El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 48. El Ascensor.

El mensaje llegó justo antes de la hora del almuerzo. Claudia, la abogada, le solicitaba presentarse lo más pronto posible a su oficina, el copropietario de la bodega del 20 de Julio se encontraba allí con ella y estaba dispuesto a negociar. Laura contempló la montaña de carpetas que su jefe le había asignado aquél día y que aún tenía que organizar. Se sintió frustrada. Desde que había llegado de Bogotá su jefe no hacía otra cosa que llenarla de trabajo.

No importaba a que hora llegara, siempre salía después de las 10 de la noche, hora a la que solicitaba un taxi para que la fuera a recoger frente al pequeño edificio de la curaduría municipal. No pensaba poner la papaya de que la atracaran nuevamente. Había pasado casi una semana desde aquel episodio y ella aún se sentía atemorizada.

Luego de haber dejado plantado a Pechi en las Avenida Las Peñitas aquella noche, presa de un pavor inexplicable, Laura pasó toda la semana muriéndose de las ganas por verlo, por llamarlo, por escucharlo, por sentirlo, pero algo dentro de ella la hacía dudar. Y como por si fuera poco, Aarón Paternina la había mantenido tan ocupada que apenas si le daba tiempo de comer, ir al baño y dormir.

El viernes, apenas salió de trabajar fue a darle el pésame a Nane. Lo encontró destrozado y ella sabía que además de la muerte de su padre, estaba así porque Cindy no estaba con él. Allí estaba él, Pechi. Llevaba una camisa negra de mangas cortas y un pantalón clásico del mismo color y el cabello alborotado que lo hacía ver un poco gracioso. Estaba guapísimo. Hubiera querido saltar hacia en ese mismo momento pero recordó que estaba en un velorio. Le prometió que estaría con él en el entierro al día siguiente.

Fue luego del funeral cuando comenzó el desastre. Se había besado con él en el cementerio y ella supo que era lo que quería a continuación. Él la llevó a un motel en la vía a Tolú, para que sucediera lo que tenía que suceder. Ese fue el problema. Nada sucedió.

Una vez Pechi comenzó a besarla, a acariciarla y a amarla, Laura empezó a recordar lo que sucedió luego que Pechi se marchara. Las imágenes, las voces, las lágrimas, la sangre, todo se arremolinó en su cabeza y tuvo que detenerse. Se separó de Pechi y fue al baño a llorar.

Había pasado ya una semana completa desde aquel episodio y Pechi no se había vuelto a comunicar con ella. La dejó abandonada en aquel lugar, como a una mujerzuela de cabaret con un casco para que se cubriera la cara. Se largó sin esperar una explicación. Hubiese querido salir a buscarlo de inmediato, al menos para propinarle una cachetada por haberla dejado tirada en aquel lugar de mala muerte como a una prostituta. Pero no lo hizo y en su lugar pasó todo el domingo de mal humor y apenas saliendo del cuarto para comer.

Era miércoles y Laura no salía a almorzar desde el lunes, ocupada con su nueva asignación que no era nada divertida, pero el mensaje de Claudia era urgente. Debía presentarse a su oficina lo más pronto posible. Laura dejó todas las carpetas organizadas debajo de su escritorio y salió de la curaduría.

Caminó las dos cuadras y media que separaban su lugar de trabajo del edifico del Banco Agropecuario, donde Claudia tenía sus oficinas. Saludó al portero, que ya parecía conocerla y entró al ascensor, presionó el número 7 y las puertas se empezaron a cerrar. Pero cuando ya estaban a punto de cerrarse un brazo fuerte y musculoso las detuvo.

-Perdón- dijo el muchacho, que acaba de entrar al ascensor. Era alto y fornido. El cabello lacio y corto parecía formar rizos únicamente en torno a la frente y sus rasgos eran tan finos que contrastaban muy atractivamente con su color de piel trigueño claro.

El muchacho vio el tablero y presionó el botón de cerrar las puertas. Laura se sintió incomoda. Ella se dio cuenta de que él no había espabilado desde que entró al ascensor, observándola detenidamente de arriba hacia abajo y luego de abajo hacia arriba de manera descarada.

