El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 75. El Caos.

Pechi Viloria jamás olvidaría aquella tarde triste y fría en la que por primera vez conoció a un enfermo de SIDA. De todas las lecciones duras que le había enseñado Bogotá mientras vivió allá, aquella sería una de las que quedaría grabada en su memoria hasta el día de su muerte.

Habría sido una entrega más, un paquete más que llevaría desde un punto anónimo de la ciudad hasta otro. Pechi solía recordar las direcciones donde debía recoger y donde debía entregar los paquetes, pero era tanto el trabajo y tal el estrés de manejar su motocicleta en aquella ciudad llena de huecos, buses repletos de gente y trastornados al volante que más tardaba en cumplir con sus entregas que en mandarlas para siempre al sótano del olvido. Pero no aquella.

Había recogido el paquete en una EPS a las 8:45 de la mañana de un Martes lluvioso de septiembre. Aún con ese clima, era impresionante la cantidad de gente que había delante de una ventanilla estrecha con un letrero triste que decía “Farmacia”. Pechi había tomado la precaución de ponerse la chaqueta impermeable aquella mañana, con lo que podía mantener el frío a raya.

El mensaje que le había enviado Patricia era claro. “Preguntar por Paola Suarez en Farmacia” debajo de la dirección de la EPS. Tuvo que acudir a toda su paciencia para explicarles a los furiosos usuarios que no, que él no estaba allí para reclamar medicamentos y que no, que él no iba a colarse en la fila, que sólo era un mensajero.

-Buenas ¿Paola Suarez?, soy Pedro Viloria del Mototaxi Express.

La muchacha, a la que nunca le conocería la voz, sencillamente abrió una puerta lateral  junto a la fila india de usuarios ofuscados y sacó a la intemperie una caja blanca forrada con cinta.

Pechi tuvo que verificar la dirección de entrega. “¿Rosales?” Rosales era uno de los barrios más exclusivos de Bogotá y era en extremo inusual que alguien enviara paquetes allí usando los servicios de “El Mototaxi Express”, que por lo general se centraban en el occidente y el sur de la ciudad.

Pechi recordaba que incluso con la sombra de los nubarrones invernales, aquel sector de Bogotá era hermoso. Edificios preciosamente diseñados y que parecía complementar los colores vivos de sus ante-jardines y el verdor intenso de los cerros orientales que parecía vigilar el lugar. Encontró fácilmente el edificio que buscaba. “La Cascada”. El vigilante lo atendió con amabilidad pero con desconfianza.

-Buenos días- había saludado Pechi.

-Buenos días, joven- dijo el vigilante que bien podría tener la edad de Salma, su madre.

-Tengo un paquete para el señor … Hernando Cuello- dijo Pechi mirando el nombre escrito en la caja con marcador- Apartamento 506.

Pechi advirtió un gesto de preocupación en el rostro del vigilante, pero sólo después ataría cabos y entendería la situación.

-Pase usted mismo, joven.

-¿Es que no se lo puede entregar usted?

-Pues, es que no puedo dejar sola la recepción, joven, usted entenderá.

Pechi le habría señalado que bien podía llamar al señor Cuello para que bajara a recoger el paquete, pero no estaba de humor para entrar a debatir con el vigilante del edificio, así que tomó la caja y subió hasta el quinto piso utilizando el ascensor forrado de espejos en su interior.

No le costó trabajo encontrar el apartamento 506. Tocó suavemente un par de veces. Tuvo que sobreponerse a sus propios instintos para no emitir un grito de espanto al ver el aspecto de la persona que abrió la puerta. Estaba en los huesos. No sólo era que estuviera delgado, sino que un tono verdoso cubría su piel  y en algunos puntos eran visibles unas costras de color negro que parecía emitir cierto hedor.

-Se..se..señor Hernando Cuello ¿verdad?

-Sí, señor- dijo aquel hombre que a pesar de su apariencia enferma, no parecía tener más de 30 años.

-Paquete de EPS “El Rosario”- dijo Pechi intentando entregarle la caja.

-Disculpe la molestia, señor, pero ¿me podría ayudar? no creo tener fuerzas para sostener esa caja y mucho menos abrirla. Por favor.

Pechi entró en aquel apartamento con más miedo que voluntad, pero lo confortó ver que era un apartamento normal, quizás un poco desordenado, pero no había nada que no hubiese en cualquier otro apartamento de las mismas condiciones. Ubicó la caja justo donde le indicó el señor Cuello, quien le ofreció un cuchillo para cortar las cintas que aseguraban el paquete.

Pechi titubeó.

-Tranquilícese- le dijo Hernando Cuello, intentando sonreir- tendría que tener sexo con usted para contagiarle lo que tengo.

Cualquier otro en su lugar hubiese dejado la caja tirada y salido corriendo, pero curiosamente a Pechi lo tranquilizó la actitud del individuo. Tomó el cuchillo y abrió la caja. Había pastillas, ampollas, jeringas y muchas otras cosas más que no pudo descifrar.

-Son muchas medicinas ¿cierto?- dijo Cuello observando a Pechi atentamente.

-Sí ¿qué tiene?- preguntó Pechi.

