El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 41. El Puente.

El celular sonó demasiado temprano. Cindy trató inútilmente de encontrar el celular sin tener que abrir los ojos. Sentía los parpados demasiado pesados. Tanteó la mesa de noche tratando de ubicar el lugar preciso donde había dejado su teléfono la noche anterior antes de acostarse, y luego de varios segundos sintió debajo de la palma de su mano la textura lisa y suave de la pantalla de su celular.

No leyó el mensaje inmediatamente. Se obligó a levantarse de la cama, para correr las gruesas cortinas que separaban la luz solar de su habitación. Cual sería su sorpresa cuando descubrió que afuera aún no había amanecido. Miró la hora de su celular, tratando de adaptar sus ojos a la luz de la pantalla. 4:45 de la mañana. “Este tipo está loco” dijo Cindy en voz baja.

Por un instante fugaz pensó que era un mensaje de Nane, pero luego recordó que Camilo Naar había quedado en despertarla temprano en la mañana para ir juntos a Toluviejo. Lo que no pensaba era que la despertaría tan temprano.

En quince minutos paso por ti, Misionario, espero no sigas dormida” decía el mensaje.

Desde el día en que le fue asignado el cargo de editor jefe de “El Manifiesto”, Camilo Naar había pasado horas enteras conversando con Cindy. El mismo día que se conocieron le exigió pormenores de la investigación que llevaba a cabo. Cindy le explicó calmadamente que sólo tenía la información del muchacho al que había citado en el hospital y que pretendía ir a Puerto Arturo a buscar más pistas. “Yo voy contigo” le dijo Naar de inmediato.

Al día siguiente, el Miércoles, Camilo había aparecido con unos uniformes de Solidarios, la red de asistencia social del país.

-Nos vamos a ir disfrazados y nadie va a sospechar nada- dijo Camilo Naar con su sonrisa pedante, que en ocasiones provocaba en Cindy ganas de golpearlo.

Llegaron a Puerto Arturo antes de las once de la mañana, ambos con chalecos y gorras de Solidarios y con formularios en mano se internaron en lo más profundo y miserable de aquel barrio olvidado de Dios.

-Buenos días, doña- dijo Camilo en la primera casa donde llegaron.

-Sí, buenas- dijo al fondo una mujer con una falda negra, una blusa blanca de flores negras y el pie descalzo.

-Somos de Solidarios y venimos a hacer una encuesta rápida ¿nos puede colaborar?

-¿Eso es de los subsidios?- preguntó la mujer.

-Claro, es para actualizar información- mintió Camilo Naar.

La mujer se secó la mano con un trapo que mostraba un color rojizo, oculto tras una costra de suciedad que lo hacía ver negro.

-Bueno, hable- dijo la mujer.

-¿Cuántos menores de edad habitan en la casa?

-Dos

-¿Edades?

-Tres y cinco.

En efecto en el lugar que debía ser la cocina estaban dos niños con los vientres inflamados y con un sinnúmero de moscas revoloteando en torno a ellos.

-Gracias- dijo Camilo despidiéndose.

-¿Qué es lo que estás haciendo, oye?- le preguntó Cindy, una vez salieron a la calle.

-Cálmate, Misionario, yo se lo que hago.

Preguntaron lo mismo en otras tres casas igual de miserables que la anterior. Ya iban por la cuarta casa, cuando Cindy vio a lo lejos una motocicleta roja, cuyos pasajeros se le hacían extrañamente familiares. El que manejaba se le hacía parecido a Pechi, pero el mototaxi que la llevaba a la universidad se había ido hacía más de año y medio y no había vuelto a dar señales de vida. El pasajero se le pareció a Nane, pero por más que lo pensaba no podía imaginar un escenario en el que a Nane Mansur se le ocurriera ir a Puerto Arturo. Pero para salir de dudas, decidió llamar a su novio. Buscó el celular para marcarle. “Maldita sea”. Se le había agotado la pila.

-¿Te sucede algo, Misionario? ¿Necesitas llamar a alguien?- preguntó Camilo Naar.

-No, es que me pareció ver a alguien conocido- respondió Cindy observando la esquina por donde había visto pasar la motocicleta.

-¿Quién?

-No, nadie, sigamos.

Ya era más de mediodía y Cindy ya empezaba a encontrar fastidiosa la rutina de preguntas de su joven jefe.

-¿Cuántos menores de edad habitan en la casa?

-Uno.

-¿Edad?

-Quince años.

Camilo levantó la cabeza y formuló una pregunta que no había hecho hasta ese momento.

-¿Estudia o Trabaja?

-Trabaja- respondió la mujer a la que le estaba haciendo la entrevista.

-¿En que trabaja?

-Haciendo mandados.

-¿Dentro o fuera de Sincelejo?

-Fuera, por los lados de Toluviejo.

-¿Sabe por qué parte exactamente?- preguntaba Camilo Naar sin levantar la vista de la hoja, como si las preguntas estuvieran allí.

-Pues, el hijo mio me dice que para los lados de Varsovia.

