El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 53. La Imagen.

Pechi nunca supo a ciencia cierta en qué momento se volvió famoso. Desde hacía unos días casi que le daba miedo salir a la calle. Los motociclistas que lo veían cuando deambulaba en su moto, sin el casco, o con el visor levantado se quedaban observándolo fijamente para constatar que si era él. En más de una ocasión se dio cuenta que había gente, niños sobre todo que bajaban los vidrios de los carros, lo señalaban y empezaban a cuchichear entre ellos. Pero eso no era lo peor.

Ya Pechi ni siquiera podía salir en paz. El día anterior que se le ocurrió ir al Fresno a comprar un par de cosas para el aseo personal, sintió como todo el mundo se acercaba a verlo, a saludarlo, a tomarse fotos con él y hasta para pedirle el autógrafo.

Mientras hacía la fila para pagar, un chiquillo de no más de cinco años, lo quedó observando fijamente y luego tiró de la falda de su mamá asombrado.

-¡Mami, mami, es el mototaxi!- dijo el pequeñín.

Cristian se moría de risa con la situación.

-¿Qué vamos a hacer con el señor famoso, ah?- solía decirle cuando Pechi le contaba alguna de sus historias.

Llegó incluso a tomarse una foto con él y a subirla a Internet para darse el lujo de decir que conocía al mototaxi del que todo el mundo estaba hablando.

-No es gracioso, Cristian- le decía Pechi.

En efecto, como parte de la campaña de promoción para el servicio de transporte y mensajería del que ahora era socia, Ludis había mandado a ubicar más de 10 vallas publicitarias en los puntos de más tráfico en Sincelejo, todos con el rostro de Pechi estampado en ellos.

Pero la cosa no llegaba hasta ahí. En Internet se había creado una página en Internet para promocionar el servicio y se había llenado de comentarios que iban desde “espero que este sea el inicio de una mejora en el servicio de transporte en la ciudad” hasta “que tipo tan lindo el de la foto”.

Pechi incluso ya no podía abrir su propio perfil en la Red Social, porque permanecía atiborrado de mensajes y de solicitudes de amistad.

Toda aquella locura había sido ocasionada por Ludis. Había sido a ella la que se le había ocurrido ponerlo a él como imagen de “El Mototaxi Express” y no sólo en Sincelejo, sino también en la sucursal principal del negocio en Bogotá, donde Alfredo había declarado que el nuevo rostro de la compañía había sido un éxito total.

No bien Pechi le había dicho sí a la propuesta de Ludis, cuando la mujer, vestida completamente de negro, empezó a hacer planes. El primero, por supuesto, era conseguir un local adecuado, en el centro de Sincelejo, donde a todo el mundo le quedara fácil llegar. Ni siquiera le habían mandado a Alfredo el documento que sellaría la triple sociedad, cuando ya la viuda de Mansur tenía el sitio perfecto, según ella.

Era un local ubicado en toda la Avenida Las Peñitas, a cuadra y media de El Fresno. Lo primero que hizo Ludis fue mandar a talar los dos árboles que obstaculizaban la vista del local. Ese fue el menor de los cambios. No tardó en ordenar un juego de ventanas polarizadas, cinco lámparas de luz blanca, 2 computadores, 4 teléfonos, un modulo de oficina, dos escritorios y 16 sillas. Por supuesto, Ludis descontó el precio de todos aquellos implementos de la inversión que haría en el negocio.

Cuando Alfredo devolvió el documento con su firma autenticada, Ludis estaba feliz.

-Ahora viene lo más importante.

-¿Conseguir los mensajeros?

-No, tú- dijo ella en un tono que a Pechi no le gustó para nada.

Fue así como terminó en el estudio de un fotógrafo calvo, demasiado delicado para su gusto y con unos anteojos de gruesas monturas de color negro.

-Ludis, ¿me puede explicar que es lo que hacemos aquí?- fue lo único que se le ocurrió preguntar a Pechi.

-Pues le vamos a dar una imagen al producto, Pedro- le contestó la mujer.

-¿Cómo así? No entiendo.

-Pues que la imagen de “El Mototaxi Express” vas a ser tú.

-¿Yo?

-Claro, quien más que tu para promocionar el negocio, que lo conoces tan bien, además ya va siendo hora de que le saques partido a esos ojos y a esa sonrisa.

Pechi se negó en redondo. La sola idea de que su foto apareciera en la pancarta de entrada de negocio le parecía la vergüenza más grande del mundo. Pero Ludis, como siempre se dio mañas para convencerlo.

