El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 55. El Registro.

“Estoy por toda la ciudad” decía claramente la enorme valla publicitaria ubicada a un costado de la Avenida del Aeropuerto. Pero lo que realmente impactaba a Cindy Villarreal era el rostro que iluminaba el anuncio. Era el rostro de Pechi Viloria.

-No lo puedo creer- dijo Cindy, a bordo del taxi que los llevaría desde el aeropuerto hasta el Registro Nacional de Propiedad.

-Oye sí- dijo Camilo Naar, que estaba junto a ella- Creía que eso de “El Mototaxi Express” sólo lo había en Sincelejo.

-¿Cómo así? ¿Es que hay un negocio de esos en Sincelejo?- preguntó Cindy sinceramente asombrada.

-Sí, claro. Bueno, creo que todavía no. Es un negocio nuevo que van a poner o algo así. ¿No has visto todas las vallas que hay en Sincelejo?

Cindy negó con la cabeza.

Desde la noche nefasta en que Nane había dado por terminada la relación entre ellos, Cindy se había refugiado por completo en su trabajo. Por primera vez se le había visto llegando a las oficinas de “El Manifiesto” a las seis de la mañana. Pasaba las primeras horas del día organizando las notas sobre la investigación de las tierras en Toluviejo, pedía que le llevaran el almuerzo a su cubículo y por la tarde hacía las ediciones de la sección de judiciales que se publicarían en el periódico al día siguiente. Incluso, luego que todos sus compañeros se marchaban, ella se quedaba redactando las mordaces columnas que guardaba celosamente en la última gaveta de su escritorio, esperando el momento propicio para publicarlas.

Fue repasando sus antiguas columnas, de los tiempos en que Marcelo Guevara había sido capturado, que se le ocurrió ir a la cárcel “La Vega” a confrontar directamente a Mauricio Castilla. Si había alguien que podía darle pistas de lo sucedido era él. Después de todo, la cárcel no lo había hecho menos rico o menos influyente. Cindy sabía que los fiscales no pudieron quitarle ni un solo céntimo a Castilla por cuenta de su alianza con Guevara. No pudieron probarle que había recibido dinero de aquel nefasto individuo ni mucho menos que hubiese comprado algo a costillas de él. También sabía que Mauricio era de lejos el recluso más visitado de la cárcel “La Vega” y sólo Dios sabía cuánto dinero había gastado en sobornos para que lo dejaran allí y no lo enviaran a Cartagena, Valledupar o Magangué a pagar condena.

Cindy había intentado ver a Castilla antes del día de visitas, hablando con su abogado e incluso pidiéndole a Juancho Pedroza que interviniera, pero lo único que pudo conseguir fue la promesa que Mauricio la recibiría únicamente a ella el siguiente domingo, lo cual cumplió a cabalidad.

La razón por la que Castilla había decidió ayudarla, proporcionándole la pista del Registro Nacional de Propiedad, era algo que intrigaba a Cindy. Ella quería creer que había sido por miedo o por preocupación. Después de todo, la existencia de un poder desconocido en Sincelejo, podía significar un peligro inminente para él y sus aliados.

Lo que sí preocupaba a Cindy era el hecho que había hecho un trato con un criminal. Castilla la había ayudado a cambio de tener acceso a la información que ella consiguiera. ¿Acaso eso no la convertía a ella en una delincuente también? ¿En cómplice de Mauricio Castilla? Pero en ese momento no pensaba en otra cosa más que en su trabajo y en terminar con éxito sus investigaciones. Era la única manera de sacar a Nane Mansur de su cabeza.

Desde la noche de las lluvias, al finalizar muerta de cansancio su día laboral, le dedicaba unos minutos a intentar comunicarse con él. Empezaba por llamar a su celular, pero este siempre sonaba apagado. Cualquier otra mujer en su lugar se hubiese dado por vencida, pero Cindy era optimista y creía que quizás al día siguiente el celular de Nane estaría encendido y él le contestaría. Luego entraba a la Red Social y le enviaba mensajes. Los primeros días, aquellos mensajes estaban cargados de emociones y sentimientos donde ella le pedía que la escuchara, que la perdonara, donde le recalcaba que lo seguía amando, que él era el hombre de su vida.

Pero de tanto de escribir lo mismo noche tras noche, los mensajes se fueron convirtiendo en recados más sencillos, donde le informaba de sus actividades diarias, de la visita que le había hecho a Mauricio Castilla, de lo grande que estaba Miguel Ángel, el perro labrador que él le había regalado; de lo que le había costado convencer a Juancho Pedroza de que les diera los viáticos para ir a Bogotá y hasta el número del vuelo que la llevaría hasta la capital. Pero Nane nunca contestó. Ludis también había dejado de llamarla, seguramente su hijo le había comentado su versión de los hechos y la viuda de Mansur había decidido que ella no era digna de pertenecer a su familia.

