El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 70. La Prueba.

La nostalgia le había ganado la partida aquella madrugada a Pechi Viloria. A pesar de los zapatos de marca y la ropa costosa que ahora vestía, por dentro seguía siendo el mismo muchacho atrevido, parrandero y soñador que había vivido en Puerto Arturo. Allí había ido, para encontrarse nuevamente consigo mismo, con el Pechi de antes, con el que se partía el lomo trabajando 18 horas diarias sobre una moto, para ayudar a su mamá a sobrevivir el día a día, con el que ahorraba en los zapatos para tener con que tomarse un par de cervezas los sábados, con el que tenía todas las semanas una mujer diferente para disfrutar.

Pero el Pechi que había entrado a Puerto Arturo aquella madrugada, era el co-propietario y gerente general de “El Mototaxi Express“, el novio de Laura Curiel, el protegido de Ludis Espinosa; tal como se lo decían los empleados de su ahora próspero negocio, ahora él era el jefe.

Nane lo había sacado de Puerto Arturo aquella mañana, siguiendo el mismo camino que él había utilizado en sus tiempos de mototaxi. Era irónico que en aquella época apenas si notaba los detalles de aquel barrio en el que estuvo desde niño, pero ahora cada casa, cada árbol, cada detalle parecía tener un efecto enorme en su corazón, que tantas penurias había pasado.

Nane se había puesto el casco y se había cerrado el visor, para que en caso de encontrarse con Ludis, en las oficinas de “El Mototaxi Express” esta no lo reconociera. La precaución de Nane era innecesaria. Ludis no se aparecía tan temprano en la oficina, solía llegar pasadas las once de la mañana, para poner en orden cualquier cosa y tener la excusa de ir a almorzar. A Pechi le tocaba estar allí todo el día y en varias ocasiones incluso tuvo que pasar la noche en aquel lugar, puesto que los pedidos de carreras y entregas no cesaban por la noche. Afortunadamente Cristian, que había estado colaborandole, de buena gente, le tomó gusto al trabajo y se quedó en ese turno.

Pechi no tenía ni idea como reaccionaría Ludis al saber que su precioso hijo estaba trabajando de mototaxi y peor, que estaba viviendo en Puerto Arturo. Las posibilidades iban desde un acceso de risa incontrolada hasta un infarto fulminante.

Pechi se bajó de la moto de Nane, o bueno de la moto de Migue que ahora manejaba Nane y se despidió de él.

-No le vayas a decir a mi mamá lo que estoy haciendo ¿vale?- le dijo Nane antes de partir.

-Vale- le contestó Pechi.

Sabía que lo que estaba haciendo Nane era peligroso, no sólo era estar bajo el inmisericorde sol todo el día, sino que los mototaxis eran las victimas favoritas de los policias y de los clientes avispados que se refugiaban en el estigma social que caía sobre ellos. Pechi lo sabía y se preguntaba si en aquella aventura sin sentido, Nane tendría que enfrentarse a eso.

Antes de entrar a la oficina, sacó su teléfono. Era un teléfono de pantalla táctil que Ludis le había traído un día. Por supuesto ella se lo descontó del sueldo.

-Un gerente no puede andar con un 1100- fue lo que le dijo cuando Pechi le insinuó que no necesitaba cambiar de celular.

Lo peor sobre Ludis del Carmen Espiniosa Viuda de Mansur, era que la señora parecía tener siempre tenía razón. Al principio, Pechi trató de crear un vínculo con los empleados, tratando de hacerles ver que él era igual que ellos, pero pronto el exceso de confianza y hasta las faltas de respeto hicieron su aparición. Ludis tuvo que poner las cosas en su sitio y le indicó a Pechi que los líderes deben destacarse no solamente por sus acciones, sino por su presencia. Y así lo hizo. No sólo era el celular y la ropa, ya había dado la cuota inicial del carro y estaba a punto de vender su moto, la misma que un día preocupado por la incertidumbre del futuro, se había llevado a Bogotá. Estaba tan desacostumbrado a su moto, que ya no la sacaba, aquella madrugado había preferido ir de pasajero con un mototaxi, sin sospechar que regresaría al centro de la ciudad como pasajero del mismísimo Nane Mansur.

Buscó entre los contactos de su teléfono. Marcó el nombre de la persona con la que quería hablar.

-Aló, Amor ¿Cómo amaneciste?

Bien, papi  ¿y tú?- dijo Laura del otro lado de la línea.

-Bien, aquí llegando al trabajo.

Yo apenas me estoy levantando.

-Que floja eres- dijo Pechi entre risas.

Bobo– dijo ella riendo también del otro lado de la línea.

-Nena ¿almorzamos hoy?- preguntó Pechi.

Claro, Papi, yo te llamo cuando salga de trabajar– respondió Laura.

-Está bien, te quiero ¿oiste?

Yo a ti más.

