El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 74. El Ángel.

Las puertas corredizas del armario se abrieron violentamente. El sol apenas se empezaba a asomar por las ventas, pero Angélica Palomino ya llevaba varias horas despierta, de hecho apenas si había podido dormir. Tenía demasiadas cosas en que pensar.

Su armario estaba dividido en dos. A la derecha estaban sus atuendos diurnos, la ropa con la que hacía deporte, iba a la universidad y con la que salía con sus compañeros de clase en la UPES uno que otro viernes en la noche. Ese lado permanecería intacto. A la izquierda estaban sus otros atuendos, los que utilizaba cuando le tocaba fingir y pretender que era otra mujer. Era la ropa que usaba cuando salía a prostituirse.

Angélica contó los trajes, todos enteros. No había blusas sueltas ni pantalones. Eran 13. “¿Tan pocos?” pensó ella. En los últimos meses ya se había deshecho de varios de sus “atuendos de trabajo” pero siempre le parecían que eran demasiados. Estaban allí para recordarle que no era libre, que era una esclava de sus decisiones, de sus errores, de su destino. Pero todo eso quedaría en el pasado muy pronto.

Tomó los 13 vestidos uno por uno y los arrojó al piso, con dolor, con rabia. Los llevó todos al lavadero, en la minúscula área de labores de aquel apartamento que tanto esfuerzo y tantos hombres le había costado comprar. Sacó la botella de lejía de uno de los compartimentos. Lo dudo por un segundo. Recordó lo hermosa que se veía con cada uno de esos vestidos, la cara de cada uno de sus clientes, deseándola, cuando los llevaba puestos. Jamás pensó que dejar atrás la oscuridad de su vida le costaría tanto trabajo.

Abrió la botella y derramó todo su contenido sobre su ropa. No pudo evitar que una lágrima de nostalgia le surcara el rostro al ver como el químico blanqueador destrozaba aquellas hermosas prendas. La lágrima de nostalgia pronto se transformó en un llanto fluido, mientras ella se encogía sentada sobre el piso tratando de entender la causa precisa que la hacía tan miserable.

Aún no había parado de llorar cuando se escuchó la tonada pegajosa que indicaba que alguien la estaba llamando al celular. Tuvo que tomarse un segundo para recuperar la compostura.

-Sí, buenos días- contestó ella.

-Buenos días ¿la señorita Angélica Palomino? – preguntó la voz muy formal de un hombre del otro lado de la línea.

-Sí, con ella habla ¿a la orden?

-Habla con el subteniente Gonzales, de la Escuela de Formación en Corozal. La llamaba porque usted aplicó como cadete en la escuela ¿estoy en lo correcto?

-Sí, subteniente, está en lo correcto. Yo apliqué para entrar a la escuela y fui aceptada la semana pasada. ¿Por qué? ¿Hay algún inconveniente?

-No, señorita, no hay inconveniente con su aplicación o con su aceptación, la verdad es un error nuestro. Estamos llamando a todos los aplicantes aceptados para que adjunten además de sus certificados y diplomas universitarios, un registro de notas completo de toda su carrera ¿si me entiende?

-Sí, claro, entiendo- dijo Angélica- ¿Lo tengo que llevar a la Escuela?

-Sí, señorita, tengo entendido que usted debe presentarse a entrenamientos pasado mañana. Usted le entrega los documentos a mi Capitán Rengifo y él se encargará. ¿Está todo claro?

-Sí, subteniente, todo muy claro.

-Perfecto, señorita Palomino, que tenga un feliz día y bienvenida a la Policia Nacional.

De repente toda la tristeza que había sentido por destruir sus preciosos vestidos de trabajo pasó al olvido. La bienvenida del subteniente Gonzales la hizo sentir mucho mejor. Como si en realidad estuviera formando parte de algo, de algo muy importante.

Vio la hora en su celular. 7:35. Tenía apenas el tiempo justo para bañarse, cambiarse e ir a la UPES a buscar el registro de notas. Tenía que llevarlo dentro de dos días, pero entrar a la Policía era lo que estaba esperando hacía muchísimo tiempo y no iba a permitir que una pendejada representada en un papel le pusiera obstáculos.

Ya se había puesto unos jeans cómodos y una camiseta azul ceñida al cuerpo, cuando se dio cuenta que aquella era la oportunidad perfecta para llamar al mototaxi que había conocido la noche anterior. A Nane.

Se recogió el cabello castaño claro en una cola de caballo y marcó el número del hombre en el que había pensado toda la noche y buena parte de la madrugada. El celular no timbró.

-Sistema correo de voz…- dijo la voz impersonal en el celular.

-Nane, por favor contesta- se dijo ella a sí misma, mientras volvía a marcar el número.

Nadie contestó.