-Ya llegamos- dijo Camilo Naar sacando a Cindy de su ensimismamiento.

No habían terminado de salir del taxi cuando sonó el celular de Cindy. Un mensaje de texto. “Número Privado”

No entres allí, no es seguro. Las palabras del mensaje la dejaron sumamente intrigada. Miró alrededor. El Registro Nacional de Propiedad se encontraba en un edificio blanco, muy moderno al lado de una amplia autopista, al norte de Bogotá. A pesar de la hora el lugar estaba especialmente solitario. ¿Quién le había enviado ese mensaje?

-¿Te pasa algo Cindy?- preguntó Camilo Naar advirtiendo la preocupación de la muchacha.

-No, nada. Sigamos. Quiero salir de esto lo más pronto posible.

Pronto se encontraron caminando por un pasillo pintado de un blanco fantasmal con luces titilantes que le daba cierto aire terrorífico al lugar. Un guardia silencioso y taciturno los guió hasta una puerta con aldabas en forma de media luna, que al abrirse dio paso a un enorme vestíbulo repleto de altísimos estantes metálicos atiborrados de libros.

Una mujer de mediana edad con gafas chistosas, sentada tras un escritorio en forma de pájaro, les dio la bienvenida. Cindy no tardó en advertir la mirada lasciva que la señora le había arrojado a Camilo Naar. No sería la primera vez que una mujer lo viera con aquellos ojos. En el poco tiempo que lo conocía y había tratado con él, cada vez que el atractivo muchacho se acercaba a una mujer, este tenía el efecto de atraerlas como planetas errantes en torno a una enorme bola de fuego estelar.  Incluso ella había padecido el efecto gravitacional que Camilo Naar parecía tener sobre las mujeres.

-Sabes que cuentas conmigo- le había dicho Camilo, luego de enterarse que Nane había terminado su relación con Cindy- yo mismo voy a hablar con él, si es necesario. No sé si estoy preparado para contarle a alguien sobre mí, pero si es para ayudarte, cuanta conmigo.

Pero aún cuando Camilo Naar estuviera dispuesto a contar la verdad, si Nane no estaba para escucharla de nada serviría.

-Buenos días- dijo Camilo a la mujer de los anteojos graciosos- Mi amor, venimos de muy lejos. De Sincelejo y necesitamos un favor enorme.

-Pues con mucho gusto, joven.- dijo la mujer.

Cindy miraba la escena a dos pasos de distancia.

-Pues, es que estamos buscando un documento con la información del propietario de unas tierras.

-Pues, con mucho gusto, sólo dígame el número de folio y el año y con mucho gusto lo consigo.

-Mi amor, lo que sucede es que no tenemos el número de folio, pero sí el año. 1982. Es un documento de expropiaciones en unas tierras en Toluviejo. Tú te debes conocer estos libros de la A a la Z, yo confío en ti- dijo Camilo Naar aprovechando al máximo su encanto masculino.

La mujer emitió una sonrisita nerviosa, sonrojándose.

-Sí, usted tiene razón joven, si hay alguien que conoce estos documentos soy yo.

El celular de Cindy sonó nuevamente. Otro mensaje de texto. “Número Privado”

Allí no vas a encontrar nada. Sal de allí. Esta vez Cindy intentó prevenir a Camilo, pero este ya se había internado en los anaqueles metálicos con la mujer de los lentes graciosos.

Aquel lugar parecía un enorme laberinto y mientras Camilo conversaba amigablemente con la mujer, Cindy miraba a todos lados. Aquellos estantes podrían ocultar perfectamente a alguien. Quizás a la persona que le estaba enviando los mensajes o alguien con peores intenciones. No es seguro. Recordó las palabras del primer mensaje.

-Es aquí- dijo la mujer deteniéndose y acercando una escalera rodante apoyada en la parte alta de uno de los estantes.

La mujer bajó de la escalera con un libro muy voluminoso en la mano.

-Por favor, cúbranse la nariz, estos libros están llenos de polvos y los tapabocas se nos agotaron- dijo la mujer mientras colocaba el libro sobre una mesa rodante.

-Tengo 15 años trabajando aquí y nunca nadie había venido a preguntar por estos documentos, pero en menos de dos meses ya han venido tres personas, debe ser algo muy importante- dijo la mujer.

-¿En serio? –Preguntó Cindy- ¿recuerda usted a las personas que vinieron a preguntar por él?

