El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 43. El Entierro.

La procesión fúnebre inició en la puerta del cementerio, cuando Nane y Toño Mansur, el hermano menor del difunto Tito Mansur agarraron el féretro para empezar a cargarlo. Pechi se apresuró a ayudar, junto con Alex, otro de los amigos de Nane. Un anciano robusto, junto a otro muchacho, que parecía su hijo, tomó el último lugar para cargar el ataúd. Los seis individuos avanzaron a través de la lluvia para llevar al cadáver hasta el lugar donde descansaría para siempre.

Pechi se sentía como un extraño en medio de la confusión de sombrillas y rostros flemáticos que hacían la calle de honor desde la entrada hasta la carpa que cubría el hoyo en la tierra donde dejarían al difunto Tito Mansur a disposición de los gusanos.  Muchos de los que estaba allí se estarían preguntando quien era el extraño que se atrevía a cargar el cajón con los restos del patriarca Mansur, el comerciante, el ganadero, el exalcalde. Vestido completamente de negro y con el cabello engominado, Pechi sintió el peso del féretro en su hombro derecho. Escuchó los sollozos de Nane a pocos centímetros de él. “¿Dónde esta Cindy?” Pechi se distrajo para ver si debajo de algunas de las sombrillas estaba el rostro de su amiga, a la que no había visto desde que llegó a Sincelejo, pero no estaba por ninguna parte.

Al llegar a la carpa, los seis individuos dejaron descansar el ataúd sobre una base metálica junto al hoyo al que pronto lo arrojarían. Luego empezó la ceremonia religiosa. Sentía la mano derecha entumecida por el esfuerzo del brazo y por la fría brisa que circulaba por el lugar. Incluso habiendo sentido el frío de Bogotá, a Pechi no le pareció natural que la temperatura hubiese bajado tanto en Sincelejo. No era normal. Sintió la calidez de una mano agarrarse con la suya. Laura había cumplido su promesa y estaba allí con él.

Llevaba el cabello castaño claro recogido en una cola de caballo, una blusa de mangas largas y una falda, ambas completamente negras y unas zapatillas del mismo color. Era hermosa, incluso con los colores de la muerte.

Pechi se aferró de aquella mano suave y delgada y le agradeció a Dios por tener a la mujer que amaba allí a su lado.

Era el tercer día de lluvia. Había noticias de barrios anegados e inundaciones en la zona rural. Arroyos crecidos y caños repletos de agua que se metían a las viviendas era de lo único que se hablaba en las calles, hasta que la noticia de la muerte de Tito Mansur se regó como pólvora en toda la ciudad.

En medio de las aburridas palabras del sacerdote, la mente de Pechi divagó hasta aquel lejano día cuando El Casallas le propuso unirse a su grupo de forajidos. Tendría apenas catorce años, estaba en noveno grado y las urgencias económicas de Salma, su mamá lo apremiaban.

Maykol, uno de sus compañero de clases ya le había comentado sobre una manera rápida de ganar efectivo, cuando Pechi le confío la crítica situación que vivían en su casa. Había sido Maykol quien lo llevó a la casa de El Casallas. Cuando vio al sujeto flaco y desgarbado, Pechi comprendió por qué tenía tan mala fama. Nunca le dijeron “nosotros trabajamos matando y robando”. No. Él y Maykol envolvían todo en palabras tan dulces como la miel, que hacían parecer hasta interesante el asunto. Al día siguiente lo habían llevado a la cabaña del arroyo de la Peñata. La misma donde Pechi había encontrado a aquel sujeto, Javi, dos días antes. Allí fue donde le pusieron un arma en la mano por primera vez. Nunca puso un pero ni se echó para atrás, no podía quedar como un cobarde con aquellos individuos, pero cuando Salma supo en compañía de quien andaba luego de salir del colegio, la cosa cambió.

No lo golpeó, como él habría supuesto. Sólo se descargó en un llanto incontenible mezclado con reclamos, oraciones y peticiones que no parecían tener sentido, pero que sin embargo Pechi entendió. Si había aceptado la propuesta de Maykol y El Casallas había sido para ayudar a su mamá, no para hacerla sufrir. Se alejó de sus malas compañías y pensó que todo quedaría así, hasta el día en que Maykol lo sorprendió en un callejón saliendo del colegio y armado con un palo de escoba, le dio una paliza en plena calle a la vista de otros compañeros, sin que nadie hiciera nada por ayudarlo.

Pechi recordaba el episodio con dolor y tristeza. Ya lo había perdonado de corazón, cuando ocurrió el episodio en Puerto Arturo. Maykol había aprovechado un error de Nane, para formar la trifulca donde Migue terminó con una navaja en la barriga. No le pasó nada, pero a Pechi le quedó la inquietud. Tenía que encontrar a Maykol y sabía que la cabaña de La Peñata podría ser el lugar indicado. Pero cuando llegó no había nadie. Dejó la moto junto al camino para no meterla en el barro que rodeaba a la casucha.

