El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 45. La Ruptura.

Cuando salieron del taxi, aún estaba lloviendo. Ambos recorrieron entre risas los metros faltantes entre la acera cubierta de agua hasta la puerta de la casa. El bombillo de la sala estaba encendido. Lo más probable era que Don Alirio estuviera muy preocupado por ella.

Desde el jueves que había salido junto a Camilo Naar rumbo a Varsovi, Cindy no había podido comunicarse con nadie; con nadie a excepción de Evaristo, su mujer y por supuesto de Camilo Naar que había quedado atrapado con ella en Las Chichas.

Era sábado, y según alcanzó a mirar en el reloj digital del taxi, ya pasaban las once de la noche. Habían pasado 60 horas sin que su padre o Nane supieran algo de su paradero. Lo que más quería era llegar a su casa, bañarse y poner a todo el mundo al tanto de lo que había sucedido en esos tres días.

Luego de que el agua del arroyo de Las Chichas se llevara el puente de tablas de madera sin pulir y la misma motocicleta que los había llevado hasta allá, a Cindy no le quedó otro remedio que resignarse. En aquel lugar remoto no había señal de celular, por lo que resultaba imposible llamar a alguien. Camilo incluso intento subir hasta una colina, celular en mano, para ver si encontraba señal, pero luego de que la mujer de Evaristo le contara la historia del vecino fulminado por un rayo mientras hablaba por celular, no lo volvió a intentar.

Tal como el anciano les había dicho, el agua del arroyo no subió hasta el poblado. Se desbordó hacía el otro lado, justo hacía el camino por donde habían llegado. Camilo hizo el duelo por su moto recién comprada en menos de dos horas. Por la noche, a la luz de las velas y las lámparas de kerosene, ya había olvidado el dinero que había invertido en la motocicleta y estaba muerto de la risa escuchando las historias de Evaristo.

Cindy apenas si le prestó atención a las historias inverosímiles del anciano, donde él mismo era el protagonista y donde derrotaba al diablo en concursos de tomar café o encontraba talismanes de plata que invocaban caballos mágicos en fiestas de corralejas. Camilo lo escuchaba todo como si no dudara de la palabra del anciano.

Cindy hubiese querido compartir el entusiasmo de su recién llegado jefe, pero estaba más preocupada por haberle fallado la cita a Nane. No era tanto por Tito Mansur, como por ella misma. No veía a Nane desde el lunes festivo y en la ocasión en que Don Alirio cayó enfermo por un ataque de cólicos renales, él mismo se había echado encima la carga de cuidarlo por las noches en un detalle que Cindy nunca olvidaría.

Pero, allí estaba a kilómetros de distancia de Nane, incomunicada y perdida y lo único que quería hacer era abrazarlo.

La mujer de Evaristo les guindó dos hamacas en una casa contigua, que ya estaba abandonada cuando se hizo demasiado tarde para seguir contando historias. Las hamacas desprendían un olor a alcanfor mezclado con madera vieja, tan penetrante que provocó en Cindy ganas de estornudar.

La casucha estaba formada sólo por un cuarto, como todas las del poblado y la cocina quedaba en una choza en la parte de afuera. Cindy se recostó en la hamaca, cuando entró Camilo Naar muerto de la risa.

-Ese viejo si echa embustes, vale- dijo en un tono en el que no se sabía si hablaba consigo mismo o con Cindy.

A ella no le quedó tiempo de contestarle porque su interlocutor empezó a quitarse la ropa. Rápidamente se despojó de su camisa manga larga de cuadros azules y grises, de la camiseta que llevaba debajo y del jean ajustado que había llevado todo el día. Cindy apenas había imaginado el cuerpo del chico Naar y lo que alcanzó a ver excedió su imaginación. No sólo sus brazos se veían más gruesos que con la camisa puesta, sino que su torso, su abdomen y sus piernas estaban estéticamente musculados. Camilo Naar no parecía darse cuenta de la tormenta mental que provocaba en Cindy y así, en boxers se echó en su hamaca, dando un respiro profundo que denotaba el cansancio del día.

-Cuida’o con pasarte para mi hamaca a medianoche, Misionario- dijo Camilo riéndose.

Cindy se sintió culpable por haber jugado con la idea de hacer exactamente lo que Naar le había insinuado. ¿En que clase de mujer se estaba convirtiendo? Ella amaba a Nane más que a su vida; Nane era el hombre que se había quedado con ella en la Plaza de Majagual, cuando tenía una bomba atada a su cuerpo; Nane había sido el primer hombre en su vida, cuando se entregó completamente a él, el mismo día de su graduación; Nane era el hombre con el que soñaba todas las noches y con el que fantaseaba en sus ratos de soledad y con el que esperaba formar una familia, quizás algún día. Incluso juntos habían contemplado la posibilidad de fechas para el matrimonio y hasta de nombres para sus futuros hijos. Ambos estuvieron de acuerdo en no llamarlos como ninguno de sus abuelos. Nane era el hombre de su vida.