Cuando el tablero marcó el cuarto piso, Laura no lo soportó más.

-¿Le puedo preguntar cuál es la miradera?- preguntó ella.

-Es que nunca había visto a una mujer tan hermosa como usted- dijo el muchacho de rasgos fileños.

Laura puso los ojos en blanco y pulso el botón de abrir la puerta, justo en el piso 6.

-Hasta luego, grosera- dijo el muchacho sonriendo, mientras Laura salía del ascensor. Prefería subir las escaleras hasta el piso 7, antes de seguir soportando las impertinencias de aquel sujeto. Estaba demasiado estresada con la situación con Pechi y con el montón de trabajo que la esperaba en la oficina, sin contar con el problema con la bodega del 20 de Julio, como para estar aguantándole insolencias a un desconocido.

Llegó al piso séptimo. Laura vio a través de los ventanales externos todo el centro de Sincelejo. Visto desde allí parecía más bien un montón de casas viejas a las que les había agregado demasiados pisos. Dobló a la derecha y al fondo, en la última puerta finalmente tocó.

-Un momento- se escuchó la voz de Claudia detrás de la puerta.

La puerta se abrió. La oficina de Claudia era pequeña. La biblioteca con un montón de libros al fondo. Un escritorio amplio con un computador. La silla donde ella se sentaba y dos sillas para sus clientes justo al frente de ella, separadas por el escritorio.

-Lau, de verdad, que bueno que llegaste- dijo Claudia- mira te presento al señor Javier Luna, él es el otro propietario de la bodega del 20 de Julio.

Laura no lo podía creer. Era el mismo sujeto atrevido del ascensor.

-Mucho gusto, señorita- dijo él extiendo su mano derecha, que tenía una cicatriz muy extraña en el lado del dorso.

-Mucho gusto, señor Javier- Laura le respondió el saludo de mala gana.

-¿Señor? Por favor, llámame Javi- dijo el muchacho. Su sonrisa no era tan luminosa como la de Pechi, pero encajaba mucho mejor con el resto de su rostro, como si sus ojos se hubiesen puesto de acuerdo con la nariz, la boca y el mentón para hacerlo más atractivo.

-Bueno, la verdad estoy aquí como intermediaria, conozco al señor Luna y a Laura, por supuesto y queremos hacer el mejor trato posible. La bodega fue adquirida por el padre de Laura en mitades iguales con el señor abuelo del señor Luna- dijo Claudia, mientras el tal Javi no le quitaba los ojos de encima- ambos como herederos directos, tienen derecho a la propiedad, pero no pueden venderla sin autorización del otro, solo mediante acuerdo conjunto.

Laura estaba tan incomoda con la mirada fija de Javi sobre ella, que estuvo a punto de hacerle una grosería, pero recordó que ya no era un desconocido en un ascensor al que podía hacerle una grosería, sino alguien que significa varios millones de pesos para ella, dinero que estaba necesitando.

-Lo primero- siguió Claudia- es evaluar si alguna de las partes tiene intención de comprar la totalidad del inmueble.

-Yo no, trabajo como mototaxi, ya se imaginará usted como estará mi cuenta de ahorros, yo esperaba que quizás la señorita Curiel estuviera interesada en comprar mi parte- dijo Javi.

-¿Usted es mototaxi?- preguntó Laura incrédula.

-Cuando toca, toca- dijo Javi. Llevaba puesta una camisa de cuadros arregazada hasta los codos y un pantalón jean ajustado que en conjunto con los zapatos marrón claro, le quedaban sensacionalmente bien.

“¡Concéntrate Laura!” le gritó una voz en su interior, se había quedado mirando a Javi por un momento y él se había dado cuenta, su sonrisa tenía un toque picarón que ya empezaba a molestarla.

-No, yo tampoco pretendo comprar la parte del señor Luna…-empezó Laura a decir.

-Javi, dígame Javi- dijo el copropietario.

-Como ya lo dije, no pretendo comprar la parte del señor aquí presente.

-Entonces la única opción que nos queda es vender y repartir el valor del inmueble a partes iguales- dijo Claudia- ¿Aceptan?