En diez casas más dijeron lo mismo. Había un patrón. Jóvenes entre trece y diecisiete años, todos trabajaban “haciendo mandados” para la zona de Toluviejo, por el rumbo de Varsovia.

-Mañana mismo vamos- dijo Camilo Naar en su tono pedante de jefe mandón.

Regresaron a El Manifiesto, donde luego de quitarse sus disfraces de gestores sociales y pasar la relación de gastos, se quedaron revisando las noticias del día. Nada interesante, un par de errores de ortografía y algunos ajustes en la redacción y habían terminado.

Cindy llegó a su casa muerta de cansancio. Abrió la puerta del cuarto de su papá para confirmar que dormía y luego conecto su celular. Era muy tarde y no había llamado a Nane en todo el día.

-Mi amor- respondió él del otro lado de la línea..

-¿Qué mas Nane?- preguntó Cindy.

-Bien, extrañándote- respondió Nane. Cindy quería decirle que también lo extrañaba, que quería estar con él, pero el cansancio y la sensación de que ya todo estaba implícito entre ellos la detuvieron.

-Ay, es que he estado muy ocupada últimamente- fue lo único que salió de su boca.

-Sí, me imagino- dijo Nane- ¿Imagínate a quien me encontré ayer?

-¿A quién?- Preguntó Cindy sospechando la respuesta.

-A Pechi Viloria.

-¿De verdad Nane?- preguntó Cindy, fingiendo sorpresa. No podía decirle a Nane que lo había visto en Puerto Arturo, empezaría de nuevo con sus preguntas aburridas y no estaba de ánimos para responderlas.

-Sí, de hecho se está quedando en mi casa ¿Cuándo vienes por acá o vamos a allá?

-Pues, Nane, mañana salgo en la madrugada, voy para Toluviejo.

-¿Qué vas a hacer por allá?

-Es una historia de unas tierras, queda muy lejos y tengo que madrugar.

-Cindy, mañana sale mi papá de la clínica.

-Sí, pero es por la tarde ¿no?

-Sí ¿vas a estar conmigo?

-Sí, sí… allí voy a estar.

-¿Seguro?

-Segurísima.

-Bueno, creo en ti.

-Bueno, Nane, estoy muerta del sueño, hablamos mañana ¿vale?

-Vale, Cindy, te amo.

El celular se apagó. Cindy se dio cuenta que mientras hablaba, el aparato se había desconectado y se volvió a quedar sin batería. Quería decirle a Nane que lo amaba también. Lo hubiese llamado nuevamente, pero quizás ya se habría ido a dormir.

No supo más hasta la llegada del mensaje de Camilo en la madrugada. En los quince minutos que le dio, alcanzó a bañarse, a vestirse con un par de jeans gastados que tenía en una gaveta olvidada y con una camiseta blanca de mangas largas para cubrirse del sol.

Ya de camino a Toluviejo en la moto de su jefe, se dio cuenta que no había tenido la precaución de empacar una gorra y un bloqueador, pero ya iban demasiado adelantados como para devolverse.

Les tomó media hora llegar a Toluviejo donde Camilo la invitó a desayunar. Mientras despachaban los huevos, las arepas y el café con leche que les sirvieron, Cindy no pudo dejar de notar que Camilo no le quitaba los ojos de encima.

-¿Qué es lo que tanto me miras?- preguntó ella.

-Que eres muy hermosa, Misionario- dijo él.

Había algo tremendamente atractivo en Camilo Naar. No sólo era inteligente y masculino, sino que tenía una seguridad y una confianza en si mismo que resultaban contagiosas. Una seguridad y una confianza que ella nunca había notado en Nane.

-¿Qué piensas? Te quedaste muda un momento- dijo Camilo mientras le echaba sal a los huevos.

-Estaba pensando nada más- dijo ella.

-No estoy casado, ni tengo novia- dijo Camilo sonriendo.

-¿Y eso a mi que?- preguntó Cindy.

-No, solamente para que estés enterada ¿Y tú? … ¿Tienes novio?

-Oye, se supone que estamos trabajando… no deberías hacerme esas preguntas.

-Definitivamente el tal Mansur ese tiene mucha suerte- dijo Camilo

-Un momento ¿Quién te…? Bueno, si ya sabías ¿Por qué lo preguntaste?

-Sólo quería ver como reaccionabas a la pregunta, no me dijiste que NO, pero tampoco me dijiste que SI. Es muy interesante.

Tardaron una hora más en llegar hasta Varsovia. El cielo estaba impoluto y ninguna nube obstaculizaba el radiante sol que se asomaba por el este. Camilo tomó la delantera en preguntar. En tres lugares donde pararon les dijeron lo mismo, sí habían pasado muchachos jóvenes en motocicleta, pero nunca se detuvieron allí, todos tomaron el rumbo de Las Chichas.

-¿Y donde es Las Chichas?- preguntaron Cindy y Naar al unísono a la mujer embarazada a la que ya le habían hecho otras preguntas.

