El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 50. La Cárcel.

El reloj marcó las siete de la mañana en punto. A los lejos, Cindy podía escuchar el clamor de un megáfono en alguna iglesia cercana. Era domingo y la misa estaba por comenzar.

Después de la muerte de su madre, Cindy nunca había vuelto a ir a una misa, ni siquiera para celebrar un matrimonio, ni mucho menos un bautizo. A punta de mentiras, excusas y componendas le había podido sacar el cuerpo hasta a las misas que celebraban en la universidad, antes de que se graduara.

Aunque no se atrevía a reconocerlo, tenía cuentas pendientes con Dios. Ninguna niña debía quedar huérfana de madre, no a tan corta edad. Sí, su padre lo había hecho lo mejor que había podido, pero lastimosamente a la hora de hacer las veces no sólo de papá, sino también de mamá, los mejores esfuerzos de Don Alirio nunca habían sido suficientes.

Ahora tenía una cuenta más que arreglar con Él. Había perdido a Nane.

-Siguiente- dijo la voz de un hombre detrás de la estrecha ventanilla enrejada, más semejante a la taquilla de un circo, que a un puesto de información penitenciario.

-¿Formato para visitar recluso reciente? -dijo ella.

El guardia sentado tras las rejillas desprendió una hoja de una especie de talonario y se la entregó a Cindy. A última hora se había acordado de llevar un lapicero antes de salir para la cárcel “La Vega”, el único centro penitenciario de Sincelejo. No era buena idea andar pidiendo favores fuera de una cárcel, por insignificantes que parecieran, como por ejemplo prestar un lapicero.

Cindy recordaba muy bien un reportaje que había escrito Estela Severiche, una de sus no tan agraciadas compañeras de trabajo en “El Manifiesto”. Una mujer le había pedido el favor a un muchacho que le guardara el puesto en la fila de entrada, mientras ella le compraba algunas cosas de comer a su esposo preso; luego de regresar a la fila, el muchacho le pidió un pequeño favor: le pidió que entrara un portacomidas y se lo entregara a uno de los reclusos. Tal fue la sorpresa de la mujer cuando en una de las requisas dentro de la cárcel los guardias descubrieron que entre el arroz y los pedazos de carne estaban ocultos, nada más ni nada menos, que 200 gramos de cocaína.

Estela se caracterizaba por insertarle detalles falsos a sus reportajes, como Cindy ya lo había descubierto, pero la mera posibilidad de terminar de mula involuntaria era suficiente para tomar precauciones serias.

Llenó el formulario a las carreras, apoyada en la textura áspera de la muralla de casi 7 metros de altura que rodeaba “La Vega”.

De repente se escuchó el sonido de un cerrojo. Una estrecha puertecilla se había abierto en medio del enorme portón metálico que daba acceso al interior de la cárcel. Uno a uno, fueron pasando los visitantes del día, mucho más rápido de lo que Cindy hubiese podido esperar.

-Nombre del recluso- preguntó un guardián joven, de tez blanca y con el acento propio de las gentes de Antioquia.

Cindy se limitó a entregarle el formulario. El guardia escribió algo en el teclado del computador, verificó algo en el formulario. Luego la miró.

-Adelante- dijo.

Aquella había sido la parte fácil. Lo siguiente fue mucho más vergonzoso. Le tocó entrar a un cubículo y desvestirse frente a una guardiana hasta quedar prácticamente en ropa interior, mientras la mujer revisaba si portaba algo camuflado justo allí donde no debía.

Humillada y con el cabello negro alborotado, llegó al puesto de recepción. Le figuró entregar todo. Cédula, celular, llaves, billetera, todo se quedó allí en una bolsa plástica que el guardián encargado amarró con una de aquellas esposas plásticas con las que ella solía jugar de niña. Allí recibió el primer sello.

Luego salió a un enorme patio, decorado con algunas plantas. Había que hacer fila. Cindy se dio cuenta que el edificio del que había salido era sólo una avanzada de vigilancia y que el lugar donde se confinaba a los reclusos estaba dentro del edificio que tenía al frente, repleto de alambres de púas enrollados sobre las altas murallas y los techos. Luego de cruzar otra puerta de gruesos barrotes, recibió el segundo sello. El primero se lo había colocado en el antebrazo derecho y era negro, este se lo había puesto en el antebrazo izquierdo y era azul. Luego otra fila más.

Los visitantes alineados avanzaban lentamente y al final entraron a una especie de pasillo de escuela. Un guardia apostado en la mitad del pasillo preguntaba a los visitantes el número del patio.

-Dos- dijo Cindy cuando le tocó el turno.

