El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 35. La Fractura.

El taxi se había adelantado y le había cerrado el paso. A Pechi no le quedó más remedio que frenar y caer con todo su cuerpo sobre el borde del andén. Sintió como si un martillo gigante le hubiese caído encima. Escuchaba voces. El taxi se había detenido y alguien caminaba hacia él. Aún con el cuerpo devastado, Pechi hizo un esfuerzo sobrenatural para girarse y ver quién se acercaba.

Que él recordara, no tenía enemigos en Bogotá, pero luego de haber sufrido lo que sufrió por cuenta de Ivan Curiel no descartaba la idea de que alguien pudiera querer asesinarlo. Recordó que Ivan Curiel nunca apareció y los tipejos de pésima calaña con los que se había metido negaban saber algo sobre su paradero. ¿Y si Ivan Curiel se estaba escondiendo en Bogotá y lo había visto? ¿Acaso ese hombre le había ordenado al taxista que se atravesara? ¿Se lo llevarían ahora como se lo llevaron aquella vez a aquella enorme piedra para asesinarlo? ¿Era eso? En medio del dolor Pechi lo pensó y no era una locura. Bogotá era una ciudad enorme y por eso mismo era el refugio ideal para cualquier criminal. Pero sus sospechas se hicieron polvo cuando de la puerta del taxi salió aquella figura delgada, de cabello castaño claro ondulado, con una blusa blanca y una provocativa falda negra. A pesar de que sabía que debía tener algo roto, Pechi sintió como una erección se apretujaba en medio de sus pantalones. Era ella, tenía que ser ella.

-¿Pechi?- dijo la voz más dulce del mundo, que lo hizo olvidar por un segundo del espantoso dolor que se estaba apoderando de su cuerpo. Sonrió.

El taxista tenía el horror dibujado en su cara. Pero Pechi sólo lo vio de reojo y le dedicó toda su atención a Laura, ahora no le cabía duda que era ella, a pesar de que su visión estaba nublándose lentamente. El golpe, el golpe contra el andén, había sido muy duro. El casco le protegió la cabeza, pero la espalda y el pecho le dolían demasiado, le costaba trabajo respirar. Quería decírselo a Laura, pero las palabras no salieron de su boca.

-¿Pechi estás bien? Esto fue mi culpa… – dijo Laura que estaba al borde del llanto- ¡Llame a una ambulancia!- gritó ella dirigiéndose al taxista- Pechi, lo siento, no quería hacerte daño, pero no podía… perderte.

Pechi quería saltar del piso donde estaba arrojado, abrazar a Laura y decirle que la amaba, pedirle de rodillas que lo perdonara por dejarla y decirle a los ojos que nunca más se volvería a separar de ella. No quería volver a ese infierno autoinfligido que significó para él vivir sin ella todo aquel tiempo. Quería tranquilizarla decirle que no era su culpa, que todo esto era culpa de él, por haber sido un cobarde, un oportunista. Todo era su culpa.

“Dios déjame decirle cuanto la amo, antes de … ”  ¿Morir? No, no podía ser tan grave. Laura estaba junto a él, llorando a lágrima viva.

-Pechi, no te puedes morir ¿me entiendes? Me debes una, no te puedes ir, no te puedes ir, perdóname…

Se escucharon claramente las sirenas de la ambulancia ¿o eran de alguna patrulla? Todo lo que siguió después fue demasiado confuso para él. Sintió que lo amarraban a algo ¿Una camilla, tal vez? Vio a dos sujetos vestidos de verde hablando con Laura. Trató de hablar, de gritar. “Déjenla en paz, fui mi culpa, yo soy el culpable, YO”  pero el aire en sus pulmones no llegaba a su garganta. No podía hablar.

Pechi vio como Laura intentaba subir a la ambulancia, pero uno de los policías la agarró del brazo y la obligó a bajar. “Suéltala” Si no tuviese el pecho y la espalda molidas por el golpe, se hubiese lanzado a golpear al policía por haberse atrevido a tocarla. ¿Cuántos otros la habrán tocado en el tiempo en que ella no estuvo con él? ¿Los podría encontrar todos? Quizás, pero lo primero que tenía que hacer era vivir. Pero justo cuando más ganas tenía de mantener los ojos abiertos, estos se cerraron y no supo más.

Cuando volvió en si, el enfermero que había subido con él a la ambulancia estaba hablando con un portero que negaba con la cabeza.

-No hay camas, tienen que llevarlo a otro lado- decía el sujeto de traje azul.

Volvió a cerrar los ojos. Cuando los volvió a abrir iba rodando en una camilla en un pasillo lleno de luces blancas titilantes. El dolor había cedido bastante y casi se sentía capaz de levantarse. Laura estaba metida en un problema por haberle ordenado al taxista que le cerrara el paso. Él tenía que asumir la culpa. Él tenía que salvarla.

