El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 72. La Firma.

Girando la varilla del cóctel suavemente en su bebida, Javier Luna esperaba pacientemente, mientras veía con desilusión como el tórrido sol de la llanura del Sinú caía a borbotones a aquella hora implacable. Sudaba. El calor húmedo de Montería era insoportable, ni en Barranquilla, ni en Sincelejo, Javi había sentido tanto calor. O quizás todo era un efecto secundario de haber pasado dos semanas en el infierno congelado del este de Europa. No podía concebir en su mente dos lugares más dispares.

Los ventiladores de techo que pululaban en aquel lugar de riquillos no proporcionaban ningún alivio. A esa hora, la hora inclemente en que hacía muchas décadas la gente solía hacer la siesta, no había mucho personal en aquel sitio. Un par de camionetas estacionadas frente al lugar daban cuenta de ello. Sólo un sujeto de tamaño colosal se encontraba allí, sentado en el otro extremo de aquel negocio que no se sabía si era restaurante, bar o salón de eventos. Tenia un nombre inverosímil: Snizzle. Cualquier excusa era buena para alimentar el espíritu trepador de los tercermundistas dueños de aquel negocio. Estaba seguro de que ni siquiera sabían que significaba.

El sujeto colosal despachaba un almuerzo que bien hubiese servido para alimentar a dos familias y aún así sobraría comida. Que injusto era el mundo, aquel sujeto muriendo por comer demasiado y muchos más muriendo por no comer nada. Pero ¿Qué podría hacer alguien como él? Alguien amarrado a las consecuencias de sus monstruosos actos. Aún recordaba los rostros de todas y cada una de las personas a las que le había quitado la vida. A Yesid, a Maykol, a Manimal, al Fa, a Kike Villamil y a su hermano. Todos estaban frescos en su memoria como el día en que les había quitado la vida, pero no se sentía culpable. Se lo merecían. Lo único que lamentaba era que la consciencia fuera algo tan difícil de dominar.

El hielo de su vodka ya se había derretido por completo cuando el gordo se levantó de la mesa. Un minuto después ya se había subido a su camioneta y había dejado un rastro de polvorín ardiente entre Snizzle y la carretera troncal.

Javi sacó su celular y buscó el nombre de uno de sus contactos.

-Ya salió- dijo observando muy bien la camioneta.

Ahora solo tenía que esperar un poco más. El aire caliente hacía ver como alucinaciones los infinitos campos de arroz que rodeaban el lugar en un verde tan intenso que no parecía natural. El sudor recorría su cuerpo como serpientes furiosas y hambrientas en medio del desierto. Por primera vez, desde que regresó de Europa, pensó que hubiese preferido quedarse allá.

Su avión había llegado al Aeropuerto Internacional Domodedovo a las 3 de la mañana y aunque Javi parecía un esquimal con todo lo que llevaba puesto, casi se desmaya del dolor al sentir el frío del otoño ruso metiéndose hasta la médula de sus huesos. Le tuvo que pedir el favor a una pareja de españoles que le ayudaran a tomar el taxi, porque después de media hora chupando frío aun no tenía ni idea de como iba a llegar a su hotel.

Una vez hizo el check-in en su inglés trabajoso y oxidado por el desuso, no vio las vueltas del camino para llegar hasta su habitación. Era la primera vez en su vida que se alegraba de entrar a un sitio más caluroso que el exterior.

Hubiese seguido divagando en las sombras de su pasado, de no ser por la llegada de otra camioneta. Era la persona que esperaba. Un hombre alto, acuerpado y sin un pelo en la cabeza se bajó del vehículo con gafas de sol cubriéndole los ojos.

-Patrón, ya tenemos el regalito en su puesto- le dijo Lastre de pie justo frente a él.

-Ya te he dicho que no me digas Patrón, dime Javi, por lo que sé a tu último patrón no le fue nada bien, además yo no soy el de la plata, el ruso es el de la plata.

-El puede ser el de la plata, pero usted es el que manda, así que usted es el patrón.

Javi sonrió amargamente. ¿Qué había quedado del mototaxi amargado que era apenas unos meses atrás? ¿Sería cierto que ahora era el Patrón tal y como Lastre lo decía?

-Siéntate y tómate algo, aún tenemos tiempo- le dijo Javi a Lastre apartándole una silla.

-No, Patrón, no tenemos tanto tiempo, por la noche el ejército hace inspección por esa zona, es mejor salir de esto de una buena vez.

Lastre tenía toda la razón. Era hora de salir de todo aquello de una vez por todas.

-Yo conduzco- dijo Javi quitándole las llaves de la camioneta a Lastre.

-Pero usted no sabe donde es, patrón- dijo Lastre, nuevamente teniendo toda la razón.

-Entonces te toca a ti indicarme, Lastre- dijo Javi dirigiéndose a la camioneta.

Javi sintió alivió al entrar al aire templado del interior de la camioneta. Lastre se sentó a su lado y se puso el cinturón de seguridad. Ambos iban vestidos con camisas de mangas largas. La de Javi era color blanco y la de Lastre color azul. Ambos con pantalón y zapatos clásicos negros.

Lastre le marcó el camino. Javi se sentía en medio de un mar verde que parecía no tener final y sólo a lo lejos parecía interrumpirse por las máquinas que aseguraban la producción del arroz en aquella zona. Ya se habían introducido por caminos olvidados, donde sólo el tigre podría pasar en aquellos tiempos, cuando Lastre le dio la última indicación.

-Doble a la derecha, es en el potrero ese de allá- le dijo el calvo.