-Bueno, con el dinero que le tendríamos que pagar a un modelo, podríamos comprar otra moto, un empleo más, una familia más que va a comer de “El Mototaxi Express” ¿me quieres decir que no quieres que haya un empleo más disponible en el negocio, Pedro?

Pechi sabía lo que era crecer en una ciudad que les ofrecía muy pocas oportunidades a sus habitantes, sobre todo a los jóvenes, y aceptó ser la imagen del negocio. Lo que no se imaginó era que Ludis iniciaría aquella campaña mediática que tenía a medio Sincelejo pendiente de él. Para ir hasta la oficina de Ximena Marmolejo, la psicóloga que se encargaría de seleccionar el personal, Pechi tenía que llevar siempre su casco puesto, con el visor bajo, para evitar las miradas incómodas y los señalamientos con el dedo, como si fuera la última atracción de un circo decadente.

Ludis y Pechi estuvieron siempre presentes con la psicóloga en las entrevistas. En más de uno de esos interrogatorios a Pechi se le formó un nudo en la garganta. Era como verse a sí mismo, por la época en que conducía la moto de Migue, la mayoría eran muchachos que a duras penas habían terminado el bachillerato y cuya única habilidad consistía en manejar bien una motocicleta. Muchos, al igual que él eran de la zona sur, de Villa Mady, de Uribe Uribe, de la Gran Colombia, de Puerto Arturo.

Uno de ellos le contó a Ximena que en una ocasión le había tocado comer solamente arroz con suero por siete días porque le había dañado una pieza a la moto y el dueño le había obligado a pagarla con la cuota diaria que debía entregar. Pechi se tuvo que salir de la habitación para que no lo vieran llorar.

Sentado en medio de las escaleras de aquel edificio, recordó a su mamá, a Salma que en aquellos momentos estaba en Valledupar, junto con Kate su hermana. Recordó los innumerables días en que ella se acostó con hambre para que él y su hermana comieran así fuera plátano amarillo con queso. Recordó los descarnados platos de sopa de hueso, que en ocasiones ni siquiera tenían sabor. Recordó las noches en que la lluvia no los dejaba dormir, no tanto por el ruido que provocaba en el techo de zinc, como por el agua que se metía por debajo de las puertas y que obligaba a subir todo lo que se encontrara en el piso, para que la corriente no se lo llevara.

-¿Te encuentras bien?- le preguntó una voz detrás de él.

Pechi se secó las lágrimas rápidamente, antes de dar la vuelta, odiaba que lo vieran llorar.

-Sí, sí estoy bien… ¿Tatis?

-Hola, señor famoso- dijo ella sentándose junto a él- ¿Estabas llorando?

-No- mintió él- ¿Qué haces aquí?

-Vine a buscar a mi mamá.

-¿Trabaja aquí?- preguntó Pechi un tanto sorprendido.

-Sí, es la psicóloga, creo que ya la conoces, los está ayudando con las entrevistas ¿no?

-¿De verdad?

Tatis asintió con la cabeza.

-Sabes, tienes unos ojos muy lindos, Pechi.

Pechi se sintió apenado. Seguramente se había puesto rojo como un tomate.

-Oye ¿Por qué no vienes a comer esta noche a la casa? Claro si tu club de fans te deja ir- dijo Tatis en medio de una sonora carcajada.

-¿Por dónde vives?

-En la Toscana, frente a Mundo Rapipapas, apartamento 305 ¿Se te olvidará?

Pechi negó con la cabeza. Tatis sonrió y se levantó de la escalera rumbo a la oficina de la psicóloga.

-Bueno, Pedro ¿Qué haces allí como niño regañado?- Preguntó Ludis Mansur cuando lo encontró todavía sentado en la escalera.

-Nada, estaba pensando.

-¿En Laura Curiel?

Pechi se disponía contestar, pero en ese momento Tatis y Ximena salieron de la oficina. Tatis se despidió con un gesto de la mano.

-No- dijo él- estaba pensando en mí.

-Qué bueno ese es el primer paso. Ya terminamos las entrevistas, pero aún queda mucho trabajo- dijo Ludis.

-¿Más?

-Claro, si queremos que el negocio sea un éxito hay que trabajar duro y parejo.

-Espere yo busco la moto.

-No, te vienes conmigo en la camioneta.

Pechi sabía que había gato encerrado, pero como siempre pasaba con Ludis, el golpe se lo daría en el momento final.

Llegaron a una casa-finca muy elegante, muy cerca de la UPES. Ludis tocó el claxon de la camioneta y la puerta de un garaje se abrió.

Sólo cuando Pechi, vio las luces, las cámaras y un par de muchachas, muy, muy atractivas, se dio cuenta que era lo que pasaba.