Con una sonrisa en el rostro, Pechi cruzó la puerta de vidrio de “El Mototaxi Express” . Escuchar la voz de Laura era todo lo que necesitaba para comprender como se había metido en aquella vaca loca, era lo que necesitaba para comprender por qué estaba haciendo todo aquello.

-Buenos días, Claudia ¿como amaneció?- dijo Pechi dirigiéndose a la mujer de baja estatura sentada en la recepción.

-Buenos días, jefe, bien gracias a Dios. Jefe espere un momento- dijo Claudia levantándose de la silla y acercándose a él, caminando en puntillas, como para que nadie la escuchara.

-¿Qué pasa Claudia? ¿Por qué camina así?

-Es que tiene una visita, jefe.

-¿Yo? ¿Quién?

-Es el alcalde, yo lo hice pasar a su oficina jefe, espero que no haya problema por eso ¿o sí?.

– Tranquila Claudia, ¿Segura que es el alcalde? ¿Y eso? Pero no veo camioneta, ni nada. ¿Estás segura que es él?

-Sí, claro, jefe. ¿Cómo no lo voy a conocer?

-Bueno, yo hablo con él, me imagino que buscará a Ludis, tráiganos tinto y agua, por fa.

Al entrar a su oficina, Pechi comprendió por qué no había camionetas ni guardaespaldas. Luis Manuel Jaraba, elegido hacía un año alcalde de Sincelejo, hablaba por celular. vestía una pantaloneta negra por encima de las rodilla y una camiseta sin mangas. Seguro venía de hacer ejercicio. Un gimnasio quedaba a dos locales de las oficinas de “El Mototaxi Express”, pero aún así era bastante raro que el alcalde se presentara solo allí.

-Yo te llamo, cuando salga, ya me voy a ocupar- dijo Jaraba a la persona con la que hablaba por teléfono, mientras le dirigía la mirada a él- Pedro, ¡pero qué gusto!

-Señor alcalde, por favor, siéntese- dijo Pechi tomando la silla detrás de su escritorio, mientras Jaraba se sentaba en el sillón frente a él- ¿En que le podemos colaborar? ¿Va a mandar algún paquete?

-No Pedro- dijo Jaraba riéndose- La verdad venía a hablar contigo. Me he enterado que le va muy bien al negocio.

Nos va muy bien, sí, gracias a Dios.

-Sí, ayer estuve conversando con Ludis en el quinceañero de una ahijada mía por los lados de Boston. Y creo que es un negocio muy promisorio, le hablé de una colaboración entre nosotros, pero no quiso aceptar. Por lo que tengo entendido, tú también eres dueño, así que quise hablar contigo para ver que me decías.

-Pues dígame, lo escucho, señor Alcalde.

-He estado pensando. Yo, desde la alcaldía les podría ser de mucha ayuda a ustedes. Por ejemplo, las motocicletas amarillas de su negocio podría entrar al centro con pasajero, eso incrementaría sus ganancias. Así, pues, también podríamos empezar a tramitar un acuerdo en el concejo para hacer más estrictos los controles a los mototaxistas que no sean parte de un negocio como este ¿me hago entender?

-¿Y que tendríamos que dar nosotros a cambio, señor alcalde?- dijo Pechi conociendo las intenciones de su interlocutor.

-Pues, como aquí vamos a ganar todos- dijo Jaraba abriendo las manos y sonriendo despectivamente- pues sería justo que yo recibiera un porcentaje de las ganancias netas de este negocio.

Pechi no estaba sorprendido. Sabía que los políticos eran unos miserables parásitos que vivían del trabajo ajeno, pero las intenciones de Luis Manuel Jaraba lo afectaron. Hablaba de darle una ventaja a su negocio, persiguiendo a los mototaxis independientes. Pensó en sí mismo en sus épocas de mototaxi y curiosamente pensó en Nane también. La idea de que el alcalde se ganara parte del fruto de su trabajo, sin hacer nada lo asqueó tanto que sintió hasta nauseas. De buena gana hubiese agarrado a aquel individuo y lo hubiese arrojado al piso a darle patadas, pero Ludis le había enseñado que el primer paso para acabar con un enemigo es sonreirle y hacerle creer que estás de su lado. Así lo hizo.

-Pues, alcalde- dijo Pechi sonriendo- la verdad me suena la idea, me suena bastante, igual tengo que discutirlo con Ludis. Ella es propietaria también. Tengo que incluirla en las decisiones.

-Sí, entiendo, tienes que convencerla- dijo Jaraba acercándose a Pechi, como si le fuera a decir un secreto- por ahí escuché que te vas a comprar un carro. Yo hasta te lo podría regalar si me ayudas con Ludis. Esto va a ser ganancia por punta y punta.

-Sí, me interesa- mintió Pechi, la oferta del carro era tentadora, pero sabía que el dinero no saldría de otra parte que de aquel negocio que tanto sacrificio y sudor le habían costado.

