El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 69. El Mototaxi.

“¿Donde estoy?” se preguntó Nane al ver el cielo blanco que se alzaba sobre él. Estaba recostado sobre la fría nieve invernal, tan fría que parecía estarle congelando los huesos. Finos fragmentos de hielo surcaban el aire y se derretían al toque con su rostro. “Cindy” pensó.

Usó todas las fuerzas que tenía para ponerse de pie y poder dar un vistazo alrededor. Estaba en la mitad de un claro boscoso, cientos… no, cientos no, miles de arboles lo rodeaban pero no había vida en ellos, sólo frío, muerte y oscuridad. La misma oscuridad que danzaba en la enorme montaña que se observaba a lo lejos. Una voz dulce y tenue se escuchaba en el aire. “Ven, ven”. No quería ir, pero sus piernas no le obedecieron y empezaron a caminar hacía aquel lugar tenebroso.

La montaña estaba mucho más lejos de lo que parecía; cada vez que daba un paso, la montaña parecía alejarse más. Entonces sintió que alguien (o algo) le tocó el hombro derecho. No vio a nadie al voltear, pero casi de inmediato el piso empezó a temblar y una estatua de hielo empezó a emerger tierra congelada. Era tan brusco el movimiento que Nane perdió el equilibrio y cayó al piso. Quedó justo frente a la estatua. Era la figura de una mujer.

El temblor había cesado y Nane sintió curiosidad por la figura congelada de la mujer frente a él. Se puso de pie y temeroso tocó el rostro de la estatua con la punta de uno de sus dedos.

La estatua empezó a resquebrajarse, primero lentamente como si quisiera tomarse su tiempo, pero luego estalló en una explosión sorda que cubrió el aire de finas agujas de hielo que no se desparramaron en el piso, sino que se quedaron flotando en aquel aire congelado, como si se tratara de diminutas pelusas atrapadas en una corriente de aire

Ahora ya no era una estatua de hielo, era una mujer de carne y hueso. Aquella mujer, de ojos verdes, ya la había visto. Tenía la piel lívida y el rostro lleno de sangre. Estaba… ¿muerta?. Pero cuando él se levantó a verla más de cerca y se atrevió a tocarle el rostro, la mujer movió los ojos.

-Mira a tu lado- le dijo ella, mientras se le empezaba a caer la piel del rostro a pedazos en una imagen terrorífica que aceleró el corazón de Nane y lo obligó a despertar a gritos.

Le tomó varios segundos confirmar que no estaba en aquel infierno congelado, sino en el cuarto de paredes rudimentarias donde vivía hacía ya varias semanas. Sudaba. No comprendía (ni quería comprender) el significado de aquel sueño tan extraño. Era otra de esas premoniciones que sólo auguraban malos momentos. La mujer, había sido la misma que había recogido la noche anterior. “¿Angélica?” La que le había pedido el número. ¿Por qué ella?

Se levantó de la cama donde dormía en calzoncillos para espantar el calor. Buscó a tientas el interruptor del bombillo del cuarto, hasta que el lugar se iluminó por completo.

Además de la cama, Nane sólo tenía un escaparate portátil hecho de varillas de hierro y unas franjas plásticas a las que no sabía a ciencia cierta como llamar. Era allí donde guardaba el libro de los sueños que había encontrado en Argentina. el libro de los sueños que su abuelo había empezado a escribir hacía ya más de medio siglo. Antes de irse de la casa de Ludis, él mismo fue a Barranquilla a buscar el traductor que le habían recomendado por Internet. Tardó casi dos semanas en terminar, pero al finalizar Nane vio que la espera había valido la pena. Farid Minak había escrito los textos traducidos en los renglones que había dejado Anwar Mansur en el mismo libro, así que Nane, aunque no entendiera ni una palabra de árabe, sabía de que trataba cada página de aquel diario perturbador.

Buscó en el libro traducido las palabras claves de lo que había visto en su sueño. “Nieve”, buscó la palabra en todas las páginas, pero ninguna de las anotaciones de Anwar Mansur se refería a la nieve. Quizás “Hielo”, sí, Hielo tenía que ser. Con tan poca luz, le costaba ver bien las hojas, y la letra del tal Farid Minak era ya lo suficientemente pequeña como para tener leerla a esa hora de la madrugada. Miró nuevamente las hojas en busca de la palabra.

-Aquí está- dijo Nane en voz alta.

“He tenido pocos sueños con hielo” decía el diario traducido de Anwar Mansur. “ pero siempre que los he tenido aparece una mujer en mi vida, la última vez fue Clarena, la mulata del fandango, la había visto rodeada de hielo antes de verla en persona, moviendo las caderas al ritmo del porro. Soñé lo mismo antes de conocer a Gloria, la mujer de las corralejas, la noche anterior había soñado con una corraleja llena de hielo, pero Gloria no tenía nada que ver con hielo, era fuego puro, más cuando me ponía sus… “ Nane cerró de inmediato el libro. Había visto la palabra que seguía y quería seguir preservando la imagen de ancianito feliz que tenía de su abuelo, en lugar de empezar a imaginarlo en poses de actor pornográfico. ¿Acaso era posible que hicieran esas cosas en aquella época? Bueno, si era así, Nane decidió que por su salud mental era mejor no pensar en eso.

