El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 36. El Secuestro.

Para Javier Luna, a diferencia de lo que él mismo hubiese esperado, los días que siguieron a la muerte de aquél anciano zarrapastroso no fueron tan traumáticos, después de todo. No perdió el apetito, siguió con su ritmo natural de sueño, durmiendo la siesta tres veces por semana y sus noches estaban libres de pesadillas inoportunas.

Siguió con su trabajo de mototaxi, con el mismo desdén de siempre, pero sin rencores, ni mucho menos remordimientos. Sentía como su toda la rabia y la ira que había llevado por dentro desde hacía tanto tiempo, hubiera fluido fuera de su cuerpo al igual que había fluido la sangre roja y viscosa fuera del cuerpo de aquel anciano desgraciado aquella noche nefasta.

Las poquísimas veces que el recuerdo del rostro de su víctima asaltó su mente por casualidad, se consoló convenciéndose a sí mismo que en realidad le había hecho un favor al mundo cuando le clavó, así haya sido accidentalmente, su propio cuchillo oxidado a aquel tipejo repugnante.

Aquello había sucedido el jueves; para el lunes, ya Javi ni siquiera recordaba las facciones del anciano y el recuerdo se hubiese terminado de desvanecer por completo de no ser por la primera plana de “El Manifiesto” al día siguiente.

Javi no era un hombre que leyera la prensa y en el remoto caso que se le hubiese dado por comprar un periódico, habría comprado alguno de circulación nacional o incluso “El Emisario” de Barranquilla, pero al ver las consecuencias de sus actos reflejadas en un papel colgado de un envoltorio plástico, no le quedó otra opción que comprarlo.

El reloj de la Catedral San Francisco de Asís, marcaba las 11:30 de la mañana, y Javi sabía que saldrían muchas carreras cerca de la hora del almuerzo, pero la curiosidad y el miedo que sentía no daban espera.

Hallan cadáver en vía a San Antonio.

En hechos que se encuentran bajo investigación, el cadáver de un N.N. fue hallado en el kilómetro seis de la vía que del casco urbano del municipio de Sincelejo conduce al corregimiento de San Antonio, al nororiente de la capital del Departamento de Sucre.

Javi observó detenidamente la fotografía que se hallaba junto al texto, era la misma cara asquerosa que había visto aquella noche, aunque irónicamente en el papel se veía mucho menos repugnante.

Según datos de la oficina forense el cadáver presenta signos de tortura, al parecer antes de morir lo golpearon en repetidas ocasiones.

“¿Tortura?” Javi hubiese deseado revivir al anciano  mugriento y torturarlo de verdad. Según su modo bien particular de ver las cosas, lo único que había hecho él era defenderse y si le había tocado golpear al anciano asqueroso era sencillamente porque de no haberlo hecho, el muerto hubiese sido otro. Si en realidad hubiese querido torturarlo le habría arrancado las pelotas y se las hubiera hecho comer mientras todavía respiraba y ahí si la oficina forense hubiese tenido sobrados motivos para estar hablando mierda.

El occiso presentaba herida de arma cortopunzante a la altura del abdomen, herida que comprometió varios órganos internos.

“Era menos de lo que se merecía” pensó Javi.

Arrojó el periódico a la basura y encendió la moto para largarse de allí. Pasó toda la tarde haciendo carreras esporádicas, profundamente ofendido con las palabras de aquel tabloide de porquería. Aquél anciano no era ninguna perita en dulce y la forma en que hablaban de él en el periódico, parecía que se estuvieran refiriendo al difunto Juan Pablo II “¿Qué tal?”

Eran ya casi las 7:30 de la noche, cuando el mototaxi decidió que su jornada laboral había terminado. Estaba subiendo la moto por la rampa que daba de la calle a la bodega donde vivía, cuando vio a Dania, la vecina, saliendo de la casa de al lado. Javi le tenía ganas desde hacía rato, pero Dania era una niña; estaba aún en el colegio y su papá ya le había ahuyentado un novio a punta de machete.

-Hola Javi – dijo la vecina con una amplia sonrisa; llevaba puesta una blusita azul y lo que quedaba de un pantalón jean cortado a la altura de los muslos.

-Hola Dania ¿Que más bollito? ¿Cómo estás?

-Bien, mi amor, aquí esperándote.

Aquella respuesta descarada era la mejor prueba que el papá de Dania no estaba en casa.

-Ah, que rico ¿y eso mami?