-Acepto- dijo Laura.

-Yo también acepto- dijo Javi sonriendo- lástima que esto no sea un matrimonio.

-Por favor, señor Luna, estamos trabajando- dijo Claudia, quitándole la palabra de la boca a Laura- lo siguiente es llevar el inmueble a una inmobiliaria y pedir el mejor postor.

-¿Cuánto crees que tarde eso, Clau?-preguntó Laura.

-No menos de uno o dos meses- respondió la abogada.

De repente el celular de Laura sonó. Un mensaje. Era su jefe.

“Laura preséntese de inmediato a la oficina, es urgente.”

-Lo lamento, tengo que irme, Clau me informas después de lo que suceda, mucho gusto señor Luna.

-Llámeme Javi, si está de afán la puedo llevar- dijo él.

-No, muy amable, yo trabajo aquí cerca- respondió Laura saliendo de la oficina de Claudia.

Se dirigió directo al ascensor, pero estaba demorado. Si hubiese creído que llegaría más rápido al primer piso por las escaleras lo hubiese intentado, pero definitivamente no confiaba en sus habilidades atléticas.

-De verdad que nunca había visto a una mujer tan hermosa como usted- escuchó Laura una voz detrás de ella.

-¿Usted no se cansa de decir estupideces? Si cree que va a ganar algo con esa sarta de tonterías, está muy equivocado, señor Luna- respondió Laura con ferocidad.

-No son tonterías, es la verdad- dijo Javi.

-Entonces ¿Podría dejar de decir la verdad, señor Luna?

-Eso me convertiría en un mentiroso.

-No, eso lo convertiría en alguien prudente.

-La prudencia no es nada, comparada con usted, de verdad es hermosa.

El ascensor llegó y abrió sus puertas. “Gracias a Dios” pensó Laura.

-Bueno, señor Luna, creo que hasta aquí llegamos- dijo.

-No, todavía debemos reunirnos para firmar la venta de la bodega- dijo antes de que las puertas se cerraran. Tenía razón. Para la venta de la bodega, tarde o temprano, tendría que verlo de nuevo.

Laura hubiese seguido pensando en Javi, de no ser porque llegó un segundo mensaje de su jefe. “Laura en la oficina, urgente”. Laura recorrió casi corriendo las cuadras que la separaban de su lugar de trabajo.

Cuándo llegó todo el mundo estaba de pie, murmurando algo. Algunos la miraban con sorpresa, otros con risa y otros con decepción. Laura se acercó a su cubículo y encontró la montaña de carpetas que había dejado debajo del escritorio envuelta en humo, al igual que la unidad de procesamiento del computador, como si hubiese habido un pequeño incendio en su cubículo, su jefe estaba justo allí.

-Laura, a mi oficina ahora- dijo.

Había hablado como antes solía hablarle su papá. Eso no podía significar nada bueno.

-Jefe, de verdad, yo…- dijo Laura una vez entraron a la oficina.

-Esto es un descuido imperdonable ¿Sabes lo que habría podido pasar si se extiende ese fuego?

-Pero no entiendo como paso, yo…

-Dejaste el computador encendido y sabes que está prohibido ausentarse del puesto dejando los equipos conectados. Esto es culpa tuya. ¿Sabes la que se nos hubiese venido encima si alguien hubiese resultado herido, muchachita?

-Jefe, pero todo el mundo lo hace, yo la verdad…

-Laura, tu entraste aquí por recomendación de Adriana que fue compañera mía en la universidad, pero ya esto fue el colmo y la gente se dio cuenta. Tampoco me estabas rindiendo mucho que digamos, te deje esas carpetas desde la semana pasada y todavía no has terminado de organizarlas ¿sabes lo importante que eran esos documentos? … lo lamento Laura, pero…

-Jefe, no, yo sólo…

-Lo lamento, Laura, me entregas el celular que te asignó la empresa y recoges todas tus cosas. Desde este momento no trabajas más en esta curaduría.

-Pero, si yo solo me…

-Lo lamento, Laura y lo lamento por Adriana de verdad, pero esta no te la puedo dejar pasar… estás despedida.

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