El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 38. El Regreso.

El lugar donde se encontraba Laura no dejaba de ser extraño. Parecía una estación de tren. “¿Medellín?” No recordaba como había llegado hasta allí. Vio a un sujeto de gafas oscuras con un teléfono celular en la oreja. Caminaba hacía ella y llevaba una navaja en la mano. Laura se dio la vuelta buscando una vía de escape, pero del otro lado venía otro sujeto, más joven, con otra navaja en la mano derecha.

-¡Ayúdenme! – trató de gritar Laura, pero el ruido de un tren pasando por la estación ahogó su aspaviento. El sujeto de gafas más viejo la tomó del brazo y le puso la hoja de la navaja en la espalda.

-El celular – dijo en voz seca.

Era todo. Estaba perdida, el sujeto más joven se acercaba y los pasajeros no se daban cuenta de nada, caminando frenéticamente por la estación. Laura se sacó el celular del bolsillo izquierdo de su pantalón, donde instintivamente lo guardaba y se dispuso a entregárselo a su agresor. No tuvo tiempo de hacerlo. Sintió un embate, un empujón que la arrojó al piso.

-¡Corre Laura!- dijo la voz de un hombre que la agarraba de la mano. Laura corrió junto a él, agarrada de su mano hasta el nivel de abajo. Los torniquetes de entrada y salida estaban allí, pero su salvador la llevó de nuevo arriba, para situarse en el lado opuesto del riel.

-¿Pechi?-dijo Laura al ver el rostro del hombre, su cabello negro como la noche, desordenado y sus ojos color azul profundo.

-Ahí vienen-la alarmó él.

Se escuchó nuevamente el ruido de la llegada del tren, no eran ellos dos los únicos que corrían, parecía que en aquella estación todos lo hacían, pero a diferencia del resto de pasajeros, Laura lo hacía para huir, para escapar. El tren que llegaba venía marcado con la palabra ITAGÜI. Corrieron por la plataforma y Laura volteó para ver como los sujetos de gafas oscuras estaban bajando las escaleras, abriéndose paso a empujones. Pechi logró meterse con Laura en el vagón justo cuando sonó la alarma de las puertas. El tren empezó a moverse. Laura se creyó a salvo, pero cuando volteó los dos sujetos, el joven y el viejo, estaban allí. Ambos empuñaron sus navajas y las hundieron en su frágil vientre.

-¡Pechi!- gritó Laura, pero nadie la escuchaba. Entonces sus agresores se quitaron las gafas. El más viejo escondía el rostro de su padre y el mas joven… no, no podía ser. Era el rostro de Pechi, quien volvió a empuñar la navaja y se dispuso a atacarla una vez más.

El grito se escuchó en todo el avión. A Laura le costó trabajo asimilar que no estaba en una estación del metro en Medellín, sino en un avión rumbo a Montería. Los otros pasajeros la observaban con caras que iban desde el disgusto hasta la compasión, pasando por supuesto por la burla. “Genial” pensó ella para sí misma. Era el remate de un fin de semana espantoso.

El viernes, luego de creer haber encontrado a Pechi, la metieron presa por intentar asesinarlo y cuando el Sábado se aclaró todo y fue como una boba a llevarle las llaves de la moto, pensando en que sería un detalle bonito, se encontró con que estaba besando a una desconocida, que para colmo de remate, ni bonita era.

Los dos días que siguieron, el domingo y el lunes festivo, Laura los pasó encerrada en su habitación de hotel, en la avenida del aeropuerto, en el mismo hotel en que su padre la había hospedado aquella triste tarde en que la matriculó a la fuerza en la Universidad Andina. Tenía amigos en la ciudad, eso sí, pero tuvo la fortaleza o la cobardía de no contestar las llamadas de su teléfono. Sonó tantas veces que cuando se le acabó la batería, el lunes por la mañana, Laura sintió una oleada de alivio en su cerebro atribulado.

Sus pensamientos giraban siempre respecto al mismo asunto ¿Quién era aquella mujer que besaba a Pechi tan apasionadamente en aquel hospital? Claro, había sido demasiado estúpido de su parte pensar que un hombre como Pechi se iba a quedar solo durante dos años. ¿Qué esperaba acaso? Después de todo Pechi la había abandonado. No bien cobró aquella recompensa se largó dejando apenas una carta escueta con motivos ridículos y contradictorios. Una excusa para perderse del mapa para siempre. Entonces ¿Por qué la sorprendía que estuviera con otra mujer? Había pasado un años, siete meses y catorce días desde el momento en que Don Alirio, el papá de Cindy, lo había visto por última vez, ese tiempo era más que suficiente para haber organizado una vida lejos de ella. ¿Entonces por qué gritó su nombre cuando la vio? Lo recordaba perfectamente. “¡Laura!” ¿Por qué la había llamado? Si se hubiese quedado lo habría averiguado Quizás era todo un malentendido. O no. Pensó en los posibles escenarios vergonzosos con aquella mujer reclamándole… no que vergüenza.