-Yo… yo… – dijo en una voz extraña, como sino fuera la de él, sino la de un extraño que había tomado prestada sólo para decir.

-Calma- dijo el enfermero sonriéndole- ya te van a atender, Pechi ¿Así te llamas verdad? La muchacha que estaba contigo te llamó así, estaba muy mal…

Pechi reunió la poca energía que le quedaba luego de todo aquel embrollo e intentó decirle algo al enfermero.

-Fue… fue mi culpa, dígaselo a alguien, no fue culpa de ella – dijo.

El enfermero asintió con la cabeza, pero el esfuerzo de hablar había dejado exhausto a Pechi y volvió a perder el conocimiento.

Las luces blancas, el enfermero y el frío, sobre todo el frío desaparecieron en un instante. Ya no estaba en aquel lugar. Se vio a sí mismo metiendo los pies en la represa de los Martelo. Los colores del amanecer eran mucho más intensos de lo que recordaba. La moto de Migue estaba estacionada a pocos metros, pero él sólo observaba el movimiento de sus pies en el agua. Podía escuchar sonidos provenientes de la represa. “Hay que llevarlo-lo-lo-lo” ¿Dónde lo querían llevar? Pechi miró alrededor sabía que algo no estaba bien. Debía llevar agua a su casa, pero por alguna razón se sentía fuera de lugar. “Respira-pira-pira-pira”, de repente sintió un dolor horrible en su costado derecho. Gritó. Pero nadie escuchaba. El nivel del agua en la represa empezó a subir a un ritmo desenfrenado. Pechi trató de huir hasta su moto, pero el agua ya le daba por las rodillas. Se iba a ahogar. Estaba tan cerca de su moto. Si tan sólo pudiera alcanzarla. Y en ese momento el agua ya  le daba por el pecho. No pudo alcanzar la moto y se hundió sin remedio en lo más profundo de sus sueños.

Cuando despertó en lo único que podía pensar era en Laura. Bueno, en ella y en el dolor espantoso que sentía en el costado derecho. Levantó la sabana que lo cubría. Había un moretón espantoso que le cubría todo el costado hasta el pecho y la axila. El golpe había sido brutal. Una enfermera muy joven, casi una niña, vestida con una bata repleta de muñecos de colores, abrió la cortina del cubículo donde se encontraba. Sonrió.

-Ya despertó ¿Cómo se siente?-preguntó la niña enfermera.

-Adolorido ¿Cuánto llevo aquí? La pelada, Laura… ella no…- empezó a decir Pechi, pero ella lo interrumpió.

-Cálmese, no es bueno que se altere, señor- la niña enfermera hizo una pausa, para ver en la historia que estaba colgada en la pared- Viloria. Lo trajeron ayer por la tarde. Medicamentos para el dolor. Un escáner, una radiografía- dijo ella concentrada en la historia clínica colgada  al lado izquierdo de la camilla donde estaba Pechi- ah sí, tiene dos costillas rotas.

-¿Qué?

-Ya le aviso al médico para que le haga las recomendaciones.

Así como entró, la niña enfermera salió del cubículo. ¿Ayer por la tarde? Es decir ya era Sábado. Había pasado toda la noche en aquel lugar ¿Y Laura? ¿Dónde había pasado Laura todo aquel tiempo? Tenía dos costillas rotas, eso explicaba el moretón. Sin embargo no estaba vendado. La cortina del cubículo volvió a abrirse, pero no era el médico que había prometido la niña enfermera. Era un policía.

-Señor Viloria- dijo el policía en un acento costeño inconfundible- Soy el patrullero Dominguez, me enviaron a hacerle unas preguntas, sobre el ataque que sufrió ayer ¿Está en capacidad de responder?

-Por supuesto- dijo Pechi sin dudar un segundo en lo que tenía que decir – no fue ningún ataque, fue mi culpa, el taxi iba en su carril y yo intenté adelantarlo pero venía otro vehículo en el carril contrario y me tuve que rezagar, por eso frené y caí al piso. Toda la culpa es mía y sólo mía. ¿Dónde le firmo?

Dominguez quedó viendo a Pechi con una mirada que estaba entre la incredulidad y la sorpresa.

-Me espera un momento- dijo Dominguez mientras salía del cubículo con un aparato en la mano ¿Un celular, tal vez?

No habían pasado ni dos segundos desde que el policía había salido, cuando entró un muchacho vestido con una bata blanca.