Los recuerdos azotaron su mente y trató de imaginarse como sería su vida, si no se hubiese alejado de Maykol y El Casallas. Tal vez hubiese sido él que hubiese herido a Migue, o a asesinado a Nane. No, no podía con eso. Hubiese regresado por donde vino, cuando escuchó los quejidos de alguien dentro de la choza cerrada con un candado. Preguntó en voz alta si había alguien dentro. No hubo respuesta. Sólo más quejidos. Pechi observó la puerta. Sí, estaba asegurada con candado, pero las bisagras estaban oxidadas y flojas. Sólo necesitó dos patadas para tumbar la puerta.

Allí encontró a aquel sujeto, golpeado, sucio y pestilente, debajo del agua sucia del arroyo crecido, a punto de ahogarse.

-Me llamo Javi- le dijo cuando ya estaban entrando a Sincelejo, luego de sacarlo de aquel lugar- Gracias, de verdad.

Pechi lo llevó hasta la casa de Cristian, en Venecia, porque no pudo pensar en otro lugar. No podía llevarlo a la casa de Nane, Ludis ya estaba lo suficientemente incomoda con Pechi, como para que él llevara a alguien más. Ni siquiera consideró llevarlo a un hospital, sin plata y asumiendo que el maltrecho muchacho no tenía carnet.

Pechi pitó en frente de la casa de Cristian, quien de inmediato abrió la puerta y se apresuró a ayudarlo a cargar al herido adentro de la casa. Cristian sacó una de las colchonetas donde hacía ejercicio y allí acostaron al muchacho, se había quedado observando al herido quejumbroso un momento.

-Yo conozco a este man, Pechi, es Javi, el mototaxi- había dicho Cristian alarmado.

-¿Qué?

-Luego te cuento, vamos a subirlo al cuarto, hay que ayudarlo a bañarse, y a limpiarle esas heridas.

En efecto, Cristian debía conocer a Javi, porque no sólo le cedió la cama, lo ayudó a bañarse y a vestirse sino que tomó cuidado de lavarle y desinfectarle las heridas que tenía abiertas.

Un espasmo de horror sacudió a Pechi cuando vio a Javi semidesnudo. El moretón que él tenía en el tórax por cuenta de las costillas rotas, no eran nada en comparación a lo que tenía Javi. Las piernas, el abdomen, los brazos no sólo tenían moretones enormes sino cortes y otras heridas que parecían quemaduras. Pechi no quería ni imaginar como le habían hecho todo aquello. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no podía derrumbarse. Ayudó a Cristian en todo lo que pudo hasta que llegó el medico que su amigo había llamado.

Luego de un reconocimiento concienzudo, el médico les confirmó que no había fracturas. Pero que sin embargo debía irse a hacer unas placas de rayos x lo más pronto posible.

-¿Todavía te estás quedando en casa de tu amigo?- le preguntó Cristian cuando el médico se había ido.

-Sí, en casa de Nane- respondió Pechi.

-Te vienes para acá, hoy mismo, necesito que me ayudes con este man, tu lo trajiste aquí, ahora no me vas a dejar sólo con él.

Pechi le dio la razón y desde aquella tarde mudó sus cosas a uno de los cinco cuartos de la enorme casa de Cristian.

No hubiese pensado en otra cosa que en la espeluznante escena de Javi ahogándose en aquella choza, si aquél mismo día por la noche no se hubiese enterado de la muerte de Tito Mansur. Había llamado a Nane para explicarle que ya había sacado las dos mudas de ropa que aún tenía en casa de Ludis, pero no respondió él, respondió una mujer.

-Aló.

-Sí, aló ¿Este es el número de Nane Mansur?

-Sí, este es. Habla Tatis, yo soy prima de Nane.

-Eh, bueno, llamaba para preguntarle como había salido su papá de la clínica.

-Disculpe ¿quién habla?

-Pechi, bueno Pedro Viloria, yo soy amigo de Nane.

-Si de verdad eres su amigo, vente de una para la funeraria Los Santos, Nane necesita a todos sus amigos ahora, su papá murió…

En efecto, cuando llegó a la funeraria, vestido con la ropa prestada de Cristian, ya pasada la media noche encontró los papeles que anunciaban el nombre del muerto “Alberto José Mansur De La Espriella” . En la primera sala, en medio de rostros viejos y cansados estaba el ataúd y justo a su lado de pie, estaba Nane.

Pechi y Alex fueron los que únicos que acompañaron a Nane todo aquel domingo. Lo sacaban a respirar aire fresco, a comer o a la sala de descanso de la funeraria, a que tomara un baño o a descansar. No había transcurrido un segundo de aquel día sin que lloviznara. El día anterior, un jueves, había llovido a cantaros como hasta las once de la noche, desde entonces una lluvia fina y un frío mortificante se habían apoderado de Sincelejo.

Estaba contemplando la lluvia cuando se acercó Tatis por primera vez.

-Hola- dijo ella- eres el amigo de Nane que habló por celular ¿verdad?

-Sí – dijo Pechi, sorprendido- ¿Tu eres Tatis?