Angélica sintió un poco de frustración al ver que no podía comunicarse con el mototaxi. ¿Acaso le había mentido? ¿Le había dado el número equivocado para que ella no lo llamara?

Era tanta la decepción que tenía que en lugar de una moto, se fue hasta la universidad en taxi. La puerta de entrada de la UPES estaba particularmente atestada aquella mañana. Tuvo que entrar hasta el primer bloque para entender lo que estaba sucediendo.

XXIII Congreso Nacional de Economía Social – Universidad Pedagógica de Sucre, Sincelejo. Noviembre 23, 24 y 25 de 2012.

La pancarta anunciando el evento estaba colgada en la entrada del primer bloque y era tan grande que hubiese sido imposible no verla. Además de los asistentes al congreso, Angélica pudo ver que también buena parte del alumnado estaba en la universidad. Los mismos vagos de siempre a los que la universidad les quitaba la plata en habilitaciones y vacacionales a final del semestre, por no haber pasado la calificación mínima para aprobar.

Angélica subió al segundo piso del primer bloque y vio al fondo de un pasillo estrecho el desdibujado letrero que indicaba su destino: “Admisiones”.

-Buenos días ¿María Caro?- preguntó Angélica sinceramente sorprendida al ver a su compañera de clases sentada detrás de la ventanilla.

-Angélica, que sorpresa verte por acá, tu siempre eres de las primeras en salir- dijo María Carolina Peñate dirigiéndose a ella por el espacio minúsculo de la ventanilla que distorsionaba las voces en la conversación.

-Vine a solicitar un certificado de notas, pero ¿tú que haces aquí, María Caro? ¿Estás trabajando aquí?

-Ay, Angie estoy haciendo las pasantías aquí.

-¿Cómo así? ¿Tú todavía no te has graduado?

-Nada, amiga, estaba haciendo la tesis, pero me la echaron para atrás y yo no iba a amargarme la vida haciendo otra, así que hablé con el decano y el me asignó aquí para hacer la pasantía.

-Ah, ya entiendo, ay María Caro pero te tienes que apurar, estás muy atrasada.

-Dímelo a mi, Angie, bueno dame tu número de cédula para sacarte el certificado. Por ser tu te lo voy a entregar ya mismo- dijo María Caro, que trataba de ser simpática para que la gente a su alrededor se olvidara de su sobrepeso.

No tardó más de cinco minutos en entregarle el papel a Angélica, con la firma digitalizada de la Jefe de Admisiones de la UPES, doña Catalina Saenz Espinosa.

-Gracias María Caro, nos estamos viendo- dijo Angélica despidiéndose de su compañera.

A pesar de todo, el paso de Angélica Palomino por la UPES fue poco menos que perfecto. Había entrado a estudiar administración de empresas por sugerencia de su papá… bueno si con sugerencia quería decir que él mismo la había inscrito en la carrera sin tomarla en cuenta. Angélica había decido que quería estudiar una licenciatura, pero don Gerónimo Palomino, paisa hasta los tuétanos dijo en palabras textuales que “una hija de él no iba a terminar aguantando niños malcriados”.

Cuanta falta le hacía su papá. Había bajado de las montañas de Antioquia a administrar un negocio de un primo y pronto hizo el suficiente dinero para montar el suyo propio. Conoció a Milena Doria, la mamá de Angélica, en Tolú en un paseo donde había tomado tanto que no se dio cuenta en que momento la enamoró. A pesar de lo tétrica que parecía aquella historia, a Angélica siempre le pareció que sus padres eran felices. Nunca pelearon y si discutían siempre lo hacían sin insultarse tratando de convencer al otro con respeto.

Ya estaba en quinto semestre de Administración de Empresas cuando la vida le torció el destino para siempre.

Una tarde cualquiera, cuando Angélica estaba en la universidad. Dos hombres en una moto pasaron por la casa de los Palomino en La Terraza e hicieron cinco tiros, cuatro de ellos impactaron a Gerónimo que estaba sentado en la puerta descansando y uno de ellos impactó a Milena en la cabeza quien acompañaba a su marido a esa hora.

Angélica nunca olvidaría el horror de ver los sesos de su madre desparramados en las ventanas y en el corredor, así como el olor fétido de la sustancia viscosa que salía del vientre herido de su padre. Al principio no entendía cómo a alguien se le hubiese ocurrido matar a su papá. Era el mejor hombre del mundo para ella. Le había dado todo y más. Hasta el color de su cabello se lo debía a él.

Pero cuando empezaron las vueltas de sucesión se dio cuenta que su papá estaba endeudado hasta el cuello. Angélica tuvo que vender el negocio, la casa y los dos carros y aun así apenas si alcanzó para cubrir todas las deudas que había heredado y eso que eran apenas las deudas legales. No quería ni imaginar a cuanto ascendían sus deudas ilegales.

