El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 37. El Jefe.

El frío de la noche sabanera se hacía cada vez más intenso. Cindy Villarreal observó la bahía de entrada del Hospital Departamental desde el puesto de fritos ubicado frente al siempre congestionado centro médico.

En menos de media hora, Cindy había visto pasar cinco ambulancias de cinco municipios distintos que llevaban sus enfermos, sus heridos y hasta sus muertos dentro de aquel Hospital que tantas maldiciones y execraciones llevaba no solo de pacientes y familiares, sino también de médicos, enfermeras, odontólogos y de todos los que tenían el amargo privilegio de trabajar allí.

Cindy sabía que al personal del Hospital le debían 8 meses de salario y también sabía exactamente dónde había ido a parar ese dinero. Lina Josefa Pastrana de Abdala, la viuda del desgraciado sujeto al que le amarraron la única bomba que explotó en la Plaza de Majagual, aquel nefasto 20 de Enero, había sido elegida gobernadora del departamento exactamente 9 meses después de la tragedia.

Un 20 de Octubre, los sucreños en su infinitamente estúpida manera de elegir a sus gobernantes, habían elegido a aquella mujer de la que se decían tantas cosas, que era difícil elegir cual creer.

Algunos decían que su difunto marido la molía a golpes cada vez que llegaba borracho a la casa y que sus vecinos en el barrio Florencia despertaban desconcertados con los gritos de horror que provenían de la casa de los Abdala. Otros decían que dentro de las cualidades de la señora Pastrana estaba perseguir musculosos muchachos veinteañeros para satisfacer sus ansias de ninfa maniaca. Algunos hasta decían que era bruja y que ella misma había armado la bomba que convirtió a Marcos Abdala en una fina lluvia de sangre desparramada sobre el costado occidental de la Plaza de Majagual.

Cindy recordaba aquél negro episodio de su vida sin traumas. Era cierto, había estado en peligro de muerte, pero la manera en que Nane, como un héroe de cuento, había decidido quedarse con ella en la vida y en la muerte, era lo único que necesitaba recordar. Era el recuerdo más bello de su vida y había sucedido aquella noche. Tanto el psicólogo fugaz que le habían conseguido en la policía, como el que trabajaba a destajo en “El Manifiesto”, como el que había conseguido Ludis Mansur para Nane y para ella, se habían quedado asombrados de la madurez y la fortaleza con la que Cindy había afrontado la situación y como había convertido un episodio espeluznante de su vida, en una anécdota repleta de amor.

Era cierto, el amor la había salvado, pero también era cierto que su continua cercanía con la familia de Nane, en especial con Ludis, parecían estarla perturbando. No bien se había graduado de su carrera de economía en la USAB, Juancho Pedroza, el dueño de “El Manifiesto” le hizo una oferta tan tentadora para trabajar en el periódico que Cindy no pudo rechazarla. Además de su columna semanal, “El Misionario”, tendría a su cargo la edición de Judiciales. Por un excelente sueldo, Cindy sólo tenía que reditar lo hecho por sus subalternos que de hecho eran bastante talentosos y escribir su columna semanal. Aquello significaba que sólo iba a las oficinas del periódico un par de horas en el día y otro par en la noche, antes de entregar su material al encargado de la impresión.

Pero en los seis meses que había permanecido en el periódico, sabía que algo andaba mal, y sabía exactamente por qué andaba mal. Su vida social, casi inexistente antes de conocer a Nane, ahora estaba repleta de citas y compromisos, la gran mayoría de ellos junto a Ludis de Mansur. A pesar de que Tito se había retirado de la carrera política desde que su familia estuvo en peligro por cuenta de Marcelo Guevara, su influencia sobre el gremio político en Sucre, estaba más que vigente.  Cindy los conocía a todos y la trataban tan bien, con tanta amabilidad que cuando por casualidad se enteraba de algo podrido sobre ellos y escribía algo sensacionalmente escandaloso para su columna, siempre se arrepentía y terminaba archivando el artículo en la última de las gavetas de su escritorio. Lina Pastrana era uno de esos personajes.

Cindy la había conocido en una cena de beneficencia religiosa orquestada por Ludis, la señora parecía más bien tímida y de modales un poco torpes dada su condición social. “Marcos Abdala la sacó de un cabaret en Pereira, seguramente ella le metió un sapo en la barriga, para poder casarse con él” le había dicho Ludis aquella noche, semanas después de la tragedia de la Plaza de Majagual. Pero cuando supo que la señora había desviado los recursos de la salud en el pago de un apartamento doble en La Toscana, una camioneta 4×4, modelo del año y una exquisita casa-finca por los lados de Tolú, Cindy supo que se escondía detrás del confundido rostro de esa mujer.

