El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 68. El Inicio.

El pitido agudo de la alarma del teléfono celular sonó a las nueve de la noche en punto. Angélica Palomino se despertó tratando de recordar lo que había soñado. Sabía que había sido algo importante; su corazón latía violentamente y tenía la sensación de que alguien le había hecho daño. Se revisó completamente. No tenía nada en los brazos, ni en las piernas. Tenía que tranquilizarse, todo estaba bien.

-Así tendrás la consciencia- solía decirle su abuela cuando, de niña, Angélica tenía pesadillas.

Su abuela ya había muerto hacía muchos años pero solo hasta ese momento Angélica le dio la razón. No tenía la conciencia tranquila.

Salió rápidamente de la cama, hundiendo para siempre en el olvido cualquier recuerdo de su aquel sueño perturbante. Verificó que hubiese agua en el tanque elevado y abrió la ducha. Angélica era una mujer hermosa y ella lo sabía. Tenía el cabello castaño claro, largo y lacio hasta la altura de sus senos voluptuosos. Tenía los rasgos delicados de su papá, un comerciante paisa, asesinado en una vendetta sicarial en Medellín, hacía más de 10 años.  De su madre heredó el carácter y los ojos verdes de un verde tan intenso que en más de una ocasión Angélica creyó que brillaban con luz propia, al pasar por los espejos de la sala en la oscuridad de la noche.

Ya había cerrado la ducha y empezaba a secarse el cabello cuando sonó el celular. Un mensaje de texto. Aunque el celular estaba sobre su cama, Angélica sabía exactamente lo que decía. No podía tardarse demasiado, tenía que darse prisa.

Se maquilló superficialmente, resaltando sus ojos y sus labios y se puso la mejor ropa interior que tenía. Aquella no era una ocasión más, debía estar impecable. Se puso una falda  negra suelta a la altura de sus muslos, dejando descubierta las rodillas y una blusa blanca ajustada y sin mangas. Tenía las piernas perfectamente depiladas. Se puso unos tacones sencillos, del mismo color de la falda y terminó de arreglarse con un par de sus pulseras favoritas, su reloj y un cinturón delgado que complementaba el conjunto.

Se arregló su cabello para que cubriera elegantemente sus hombros. Así le gustaría a él. Cuando estuvo lista leyó el mensaje que le había llegado.

“10:30. 310. Mónaco”

Angélica miró la hora en su reloj de pulso. Eran las 10:10 tenía apenas el tiempo justo. Se dio una última mirada en el espejo antes de salir. Estaba perfecta.

Vivía en el segundo piso de un edificio de seis apartamentos en Villa Suiza al noroccidente de Sincelejo, tuvo que bajar los 22 escalones que la separaban de la calle, pero sólo cuando había cerrado la puerta comunal se dio cuenta que estaba en aprietos. No había llamado a un taxi que la fuera a recoger.

La calle estaba completamente sola y oscura. En aquel barrio los vecinos no se hablaban entre ellos y ninguno de ellos se conocía, eran solamente un montón de desconocidos que casualmente compartían el mismo espacio geográfico, pero nada más.

Angélica pensó en la posibilidad de regresar a su apartamento, pero la descartó de inmediato. Tenía que caminar hasta la calle principal donde tomaría el taxi. Los tacones le apretaban, pero ese era el menor de sus problemas si se retrasaba en su cita. Subió hasta la calle principal, pero a diferencia de lo que esperaba, estaba tan solitaria como la calle de donde había salido.

Estaba a punto de llamar un taxi, cuando vio una moto que se acercaba. Angélica no estaba acostumbrada a utilizar mototaxis, pero dadas las circunstancias, no le quedaba de otra. Cuando la moto se acercó, pitando, ella sacó una mano para que se detuviera.

Quedó congelada al ver el conductor de la moto, vestido de negro y con el casco en el brazo derecho a la altura del codo. Era el mototaxi más lindo que ella había visto en su vida. Tenía el cabello rubio oscuro y la tez blanca, con pecas debajo de sus ojos café. A pesar de estar vestido con harapos, tenía una presencia y un porte tan distinguido que Angélica dudó que fuera un mototaxi, pero de inmediato él la sacó de la duda.

-¿Moto?- preguntó él sonriendo.

Angélica le respondió con una risita nerviosa.

-¿Cómo me subo ahí con una falda?- fue la única estúpida pregunta que se le ocurrió. Como si ella no supiera la respuesta.

-Te subes de medio lado y te agarras de mi- le dijo el super atractivo mototaxi.

Angélica le tomó la palabra, se subió a la moto de medio lado, agarrando con una mano la falda y con otra la cintura del muchacho.

-¿Dónde?- preguntó él.