-Eres un muchacho inteligente, Pedro- dijo Jaraba levántandose del sillón- le di a tu secretaria mi número, llámame cuando quieras, para tomarnos una botellita de whisky o para celebrar tu nuevo carro ¿qué dices?

-Claro, alcalde, sería un honor y un gusto- dijo Pechi despidiendo al político, justo cuando Claudia entraba con una bandeja con tintos.

Jaaraba tomó uno y lo tomó justo antes de dirigirse a la salida.

-Hijueputa- dijo en cuanto se dio cuenta que una camioneta gris lo había ido a recoger.

Tomó su celular nuevamente. “Ludis Espinosa”. Timbró. Una, dos, tres, cuatro veces, pero no lo contestó, intentó nuevamente pero fue inútil. Ludis debía estar dormida. Ya no podía seguir perdiendo más tiempo. Era hora de trabajar.

Buscó el enorme calendario bajo su escritorio. Era 22 de Noviembre, las facturas de la luz y los teléfonos de la empresa vencían en unos días. Revisó en su computador el estado de las cuentas y todo era normal. Hizo la transferencia a las cuentas e imprimió las confirmaciones de los pagos.  Las dejó en la carpeta de documentos “para archivar” y se puso a revisar los rendimientos de sus empleados. Todas las motocicletas de “El Mototaxi Express” eran iguales y estaban marcadas con un código y equipadas con un sistema de posicionamiento global que permitía ubicarlas en cualquier lugar.

Pechi seleccionó al empleado con peor rendimiento el día anterior. Cesar Romero. De inmediato buscó su perfil en el computador. Era un muchacho de San Pedro, no conocía bien la ciudad, pero tenía buenas referencias, por eso Pechi lo había contratado. Miró en el mapa  de los recorridos en su turno. Cesar no había contestado en dos ocasiones la llamada de la central, no era de preocuparse, los mototaxis de la empresa podían tomar pasajeros, siempre que se informara, pero Cesar había hecho un desvío importante el día anterior hasta La Gallera, donde se quedó por casi dos horas. Pechi sabía que había fiestas en el corregimiento y entendió por qué el producido de Cesar había sido tan ínfimo. Levantó su teléfono y llamó al parqueadero.

-Vlado, cuando llegue Cesar Romero, le dices que venga acá a la oficina que es urgente- dijo Pechi

-Listo, jefe.

Ya estaba a punto de llamar a Claudia para que le hiciera el memorando a su empleado, cuando la mujer apareció en la puerta de la oficina.

-Claudia, precisamente te estaba necesitando, buscas los datos de César Romero y le haces un memorando, ya te pasé los datos por correo. Me mandas la carta antes de que la imprimas.

-Sí, jefe, con gusto… eh, Jefe, una señorita lo solicita.

-¿Quién?

-Tatiana Mercado, dice que es amiga suya.

Pechi comprendió de quien se trataba.

-Hágala pasar.

¿Qué rayos hacía Tatis allí? En su última conversación ambos estuvieron de acuerdo en dar por terminados sus encuentros furtivos, después de todo ella se iba a casar y el ahora estaba con Laura. Desde entonces aquella mujer no se había vuelto a comunicar con él. La curiosidad lo carcomía.

Tatis vestía de jeans y blusa de color azul oscuro con el cabello suelto. Estaba tan hermosa como siempre, aunque se veía afligida.

-Tatis, que sorpresa- dijo Pechi- por favor siéntate. Ya le digo a Claudia que te traiga algo de tomar ¿qué quieres, agua, tinto…?

-No, Pechi, no quiero tomar nada, sólo necesito hablar contigo.

-Sí, claro dime.

-Pechi tengo que decirte algo- dijo Tatis con la cabeza gacha- escúchame bien, que es importante.

El tono de Tatis asustó a Pechi.

-¿Cuántas veces estuvimos juntos, Pechi?- preguntó ella.

-No se, Tatis, muchas diría yo… pero ¿por qué preguntas eso?

Pechi intuía lo que estaba por venir, sabía que algo así podía pasar.

-¿Cuantas veces utilizaste condón?- preguntó ella.

Pechi examinó su respuesta. En efecto en un par de ocasiones, Pechi había tenido sexo con Tatis sin protección y en más de una ocasión se había roto el preservativo. ¿Acaso Tatis estaba…?

-Un par de veces ¿Por qué? ¿Qué pasa?

-Pechi, vengo de hacerme una prueba y … – Tatis no pudo terminar la frase, una sombra de dolor y aflicción surcó su rostro como un nube en medio de la sabana abierta.

-¿Tatis que es lo que sucede? ¿Que es lo que pasa? ¿No me digas que estás…?

-Tengo SIDA, Pechi- fue lo único que dijo ella, antes de desahogarse a llorar como una magdalena, en frente de él.

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