Apagó la luz del cuarto y se volvió a recostar. No supo cuanto tiempo había pasado cuando volvió a despertar, pero esta vez no había sido una pesadilla lo que lo había sacado de los brazos de Morfeo. Había escuchado un ruido. Estaba seguro que alguien estaba en la casa. Se levantó en puntillas de la cama, adivinando las formas en la oscuridad. Escuchó otro ruido. Alguien estaba allí ¿pero buscando qué? Nane no tenía nada en aquella casa, a menos que se lo quisieran robar a él. No lo iba a permitir. No iba a permitir que se volvieran a burlar de él, como habían hecho los Paternina. Eso no podía volver a pasar.

El intruso estaba en la otra habitación de la casa, una habitación que en el pasado había servido de sala, comedor y cocina para sus dueños originales. Aún estaba oscuro. Nane escuchó la respiración del intruso y calculó su posición. No iba a permitir que alguien lo usara para extraerle dinero a su madre, se había marchado de su casa precisamente para probar que podía defenderse sólo, que podía hacerse cargo de sus problemas sin la ayuda de nadie, para demostrarle a Cindy que era un hombre de verdad. Era hora de hacer algo.

Se arrojó con todo su peso hacía la sombra del intruso y empezó a golpearlo en lo que Nane creía era el rostro. El sujeto no se quedó quieto, intentó golpearlo en sus partes íntimas, pero ese truco ya lo había previsto el mototaxi.  Aprovechó un descuido de su oponente y lo golpeó con ambas manos en el estómago y luego en la espalda. Terminó de dominar la situación colocando su pie en la garganta del intruso. Sólo entonces, cuando se sintió a salvo, encendió el bombillo. No podía creer quien era.

-¿Pechi? Pero ¿Qué carajos haces tú aquí? – dijo Nane al ver al hombre de cabello negro y ojos azules que estaba bajo el peso de su pie desnudo.

-¿Mansur? Pero ¿Tú aquí?- empezó a decir Pechi antes que una tos lo sacudiera, sólo entonces Nane se dio cuenta que lo estaba asfixiando.

-Uy, Viloria, perdón, pero ¿Qué haces aquí? ¿Por qué entraste así a mi casa?- preguntó Nane.

-¿Tu casa?- dijo Pechi levantándose y tosiendo persistentemente- creí que esta era mi casa.

-Era, del verbo “ya no”- dijo Nane riéndose- ahora yo vivo aquí.

Nane había hervido una olla de agua y la sirvió caliente en dos pocillos donde les adicionó café y azúcar. Tomó una para él y le dio una a Pechi.

-Tu pegas duro, oye- le dijo Pechi frotándose la garganta- Así que era aquí que te escondías.

-No me escondo, aquí vivo- dijo Nane, tomando un sorbo de café.

-Tu mamá está muy preocupada.

-Yo la llamo todos los días, varias veces al día, es más creo que ahora hablamos más que antes de irme de la casa.

-¿Por qué te fuiste de tu casa?

-Esa es la casa de mi mamá, no la mia.

-Ya te entiendo, quieres conseguir algo por ti mismo ¿no es verdad?

Nane asintió con la cabeza. Hubiese querido seguir hablando del tema, pero el resplandor del amanecer se hacía cada vez más claro. Miró la hora en su celular, las 5:45, no se había bañado, pero empezó a vestirse, no podía perder las carreras de la mañana. Muchos niños salían al colegio, mucha gente a trabajar, era en las primeras horas de la mañana donde conseguía la mayor parte de sus ingresos diarios.

-¿Y esa pinta?- le preguntó Pechi al verlo vestido con unos zapatos deportivos de tela, un pantalón jean desgastado y una camiseta de mangas largas debajo de un una camiseta estampada negra.

-Es mi ropa de trabajo- dijo Nane, que vio la confusión en la cara de Pechi transformarse en sorpresa, cuando él empezó a ponerse los guantes.

-¿Estás trabajando de mototaxi?

Nane volvió a asentir con la cabeza, esta vez con una sonrisa dibujada en la cara. Por alguna razón estaba feliz, aunque no entendía muy bien por qué.

-Pe, pero ¿Por qué? ¿O qué? ¿Cómo?- preguntó Pechi.

-Pues el día que vinimos acá a Puerto Arturo ¿te acuerdas? Migue dijo que tenía una moto y que no tenía quien la manejara, así que yo vine el otro día, hablé con él, puso una cara como la que tienes tú en este momento, me fijó la cuota y me dijo que fuera todas las mañanas a buscar la moto.