-Vamos a hacer un comercial.

-Que inteligente eres, Pedro.

De solo recordar el día infernal que pasó cuando el calvo le tomó las fotos, a Pechi se le quitaron las ganas de todo. Ese día había llegado a la casa de Cristian con dolor en todo el cuerpo por cuenta de las dichosas fotos. Le dolía la cara de tanto reírse. Le dolían las rodillas de tanto estar parado. Le dolían las manos de tanto cargar un letrero verde que no decía nada.

Ahora estaba otra vez en un estudio y tendría que pelar el diente de nuevo.

-Esto va a ser muy sencillo, Pedro, le dijo Ludis.

A Pechi casi le da un soponcio cuando vio que el director del comercial iba a ser el mismo calvo de los lentes de monturas gruesas.

-No puede ser- dijo.

Terminaron a las 9 de la noche. Ludis lo llevó en su camioneta a que recogiera la moto. Estaba, otra vez, muerto del cansancio.

-Pedro, hoy hiciste un muy buen trabajo, te felicito.

-Gracias, Ludis.

-Esta es la dirección de Laura Curiel- le dijo la mujer entregándole un papelito amarillo- habla con ella, arregla las cosas. Se feliz muchacho. Recuerda que es por eso que te quedaste.

-Eso intentaré.

Era irónico que Pechi llevara casi un mes en Sincelejo y aún no supiera donde quedaba la nueva casa de Laura, tenía su teléfono porque Nane se lo había dado para que la llamara, pero desde el día del motel no había vuelto a entablar una conversación con ella.

Llegó en menos de diez minutos a la dirección en el Barrio Las Colinas. Se dio cuenta que Adriana, la mamá de Laura, y Juan Carlos, su hermano, estaban viendo televisión. Al fondo de la casa, en lo que parecía ser la cocina, Laura estaba haciendo algo. Estacionó la moto al frente de la casa y se dirigió hasta la reja.

-Buenas noches- fue lo único que dijo antes de que al unísono, Laura, Juan Carlos y Adriana se voltearan a mirar.

-¿Pechi?- Juan Carlos fue el primero que salió de la casa y le abrió la reja.

-Hola, Juan Carlos, estás más grande que yo- dijo Pechi comprobando que efectivamente el hermano de Laura estaba más alto que él.

Adriana se había levantado también y estaba a punto de decir algo, pero Laura salió de la cocino y con la tranquilizó con un toque en el hombro.

-Yo me encargó- le dijo- Juan Carlos, entra a la casa me haces el favor.

-Pero, Lau…

-Juan Carlos no estoy para discusiones ahora.

El muchacho obedeció a su hermana y entró a la casa.

-Salgamos acá afuera- dijo Laura. ¿Acaso ni siquiera le iba a brindar una silla para sentarse?

-¿Qué quieres Pedro?

-Hablar contigo.

-¿De que?

-De nosotros.

-¿Tu crees que hay un nosotros, Pechi?

-Sí, Laura… yo te amo.

-¿Y si me amas porque lo único que haces es lastimarme?

-Laura, yo…

-Me dejaste tirada como una basura hace dos años, Pechi, me dejaste sola, sola, cuando te encuentro, me doy cuenta que tienes algo con una cachaca horrorosa…

-Yo te expliqué que Patricia no era nada mío.

-Y luego me dejas botada en un motel…

-No niego que me he equivocado muchas veces, Laura, pero ¿cómo crees que me sentí yo cuando te escuché decir que me tenías asco?

-Yo no te dije eso.

-Lo decías cuando estabas en el baño.

-No me refería a ti.

-¿Entonces a qué te referías?

-A… a…

-¿Ves? Bueno por lo menos ahora sé que…

-Espera, Pechi, yo estoy confundida, no sé qué es exactamente lo que siento por ti, por favor dame un poco de tiempo, necesito ordenar muchas cosas en mi cabeza.

-¿Cuánto tiempo?

-No sé, el que yo necesite.

-Bueno- terminó diciendo Pechi antes de encender la motocicleta- ya sabes dónde encontrarme… estoy por toda la ciudad.

Había utilizado el eslogan que acompañaba a su foto en las vallas publicitarias de “El Mototaxi Express”, se dejó llevar por la potencia de la motocicleta y por la tibia brisa que surcaba su rostro y sus cabellos. ¿De qué servía que todo el mundo lo conociera sino podía tener a la mujer que amaba a su lado?

Cuando llegó a la puerta que buscaba, tocó dos veces. Abrió la mujer que esperaba encontrar.

-¿Pechi? Pensaba que no ibas a llegar- dijo Tatis con una amplia sonrisa.

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