Angélica supo entonces que sus oportunidades eran limitadas y que si quería sobrevivir y terminar sus estudios tenía que hacer algo y pronto. Puso lo mucho o poco que había aprendido en sus dos años y medio en la UPES y empezó a promocionarse en Internet. Siempre supo que si quería que la cosa funcionara tendría que ir por lo alto y por primera vez agradeció las clases de Joan Fawcett, la maestra de inglés que le dio clases en décimo y undécimo en el colegio “El Carmen”.

Luego de poner fotos provocadoras y sensuales en su propia página de internet, los clientes extranjeros no se hicieron esperar. Tuvo que sobreponerse al asco y al llamado de su consciencia, pero la idea de cumplirle a su papá era lo que la mantenía cuerda haciendo lo que hacía. Su registro de notas era una prueba que había conseguido en parte lo que su papá deseaba para ella, aunque dudaba que él hubiese aprobado sus métodos. Pero cuando lo pensaba, Angélica se tranquilizaba pensando en la clase de personas con las que se había relacionado su señor padre para haber terminado como terminó.

Ya estaba saliendo de la UPES cuando volvió a marcar el número de Nane. Quería verlo y no podía creer que él rubio mototaxi le hubiese sacado el cuerpo dándole el número que no era. Casi salta de la dicha cuando el teléfono timbró.

-Sí, aló ¿Angélica?- preguntó la voz de Nane del otro lado del teléfono. Era tan dulce y varonil…

-Eh, sí, hola Nane, es Angélica…

-Sí, nena, yo se- dijo él riendo del otro lado de la línea.

“Boba” pensó Angélica refiriéndose a ella misma. Trató de disimular la embarrada con una risa falsa, que no le salió tan natural como esperaba.

-Nane, era para ver si me podías recoger acá en la UPES ¿estás cerca?- preguntó Angélica ansiosa por la respuesta del mototaxi.

-Sí, estoy por la Escuela Técnica, dame dos minutos y estoy allá.

-Listo, Nane- dijo ella cerrando la llamada. Estaba feliz, volvería a ver a Nane aquella mañana y nada se lo podría impedir. Pero cuando salió vio que algo andaba mal.

Había un trancón monumental en los carriles de la autopista que pasaban justo frente a la UPES. Una patrulla de la policía había bloqueado la vía y varios uniformados estaban requisando a los mototaxis parqueados cerca de la bahía de entrada. Tenía que avisarle a Nane.

-Aló, Nane

-Angélica, ya estoy aquí cerca…

-No, no, no, no vengas, Nane aquí está la policía y están quitando papeles frente a la UPES. Yo mejor me voy en un taxi.

-¿De verdad? Pero hagamos algo, yo te recojo por “El Sagrario”, dame cinco minuticos y llego hasta allá ¿vale?

-Vale.

El corazón le daba vueltas a Angélica. ¿Acaso Nane quería verla? Tenía que ser así. ¿Por qué otra razón se daría aquella vuelta por “El Sagrario” para recogerla cuando ella le había dicho que se iba en taxi? Angélica caminó tratando de evitar la multitud por el carril de la bicicletas anexo a la autopista, de allí doblaría en la entrada a “El Sagrario” donde vería a Nane.

Iba caminando tranquilamente, cuando escuchó una gritería impresionante.

-¡A mi no me vas a joder, policía hijueputa!-escuchó Angélica a alguien gritando y de inmediato una moto saliendo de la multitud frente a la UPES, golpeó la patrulla que estaba atravesada y salió. Los policías salieron tras él en su vehículo. Aún no habían llegado a la esquina donde estaba Angélica observando, cuando la patrulla le dio alcance a la moto.

Lo que sucedió no tardó más de cinco segundos, pero fueron los cinco segundos más largos de la vida de Angélica. La patrulla golpeó con un impacto lateral al mototaxi que cayó sobre de la autopista, donde la misma patrulla le pasó por encima antes de que se pudiera poner de pie.

Angélica reconoció la sustancia que quedó desparramaba en la carretera, era la misma que había visto en las ventanas de su casa el día que mataron a su madre. Eran los sesos del mototaxi.

Siguió un silencio monstruoso y eterno que parecía consumir el tiempo.

Angélica solo entendió lo que pasaba cuando alguien la tomó del brazo.

-¿Qué haces aquí? ¿No ves que están tirando piedras?- le dijo alguien que no pudo identificar.

El lugar se llenó de piedras, pitidos de carros y humo. Y gritos, sobre todo gritos, mientras alguien la levantaba del piso. Solo entonces se dio cuenta que Nane había sido el ángel que la había salvado cargándola todo el trayecto hasta “El Sagrario” y que la autopista frente a la UPES se había convertido en un infierno.

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