Pero la posibilidad de una humillación no la detuvo de salir el lunes festivo de la calidez de su habitación de hotel para enfrentarse a la fría noche bogotana. Tenía que saber de Pechi. Como lo sospechó no estaba en el hospital, le habían dado salida desde el mismo Sábado y en el formulario que llenó no estaba el número de su celular. Fue a la estación de policía donde estuvo detenida el Viernes por la noche y tampoco sabían nada de él.

Pasó la madrugada del Martes en una sala de espera en el Aeropuerto El Dorado, pensando en Pechi. Ya para ese entonces había encendido el teléfono. Varios mensajes de su jefe. Necesitaba urgentemente las copias del documento de las restituciones de terrenos de Toluviejo. Le recordó que tenía permiso hasta las 11 de la mañana. Mensajes de Claudia, su abogada. Javier Luna había confirmado asistencia para las 9 de la mañana, estaba dispuesto a negociar la venta de la bodega del 20 de Julio. Mensajes de su mamá, preocupada porque no sabía nada de ella desde el viernes y pensaba que algo malo, no lo permita Dios, le había pasado. Mensaje de Nane. Su papá había sufrido un infarto y necesitaba a alguien con quien hablar de algo muy urgente.

Luego de su vergonzoso grito en el avión, Laura se dio cuenta que ya habían iniciado el descenso sobre la llanura del Sinú. No habían pasado 20 minutos cuando ya arrastraba su maleta hasta la van que la llevaría hasta Sincelejo. Eran las 6:50 de la mañana cuando el vehículo se puso en movimiento.

Intentó llamar a Nane, pero el teléfono estaba apagado. Nane era el único que sabía lo que en realidad le había costado la partida de Pechi. Él era su único amigo, el único que la ayudo en el momento más difícil. Ni siquiera Cindy se había mostrado tan cercana como él, encerrada en un hermetismo inexplicable luego de su experiencia en la Plaza de Majagual. No la culpaba. Después de todo, haber tenido una bomba en el pecho a punto de estallar hubiese transformado a cualquiera. Pero a Cindy la había transformado en la dirección equivocada. Ya hasta parecía una versión renovada de Ludis Espinosa, lo cuál era bastante sobrecogedor, mucho más para Nane, quien ya había mostrado dudas de la solidez de la relación que sostenían.

Era mucho más sencillo pensar en los problemas de otros, que en los suyos propios. Pero dejó que su mente divagara un poco.

Cuando llegó a Sincelejo, no perdió tiempo. Le anotó al conductor de la van su dirección en un papelito para que le llevara la maleta a su casa en Las Colinas y se fue directamente al edificio del Banco Agropecuario, para entrevistarse con Claudia y con Javier Luna.

Eran las 9:10 cuando cruzó la puerta de la oficina.

-Buenas, Clau- dijo ella cuando la recibió su abogada, quitándose los lentes de sol que había llevado puestos durante todo el viaje- ¿No ha venido el muchacho?

-No, pero no debe tardar, pero siéntate Lau y cuéntame ¿Cómo te fue?- preguntó la abogada, quien daba la casualidad había sido compañera de curso cuando estudiaba en el colegio El Carmen.

-Excelentemente, mi amor- mintió Laura. No estaba dispuesta a dar ninguna explicación a nadie sobre su vida personal, mucho menos a Claudia, que era una chismosa de pies a cabeza.

En algún momento la abogada debió sentir el hermetismo cruel de Laura, porque se inventó cualquier excusa y la dejó en el sofá del recibidor, mientras llegaba Javier Luna. Pero el muchacho nunca llegó. A las 10:45 Laura tuvo que despedirse a las carreras de Claudia, refunfuñando por la perdida del tiempo y salió disparada para la Curaduría.

Eran las 11:10 cuando cruzó la puerta de la oficina de su jefe, el Ingeniero Aarón Paternina Prieto.

-Creía que te ibas a quedar en Bogotá- dijo el, tenía el cabello blanco y su contextura corpulenta no era desagradable a pesar de los años.

-¿Que va, Jefe?- dijo ella fingiendo su mejor sonrisa- Tengo que imprimir las copias, están en medio magnético.

-¿Las tienes en el celular?- preguntó su jefe, traduciendo las palabras de su empleada.

-Sí, es que no había fotocopias. Pero usted dijo que sólo necesitaba leer el documento.

-Sí, así es…. Llévale el celular a Toño y que me traiga todo eso pero ya.