-¿Qué? ¿Cómo?- preguntó Angélica haciendo un esfuerzo sobrenatural para que no se le notara el nerviosismo.

-¿Qué para dónde vas? ¿Dónde te llevo?

Los instintos más bajos de la mujer la tentaban a decirle al mototaxi que la llevara donde él quisiera, pero ella tenía algo importante que hacer y ¿Qué pensaría el mototaxi si ella le dijera semejante cosa?

-Hotel Mónaco- dijo ella

-Listo, agárrate bien- dijo él.

A Angélica no le costó ningún trabajo hacerle caso. Ella iba encantada de la vida, sujetando al muchacho tan fuerte que este noto que algo no andaba bien y a mitad del camino le preguntó si estaba bien.

-Sí, es que tengo un poco de frío, eso es todo-  respondió ella.

¿Qué rayos era lo que le estaba pasando? Tenía cinco minutos de haber visto al mototaxi y ya no estaba segura de que haría si él le insinuara algo, lo cuál era probable ya que estaba impecablemente vestida aquella noche.

-Llegamos- dijo él.

-¿Qué? Ah sí, que bien- dijo ella bajándose de la motocicleta, justo frente al Hotel Mónaco.

El muchacho le sonrió, mostrando unos dientes perfectamente parejos que iluminaban su atractivo rostro. Angélica se quedó petrificada. El muchacho no se iba. ¿Acaso se le iba a insinuar allí mismo?

-Son dos mil pesos- dijo el mototaxi.

-Ah sí, disculpa, no se donde tengo la cabeza- dijo ella recuperando el sentido de la realidad y buscando en su bolso la cartera donde tenía guardado el dinero- aquí tienes.

-Bueno, a la orden- dijo el mototaxi soltando el embrague de la motocicleta.

-¡Espera!- gritó Angélica en medio de la calle solitaria donde se ubicaba el Hotel Mónaco.

-Sí, dime- dijo el mototaxi, esperando una respuesta.

-Este, lo que pasa es que … bueno, lo que pasa es que…

El mototaxi se quedó mirándola con aquellos ojos café encantadores, tratando de adivinar lo que ella quería decir.

-Lo que pasa es que no tengo quien me lleve a la casa, salgo de aquí como a las 12 ¿me puedes venir a recoger?

-Sí, claro, con gusto- le respondió el mototaxi.

Angélica se dio vuelta y entró al hotel, mientras el muchacho se marchaba en su motocicleta.

“Idiota” pensó ella en ese momento. Hubiese sido más fácil pedirle el número de teléfono y llamarlo cuando ella se desocupara. Mientras llegaba a la recepción se dio cuenta que las posibilidades de que las posibilidades de no volver a ver a aquel muchacho encantador eran muy altas porque sencillamente ella no tenía como localizarlo. “Idiota, idiota, idiota”.

-Habitación 310- dijo Angélica dirigiéndose al muchacho flaco, de anteojos que atendía a aquella hora en la recepción.

-Siga por el ascensor, la están esperando- dijo.

Al recorrer los pasos desde el ascensor hasta la habitación, el recuerdo del atractivo mototaxi pasó a un segundo plano. Si todo salía bien, aquella sería la última vez que tendría que hacer lo que estaba haciendo en ese momento. Si todo salía bien. Caminó lentamente los últimos pasos hasta la habitación que estaba al fondo del pasillo. Miró la hora en su reloj. 10:45. Estaba retrasada, pero aún así tuvo que tomar valor para tocar la puerta.

Ya había visto a Demyan Fedorov por videollamada, no era feo, pero tampoco atractivo. Le preocupaba más la clase de manías que pudiera tener y la clase de cosas que le podría pedir.

-Adelante- dijo Fedorov en un español trabajoso cuando le abrió la puerta.

La habitación en la que entró Angélica era sumamente espaciosa y lujosa, sin duda la mejor de aquel hotel. Lo que no le gustó para nada era lo fría que estaba. Le hubiese pedido a Fedorov que le bajara la temperatura al aire acondicionado, pero sabía como era aquel trabajo. La idea era complacer al cliente, no a ella misma.  Tenía que tomar fuerzas y enfrentarse a lo que el destino le había deparado. No era sencillo, pero al menos ahora tenía un incentivo: el recuerdo del mototaxi.

Fedorov se acercó a ella. Tuvo que sonreír  y acariciarlo mientras él le introducía las manos por debajo de la blusa, por debajo de la falda, mientras el la tocaba. Cerró los ojos. Imaginó que las manos que la despojaban de su ropa, que le agarraban los senos, y su intimidad hasta lo más profundo, eran las manos del muchacho rubio que la había llevado hasta ese lugar.

