El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 44. La Grieta.

Cuando Nane llegó a la casa, estaba repleta de gente. Uno a uno todos los amigos, enemigos, clientes, proveedores, familiares y parientes políticos de Tito Mansur se acercaron a él y a Ludis para darles su más sentido pésame. Todos estaban de negro intachable, sus ademanes y modeles eran tan finos como las cadenas, pulseras, anillos, y relojes que llevaban en sus cuellos y manos. Todos los presentes en algún momento habían tenido que ver con su padre, quizás lo habían llegado a conocer mejor que él.

De niño, le costó tiempo y trabajo a Ludis enseñarle a decir “Papa” para referirse a Tito. Para Nane sólo era un desconocido que se aparecía cada cierto tiempo con algún regalo para comprarlo. Sólo cuando entró al colegio y comprendió la verdadera definición de lo que es un papá, comprendió que existía una relación entre él y Tito.

Cuando entró al bachillerato, las cosas mejoraron un poco, la carrera política de Tito estaba en receso y pasaba más tiempo en la casa. Es de esa época de la que Nane tenía más recuerdos alegres. Paseos a La Blanca, a la cabaña anónima en Coveñas, al Cabo de la Vela, a Medellín, a Cartagena, a Bogotá e incluso un fin de semana en San Andrés.

Nunca aparecería en una foto con su padre. Detestaba las fotos, decía que esas eran cosas de maricas y nunca dejó que en su presencia Nane se tomara una tampoco. Las fotos que quedaron de aquellos paseos perdidos en su memoria reposaban en algún álbum que Ludis debía mantener bajo doble llave en alguna de las gavetas de su cuarto. Ni siquiera Tatis tenía fotos de aquellos momentos que ahora parecían tan preciosos y que se estaban esfumando de su memoria poco a poco.

Observó la sala repleta de gente que no tenía nada que ver con él, a Ludis hablando con un montón de mujeres emperifolladas, con faldas demasiado cortas para su edad. Ninguno de sus amigos estaba allí. No estaba Alex, su compañero de colegio, su mejor amigo de la infancia, se había excusado con una cita inaplazable en Montería, luego del entierro. No estaba Pechi, el mototaxi,  quien también cargó el féretro de su padre y lo recogió del piso cuando estaba hecho un desastre, se había quedado en el cementerio para hablar, con Laura, el amor de su vida. Pero sobre todo no estaba Cindy. Desde el jueves, el día que le dijo que iba para Toluviejo, no había vuelto a dar señales de vida. Luego de que asesinaran a Tito en el hospital, trató de llamarla. Sonaba apagado. Cuando fue a dar su declaración inútil sobre lo sucedido, trató de llamarla. Sonaba apagado. Luego del segundo interrogatorio, cuando le preguntaron por enésima si había visto el rostro del individuo y el respondió que no, que estaba muy oscuro para haberlo visto, volvió a llamarla. Sonaba apagado.

El viernes, luego de que fueran los investigadores del CTI a decirles que iban a tardar en procesar las huellas y todo lo encontrado en la habitación, pero que iban a hacer lo imposible por dar con el paradero del asesino. Decidió no llamarla al celular, sino al teléfono fijo de Don Alirio. Él tampoco sabía nada, lo que sí sabía era que estaba con Camilo Naar, su nuevo jefe en El Manifiesto.

Aquel mismo día, antes de salir para el entierro de su padre, recibió una llamada. Era Yaritza, la mujer que había sido amante de su amigo Alex y que ahora era compañera de trabajo de Cindy en El Manifiesto. Lo llamaba no solo para darle el pésame sino para informarle que Camilo Naar tenía dos días que no se aparecía por la oficina y nadie sabía nada de él. También le dijo que desde que había llegado, Cindy y él pasaban horas y horas encerrados en la oficina. Lo cual era muy sospechoso.

Aquella información dejó a Nane destrozado. Cindy había estado muy distante en la última semana. Nunca tenía tiempo para nada. Ni siquiera había visto a Pechi desde que había llegado y sus mensajes eran fríos e inexpresivos, así como su voz del otro lado del teléfono. Sólo en ese momento Nane se dio cuenta que llevaba casi 5 días sin ver a su novia.