-Sí, claro. Una niña, costeña, como ustedes, muy delgada. Fue la primera. Y hace como una semana un señor canoso. Hablaba muy poco. No sabría decir de donde era… ¡No puede ser!

-¿Sucede algo?- preguntó Camilo.

-El documento, no… no está. ¡Alguien lo arrancó!

En efecto, había un pedazo de hoja rota en el libro. ¿Acaso alguien quería que ellos no vieran lo que estaba escrito en ese documento? Allí no vas a encontrar nada. El mensaje se lo había dicho. ¿Pero quién estaba detrás de todo eso? ¿Quiénes era la mujer y el anciano que habían ido a preguntar por el documento?

Cindy estaba a punto de sacar de su bolso la libretita de apuntes que siempre llevaba consigo, para empezar a anotar todas las preguntas que le surgían en la mente, pero no pudo hacerlo. La luz se fue de pronto y el enorme vestíbulo se quedó a oscuras. Camilo, la mujer y Cindy sacaron sus celulares e iluminaron el lugar.

-Síganme- dijo la mujer.

De repente se escuchó un sonido espantoso. Era una alarma.

-No puede ser, es un incendio- dijo la mujer.

Entonces el lugar se iluminó. Una llamarada enorme se había levantado en la parte de atrás del vestíbulo.

-Hay que salir de aquí- dijo Camilo.

A Cindy le parecieron eternos los segundos que le tomó a la mujer de los lentes graciosos conducirlos hasta la salida. El edificio estaba lleno de un humo negro y hediondo y costaba trabajo respirar. Solo cuando volvió a ver la Autopista, Cindy volvió a sentir algo de tranquilidad.

Del edificio salía el mismo humo oscuro que habían visto dentro, pero para cuando llegaron los bomberos todo parecía haber vuelto a la normalidad. Según les informaron, sólo se habían quemado un par de estantes en el Registro Nacional de Propiedad, del resto la situación estaba controlada y los empleados de las otras oficinas del lugar volvieron a entrar a trabajar.

Cindy no volvió a ver a la mujer de los lentes graciosos y tampoco les permitieron subir nuevamente. El Registro estaba cerrado.

-¿Qué vamos a hacer?- preguntó Cindy cuando estaba almorzando con Camilo, luego del incidente- Nos gastamos la plata de los viáticos detrás de nada.

-Al menos sabemos que hay gente interesada en ese documento. Tenemos que saber quien tuvo acceso, la mujer y el anciano- dijo Camilo

-Pero el Registro está cerrado. Tú escuchaste lo que nos dijeron.

-Si nos quedamos los dos vamos a gastar más y a Juancho le va a dar un soponcio, uno de los dos tiene que quedarse a esperar que abran el registro y ver los libros de visitas, las cámaras. Algo debe haber.

Un teléfono sonó. Esta vez era el teléfono de Camilo.

-Discúlpame un momento- dijo él levantándose de la mesa y dirigiéndose al baño. Evidentemente no quería que escucharan su conversación.

Cindy estaba revisando sus notas, cuando un muchacho de no más de 20 años se sentó en el lugar que Camilo había dejado libre.

-¿Quién es usted?- preguntó ella alarmada.

-Yo soy el que te mandé los mensajes. Cindy, yo trabajo para la persona que quiere esas tierras- dijo el muchacho en acento costeño- me llamo Manuel, no tengo mucho tiempo. Cindy te están vigilando y lo de hoy en el Registro no fue un accidente. Te quisieron hacer daño.

-¿Pero quién es esa persona? Dime- exigió Cindy.

-Tengo que irme, me están esperando. Tienes que viajar hoy mismo a Sincelejo. Yo sé dónde está el documento que arrancaron del libro. Nos pidieron que te vigiláramos. Ven a Sincelejo y te prometo que te diré dónde está el documento y quién está detrás de todo esto. Pero me tienes que prometer que tienes que lograr que lo metan preso. Y sobre todo no le digas nada a nadie, mucho menos a tu amigo. Si ya es difícil manejar esto con una persona, con dos será imposible. ¿Me prometes que regresarás a Sincelejo y no le dirás nada a nadie?

-Está bien. Si me das la información que dices, te aseguro que esa persona terminará presa.

-Esta noche nos vemos en Sincelejo, yo me comunico contigo- dijo Manuel antes de marcharse.

Cuando Camilo Naar regresó del baño encontró a Cindy un tanto inquieta.

-¿Te sucede algo?- preguntó.

-No, sólo que creo que es mejor que te quedes tu a investigar quienes entraron por ese documento al Registro. Yo me devuelvo hoy mismo a Sincelejo.

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