Sin contestar, Dania se metió en su casa. No demoró más de 10 segundos en salir con una carta en la mano.

-Hoy llegó una vieja emperifollada a tocar a tu casa, como no te encontró, te dejó esto.

Javi leyó el remitente. “Claudia Romero García. Abogada.”

“No puede ser” pensó Javi de inmediato.

Entró a la casa ignorando por completo a su vecina. ¿Por qué querría verlo una abogada? ¿Tendría que ver con lo del anciano? No, no podía ser. Javi subió la cortina metálica de la bodega que le servía como vivienda, entró y la cerró rápidamente, para abrir el sobre sin ninguna interrupción.

Señor

Javier Luna.

Como copropietario del inmueble ubicado en la Carrera 17c No 21C-12, Barrio 20 de Julio, le solicito comunicarse urgentemente conmigo, soy la abogada de la otra copropietaria y estamos urgidas de negociar el inmueble que sabemos que usted habita. Comuníquese conmigo a la brevedad.

Un escalofrío de alivio sacudió a Javi, no tenía que preocuparse por lo del anciano, pero de repente se estrello con la magnitud del asunto. En efecto, Javi sabía que la bodega no era completamente suya, el Viejo Luna se lo había dicho y una de los retos que le dejó al regalársela era precisamente ese que señalaba la abogada: negociarla.

Javi siguió leyendo hasta encontrar el nombre de la copropietaria, estaba escrito al final, debajo del nombre de la abogada, que era su apoderada.

Laura Marcela Curiel Herazo.

“Laura” pensó Javi. Una de sus novias del colegio se llamaba Laura, de hecho había sido la primera que él, a sus 13 años se había llevado a la cama. Luego de eso la niña no le volvió a hablar. Javi abandonó el recuerdo de su novia infantil para concentrarse en lo que era importante. La bodega. Quizás la tal Laura estaba interesada en comprarle su parte o quizás podían ponerse de acuerdo para venderla en conjunto. De cualquier forma significaba dinero, contante y sonante, que a Javi le hacía mucha falta en aquellos momentos.

A pesar de la hora, llamó de inmediato a la abogada. No podía perder tiempo. Marcó el teléfono debajo de la nota. El teléfono sonó una vez. Dos veces. Tres veces. Cuatro veces.

-Sistema, correo de voz…- dijo la voz femenina del otro lado del teléfono. Quizás era muy tarde, pero la ansiedad de Javi lo llevó a marcar otra vez.

Sonó una vez. Dos veces. Y de pronto se escuchó una bulla espantosa. Vallenato a altísimo volumen. Y en el fondo, casi inaudible, la voz de la mujer.

-¿Sí? ¿Aló?- dijo ella.

-Sí, sí ¿Claudia?- Javi se arrepintió de inmediato por el atrevimiento, llamar por su nombre a una desconocida podía ser tomado como una grosería y no podía ser grosero con aquella mujer, después de todo ella significaba plata para él- Perdón, ¿La doctora Claudia?

La mujer del otro lado del teléfono se echó a reír.

-No me digas doctora, dime Claudia- dijo la mujer, entre risas-A propósito ¿Con quién hablo?

-Javier Luna, el copropietario de la bodega que queda en el 20 de Julio, usted me dejó una nota con una vecina.

-Ah, sí, sí… bueno señor Luna, la verdad ahora estoy en medio de una celebración, pero ¿Por qué no se viene y acá hablamos?

-¿Es en serio?

-Muy en serio, sólo hay mujeres acá, nos hace falta un varón.

Fue entonces que Javi comprendió que la tal Claudia estaba borracha. Las estrellas debían estar alineadas a su favor esa noche, podía conocer a la abogada en un estado vulnerable y si jugaba bien sus cartas podrían ponerla a su favor en el dichoso negocio. No tardó media hora en bañarse y arreglarse. Se puso su mejor pinta, de las últimas ropas que trajo de Barranquilla y que el guardaba celosamente en una maleta. Eran su último tesoro y esta vez tendrían que servirle para algo.

Llamó a Claudia antes de salir y ella le dio la dirección. Era un estadero sobre la Avenida Las Peñitas. Cuando Javi llegó, luego de la requisa de rigor por parte de un gigante aparcado en la puerta, llamó por tercera vez a Claudia.

-Estamos cerca de la barra, por la columna roja- dijo ella. Javi se sintió desorientado por una vez en su vida.