No pensaba condenar a Cindy por lo que una bruja chismosa como Yaritza había dicho. Necesitaba escuchar que tendría que decir ella; conocía a Cindy y si ella lo había dejado de querer, se lo diría. Algo importante debía haber sucedido, puesto que ni Don Alirio sabía nada de ella. Para el momento en que Pechi lo levantó del piso en el cementerio, pensaba que quizás, Cindy, como Tito había muerto. De todas maneras siempre andaba en sus investigaciones raras y aunque últimamente no escribía nada comprometedor, no estaba seguro si toda aquella gente de la que había denostado en sus anteriores columnas había olvidado sus palabras, o si los mismos asesinos de Tito habían dado con ella.

Siguió pensando en ella luego del entierro, cuando los olores mezclados del incienso de las velas, el perfume de diseñador y el café recién hervido lo obligó a retirarse a la cocina.

No se sorprendió al ver a una anciana octogenaria, negra y gorda dando ordenes a tres mujeres que no daban abasto con las galletitas con mantequilla, el café, la ensalada fría, los vasos de agua con hielo, el licor y las empanadas de pollo. Era la Negra Alegría.

Con un gesto rápido y una mirada asesina, la Negra Alegría dejó encargadas a Poli y a Deisy, ambas hijas suyas y se llevó a Nane consigo al patio. Caía una lluvia fina que no perturbó la conversación de ambos.

-¡Muchacho! ¡Pero como has crecido!- exclamó la Negra Alegría- Es una lástima que te tenga que ver en esta circunstancia, mijo.

-Tranquila Negra, estas cosas pasan- dijo Nane.

-No, como le pasó a tu papá- respondió la Negra- él estaba joven todavía, no merecía morir así.

-Ya mi mamá está moviendo cielo y tierra para encontrar a los culpables, por ese lado estoy tranquilo, mi mamá consigue todo lo que se propone.

-Eso sí, tu mamá es una mujer muy fuerte- dijo la Negra- oye me dijo Deisy esta mañana que querías hablar conmigo.

-Sí, es sobre un sueño que tuve hace rato, es un sueño raro no lo he podido olvidar si quiera, es como si cada día que pasara se hiciera más nítido.

-¿Ya habías tenido esos sueños antes?

-Sí, y parecían advertencias, Negra…

-El Patrón Anwar solía tener esas pesadillas también, lo prevenían de cosas malas que le iban a pasar, pero sólo él sabía lo que significaban, la mamá de él sabía cosas y tenía un libro escrito en ese idioma raro de donde venían ellos.

-¿En árabe?

-Sí, eso… pero después que se murió el Patrón Anwar y vinieron sus hermanos no volví a ver ese libro.

-¿Estás segura de lo que dices, Negra?

-Sí, claro-la Negra Alegría se quedó pensando un segundo- espera, el baúl donde el Patrón Anwar guardaba el libro de los garabatos, no se quedó en la casa de Majagual.

-¿Vivían en Majagual?

-Sí, el Patrón Anwar le compró casa a la Niña Eva cerca de la plaza, pero cuando vinieron los hermanos, ella les regaló todo lo que era de él, el hermano menor se interesó mucho en ese baúl y se lo llevó. Él es el único que pude dar con el libro, así podrás saber que es lo que te quiere decir ese sueño tan raro que tuviste.

-¿Cómo se llamaba el hermano?

-Amed o Ahmed, algo por el estilo, encuéntralo y él te va a decir que es lo que te trata de advertir el sueño ¡Y date prisa, muchacho! Antes de que la desgracia caiga sobre ti.

-¡Mami, ¿donde dejaste el cuchillo?!- se escuchó el vozarrón de Poli en la cocina.

-Estas hijueputas, tan viejas y no dejan de joder… dijo la Negra Alegría regresando a la cocina y dejando a Nane más confundido que nunca.

Ahmed Mansur, le sonaba ese nombre, se lo había escuchado a su papá alguna vez o a Ludis, no estaba seguro. Tenía que encontrarlo para saber el significado de sus sueños. Seguramente los mismos que mataron a Tito intentarían hacerle algo a él. La policía era tan inútil que se tardarían siglos en averiguar algo, pero sus sueños podrían darle al menos una pista. Tenía que encontrar a Ahmed Mansur.