-Tengo SIDA

Aquella palabras perdidas en un pasado distante revolotearon toda la noche en la mente de Pechi. Recordó como Hernando Cuello le contó que había sido un joven exitoso hasta los 25 años, cuando supo que su compañero sexual le había contagiado aquella enfermedad en una sola noche en que tuvieron sexo sin protección. ¿Terminaría él como aquel sujeto que sólo vio una vez en su vida? ¿Terminaría su vida tan joven? Pero lo que más le preocupaba era Laura.

¿Cómo era posible que toda su vida y su destino dependiera ahora de un papel? La noche anterior, por primera vez, tuvo que aguantar las palabras hirientes de Laura, su mirada de recriminación y sus reproches justificados. Pero a diferencia de lo que él mismo hubiese esperado, ella se quedó a dormir. Pechi buscó su vieja hamaca en el armario dispuesto a colgarla en el patio, para no molestar a Laura pero ella tenía otros planes.

-¿A dónde vas?- le preguntó cuando lo vio con la hamaca terciada en su hombro derecho.

-A dormir afuera- respondió él.

-No, quédate a dormir conmigo, al menos me debes eso ¿no?

Laura tenía la enorme habilidad de sorprender a Pechi. Él se preguntaba con frecuencia que era lo que pasaba por la mente de aquella mujer que tanto amaba. Pasaron la noche mirándose el uno al otro.

Pechi trató de buscar en su mirada las palabras que ella querría decirle, pero ella no dijo nada, hasta el momento en que cerró sus ojos y el ritmo de su respiración empezó a descender. Pero mientras Laura dormía, él no pudo pegar el ojo aquella noche. El recuerdo de Hernando Cuello asaltaba su mente cada vez que intentaba hacerlo.

Eran las 6:45 de la mañana cuando llegó el taxi que Laura había solicitado. Pechi estaba asustado. Sabía que aquel día su vida cambiaría para siempre, para bien o para mal. Laura tuvo que tomarlo de la mano.

-Yo también estoy asustada ¿sabes?, pero me tranquiliza saber que estoy contigo- le dijo ella en un tono muy diferente al de la cantaleta de la noche anterior.

Para su enorme tranqulidad, fue Laura la que tomó el control de la situación. Fue ella la que habló con la recepcionista, la que canceló el valor de los exámenes y la que mantuvo a Pechi calmado mientras la enfermera les explicaba, en privado, las ventajas del sexo seguro, del uso de preservativo, de la fidelidad y de hacerse la prueba del VIH cada cierto tiempo. La misma enfermera les entregó los formatos de confidencialidad y Laura le explicó a Pechi que solo eran unos formularios de rutina. Aunque luego de leerlos, a él no le quedaban dudas que era más bien un documento donde autorizaba al laboratorio a informar al gobierno en caso de que la prueba fuera positiva.

-Listo- dijo la enfermera luego de tomar las muestras de sangre- Pueden venir por los resultados a las diez de la mañana.

Pechi salió con Laura a la calle y ambos se dirigieron una mirada larga y silenciosa.

-Ya me tengo que ir a trabajar- dijo ella.

-Yo también- dijo Pechi inclinandose para darle un beso en los labios, pero ella volteó la cara y él terminó besando su mejilla izquierda- te llamo más tarde.

Laura solo sonrió y se perdió entre el tumulto de gente de aquella zona de La Ford, donde las asociaciones de médicos habían hecho tanto dinero a costillas del gobierno luego que se inventaran las empresas prestadoras de salud, más conocidas como EPS.

Pechi pasó toda la mañana pensando en el asunto y tuvo que tomarse varios pocillos de tinto para poder concentrarse en su trabajo. Estaba absorto entre sus pensamientos y las cosas que tenía que hacer cuando un grito espantoso lo sacó de su ensimismamiento.

-AAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHH

Salió de inmediato de su oficina, Claudia gritaba como una loca, mientras un ruido espantoso se escuchaba en la calle y dos de sus mototaxis llegaban con un herido en brazos. Los conocía.

-Anderson  ¿Pero qué…? ¿Qué paso, hombre, por Dios?- preguntó Pechi dirigiéndose a uno de ellos.

-Uy jefe, ni se imagina- respondió Anderson

-En la troncal, por los lados  de la UPES, un policía le pasó una patrulla a un mototaxi por encima, eso se volvió un infierno. Anderson, Cesar y yo estabamos allí, y a Cesar le cayó una piedra cuando nos metimos por “El Sagrario”. El iba bien, manejando, pero cuando veníamos por Florencia, vimos que se había caído de la moto- dijo Mario, el otro mototaxi.

Claudia lloraba mientras veía a Cesar tirado y con la cabeza llena de sangre sobre el piso de la recepción.

-Claudia… ¡Claudia!, reaccione- dijo Pechi tratando de que la mujer lo escuchara- envíe un mensaje a todas las motos, que vayan al parqueadero a reportarse de inmediato y le dices a Vlado que no deje salir ninguna. ¿Me entendiste?

