una de las ventanas salía una estela de humo.

-Buenos Días, Deisy- saludó Nane a la mujer negra que se encontraba en ese momento mirando dentro de una olla de aluminio.

-Buenos Días, Señor Miguel Ángel- respondió ella.

-¿Por qué me dices Miguel Ángel? Ya te he dicho un poco de veces que me digas Nane. NA-NE.

-Pero usted se llama Miguel Ángel, señor, eso de andarse poniendo sobrenombres es para viciosos, con todo el respeto que usted se merece.

Nane se destornilló de la risa. Deisy había sido la empleada que Tito le regaló a Ludis junto con la cabaña, había crecido en La Blanca, la finca de su abuelo Anwar Mansur cerca de Corozal. Deisy era hija de la Negra Alegría una matrona octogenaria que aún vivía y atendía la casa principal de La Blanca mejor de lo que lo hubiese hecho una mujer cincuenta años más joven. Si algo le había heredado Deisy a su madre era la capacidad de decir las cosas tal como se le ocurrían sin ninguna clase de filtro.

-¿Le sirvo el café tinto o se va a seguir riendo?- preguntó la mujer.

-Ya, ya – dijo Nane en sus últimas carcajadas – Llena dos pocillos, le voy a llevar uno a Cindy.

-¿Usted la quiere mucho, señor Miguel Ángel?

-Más que a mi vida, Deisy- respondió Nane.

-Bueno, si no anda de palo alegre por ahí con cualquier bandida… – dijo Deisy en tono de burla.

-Oye pero tu siempre me la montas, hey- le dijo Nane a la mujer medio en burla, medio en serio- ¿Oye y tu señora madre?

-¿La Negra Alegría? Ayer hablé con ella, estaba matando un puerco para el almuerzo en La Blanca, oye a propósito deberías decirle a tu madre que le ponga nombre a este lugar.

-Tienes razón, pero no se lo va a poner mi madre, se lo voy a poner yo.

-¿Y como le va a poner, señor Miguel Ángel? – preguntó Deisy

-No sé, se me tendrá que ocurrir algo – dijo Nane – ¿Oye Deisy te puedo hacer una pregunta?

-Claro señor, de que puede, puede.

-Es que esta madrugada tuve un sueño muy raro…

-¿Antes que saliera como un loco a caminar por la playa?

-Que bueno que vino a verme, doña Ludis- dijo Nane riéndose – ya estás igual a tu patrona.

-Dios me libre- dijo Deisy.

Nane se volvió a reír, se rio tanto que le dolió el estómago al terminar. Deisy le tendió los dos pocillos repletos de café, pero estaban tan calientes que Nane los bajó casi de inmediato a la mesa donde los platos y los vasos estaban volteados boca abajo, unos encima de los otros.

-Están muy calientes -dijo Nane.

-¿Qué era lo que me decía que soñaba?-preguntó Deisy

-Soñaba que estaba en un desierto, con sangre en las manos y había una mujer -dijo Nane y recordó la sensación de sofocación que tuvo mientras soñaba.- Era muy real, pero ya me había sucedido.

Deisy se secó las manos con el delantal y le acercó un banco a Nane y se acercó uno para ella.

-¿Ya le había sucedido antes, señor?

-Sí, hace como dos años, pero ya no había vuelto a tener esos sueños.

-La Negra Alegría decía que el Patrón Anwar, también despertaba en las noches gritando, decía que tenía sueños, pesadillas, no como los sueños o pesadillas normales, siempre que las tenía cosas malas sucedían.

-¿Qué cosas malas?

-No se, La Negra Alegría siempre nos dejaba el cuento mocho- dijo Deisy- La que se sabe el cuento completo es ella. ¿Por qué no se da una vuelta por La Blanca y le pregunta?

Nane regresó con los dos pocillos de café tibio a la cabaña. ¿Acaso sus sueños eran señales de malos augurios? La primera vez que los había tenido, de verdad empezaron a pasar cosas malas, pero también le pasó lo mejor de la vida: había conocido a Cindy. De cualquier manera hablar con La Negra Alegría no le quitaba nada y podía salir de dudas de una vez por todas.

Cuando cruzó la puerta de la cabaña, Cindy estaba despierta con el celular de Nane en la mano.

-¿Cindy? – preguntó él.

La muchacha volteó sobresaltada.

-¿Nane? ¿Dónde estabas? – preguntó ella, su cara reflejaba temor o quizás tristeza.

-Salí a caminar -dijo Nane mientras ponía los pocillos sobre la plancha de madera pegada a la pared que servía como mesa.- ¿Que pasó mi amor?

-Dejaste el celular -dijo Cindy.

-Si, se me olvidó ¿Qué es lo que está pasando Cindy?- dijo Nane esta vez muy preocupado.

-Llamó tu mamá, Nane – dijo Cindy haciendo una pausa.

-¿Y?- dijo Nane en voz baja- ¿Qué pasó Cindy, por qué pones esa cara?

-Lo siento Nane… es tu papá.

 

 

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