El lugar era un caos. La parejas bailaban apelotonadas entre las sillas y mesas, y no dejaban espacio para caminar, le tomó casi cinco minutos llegar hasta Claudia y sus acompañantes.

En efecto sólo había mujeres en aquella mesa y Javi entendió por qué. La única medio presentable era Claudia, quien apenas lo vio lo miró de arriba abajo como si quisiera desnudarlo. “Aún no, Claudia, aún no” pensó Javi. Sus dos acompañantes parecían las hermanastras de la cenicienta. Una gorda, gorda, gorda que parecía estar probando la capacidad de la silla donde estaba sentada y la otra flaca con una cara de caballo desnutrido, que habría bastado para espantar a cualquier hombre en sus cinco sentidos. De inmediato lo invitaron a tomar.

Había una botella de aguardiente en la mesa. Como las dos hermanastras de cenicienta no tomaban, y Claudia bebía muy poco, Javi se acabó esa botella y el trio maravilla de inmediato pidió otra, y luego otra, y luego otra.

Javi recordaría después haber estado tomando y bailando con las tres mujeres hasta llegar a un estado de alicoramiento tal, que no le permitiría ordenar cronológicamente en su mente las escenas de lo que sucedió aquella noche. Lo que si recordaría era haber salido con Claudia ya pasadas las 3 de la mañana. Recordó haber guardado la moto en un parqueadero y haber entrado en una habitación de luces tenues con ella.

Claudia era una mujer atractiva, estaba buena, pero bonita, bonita, no era. Sin embargo eso no impidió estar preparado para el momento en que la hembra empezó a tocarlo por todas partes. Javi sabía a lo que iba, las llamadas de Claudia le habían dado una indicación de lo que ella quería aquella noche y cuando la sorprendió observándolo tan descaradamente, no le quedó duda.

Le dio buen uso a los tres condones que venía guardando en la cartera desde hacía semanas y ya estaba pensando en quedarse dormido, cuando la mujer lo alertó.

-Te tienes que ir, mi marido llega a las 6, en el bus de la empresa- dijo Claudia.

-¿Eres casada? Bueno- dijo Javi en medio del efecto alucinante del alcohol- no es que me importe mucho. ¿Mi moto?

-Está en el parqueadero a media cuadra ¿no te acuerdas?- preguntó Claudia desconcertada, antes de agarrar a su amante furtivo por el brazo derecho.

Javi salió casi que empujado por la mujer.

-Nos vemos el martes, a las 8 en mi oficina, allí nos veremos con Laura y créeme que si te portas tan bien conmigo como esta noche, te voy a asegurar una buena tajada de ese negocio a costillas de ella.

Había coronado. Eso era lo que quería y aunque le había tocado acostarse con Claudia, pues no la había pasado tan mal y los tres condones gastados lo podían comprobar.

Javi tuvo que observar bien el vecindario para darse cuenta que estaba en el Barrio Mochila. Miró en todas las direcciones hasta que sus ojos dieron con el letrero azul sobre un enorme portón “Parqueadero”.

Ya iba directo hacía allí. Cuando sintió un haz de luz sobre su espalda que proyectaba una sombra frente a él. Javi volteó y vio lo que parecía una van, de esas mismas que llevaban y traían pasajeros para Montería y Barranquilla.

Javi no le prestó atención y siguió su camino hasta el parqueadero. No llegó. La van que había visto unos segundos atrás, se detuvo justo al lado de él. De allí salieron dos sujetos, dos hombres, uno de ellos muy fuerte que le metió un puñetazo en el estómago.

-Eso es por El Casallas- dijo

¿El Casallas? ¿Quién era El Casallas? ¿Acaso era…?  El otro sujeto lo golpeó en la cara con tanta fuerza que Javi sintió que la cabeza se le partía en dos. O quizás sólo era la borrachera. O quizás era el remordimiento por haber matado a El Casallas y haber arrojado su asqueroso cuerpo al vacío. Desvariaba.

-Este está borracho, no va molestar, amárralo Flaco, nos lo llevamos- dijo uno de ellos, pero Javi no pudo identificar cuál.

Lo siguiente que supo era que estaba amarrado de pies y manos sobre el piso de la van. “Algo no anda bien con todo esto” pensó Javi “No anda nada bien” pensó mientras la borrachera poco a poco dejaba su cuerpo, dejándolo solo enfrentando su espantosa realidad.

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