-Buenas Noches- escuchó Nane una voz femenina a su lado. “Cindy” pensó Nane. Pero no su interlocutora era otra mujer.

-Para mi no son tan buenas- trató de responder Nane, con el menor cinismo posible.

-Lo lamento, siento mucho la muerte de tu papá, era muy amigo del mio. Es Aarón Paternina, el curador.

-Ah ¿En serio?- preguntó Nane, fingiendo interés.

-Sí, que pena contigo, no me había presentado. Jennifer Paternina, mucho gusto.

Entonces Nane volteó a mirar a Jennifer por segunda vez, esta vez con mucho más detalle. Llevaba el pelo suelto y una onda definida y larga lo cruzaba hasta la altura del hombro. No parecía mayor de 18 años, tenía pechos generosos y piernas largas y estilizadas. Sin duda era hermosa.

-Mucho gusto, Jennifer, llámame Nane- dijo él.

Jennifer se estaba riendo cuando se le cayó algo de la mano. Era una botellita metálica.

-¿Qué es esto?

-Es un trago de vodka que siempre traigo a estos eventos, hacía mucho frío y quería tomar un sorbito, mi papá no me deja tomar todavía.

-¿Qué edad tienes acaso?

-17.

-¿Jennifer?- el hombre canoso y robusto que había cargado el ataúd de Tito en el entierro apareció en la puerta que daba de la sala al patio. Nane no tenía ni idea de quien era aquel sujeto hasta ese momento.

-Papi- dijo Jennifer- guardando la botella de licor entre sus senos antes de voltear a mirar a su padre.

-¿Qué hacen los dos acá afuera?-preguntó el padre de Jennifer.

-Le estaba dando el pésame a Nane- dijo Jennifer dándole la cara a su papá.

-Jennifer, ven conmigo, te vas a resfriar con esa lluvia- dijo el hombre- tu también deberías hacer lo mismo, Nane.

A Nane ni le interesaba lo que aquel hombre le había dicho sólo le interesaba Cindy. Tenía que saber que había pasado con ella. Salió a la calle por la puerta de servicio y tomó un taxi.

Cuando llegó a El Cortijo, a la casa de Don Alirio, las luces estaban encendidas. Nane tenía una llave que le había dado Cindy cuando cumplieron un año de novios, en Enero y que era símbolo de la confianza y el amor que decían tener el uno por el otro. El recuerdo le dio esperanza.

Abrió la puerta. Era la segunda vez que entraba sin autorización a aquella casa, la primera había sido cuando destruyó el computador de Cindy para recolectar pruebas de que era el Misionario. Seguía lloviznando y el frío que hacía era absurdo.

Se sentó en el sillón de la sala y tomó una de las fotos colocadas allí. Era el grado de Cindy como Economista en la USAB, acompañada de Don Alirio y de él mismo. Había sido un día esplendido, hacía un año exactamente, un 7 de Julio. Lo recordaba porque aquella noche, Nane la había llevado a una habitación en el Hotel Houston y habían cruzado el límite platónico de su relación. Una sonrisa cruzó el rostro de Nane.

Luego escuchó el sonido de un carro llegado. ¿Podría ser Cindy? ¿O Don Alirio? En cualquier caso era mejor esperar sentado. Escuchó el sonido de la llave entrar a la puerta y dar un giro para abrirla. Era Cindy, estaba toda mojada y los zapatos y el pantalón estaba cubiertos de barro hasta la rodilla. Pero no estaba sola. Un hombre corpulento, de cabello muy corto había entrado con ella. Ambos estaban riendo. Y se toqueteaban de una forma descarada.

-Espera, Camilo, que se me cayeron las llaves, ya está- dijo Cindy recogiendo el mazo que había caído sobre el piso medios segundo antes. El sujeto que ella había llamado Camilo se había apresurado a recoger el mazo también y había aprovechado para apoyar su cuerpo sobre el de ella.

La risa se esfumó cuando vieron a Nane observándolos desde el sillón.

-¿Nane?

 

 

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