Más le hubiese valido no preguntar. El camino desde Toluviejo hasta Varsovia era perfectamente transitable, todo cubierto de asfalto y sin huecos visibles. Pero de allí hasta Las Chichas era a otro precio. Un camino destapado, sin una árbol que proporcionara sombra y con un polvorín calamitoso que se pegaba en la ropa, los zapatos, en el motor de la motocicleta, en los ojos y en el cabello, pero sobre todo en la nariz y en los pulmones.

Cindy se cubrió la nariz y la boca con un el reverso de la manga, mientras todas las piezas del rompecabezas empezaban a unirse.  El muchacho que le dio la primera pista en el hospital le había dicho que su hermano llegaba cubierto de polvo de pies a cabeza; el camino por donde ahora transitaban era un buen indicio.

Les tomó una hora y quince minutos de polvo y sol llegar a Las Chichas. Un improvisado puente de tablas sin pulir, sobre un arroyo profundo y sucio, les daba la bienvenida a la población. Allí fue donde se bajaron.

No había un pueblo más deprimente. La brisa arrastraba el polvorín abrasador del mediodía y lo hacía circular en remolinos fantasmales en el claro que formaban las veinte casas del lugar.

Luego de tocar en varias casas sin respuesta alguna, concluyeron que el poblado había sido abandonado.

-¿Ahora que hacemos?- preguntó Camilo Naar mirando a Cindy.

-¿Nos vamos?- preguntó Cindy, pensando más en la cita que debía cumplirle a Nane a las 6 de la tarde, que en terminar la investigación- Obviamente aquí no hay nadie, todo el mundo se fue.

-Sí, ya eso lo se, lo que no se es por qué.

-Tiene que ver con los muchachos esos que contrató El Casallas.

-Quizás, pero hasta no encontrarme con alguien no me voy.

Luego se oyó un sonido metálico sordo. Cindy volteó horrorizada al ver a un anciano apuntando con un rifle la nuca de Camilo Naar.

-Se me quedan quietos… dijo la voz del sujeto.

-Somos periodistas, sólo estamos… – trató de intervenir Cindy, quien tenía los brazos arriba.

-¡Cállese! Sólo vienen a terminar el trabajo ¿verdad?

-¿Cuál trabajo?- preguntó Camilo Naar.

-Nos sacaron a todos de aquí, los muchachitos esos, me imagino que ustedes vienen a terminar el trabajo, pero primero salen ustedes muertos que yo vivo de aquí….

-Ya, relájese, ni siquiera estamos armados- dijo Camilo con una tranquilidad asombrosa -Sólo queremos saber que está pasando para denunciarlo, ayúdenos.

Cindy estaba congelada del susto, cuando vio salir a una anciana de una de las casas que creían abandonadas.

-¡Evaristo! Ya deja a estos muchachos tranquilos, mira que son mayores, no como los peladitos esos que han estado viniendo, además vinieron solos y están desarmados… yo les creo.

-Es verdad- intervino Cindy- solo queremos saber lo que pasó.

Evaristo tardó casi un minuto en bajar el rifle, minuto en el que el cielo pasó de brillante y azul a oscuro y grisáceo. Un nubarrón descomunal se había apoderado del cielo y anunciaba una lluvia de enormes proporciones. Cindy sintió la primera gota caer sobre su rostro. Recordó a Nane y la promesa que le había hecho.

-Sí quieren saber lo que pasó, entren a la casa- dijo la mujer- igual no van a querer estar afuera cuando empiece el aguacero.

La lluvia empezó tímidamente, como si no se decidiera a caer definitivamente, pero cinco minutos después se vino encima un chaparrón diluvial. La mujer los sentó en taburetes hechos de cuero de vaca y una mesa de madera sin pulir donde les sirvió en el mismo plato una porción de arroz, tajadas de plátano verde y una presa de carne que Cindy no pudo identificar.

-Ahora, sí doña, cuéntenos ¿por qué los quieren sacar de sus tierras? – preguntó Camilo Naar una vez terminó todo, con el rumor de la lluvia encima de sus cabezas.

La mujer y Evaristo se miraron por un momento y sonrieron.

-Ese es el problema- dijo- estas tierras no son nuestras, estas tierras son del gobierno.

Cindy apenas estaba asimilando la idea de que los sicarios juveniles del Casallas estuvieran tratando de devolverle tierras al Estado, cuando se escuchó un sonido espantoso.

-¿Qué fue eso?- preguntó Naar, mientras Cindy, Evaristo y la mujer salieron afuera.

El arroyo que estaba a la entrada del poblado estaba repleto de agua hasta el tope y el puente de tablas sin pulir había desaparecido. La corriente era tan fuerte que Cindy temió que el agua subiera hasta el poblado y los arrastrara con ella.

-Tranquila- le dijo Evaristo- el agua nunca sube hasta acá.

De pronto Cindy se dio cuenta que estaba en problemas.

-Camilo ¿Y ahora en que nos vamos a ir?- fue lo único que alcanzó a preguntar luego de ver la motocicleta blanca de Camilo arrastrada por la fuerte corriente del arroyo y perdiéndose a lo lejos en la distancia.

 

 

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