No le costó ningún esfuerzo hacer todo lo que el extranjero le pidió, porque no era su rostro extraño lo que ella veía, sino el rostro del mototaxi. Fedorov supo aprovecharla muy bien. No cabía duda que era un buen amante. La poseyó primero con suavidad y cariño y luego con violencia y morbo, diciendo palabras que ella no entendía.

De rodillas sobre la cama, miró hacia el cuadro colgado en la pared, con trazos incomprensibles que dibujaban el rostro de una mujer de color, cerró los ojos nuevamente e imaginó que el hombre que la tomaba no era otro que el mototaxi. Con ese cabello, con esos ojos, con esa sonrisa, con esas pecas, con esa cintura dura, con esos brazos. Era él. Era él.

Fue tan intenso lo que sintió que hasta Fedorov quedó exhausto luego de la función.

-Eres la mejor- dijo él hombre desnudo al lado de ella en la cama.

Ella le sonrió, también exhausta por la difícil labor del amor y se dirigió de inmediato al baño. Era la primera vez que llegaba al clímax con alguno de sus clientes. ¿Qué carajos era lo que estaba pasando? ¿Qué? El recuerdo del mototaxi se esfumó de su mente para dejar el rostro de Fedorov en su lugar y entonces toda la excitación se convirtió en asco. Empezó a llorar, pero se cuidó muy bien de que el sujeto no la escuchara. Su cliente debía creer en lo que había pasado.

Estaba a punto de salir cuando lo escuchó. Estaba hablando con alguien por teléfono.

-Escúchame, Javi… no voy a seguir perdiendo mi tiempo en este lugar, esto se tiene que hacer lo más pronto posible. Encuentra al tal Aurelio de inmediato y elimínalo. Tu nos prometiste tu ayuda y te pagamos muy bien. Ahora te toca a ti y más te vale que te des prisa. A mi gente no le gusta la violencia, pero tenemos un límite- dijo antes de colgar.

Angélica salió del baño cubriendo su desnudez apenas con una toalla y pretendiendo no haber escuchado nada. Se estaba vistiendo cuando el sujeto volvió a dirigirse a ella.

-Vales cada centavo- le dijo en su español enrevesado- quiero verte otra vez.

-Está bien- mintió ella mientras se despojaba de la toalla y se ponía la ropa con la que entró a la habitación. Con el dinero que le daría Federov, tendría lo necesario para sus planes futuros, entrar a la policía. No podía seguir haciendo lo que estaba haciendo.

-Te doy el doble si te quedas a dormir- dijo el extranjero desnudo, tendido en la cama, mientras le entregaba un sobre lleno de billetes.

-Me encantaría, pero me están esperando- dijo ella, recibiendo el pago por sus servicios.

-¿Eres casada?

-Sí- mintió.

-Tu marido tiene mucha suerte.

Angélica fingió una sonrisa y se acercó a Fedorov y lo beso en los labios. Estaba ya lista para salir.

-Me llamas- le dijo ella, sabiendo que lo primero que haría al llegar a su apartamento sería destruir el chip de su teléfono celular. Fedorov asintió con la cabeza con una sonrisa siniestra en los labios.

Angélica salió de aquella habitación con una rara mezcla de emociones. Se sentía feliz porque aquella sería la última vez que tendría que acostarse con un desconocido, pero al mismo tiempo el peso de su pasado la acechaba. Entraría a la policía y dejaría aquella vida atrás. Eso era lo que tenía que hacer.

Se terminó de arreglar en el ascensor y cuando llegó a la recepción estaba tan perfecta como había entrado.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que casi se dobla un tobillo cuando vio al mototaxi rubio esperándola en la puerta.

-12 en punto- dijo él apuntándola con el dedo indice de su mano derecha.

Ella sonrió. Una alegría inmensa la invadió de regreso a su casa. ¿Acaso era aquello un buen augurio? El mototaxi había cumplido con su palabra. Ella se aferró fuertemente de él, hasta llegar en su motocicleta, al edificio de donde había salido unas horas antes.

-Oye, de pronto voy a necesitar alguien de confianza que me haga unas carreras en estos días ¿te apuntas?- le dijo Angélica, calculando muy bien el alcance de sus palabras.

-Sí, claro, para las que sea- dijo él.

-¿Me das tu número?

-Sí, claro. Anota.

Angélica sacó su celular y pulsó los diez dígitos del número del mototaxi. Ahora él no tendría que salir de su vida.

-¿Tu nombre?- dijo ella sin mirarlo a la cara, mirando la pantalla del celular para disimular la emoción.

-Miguel Ángel, pero me puedes decir Nane- respondió él con una sonrisa.

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