Hubiese querido destruirla en sus columnas, pero luego pensó en Nane, en aquel muchacho de cabello rubio oscuro, como la miel, sus ojos marrón claro y sus poquísimas pecas en el rostro cuadrado y pálido como la leche. El mismo que había decidido arriesgar su vida por ella. Si hubiese publicado sus artículos, hubiese alienado a toda la manada de lobos de la política de Sucre en contra de los Mansur, es decir en contra de Nane, y si había algo que no podía soportar en la vida era verlo sufrir. Sus columnas guardadas en el fondo de la gaveta esperaban el momento propicio en que Cindy encontrara un buen seudónimo para publicarlas. No se había rendido. O al menos no en ese aspecto.

Cindy sabía que de la enorme influencia que Ludis tenía sobre ella. De hecho muchas veces se sorprendió que hasta en el uso de las palabras y el modo de moverse le hubiese aprendido tanto a su futura suegra. Al principio le incomodó la situación, pero se dio cuenta que a su propia manera, Ludis dominaba su mundo, tenía un poder invisible sobre todos los que la rodeaban y a Cindy no le pareció tan mal aprender un poco de ella.

Cindy desechó la idea de que la amistad entre ella y Ludis pudiera molestar a Nane, mucho más después de aquel fin de semana, tras el infarto que sufrió Tito Mansur. Había sido un fin de semana demasiado largo para Cindy. Había permanecido en la clínica todo el Viernes y parte del Sábado mientras operaban a su futuro suegro y lo enviaban a recuperación. El domingo, cansada como estaba tuvo que reunir energía para darle animos a Nane que se veía muy decaído. Solo pudo descansar el lunes por la tarde para despertarse a las 10 de la noche para cumplir la cita que había pactado desde el Martes de la semana anterior.

El celular emitió un único pitido corto y agudo. Era la medianoche. El frío se había hecho más intenso y Cindy trataba de colocarse las manos dentro de sus jeans para aplacarlo un poco. Desde su posición de privilegio sobre la entrada del hospital, había visto a Wilmer, el muchacho encargado de cubrir el hospital para “El Manifiesto”. Cindy lo había acompañado un par de veces y se compadeció de él. Las cosas que se veían en ese hospital eran horribles y siempre había terminado con el estomago hecho trizas al salir de allí. Pero no eran los heridos y enfermos del Hospital Departamental lo que le interesaba aquella noche. Era una fuente.

Su papá, don Alirio, la había contactado con Magdalena, una profesora cuarentona en uno de los barrios de la zona sur, precisamente donde se rumoraba que alguien estaba reclutando menores. Magdalena la había puesto en contacto con Yeimar, uno de sus estudiantes. Era a Yeimar a quien Cindy estaba esperando allí.

Habían trascurrido apenas 35 minutos de aquel Martes post-festivo cuando el muchacho apareció. Tal como habían quedado por teléfono, pidió dos empanadas y se sentó junto a ella. Esa era la señal.

-¿Usted es Cindy?-preguntó el muchacho.

-Sí, supongo que tu eres Yeimar ¿verdad?- respondió ella.

-Sí, la seño Lena me dijo que hablara con usted, que me daría algo a cambio… usted sabe- dijo el muchacho frotando el dedo pulgar con el índice y el corazón de su mano derecha.

-Sí, puede ser, todo depende de lo que me digas.

-Pues pregunte.

-¿Qué es lo que pasa en la zona sur? ¿Quién está ofreciendo plata y para qué?

-Pues hay un man que vive en Puerto Arturo, le dicen El Casallas, todos allá sabemos que está pagando bien.

-Pagando bien ¿Para qué?

-Pues para rezar el rosario no creo que sea, señora– dijo el muchacho. Sólo hasta que dijo esa palabra, Cindy se dio cuenta de que no tendría más de 14 años, pero tenía en sus ojos una madurez extraña, propia de la gente que ha sufrido mucho.

-¿Es algo ilegal?- preguntó Cindy.

-Sí, claro, El Casallas hasta les da armas a los que se meten de lleno con él, mi hermano está metido en eso, y siempre carga un fierro.

-¿Alguna vez has visto a tu hermano llegar con la ropa manchada de sangre o algo?

-No, sí a veces llega mono del polvorín en el pelo y en los ojos, pero sangre no, nunca.

-¿Y no sabes para que les paga El Casallas?

-No, de eso si no se habla, a uno de ellos le metieron una paliza por mostrar el fierro en plena calle, deben tener orden de no hablar.

-Por supuesto.

-Bueno, señora, ya le dije todo lo que sabía, ahora sí…- el muchacho volvió a hacer el gesto con sus dedos. Cindy le pagó la cantidad acordada, cortesía del bono de mitad de año de Juancho Pedroza.