Javier estacionó la camioneta en un claro con sombra.

-¿Trajiste mi morral?- le preguntó Javi a Lastre.

-Claro que sí, Patrón, aquí está- le dijo Lastre luego de buscar en el puesto de atrás- ¿Está seguro que esta es la mejor opción, Patron?

-Fedorov quiere agilizar todo, no tenemos tiempo de convencer a este tipo de que nos venda, además estamos cortos de presupuesto.

Era en serio. Luego del desastre de lo ocurrido con Aarón Paternina, los recursos de los que disponía Javi, si bien eran generosos, no eran ilimitados y Fedorov no era ninguna perita en dulce. Javi sabía que si fallaba terminaría igual que Maykol, el Fa y Kike Villamil. Con la boca llena de hormigas.

Javi y Lastre entraron al potrero cubierto del inclemente sol por un techo de zinc, que debía estar a la misma temperatura que la superficie del sol en aquellos momentos.

-¿Dónde está?- preguntó Javi.

-En el último hueco- dijo Lastre.

Salim, el otro guardaespaldas de Javi custodiaba el compartimento donde tenían amarrado y amordazado a Aurelio Vergara, el mismo gordo que había estado comiendo hacía unos minutos en Snizzle.

-Buenas tardes, señor Vergara… quítale eso de la boca, Salim.

Salim obedeció y casi de inmediato un ruido espantoso se apoderó del lugar.

-¡AYÚDENME! – gritó Vergara con todas las fuerzas de su alma.

-Relájese, señor Vergara- dijo Javi con Lastre a su derecha y Salim a su izquierda- aquí nadie lo va a escuchar.

-¡AYÚDENME! – volvió a gritar el sujeto

-Se va a irritar la garganta, ahorrese más sufrimiento Vergara y colabore con nosotros.

-¿Qué quieren?- dijo el gordito amarrado a las cadenas con las que en algún tiempo alguien amarraba caballos.

-Sólo queremos que nos firmes un documento, es solo una firma.

-¿Qué es ese documento?

-¿Quieres leerlo?- le preguntó Javi mostrándole las hojas que había sacado de su morral- te lo voy a resumir, es un documento de traspaso de propiedad.

-¿Qué propiedades?

-Haces demasiadas preguntas, Vergara, tranquilo que es de unos lotes en Sincelejo, unos lotes a los que no le estás ganando absolutamente nada, Vergara ¿si me hago entender? Tranquilo que el patrimonio de tus hijas está a salvo.

-¿Sólo quieren esos lotes? se los regalo, no los quiero, dame ese hijueputa papel y te lo firmo ya.

-Salim-fue lo único que dijo Javi, antes de que el muchacho con cara de asesino liberara a Vergara de sus cadenas y cayera al piso como una papaya madura.

-Dame ese papel- dijo Vergara.

Javi le pasó los papeles y un boligrafo. En realidad había sido más fácil de lo que pensaba. Vergara firmó todos los papeles sin chistar, sudaba como una bestia y desprendía un olor horrible. ¿Acaso se había cagado?

-Listo, esto no vale sino está autenticado en una notaría- dijo Vergara.

-No te preocupes, que nosotros tenemos esos contactos- dijo Javi.

-¿Ya me puedo ir?- preguntó Vergara.

-Sólo si nos prometes que no vas a decir nada sobre nosotros y sobre este pequeño incidente- dijo Javi.

-Sí, se los prometo ¿ya me puedo ir?

-Sí, claro eres libre de irte- dijo Javi.

-Pero patrón… – empezó a decir Salim.

-Shhhhh, ya el señor Vergara nos cumplió, ahora debemos cumplir nosotros, Lastre, más bien dile al señor Vergara dónde dejaste su camioneta.

Lastre puso una cara de muy pocos amigos.

-Esta a un kilómetro hacía allá- dijo señalándo la dirección opuesta a la que habían llegado.

-Corra, señor Vergara, váyase- dijo Javi, dirigiéndose al gordo cagado.

Vergara corrió trabajosamente hasta muy cerca de la camioneta. Javi lo vio marcharse lleno de esperanza y de alivio. Eso era lo que esperaba. Sacó una hoja de papel y le pidió a Lastre que le sirviera de apoyo. Cuando terminó de escribir, sacó tranquilamente su revolver de su morral y con un tiro preciso le perforó la cabeza a Aurelio Vergara.

Javi y sus dos secuaces caminaron hasta el cuerpo.

-De verdad pensé que lo iba a dejar ir- dijo Lastre.

-No, sólo quería que muriera feliz, que muriera con esperanza- respondió Javi fríamente, mientras le daba la hoja que había escrito a Lastre- Cargenlo hasta la camioneta, arránquenle la lengua y métanle esto en la boca.

-Cómo usted diga patrón- dijo Lastre sonriendo secundado por Salim

“Por Sapo” era lo que decía aquella nota, eso sería suficiente para desviar por completo la investigación y hacer creer a la policía que aquello no era más que una venganza de las bandas criminales, después de todo Aurelio Vergara era bien conocido por ser testaferro de Benito Amatore, uno de los jefes paramilitares de la zona del Sinú. Cualquiera lo hubiese podido matar.

-Listo, Patrón- dijo Lastre regresando luego de cumplir su labor- ¿y ahora? ¿qué vamos a hacer?

Javi sonrió iluminado por la luz tenaz del sol sinuano.

-¿Ahora? Ahora nos vamos para Sincelejo, hay mucho que hacer por allá.

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