Pero allí junto a ella estaba alguien a quien estaba segura de no amar, pero que su cuerpo deseaba, Camilo Naar era el hombre que cualquier mujer que no estuviese ciega hubiese deseado tener, así sea solamente por una noche. Hubiese sido fácil ceder ante la tentación y dejarse llevar por sus instintos, sabía que Camilo no se resistiría y que lejos del mundo nada tendría porque saberse, pero lo sabría ella y no podría nunca más ver a Nane a los ojos. No, no lo podía hacer.

El viernes amaneció una fina lluvia que se prolongo todo el santo día. Camilo se amarró con  una vieja cuerda que Evaristo encontró en alguna de las chozas, tratando de cruzar el arroyo crecido pero fue inútil, y sólo logro hacerse una cortada escandalosa en un brazo. Cindy se encargó de curarlo y él aprovechó para hacer sus bromas de mal gusto. Comieron lo mismo en el desayuno, el almuerzo y la cena. Yuca hervida con arroz y queso y se sintieron agradecidos. Ya era tarde en la noche cuando don Evaristo trajo una botella de ñeque, Cindy al principio se negó a tomar, pero viendo que hasta la mujer de Evaristo parecía disfrutar el trago, aceptó probarlo.

A la hora de dormir, ambos estaban ebrios. Camilo la cargó, en medio de la lluvia hasta la choza que estaban compartiendo y una vez entraron la bajó, quedaron frente a frente riendo. Entonces Camilo hizo exactamente lo que Cindy estaba esperando que hiciera. Acercó so rostro al de ella y la besó.

Cindy tardó una milésima de segundo en comprender lo que estaba sucediendo y empujó a Camilo lejos de ella.

-¿Qué crees que haces?- preguntó.

-Perdón, no… no debí, fue…

-Una estupidez, sí- dijo ella- no te preocupes ese trago esta muy fuerte, no debiste tomar. Es mejor que nos acostemos.

El sábado amaneció nublado, pero al menos no llovía. El arroyo empezó a ceder y se vio que de un momento a otro se iba a secar. Camilo pasó toda la mañana contemplando el arroyo, pero Cindy se dio cuenta que no sólo era el encierro lo que lo acongojaba.

-Sobre lo de anoche, también fue mi culpa… perdóname- le dijo una vez que estuvo a su lado.

-Sabes, Misionario, ese beso de anoche me ayudó a ver las cosas más claramente- dijo viendo fijamente el agua del arroyo.

-¿A que te refieres?- preguntó Cindy.

-¿Me puedes guardar un secreto?- preguntó él en respuesta.

-Claro, si tu guardas el mio, no habrá problema…

-Sabes Cindy- dijo el volteando la mirada hacía ella y llamándola por su nombre por primera vez- creo que soy marica.

-¿Qué?

-Sí, es la verdad, no me gustan las mujeres y ya hace rato me doy cuenta que me gustan otros manes.

Cindy seguía sin poder creer lo que su jefe le decía. Sí ella había conocido a alguien masculino era precisamente Camilo Naar y sin embargo estaba allí, confesándole que era gay.

-No vayas a decir nada, por favor- le dijo él.

-No te preocupes, que yo voy a estar contigo para apoyarte- respondió ella.

Ambos se dieron un abrazo prolongado, interrumpido solamente por el estrépito que hizo Evaristo arrastrando dos troncos macizos.

-Bueno, grandulón, ayúdame a colocar esto sobre el arroyo ahora que baje.

Pero el arroyo no bajó tan rápidamente; hasta les dio tiempo de almorzar. El sol estaba en el cenit cuando Camilo pudo cruzar el arroyo y ayudar a colocar los gruesos troncos de madera sobre los extremos del arroyo.

Cindy y Camilo caminaron el sendero que antes los había cubierto de polvo y ahora los enterraba en barro.

Casi no hablaron en el camino, Camilo parecía estar absorto en sus pensamientos, quizás tratando de reconciliarse con su realidad, pero igual podría estar haciendo la lista del mercado para cuando llegaran a Sincelejo. Llegaron muertos del cansancio a Varsovia. Ya había oscurecido y al dueño de una tienda le tocó llamar por celular a los dos mototaxis que los llevaron hasta Toluviejo.

La lluvia. que ya se había aplacado aquel día, volvió a caer sobre ellos. No había ningún vehículo que los llevara hasta Sincelejo, así que no les quedó más remedio que salir a la carretera. Un taxi, que había llevado un viaje expreso hasta Coveñas fue el único que paró ante sus gestos desesperados.

Dentro del vehículo y rumbo a Sincelejo, Camilo le agarró una mano.

-Gracias, por apoyarme- dijo él en un tono suave y sincero, nada que ver con el tono burlón y pedante que siempre utilizaba.

-No te preocupes.

-Bueno, al menos si no conseguimos la historia completa, podemos echarle este cuanto a Juancho Pedroza y publicarlo mañana- dijo Camilo entre risas.