La muchacha asintió con la cabeza. Era delgada y apenas le daba a Pechi por los hombros, incluso con los tacones que llevaba puestos. El cabello lacio, castaño oscuro lo llevaba sobre uno de los hombros.

-Gracias por venir- dijo ella.

-Nane es mi amigo, tenía que estar aquí.

-Ha llovido mucho- dijo ella- quisiera creer que el cielo está llorando por mi tío Tito, pero él no era tan bueno.

-No está bien hablar mal de los muertos- dijo Pechi.

-No está bien decir mentiras, ni de vivos, ni de muertos- dijo Tatis- estás muy guapo, aunque mañana deberías aplacarte un poco ese pelo- dijo ella colocando su mano sobre el cabello de Pechi-¿y el amigo de Nane tiene nombre?

Pechi tardó un segundo en darse cuenta que Tatis hablaba de él.

-Pedro- respondió.

Tatis sonrió y quitó la mano de su cabello.

-Ya me tengo que ir, no te pierdas- dijo.

Pechi se dio cuenta que estaba sonriendo. Pensó en lo que había sucedido con Laura el día que llegó. Desde ese día apenas se atrevió a hablar con ella luego de que Nane le marcara y lo obligara a hablar, pero fue tan fría y distante como aquella noche. De no haber sido por las dos costillas rotas que apenas estaban sanando y por la muerte de Tito Mansur, ya hubiese puesto marcha rumbo a Bogotá. No estaba haciendo nada en Sincelejo.

Volvió a ver a Laura cuando fue a darle el pésame a Nane. Cruzaron un par de palabras.

-¿Vas mañana al entierro?- le preguntó Pechi.

-Sí, allá voy a estar, te lo prometo- dijo Laura, en un tono que le dio esperanzas a Pechi-¿Oye, sabes donde está Cindy?

-Lo mismo me he estado preguntando- respondió Pechi.

Pero Cindy no apareció el viernes, ni tampoco el sábado. Nane no hablaba de ella, pero se notaba que su ausencia lo estaba destrozando por dentro.

Agarrado de la mano con Laura, mientras el ataúd con el cadáver de Tito Mansur se hundía lentamente en el hueco sepulcral, Pechi vio como Tatis lo observaba de lejos y le dirigía una sonrisa. Pechi no pudo evitar devolvérsela también.

Nane se arrodilló frente a la recién hecha tumba de su papá y hasta la señora Ludis estaba llorando a viva voz, cuando terminaron de sellar la sepultura. Pechi recogió a Nane del piso.

-Ya, hermano, resignación- le dijo.

Nane asintió con la cabeza. Pechi lo ayudó a subirse al vehículo de la funeraria donde Ludis y Tatis ya lo estaban esperando. Poco a poco todos los asistentes al sepelio se fueron marchando hasta que sólo quedaron él y Laura.

Pechi, vestido con el traje funeral que le había prestado a Cristian, con el espeso y rebelde cabello, dominado a punta de gel y peinilla, se acercó hasta la figura delicada y pálida de Laura cerca de la puerta. Agarró con sus manos las de ella y se dejó embriagar por el cálido perfume que la envolvía.

Hacía años que la deseaba, que quería estar con ella, y en ese momento él sentía que ella lo amaba también.

Acercó sus labios a los de ella. Respondió. No lo rechazó como el día del regreso. Pechi pensó que quizás el mismo susto del robo la habían estresado o algo más había sucedido, pero ahí estaba ella besándolo tiernamente, luego más apasionadamente. Hasta cuando fue obvio que era lo que debía pasar a continuación.

-Ven conmigo- le dijo Pechi a Laura en su oreja.

Ella aceptó. Pechi le dio su casco a ella para que se lo pusiera y salieron del cementerio bajo la suave presión de la llovizna. Sabía donde tenía que llevarla, lo había hecho en las semanas que tuvieron juntos entre su salida del hospital por el balazo que le había propinado Lastre y la explosión en la Plaza de Majagual.

“La Zona Motelera” le decía Cristian. Laura se dejó llevar por él hasta allí, protegida por el grueso y oscuro casco de Pechi. Sólo se lo quitó una vez bajaron la cortina metálica.

Pechi la beso y la cargó hasta la habitación. Era muy amplia como podía esperar, dado el precio, y un espejo en el techo prometía repetir todo lo que estaba por suceder.

Sin decir palabra Laura lo besó y lo empezó a desvestir. Pechi también estaba desvistiéndola a ella y estaba completamente dispuesto. Ya estaba completamente desnudo cuando la arrojó sobre la cama. Laura estaba besándolo apasionadamente y estaba también desnuda, cuando justo en el momento en que iban a consumar el acto, ella lo golpeó.

Laura corrió hasta el baño y se encerró. La emoción se diluyó en Pechi cuando escuchó a Laura desde afuera vomitando. ¿Acaso era eso lo que provocaba en Laura? ¿Repulsión?

Pechi, desnudo, se dejo caer por la pared hasta quedar sentado en el piso de la habitación de aquel motel, escuchando las arcadas de Laura y su voz entrecortada diciendo “Que asco, que asco”.

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