-Buenas Tardes, señor Viloria ¿Cómo se siente? – dijo el muchacho mientras encendía la linterna más pequeña que Pechi había visto en su vida y se la pasaba por los ojos- Todo normal, estuve leyendo las radiografías y el escáner y no tiene hemorragias, sólo contusiones internas y las dos costillas rotas. No habrá necesidad de vendar. Eso sí, va a tener que guardar mucho reposo. Vamos a tenerlo en observación un par de horas y luego le damos la salida.

El niño médico le guiño un ojo y salió del cubículo tropezándose con Dominguez que apenas estaba de entrada. Pechi no pudo evitar darse cuenta del intercambio de miradas que sus dos interlocutores compartieron por una fracción de segundo. No supo por qué empezó a pensar en su amigo Cristian.

-Le vamos a poner una multa, señor Viloria, mi comandante prefiere creerle a usted y no a la chica que dice que todo fue culpa de ella- dijo Dominguez.

-NO, todo fue culpa mía ¿Dónde está? ¿Dónde está Laura?

-Pasó la noche detenida en la estación, teníamos que esperar que usted despertara- dijo Dominguez.

-No, tienen que sacarla de una vez, ella no hizo nada, todo fue culpa mía, solamente mía- dijo Pechi, desesperado por que el patrullero le creyera.

-Tranquilícese, Pechi- dijo Dominguez sonriendo- ya todo está solucionado.

-¿La van a soltar?- preguntó el herido desde su camilla.

-Sí, uno de mis compañeros la está escoltando hacía acá, tiene mucha suerte, Pechi, esa niña pasó toda la noche llorando por usted, no la deje ir- dijo Dominguez saliendo del cubículo y haciéndole un guiño con el ojo.

Pechi no sabía donde habían colocado su ropa, no tenía su celular a la mano así que no tenía ni idea que hora era, pero el niño médico le había dicho “Buenas tardes” ¿Habrían pasado ya 24 horas desde que vio a Laura? Pechi se dedicó a esperar, el niño médico le había dicho que en dos horas le daban la salida y Dominguez le había dicho que Laura estaba en camino. Se preguntó que sucedería primero.

Cerró los ojos un momento, para descansar, pero se quedó dormido. El ruido de la cortina corriéndose lo despertó nuevamente. “Laura” pensó Pechi. Pero no, la persona que había entrado a su cubículo no era Laura.

-Pedro- dijo la mujer que acaba de entrar.

-¿Patricia? ¿Qué haces aquí?

-Hemos estado preocupados en la oficina, el paquete que saliste a llevar nunca llegó.

El paquete, la moto, sólo en ese momento Pechi recordó que Dominguez no le había dicho que había pasado con la moto. ¿Habría quedado inservible? ¿O sólo había quedado golpeada, como él? Pechi no entendía que hacía Patricia allí, era la hermana de Alfredo, su socio en El Mototaxi Express, el pequeño negocio de mensajería que habían montado hacía poco más de un año. Se veía demasiado afectada. Pechi nunca había tenido un trato diferente con ella más que el necesario. Ella servía como secretaria del negocio, aunque Pechi la había sorprendido un par de veces observándolo, aunque tardaba más en darse cuenta que en olvidarlo.

-¿Pedro, está usted bien? ¿Estaba muy preocupada?- dijo Patricia que estaba al borde del llanto ¿Qué rayos le pasaba?

-Ya, cálmate, que no me pasó nada- dijo él un poco fastidiado por la reacción exagerada de la mujer.

-Si le hubiese pasado algo, Pedro, yo, yo…- dijo Patricia inclinándose hasta que puso sus labios sobre los de él. Pechi no se movió de la sorpresa. ¿Acaso Patricia estaba enamorada de él? Sintió la lengua de la mujer tratando de escarbar en su boca, pero Pechi estaba petrificado ¿Qué diría Alfredo? y… la cortina se volvió a abrir en ese momento.

Justo allí estaba Dominguez, pero al lado del policía estaba la figura delgada que hacía soñar a Pechi por las noches. Estaba con el cabello desordenado y los ojos delataban el insomnio de la noche anterior, llevaba una chaqueta vieja y ya no llevaba la falda negra, sino un par de jeans. Pechi estaba tan contento de verla que tardó un segundo en percatarse de lo que ella estaba viendo.

-Laura, yo… -dijo él, mientras el amor de su vida negaba con la cabeza.

-Aquí están las llaves de tu moto, sólo te las venía a traer, jamás debí venir aquí.- dijo ella entregándole las llaves a Dominguez que tenía la boca abierta.

Laura dio la vuelta y Pechi se dio cuenta que se había llevado una mano a la boca. Salió corriendo de ese lugar hasta desaparecer en medio de los muros pintados de blanco.

-Laura, espera, no ¡Laura!- gritó Pechi sin que ella lo escuchara.

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