-Pues, yo no entiendo nada- dijo Pechi- ¿Por qué querrías tú trabajar de mototaxi?

-Es lo que tiene más salida- dijo Nane-  nadie en Sincelejo me daría trabajo por mis méritos, sino porque soy hijo de Tito Mansur, quería empezar a tener algo que me ganara yo.

-Te entiendo- dijo Pechi- ¿Pero por qué no me dijiste? Yo te hubiese apoyado.

-Tu se lo hubieses dicho a mi mamá, ahora pareces más hijo de ella que yo- dijo él riéndose.

-No, nada como se te ocurre- dijo Pechi.

Nane terminó de alistarse echándose agua a la cara, dirigiéndose al patio, donde Pechi lo siguió.

-Bueno ¿y tu que hacías aquí? ¿por que viniste a esta hora?

-Bobadas que me pongo a pensar a veces.

-¿Bobadas como que ahora eres un niño rico?- dijo Nane muerto de la risa.

-No, yo nunca podría ser un niño rico- dijo Pechi.

-Repítetelo hasta que te lo creas, no más mira la ropa que tienes puesta- dijo Nane señalando los zapatos de marca de Pechi- puede que no te hayas dado cuenta, pero has cambiado. Igual,estás ayudando a mucha gente. ¿no?

-Sí, pero a veces me siento agobiado, es mucha presión, no se que hacer.

-Si sabes que hacer, por eso mi madre te apoyó, ella siempre sabe lo que hace- dijo Nane- Oye necesito un favor tuyo, Pechi, un favor muy especial.

-Claro, el que sea.

-Necesito que te vayas a vivir a mi casa.

-¿Qué? Pero ¿Para qué?

-Mi mamá está sola en esa casa y me gustaría que alguien estuviese pendiente de ella, anoche tuve un sueño muy raro y aún no se que significa…

-¿Sueños? ¿De qué estás hablando, oye?

-¿Me vas a hacer el favor o no?

-Bueno, no se si tu sabes pero yo estoy viviendo con Laura, pero te prometo que estaré pendiente de tu mamá, igual no puedo aparecerme de un día para otro diciéndole “Ludis, oye, me voy pa’ tu casa, arreglame el cuarto y tenme la comida lista” – dijo Pechi haciendo unas muecas que a Nane le parecieron hilarantes. No podía aguantar la risa.

-Ya, ya- dijo el mototaxi entre risas- yo hablo con ella, yo se que va a estar de acuerdo.

Nane salió de la casa y le dio seguro doble a la cerradura que le había mandado a poner a su puerta hacía un par de días. La casa había estado  vacía desde hacía algunos meses, un vagabundo de Cartagena la había invadido luego que Pechi se fuera para Bogotá, pero cuando él regresó, el mismo Migue se había encargado de sacarlo a patadas, pensando que Viloria regresaría. Nane aprovechó la oportunidad de ocupar el lugar cuando le pidió a Migue que le alquilara la motocicleta para trabajar de mototaxi. Le costó tiempo y esfuerzo limpiarlo y hacerlo habitable, porque no quería ni recordar la cantidad de porquerías que encontró allí cuando abrió la puerta por primera vez.

Cruzó la calle, acompañado por Pechi. Tocó la puerta  de la casa del frente con dos golpes suaves. Una niña de no más de dos años abrió la puerta.

-¡Nane!- dijo la niña de cabellos ensortijados abriendo los brazos para que el mototaxi la cargara.

-Jessy- dijo él levantándola en el aire.

Migue salió a la puerta vestido con una pantaloneta amarilla que dejaba ver mucho más de lo que cualquiera hubiese querido observar en él, pero aunque Nane le había recomendado cambiársela, más tardaba Migue en oírlo, que él en olvidar su recomendación.

-Ya se te estaba haciendo tarde- dijo Migue- Ve, ¿Pechi? muchacho ¡ya nos tenías olvidados!

-No Migue, como se te ocurre- dijo Pechi dándole la mano.

Mientras los viejos amigos intercambiaban saludos y anécdotas, Nane sacó la motocicleta que le daba de comer todos los días. Verificó que tuviese gasolina y entonces le dio una patada al pedal de arranque; la moto iluminó la calle seca, mientras la brisa decembrina le alborotaba el cabello, rubio como los cabellos de su madre.

-Bueno, Migue, estamos hablando, te prometo que un día de estos me mando las frías- dijo Pechi antes de irse.

-¿Dónde?- le preguntó Nane a Pechi cuando sintió que se subio en la moto.

-La oficina del Mototaxi Express ¿Sabes dónde queda?

-Sísas- dijo Nane riendose a carcajadas, mientras bajaba del cerro de Puerto Arturo rumbo a las luces de Sincelejo que a esa hora empezaban a apagarse lentamente en la distancia.

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