Laura salió de la oficina de Gonzales y se dirigió hasta el desorden que era el cuartucho donde Toño pasaba sus días y sus noches componiendo computadores viejos y espiando lo que todos hacían en sus computadores desde el servidor de la oficina.

-Déjame el celular y yo te mando a llamar cuando todo esté listo.

-No mi amor, tengo demasiadas cosas privadas en ese celular como para dejarte que tengas acceso a ellas, así que me haces el favor, sacas las fotos esas, las imprimes y me regresas el celular mientras estoy viendo, así que pilas, tienes 30 segundos, y van 29 …

Si los ojos de Toño tuvieran la visión de calor de Supermán, Laura hubiese quedado carbonizada, afortunadamente el único poder de los sabelotodo ermitaños era alejar a todo aquel que se le acercara. Ni siquiera pasaron los 30 segundos cuando la impresión salió y Toño le devolvió el celular a Laura.

-Gracias- dijo ella en el tono menos agradecido posible sin hacer el menor esfuerzo por disimular.

Cuando llegó a la oficina, su jefe hablaba con alguien en el celular.

-Listo, listo, no hay problema, yo me encargo- dijo él.

Laura le entregó los documentos con una sonrisa, pero eso no la salvó.

-Nena, necesito que revises estas carpetas y me las organices, mañana temprano deben estar en mi escritorio en orden de gastos.

Laura observó la enorme pila de carpetas y casi le da un infarto. Llevó en tres viajes las carpetas hasta su cubículo y luego que abrió una se dio cuenta que no sería un trabajo sencillo. Las cuentas estaban dispersas y a ella le tocaba sacar el presupuesto general con una calculadora que encontró en una de las gavetas de su escritorio modular.

Eran las 9:45 de la noche cuando calculó la última cuenta y llevo todas las carpetas organizadas con el trabajo de toda la tarde y parte de la noche a la oficina de su jefe. No había nadie en la oficina. Apagó las luces y bajó la escalera hasta el primer piso. El vigilante dormía plácidamente en la silla de su cabina y ni siquiera se dio cuenta en que momento salió Laura.

La calle que daba a la Curaduría era un espanto de soledad a esa hora. Las luces del Super Almacen Caribe estaban a media cuadra, pero estaba tan solo como el resto de la calle y no había taxis. Hubiese pedido uno, pero su teléfono no tenía minutos. ¿Tan pronto se le habían acabado? Quizás le tocaría irse en un mototaxi. No había hecho la asociación mental cuando volvió a pensar en él. Tonto.

Hubiese seguido pensando en eso de no ser porque le preocupaba más caminar sola por aquellas calles, decidió subir hasta el Parque Central, allí encontraría algo en que irse hasta su casa en Las Colinas. No había avanzado ni media cuadra cuando se dio cuenta que alguien la seguía. Era un hombre espantoso. Tenia la cara cetrina y arrugada y vestía una camisa barata y un pantalón clásico, que de clásico no tenía nada, conjunto acompañado por unas espantosas abarcas, más viejas que él mismo.

Laura trató de acelerar el paso, pero el hombre espantoso siguió tras ella. El corazón se le heló de pavor al ver que el tipo llevaba un chuzo en la mano, Laura intentó correr, pero el sujeto fue más rápido y le bloqueó el paso, haciéndola caer.

-Dame la cartera y el celular ¡rápido!- dijo el hombre que parecía tener los ojos desorbitados.

Laura sacó rápidamente su celular, tratando de salir lo más pronto posible de aquella ridícula situación. Estaba en el piso aún, extendiendo la mano con el celular a su agresor cuando una luz cegadora inundó aquel anden. El ladrón se puso la mano en la cara. Entonces Laura se dio cuenta que una motocicleta venía por el anden.

-¡Apartate!- escuchó una voz proveniente de la moto. Ella no tuvo que dudarlo y se paró en dirección a la calle.

Se oyó un golpe seco y lo siguiente que vio Laura fue al ladrón tirado sobre el pavimento a unos tres metros de donde había estado parado hacía menos de dos segundos.

-¡Sube!- escucho Laura de nuevo a la voz encima de la moto.

Se acercó para ver a su salvador, solo para darse cuenta que era el mismo de sus sueños, de cabello negro desordenado, ojos azules y sonrisa luminosa. Lo había visto sobre otro andén a mucho kilómetros de allí, herido y llorando del dolor. Luego besando a una extraña en una habitación de hospital. Pero ahora estaba ahí, pidiéndole que subiera a la misma moto de la que ella, con la ayuda de un taxista tonto, lo había arrojado hacía cuatro días.

Laura se subió a la motocicleta con Pechi, dejando atrás la piltrafa humana en la que se había convertido el ladrón, desparramado por la calle y aun quejándose de que no se había podido robar el celular.

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