El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 67. El Epílogo.

La luz titilante de la bombilla amarilla no había dejado dormir al prisionero. Los guardias de la cárcel habían dado la orden de mantener las luces encendidas desde hacía tres noches.

El prisionero imaginó que los guardias habían escuchado de boca de algún asqueroso sapo, algún rumor de planes de fuga o sencillamente querían mantener a los reclusos despiertos durante la noche para evitar más rencillas y peleas durante el día. Si era así, había funcionado.

Ni siquiera “El Machete” había peleado en los últimos dos días, lo cual era ya mucho que decir.

A “El Machete” lo habían traído desde Cartagena. Según había escuchado el prisionero, lo habían trasladado por causa del hacinamiento tenaz que se presentaba en la cárcel principal de la capital, pero nadie en la Cárcel Municipal de Magangué se terminaba de comer aquel cuento.

Desde el primer día que sacaron a “El Machete” del calabozo, para que se mezclara con la población general en los patios, hubo problemas. El prisionero se cuidaba de mantenerse muy lejos del campo visual de aquel individuo que ya había intentado matar a dos reclusos. Uno de ellos había sido Pastrana, un niño rico que había sido compañero de celda del prisionero desde hacía casi dos años.

“El Machete” le había dado una paliza salvaje luego que Pastrana le derramara, sin intención, el vaso de agua de panela fría que le servían en el almuerzo.

El prisionero recordaba cada golpe bestial que “El Machete” le había propinado a su compañero; cuando los guardias se dieron cuenta e intentaron apartarlos, la cara de Pastrana se había transformado en un repugnante charco de sangre y dientes.

El prisionero se había quedado sólo en su celda desde entonces.

Antes conversaba mucho con Pastrana por las noches, hablaban de mujeres, de plata, de fútbol, de cualquier cosa, menos de los crímenes qe lo habían llevado hasta allí.

Ahora el prisionero sólo escuchaba el sonido del río golpeando las viejas paredes de aquella prisión.

La Cárcel Municipal de Magangué estaba construida sobre una entrada de tierra al rio, por lo que tres de sus murallas daba a las peligrosas aguas del rio Magdalena. A excepción de “El Maleta”, nadie había sido tan tonto de creer que podía saltar al río y llegar nadando hasta la orilla como si nada, pero aquel idiota siempre había tenido más agallas que cerebro.

Según pudo leer días después del escape de aquel imbécil  lo encontraron hinchado y hediondo en un matorral río abajo, con un alambre de púas enredado en el cuello.

“Pobre imbécil” había pensado el prisionero cuando leyó la noticia.

De repente la luz amarilla del bombillo se apagó. El prisionero se sobresaltó, se había acostumbrado a la luz nocturna y la oscuridad espesa parecía cernirse sobre él como un fantasma sin dimensiones que amenazaba con engullirlo.

“Me he convertido en un cobarde…no, este lugar me ha convertido en un cobarde… en un león sin alma” Había visto uno de esos animales en el Zoológico de Barranquilla, cuando fue a llevar a una novia de turno y le sorprendió que los leones no fueran aquellas bestias de pieles brillantes y ojos altivos, sino unos gatos aburridos cuyo tamaño parecía empezar a estorbarles.

Cuando lo metieron en aquel hueco, era así. Brillante y altivo, a pesar de la herida monstruosa en un costado del abdomen, la herida que le había infligido el mototaxi cuando lo arrojó sobre aquella columna, en aquel edificio abandonado, la noche de la bomba en la Plaza de Majagual.

Ahora era todo, menos altivo, los barrotes y el encierro lo habían hecho callado, perezoso y amargado.

Todo había sido culpa de los Curiel, de aquel muchacho, Pechi, el mototaxi y claro, también había sido culpa suya.

Si no se hubiese precipitado, las bombas de Guevara, la de Abdalá y la de la niña Villarreal, hubiesen acabado con el mototaxi y con la hija de Curiel.

El mismo se había encargado de callarle la boca para siempre a Ivan Curiel, pero aquel era el único crimen por el que no lo habían condenado.

Estaba tan distraído que sólo cuando las luces de tres linternas le apuntaron al rostro, se dio cuenta que no  estaba solo.

-¿Lastre?- dijo una voz proveniente del otro lado de las luces.

-¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?- preguntó el prisionero.

-¿Este es el tipo del que me hablaste Castilla?- preguntó la misma voz que lo había llamado por su nombre- No pensé que fuera un cobarde.

Lastre se levantó de su cama y se arrojó contra la luces, sabía que se había convertido en un cobarde, pero no iba a permitir que nadie se lo restregara en la cara. Si lo mataban, pues mejor, ya no soportaba el encierro y moriría llevándose a algunos de aquellos malparidos. Calculó mal. Habían tres luces, pero habían muchos más hombres, al menos diez y varios de ellos tenían el uniforme de los guardias de la prisión. Se oyeron carcajadas en todo el lugar.

-Tiene agallas y algo parecido al valor- dijo una voz que conocía.

-¿Castilla?- preguntó el prisionero.

-Tiempo sin verte, Lastre, ya quédate quieto, que nos vamos.

-¿Nos vamos para donde o qué?- preguntó Lastre.

No supo más. Cuando despertó iba en la parte de atrás de una van. “Ya no estoy en la cárcel” se dijo a sí mismo. “Ya no”.

-Ya despertó- dijo el sujeto que iba de copiloto.

-Lastre, vas a tener que pagarme muy bien por sacarte de ese hueco- dijo la voz que le había hablado por primera vez en su celda- Me costó mucha plata, demasiada, quizás.

-¿Y usted quién es?- preguntó Lastre.

El joven sencillamente sonrió y le contó muy detalladamente su plan. Cuando llegaron al sitio de reunión, Lastre ya sabía lo que tenía que hacer.

Bajó de la camioneta con el muchacho y su acompañante. Allí ya estaban Mauricio Castillo con dos hombres más que él no conocía. Confió plenamente en lo que le había dicho el muchacho.

-Esto va a ser el inicio de una gran amistad- dijo Castilla.

-Así es- dijo el muchacho- por favor, Mauricio, déjame darte un abrazo.

Castilla se acercó y abrazó al muchacho cetrino, que por alguna razón le recordaba a Marcelo Guevara. Sí claro, era su manera de moverse, de hablar y hasta sus rasgos lo delataban. Era otro niño rico. Pero no le quedaba otra opción que obedecer.

El muchacho lo miró fijamente.

-Afortunadamente ya te tenemos aquí, Lastre- dijo él sonriendo.

Era la señal acordada. Lastre se lanzó sobre Mauricio Castilla y le apretó el cuello desde atrás con el brazo derecho. Castilla intentó luchar pero fue inútil. Lastre lo tenía asegurado. Los hombres que estaban acompañándolo ni siquiera se movieron, también eran parte del plan del muchacho. Las piernas de Castilla patalearon y se movieron estrepitosamente hasta que quedaron quitas.

La labor de la muerte había dejado extenuado a Lastre, pero aún tenía una pregunta que hacer.

-Ahora sí- le dijo al muchacho- ¿Quién carajos eres tú?

El muchacho le volvió a sonreír.

-Llámame Javi.

*FIN DEL LIBRO DOS*

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