-Jefe, la cosa está grave, hay motos por todos lados, íbamos a llevar a Cesar al hospital pero los mototaxis tienen la glorieta del indio bloqueada, tuvimos que llegar aquí- dijo Mario también nervioso.

-No se preocupen, vamos a llevarlo a pie hasta el centro, la clínica está a 5 cuadras nada más. Ayúdenme- dijo Pechi tratando de cargar al herido.

Era el mismo al que el día anterior le había hecho un memorando de advertencia, luego de la nefasta visita de Tatis. El joven le había confesado que se había ido a La Gallera para estar con una muchacha a la que le tenía ganas hace rato, pero que no había tomado trago y que se cuido de guardar la moto y su chaleco con el logo de la empresa para que no lo reconocieran. Pechi le había creído. Ahora estaba cargándolo en medio de la profusión de motos en toda la Avenida Las Peñitas.

La cosa no pintaba bien. Los mototaxis no sólo tenían bloqueada la glorieta del Indio, sino también la entrada a las Peñitas por la Avenida Ocala, por lo que la única manera de salir de allí era llegar hasta el centro por las calles laterales.

Pechi, Anderson y Mario cargaron a Cesar ante la mirada de horror de los que los veían pasar. Los comerciantes ya estaban cerrando sus negocios. Sabían que lo único que podían esperar de ahora en adelante era el caos.

Años y años de injusticia, de persecución, de sacrificio extremo, habían hecho de los mototaxis en Sincelejo una fuerza peligrosa cuando alguien se atrevía a dañarlos. Un mototaxi muerto a manos de la policía era la chispa que se necesitaba para que toda aquella olla a presión social terminara por estallar en la cara de todos en la ciudad y eso era lo que estaba pasando.

Por fortuna los mototaxis se habían concentrado en Las Peñitas y las calles del centro de la ciudad parecían disfrutar de cierta normalidad. Pero Pechi sabía que aquello no tardaría mucho.

Cuando llegaron a la clínica, Cesar no era el único herido. Había más llegando al mismo tiempo por lo que había que hacerse entender a los gritos para que las enfermeras y los médicos adolescentes encargados de la urgencia hicieran algo.

Solo cuando vio que Cesar estaba en una camilla y un médico se estaba encargando de suturar la herida en la cabeza, Pechi dirigió su atención al celular. 32 llamadas perdidas. “Dios mio” pensó él mientras salía a la calle, no sin antes dejar encargados a Anderson y Mario encargados del mototaxi herido.

La mitad de las llamadas eran de Claudia, y la otra mitad se repartía entre Ludis y Laura.

-Aló ¿Claudia? ¿Qué sucede?- preguntó Pechi haciendo su primera llamada mientras salía de la clínica.

-Jefe, ya hablé con Vlado, dice que las motos están llegando, pero que faltan como 30 ¿qué hago?

-Manda otro mensaje, está prohibido salir a la calle a tomar pasajeros, que aseguren las motos sino las pueden llevar al parqueadero ¿me entendiste?

-Sí, jefe ¿y el herido?

-Ya lo están atendiendo. Te llamo en 5 minutos. ¿Ok?

Siguiente llamada.

-¿Ludis?

-Pedro ¿tú donde andas? Me acaba de llamar Claudia vuelta loca en esa oficina ¿sabes lo que está pasando?

-Claro que sí, Ludis, ya di instrucciones, la mayoría de las motos ya están en el parqueadero, di orden de que nadie tomara pasajeros hasta nueva orden, yo me vine a traer a un herido a la clínica.

-Bueno, bueno, ya mismo me voy para la oficina… no puede estar Claudia sola allí.

-Ludis pero eso es un caos, yo creo que es mejor que no vayas para… ¿aló? ¿Ludis?

Le había colgado. Pechi por un momento había olvidado con quien hablaba. Si había alguien en el mundo que hacía lo que le daba la gana era Ludis Espinosa, si ya había decidido ir, no había poder humano que la hiciera pensar otra cosa. Seguramente ella haría las cosas mejor que él, era buena para eso. Ahora solo faltaba hablar con Laura.

-¿Aló? ¿Laura?

-Pechi ¿Por qué no contestabas?

-Estaba trayendo a uno de los mototaxis a la clínica, lo hirieron en la vaina esa que hubo en la troncal ¿no supiste?

-Sí, acá en el laboratorio escuché algo ¿es así de grave?

-Yo creo que más Laura, yo estoy aquí mismo, ya te veo.

Pechi solo tuvo que doblar la esquina y caminar unos pasos para llegar al laboratorio, Laura lo estaba esperando afuera.

-Hola- dijo él sin intentar besarla, no quería que sucediera lo mismo que había pasado unas horas antes.

-Hola, ya reclamé los resultados- dijo ella con dos sobres en la mano- ábrelos.

-¿Qué? Yo abro el mio y tú…- intentó decir Pechi, pero ella lo interrumpió.

-Tú eres el responsable de esto- dijo ella suavemente, sin ningún tinte de reproche- ábrelos tú.

Pechi abrió primero el suyo y empezó a leer. Luego abrió el de Laura e hizo lo mismo.

-¿Cuál es el resultado?- preguntó Laura ansiosa- ¿Pechi? ¿Pechi?

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