Algo había cambiado entre ellos, las bromas salían fáciles y Cindy ya no se sentía tensionada ante la presencia de Camilo, empezaron a molestarse con golpes fingidos y bromas sin sentido, que hubiesen hecho pensar a cualquiera que eran amantes, pero ella ya no vería jamás a Camilo Naar con esos ojos y en ese momento, más que nunca, se dio cuenta que amaba a Nane.

Cuando Cindy entró a la casa y se le cayeron las llaves, Camilo se apresuró a ayudarla y ambos casi se caen, si no es porque él la sujeta. Estaban riendo cuando se dio cuenta que no estaban solos. Nane estaba sentado en el sillón de la sala.

-¿Nane?

Pero Nane no respondió. Estaba vestido de negro intachable. No podría haber estado pensando que ella había muerto ¿O sí?

-Nane ¿Por qué estás vestido así?

-Creo, que la pregunta aquí es “¿Dónde estabas tu, Cindy?”- dijo Nane calmadamente, pero sin mirarla a ella, sino a Camilo Naar.

-No lo vas a creer, pero estábamos en una vereda de Toluviejo y nos quedamos atrapados por un arroyo y no había ni señal de celular…

-Tienes razón, no te creo- dijo Nane impasible.

-Así que tu eres el novio de Cindy- intervino Camilo Naar-pues ella estaba conmigo y está diciendo la verdad, harías bien en creerle.

Nane empuñó la mano derecha, Cindy debía hacer algo o toda aquella tensión le iba a estallar en la cara.

-Camilo, yo creo que es mejor que te vayas…- empezó Cindy

-…Sí, también creo que es lo mejor- terminó Nane.

-¿Estás segura que vas a estar bien?- Preguntó Camilo Naar.

-Sí, por favor, vete, mañana hablamos en la oficina.

Camilo le dirigió una mirada desafiante a Nane, antes de voltear y salir por la puerta de la calle, que aún estaba abierta. Cindy la cerró cuando escuchó vio a Camilo marcharse con un mototaxi.

-Ahora, por favor, dime la verdad, Cindy ¿Dónde estabas?- preguntó Nane que cambió la expresión inalterable a una de aflicción profunda.

-Ya te dije estaba en una vereda, investigando algo para el periódico.

-¿Y por qué estabas con él? Tú nunca me dijiste que ibas a estar acompañada.

-Nane, tu no entiendes, yo…

-Me mentiste

-No te he mentido, no consideré oportuno que supieras que…

-¿Que tu y ese man tienen algo?

-¿Qué?

-Ya me dijeron que desde que llegó pasas metida en la oficina con él, que pasan hablando todo el día, que es por él que ya no tienes tiempo para nada.

-Nane, escúchame, yo si he estado ocupada con Camilo, pero con cosas del trabajo.

-¿Camilo? Lo conoces hace cuatro días y ya son íntimos… Cindy yo quiero confiar en ti, creerte, pero me la pones muy difícil, oye- dijo Nane con lágrimas en los ojos.

-Nane, entre él y yo no hay nada, yo te amo a ti, a ti…-dijo Cindy acercándose a Nane intentando tocarlo.

Nane tomó a Cindy por los hombros con las dos manos y se la acercó.

-Júrame que entre ese man y tu no ha pasado nada, júramelo mirándome a los ojos y te creo y pasamos este asunto, te necesito conmigo ahora más que nunca, dime la verdad.

Cindy podía haber dicho que nada había sucedido entre Camilo Naar y ella, pero no era cierto. Tenía que decirle la verdad a Nane, la verdad para que todo se sanara y no hubiese mentiras.

-Nane, la verdad es que… mientras estuvimos allá en la vereda… yo, yo lo besé… pero…

Nane la soltó violentamente, mientras negaba con la cabeza y sollozaba ruidosamente.

-No, no, no ¡NO!- gritó Nane- entonces si era verdad ¡tu tienes algo con ese man! Mientras yo veía como mataban a mi papá, mientras yo lo velaba y lo enterraba, tu te estabas manoseando con ese man, Cindy ¿Cómo me haces esto oye?

-Nane, yo no…

-No me mientas más, que me haces más daño, no tenías por qué hacerme esto, no, Cindy, si yo te quiero, oye ¿Por qué me hiciste esto?

Cindy entonces comprendió el alcance de sus palabras, el vestuario de Nane y la procesión que llevaba por dentro.

-Nane, lo siento de verdad…

-No, Cindy, sabes pensé que eras otro tipo de mujer, pero me decepcionaste, no eres quien yo creía- dijo Nane apartándola con un brazo y abriendo la puerta para salir. Cindy quedó petrificada.

Cuando Don Alirio regresó de casa de Juancho Pedroza, donde había ido a averiguar algo sobre el paradero de su hija, la encontró encerrada en su cuarto, llorando sin consuelo.

Eran las 11:40 de la noche cuando terminó de llover. Para Cindy su propia tempestad apenas estaba iniciando en sus adentros. Afuera, la tormenta, luego de tres días, por fin había terminado.

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