Ya se estaba poniendo de pie, cuando el muchacho volteó y se quedó mirándola.

-Hay algo más.

-Dime.

-Ese man que salió está mañana en la portada del Manifiesto, con la cara llena de moscas, ese es El Casallas. Ahí se la dejo.

Yeimar tomó una moto y se fue dejando a Cindy perpleja. Si de verdad el N.N. que habían encontrado por los lados de la Piedra de San Antonio era el Casallas, era el primer muerto en medio de aquella situación. Eso si la preocupó. Esa muerte no cuadraba con la tranquilidad y la discreción con la que los implicados habían manejado la situación.

8 horas después, luego de haber dormido poco y mal, Cindy se dispuso a ir a la oficina de Juancho Pedroza en “El Manifiesto”, pero encontró la sala de redacción hecha un hervidero de rumores. Según sus compañeros de trabajo el gran jefe iba a anunciar algo importante aquella mañana. Margarita, la secretaría de Pedroza le confirmó que el jefe no la podría atender.

Regresó a su cubículo, la esperaban dos artículos que debía revisar antes de mandarlos a impresión, pero se puso a repasar sus notas. La muerte de El Casallas era en definitiva un hecho extraño. La calma que había reinado en Sincelejo en las últimas semanas era tal que no se habían reportado asesinatos, ni hechos violentos, ni en la zona sur, donde por lo general siempre había noticias de ese estilo. La muerte del Casallas no encajaba en ese patrón… a menos que hubiese sido un accidente.

-¡Buenos días, señores y señoritas, me prestan atención un momento!- escuchó Cindy la voz de Juancho Pedroza, acompañado de unas palmas.

Cindy, al igual que el resto de los presentes, se levantó de su puesto.

-Como algunos de ustedes saben, esta mañana tengo algo importante que decirles- Pedroza tomó aire, como si le costara trabajo lo que iba a decir- este año se cumplen 18 años de este periódico y me siento orgulloso de lo que he hecho en este tiempo. He sido gerente, editor jefe, y hasta la muchacha del tinto en un par de ocasiones- una carcajada tímida se apoderó de la sala por un par de segundos- pero ya mi mujer y mis hijas se han sacrificado mucho y quiero compensarlas un poco- nuevamente Pedroza hizo una pausa, lo que fuera que iba a decir parecía conmoverlo demasiado- Es hora de darle paso a una generación más joven, que estoy seguro que no desmeritará el trabajo que he hecho hasta ahora. A partir de hoy voy a comenzar el empalme con el nuevo editor jefe, alguien con el que comparto muchas opiniones y posiciones y sobre todo la mordacidad crítica que ha caracterizado a este periódico. Señores empleados de “El Manifiesto” les presento a su nuevo editor jefe, el señor Andrés Camilo Naar.

De la oficina de Pedroza, como en un programa de concurso, salió entonces el nuevo editor jefe. Sonreía y saludaba, respondiendo al aplauso que se tomó la sala. Cindy no podía terminar de creer la charlatanería de aquel tipo. Y ni siquiera había hablado. Su sonrisa era sin duda encantadora, y su cuerpo apretujado entre la camisa de mangas largas y sus jeans no lo hacía menos provocativo.

-Gracias, gracias, gracias, muchachos, de verdad, y gracias a Juancho por darme esta oportunidad ¿sí les gustó mi entrada?- una carcajada general se tomó el lugar, mientras Naar se moría de la risa. Pedroza reía, pero haciendo un gesto negativo con la cabeza.- Bueno, como ya Juancho dijo, y todos ustedes saben- empezó Naar con un extrovertido acento costeño- mi nombre es Andrés Camilo Naar, el Andrés me lo pueden quitar, llámenme Camilo y ya- de nuevo la carcajada- Ahora sí, en serio, soy sincelejano, nacido y criado aquí, periodista de la UEM, en Montería, Córdoba, estuve como editor de deportes y judiciales en “El Manifiesto de Córdoba” por dos años y bueno aquí estoy esperando ansioso por trabajar con ustedes y feliz de regresar con toda a mi tierra.

La horda de lambones salió a felicitar al sonriente (¿y sexy?) nuevo editor jefe de “El Manifiesto”, cuya locuacidad le parecía demasiado molesta a Cindy. Ya se habían replegado casi todos, cuando Naar hizo una pausa y un gesto con las manos llamando a la calma.

-Muchachos, muchachos, esperen, tengo una pregunta muy importante que hacerles- dijo- ¿Quién de todos ustedes es “El Misionario”?

Los ojos de toda la sala de redacción, incluyendo a Juancho Pedroza y a Margarita, se posaron sobre Cindy, al igual que la mirada encantadora de Camilo Naar que ya empezaba a sonreír.

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