El guardia señaló a uno de sus compañeros apostado frente a un portón cerrado con el candado más grande que Cindy había visto en toda su vida. Llevaba una falda azul turquí a la altura de la rodilla, una blusa blanca, de mangas tres cuartos y el cabello lacio sin recoger cayéndole sobre los hombros.

El guardia de la puerta la miró de arriba a abajo con una atención descarada, pero no se atrevió a decirle nada y únicamente se limitó a esperar. La fila de entrada al pasillo se había convertido en varias filas más pequeñas frente a cada uno de los portones de acceso a los patios. El guardia que le había puesto el sello azul hizo un ademán con la mano. El ruido de las llaves entrando, girando y abriendo los candados se escuchó aterrador por unos segundos que parecieron eternos, como si un enorme monstruo estuviera abriendo las fauces para tragarse a todos aquellos que estuvieran en ese lugar. “Y yo voy directo a la boca del monstruo” pensó Cindy.

El Patio Número Dos de la Cárcel “La Vega” parecía más bien el patio de un colegio. Había una tarima, un espacio abierto, en forma de plaza y al fondo lo que parecía ser una profusión de salones de clases apilonados uno encima del otro; como los reclusos salían de allí, Cindy dedujo que aquellos salones no eran más que las celdas donde mantenían a los prisioneros.

-Señorita Villarreal- escuchó Cindy una voz detrás de ella- la estaba esperando.

-Señor Castilla, veo que la cárcel no lo ha tratado tan bien, después de todo – dijo ella enfrentándose al sujeto.

-Usted sabe, aquí todo es una mierda: la comida, la dormida, hasta el sexo está lleno de eso. ¿Pero qué va a saber una princesita de papi como usted?

Cindy se sobrepuso al escalofrío de la confesión no requerida de Mauricio Castilla respecto a sus prácticas sexuales. No podía permitirse perder más tiempo. La historia la esperaba.

-¿Dónde podemos hablar?- preguntó.

Castilla señaló un montón de silla plásticas blancas al fondo, tomó una para él y otra para Cindy. Antes de empezar a hablar, un sujeto se aproximó con dos portacomidas y encima de ellos una cuchara. Le entregó todo a Mauricio.  Aquél hombre había sido un exitoso político, había ganado una curul a la cámara de representantes, y se decía que tenía madera para presidente, hasta que destaparon sus vínculos con alias “El Clavo”, el hermano mayor de Marcelo Guevara, el mismo sujeto que había ordenado a sus perros que le instalaran a Cindy una bomba en el pecho hacía menos de dos años.

-Cuénteme Señorita Villarreal, alias El Misionario, ¿Qué ha sido de la vida de Marcelo Guevara? Usted que debe estar más enterada- preguntó Mauricio Castilla.

-Sigue preso en Bogotá- respondió Cindy.

-Ya eso lo sabía. Imbécil. Tenía que adueñarse de todo el hijueputa, no se pudo contentar con el poder, quería que le tuvieran miedo, pero más imbécil soy yo por seguirle la corriente.

-Quería venganza, por lo de su hermano.

Mauricio Castilla dejó emitir un sonido a medio camino entre una carcajada y un gruñido, mientras despachaba el arroz con carne y la sopa.

-Eso era lo que él le decía a la bola de ineptos que trabajaban con él, al tal Guajiro y al sollado ese de Lastre.

-Pero tú no le creíste.

-No, ese man no quería venganza, quería tener el control de todo y quería que le tuvieran miedo. Por eso puso la bomba. Además, si hubiese querido venganza por su hermano, hubiese empezado por “La Pantera”, no por Pacho Espinosa- Cindy recordó el rostro lívido del hermano de Ludis cuando los del CTI le colocaron una sabana enorme encima, la misma noche que Nane cumplía años.

“Nane ¿Dónde estás?” pensó Cindy por una fracción de segundo.

-Pero usted no vino aquí para hablar de Guevara ¿o sí?- preguntó Mauricio Castilla, mientras terminaba de tomar la sopa.

-No, vine aquí porque quiero saber algo- dijo Cindy.

-¿Y por qué cree que yo se lo que tu quieres saber?

-Usted lo sabe. Encerrado o no, tienes informantes por toda la ciudad, mucha gente le debe favores.

-Listo, digamos que tengo la información que necesita ¿Por qué se la habría de dar a usted?

-Porque tienes miedo.

Mauricio dejó el portacomidas de la sopa a un lado, se limpió la boca con una servilleta doblada y miró a Cindy.

-Yo no tengo miedo de nada- le dijo.

-Si lo tiene, alguien ha estado contratando sicarios en la zona sur, pero no tiene ni idea de quienes son, cree que son guerrilleros con planes de revancha por lo de los Montes de María, pero no estás seguro.

-Pero si ya lo sabe todo, señorita Villarreal ¿Qué vienes a hacer aquí?

-Confirmando apenas – Mauricio había caído en su trampa.

-O sea que usted solo estaba adivinando – dijo él, mostrando serenidad.

-Sí, sabía de los sicarios, pero no sabía que tuvieses miedo de los guerrilleros.

-Tienen razones para odiarme. ¿Qué es lo que quiere saber?

-Todo lo que yo no sepa. Quizás le convenga que destapemos la verdad, puede que yo tenga la parte del rompecabezas que a usted le falta.

-¿Has escuchado hablar de “El Casallas”?

-No- mintió Cindy, quería saber todo lo que Castilla supiera, aquel hombre podía darle detalles que ella ignoraba.

-Es el tipo a quien la gente busca cuando necesita matones, no uno, sino varios, él fue el que nos contacto con Lastre, el Mono, el Paisa y el Guajiro.

-¿Un intermediario?

-Así es, lo que hemos estado escuchando es que había estado reclutando muchachos por los lados de Puerto Arturo, Villa Mady y toda esa zona, pero lo que no sabemos es de donde está saliendo la plata para contratar tantos pelados y lo más extraño es que no ha muerto nadie, bueno, nadie a excepción de “El Casallas” lo cuál si es bastante extraño.

-¿Apareció muerto?- preguntó Cindy, aunque ella sabía muy bien la respuesta a esa pregunta.

-Es el N.N. que salió en tu periódico hace unos días.

Definitivamente, a pesar de estar preso, Mauricio Castilla tenía mucha información que no estaba en los periódicos, ni en ninguna parte. Había llegado con la persona correcta, o al menos eso esperaba.

-Lo mataron en la misma piedra donde Lastre no pudo matar a tu amiguito el mototaxi – siguió hablando Mauricio- lo que me pregunto es ¿por qué lo mataron? Si es por tratar de ocultar algo que sabía, debe ser algo muy grande y gordo.

-¿Y si yo le dijera que sé que era lo que hacía “El Casallas” con esos muchachos?

-Diría que usted es una perra manipuladora que ha estado viéndome la cara de tonto, señorita Villarreal ¿Qué es lo que quiere? ¿Por qué me viene a preguntar cosas que ya sabe?

-Porque quería saber si era capaz de decirme la verdad.

-No tendría por qué mentirle- Mauricio abrió los brazos-estoy preso ¿Qué más cree que me podría pasar?

-¿Morir?

-Eso sería un alivio, no un castigo.

-¿De verdad cree eso que acaba de decir?

-Yo creo en muchas cosas, en Dios por ejemplo.

-¿Quiere que le diga lo que yo se, señor Castilla o vamos a hablar de religión ahora? preguntó Cindy.

-Por supuesto,

-Los muchachos de “El Casallas” han estado yendo por las veredas del oriente de Toluviejo. Han sacado a muchos campesinos de sus tierras, los han obligado a salirse de allí.

-¿Las tierras son de quien?

-Eso es lo más extraño, son tierras del gobierno.

-¿Y que hacen esos muchachos allí? ¿Cultivos ilícitos? ¿Esconden algo acaso?

-No, todos regresan a Sincelejo, sólo quieren que esas tierras estén desocupadas.

Mauricio se quedó pensativo un momento.

-Espérame un momento, ya vengo.

Cindy no supo cuanto tiempo esperó. Los reclusos y los visitantes, en su mayoría hombres no disimulaban las miradas pervertidas que dirigían hacía ella y se mortificó con la idea de que algunos de ellos eran violadores. Constantemente miraba al guardián para convencerse que estaba protegida. No había pasado menos de una hora cuando Mauricio apareció.

-Tiene razón… esto está muy raro. Acabo de hablar con un contacto y me dice que en efecto esas tierras son del gobierno.

-¿Tienes un celular aquí?

-¿Quieres saber si tengo un celular o algo mucho más interesante?

-Lo interesante, por supuesto.

-Hay muchas tierras en la zona que me dijiste que fueron expropiadas de sus dueños originales para construir una ramificación del oleoducto, hace como 20 años más o menos, pero como se cumplió la clausula temporal del contrato y nunca se construyó nada, esas tierras van a pasar a sus dueños originales, a comienzos del próximo año.

-Quizás la persona detrás de todo ese asunto quiere tener sus tierras desocupadas para cuando el gobierno las devuelva.

-Es una muy buena explicación.

Mauricio observó fijamente a Cindy a los ojos.

-Tienes que averiguar quien es el dueño de esas tierras.

-Tendría que averiguar primero donde.

-Te voy a ahorrar el trabajo, Cindy, esa información está en el Registro Nacional de Propiedad. Tienes que ir a Bogotá.

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