El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 81. El Origen.

Una sacudida bestial obligó a Cindy a reaccionar. Se encontraba a bordo de un automóvil, en medio de un camino sumamente oscuro alumbrado apenas por los débiles faros delanteros del viejo Chevrolet que conducía Jesús Patiño.

-¿Qué pasó? ¿Por qué estoy aquí? ¿A donde vamos?- preguntó Cindy alarmada sin tener ni idea como había llegado hasta allí.

-¿Qué acaso no recuerdas?- preguntó Jesús Patiño que conducía a su lado sin mirarla.

-Recuerdo que usted me iba a decir la verdad. que usted me iba a decir que era lo que estaba ocurriendo.

-Y lo voy a hacer… pero primero necesito mostrarte algo.

-¿Usted me drogó?

-Si la pregunta es si estás bajo el efecto de alguna sustancia extraña… sí, creo que si estás drogada.

-¿Cómo se atrevió a drogarme? ¿A dónde me lleva que me tenía que dormir? ¿Cree que no voy a encontrar este lugar nuevamente?

-Estoy seguro que no.

Cindy se tocó todo su cuerpo, había estado dormida mucho tiempo, puesto que ya había oscurecido y no tenía ni idea de lo que un desconocido como Patiño le habría podido hacer.

-Tranquila niña, que no eres de mi tipo exactamente- dijo Patiño sonriendo, sin mirarla, con los ojos puesto en el camino.

-No me diga que no le gusta las mujeres…- comentó Cindy con cierta ironía.

-¿Tendría eso algo de malo?- preguntó Patiño

-Pues no, pero ¿entonces usted es gay?

-Yo soy muchísimas cosas, niña, cosas que ni una niña tan inteligente como tú podría comprender.

-Bueno, sí es gay le puedo presentar a un amigo… no estoy seguro que le gusten hombres tan mayores como usted… pero igual lo podemos intentar… él es muy lindo.

-¿Estás hablando de tu jefe? ¿El tal Camilo Naar?

-¿Lo conoce?

-Te sorprendería todo lo que yo se, niña.

-No me diga “niña”, y menos en ese tono tan despectivo… no me agrada.

-No estés tan prevenida, niña, que yo sólo quiero ayudarte.

-Si claro, drogándome y llevándome por un camino oscuro hacia, sabrá Dios, que lugar, resulta de mucha ayuda.

-Tranquila que ya vamos a llegar.

El paisaje a esa hora parecía tétrico y fantasmal. Quizás era la luz de la luna o la de los faros, pero había algo distinto en la vegetación y hasta en el aire. El viejo Chevrolet siguió el oscuro sendero hasta que empezó a ascender por la falda de una colina.

El viejo vehículo aguantó muy bien el viaje hasta la cima, donde había un claro rodeado de arboles y muchas piedras enormes, muy parecido al lugar donde Cindy había encontrado a Laura Curiel, cuando el forajido ese al que llamaban Lastre, completamente desnudo, intentaba violarla. A pesar de todo el tiempo que había pasado, a Cindy le costaba acceder a ese recuerdo sin perturbarse.

-Llegamos- dijo Patiño apagando el automóvil.

El tenue resplandor de la luna permitía ver un poco, pero a Cindy le costó trabajo acostumbrarse a la oscuridad. Se escuchaban voces.

-¿Dónde estamos?

-Tranquilízate, niña, más bien sígueme.

Patiño caminó unos diez pasos hasta el lugar donde el claro terminaba. Cindy obedeció. Las voces eran confusas, en un momento parecían estar muy lejos, pero en el siguiente instante parecían hablarle al oído.

-Ven a ver esto- le dijo Patiño, haciéndole señas para que se acercara.

Cindy se aproximó lo suficiente para darse cuenta que luego de los árboles había un precipicio.

-No te asustes, que no te voy a lanzar

Luego de asomarse por segunda vez, Cindy pudo ver lo que había al fondo del abismo. Una enorme fogata ardía en medio de una cantidad impresionante de hombres y motocicletas. Esas eran las voces que había escuchado hacía unos instantes.

-¿Qué es esto? ¿Quienes son ellos?

-Son los subalternos de tu papá.

-¡¿Qué? ¿De qué carajos está hablando?!

-Baja un poco la voz, que no estoy sordo.

-Sí, claro, tiene razón, nos pueden oír… ¿Cómo así que los subalternos de mi papá?

-Presta atención, parece que llegamos en un muy buen momento.

Cindy se aferró a un árbol para no terminar estampada en el fondo del abismo y poder ver con mejor claridad. Patiño estaba parado en todo el borde, pero no parecía tener miedo de caer. Fue entonces cuando las voces, que no habían cesado desde que Cindy había llegado, empezaron a apagarse lentamente.

-¡Silencio, muchachos! ¡El comandante va a hablar!

Escuchó Cindy una voz altisonante en medio del silencio creciente. Fue entonces que ella lo vio. No tenía gafas y se había dejado la barba y vestía con una camiseta barata y unos jeans gastados, pero era él, era su papá.

-Buenas noches, camaradas- dijo Don Alirio al fondo del abismo, al lado de la fogata- si están aquí es porque apoyan nuestra causa revolucionaria,  porque están a favor de que sea el pueblo el que gobierne este país y no un montón de burócratas, oligarcas, que no conocen el sufrimiento de la pobreza, como si lo conocemos todos nosotros. Hoy tenemos una oportunidad de oro para mostrarle a toda esa maquinaria represiva y corrupta que el pueblo tiene el poder. Esta noche podemos demostrarles que somos poderosos. La élite podrida de Sincelejo va a temblar esta noche, vamos a destruir todos sus negocios, empezando por los que más desprecian al pueblo. Empezaremos con los locales del Fresno, ¡los vamos a hundir en candela, camaradas!

Cindy se llevó las manos a la boca, mientras un nudo se aprisionaba en su garganta y los hombres que estaban escuchando a su padre emitían un sonoro grito de apoyo a su líder.

-Pero no vamos a ser bobos… vamos a crearles una distracción… del otro lado de la ciudad, en la salida a Tolú, un grupo se me van para allá y empiezan a lanzar los explosivos en todos los moteles y en todos los negocios que estén abiertos. Eso tiene que ser un caos, y cuando la policía este allá, nos darán la partida para atacar al fresno. Uno de ustedes llevará el radio, ya que los malditos policías apagaron las antenas de los celulares… el encargado del radio me dará la señal, y allí el resto atacaremos El Fresno, que es el símbolo del arribismo y del elitismo de esta ciudad.  Nos vamos muchachos.

Todos los hombres, incluyendo a don Alirio se montaron en motocicletas y en menos de dos minutos el claro junto a la fogata estaba nuevamente vacío, dejando el fantasma del ruido infernal de los motores de dos y cuatro tiempos saliendo en estampida.

-¡Hay que avisarle a la policía!- dijo Cindy alarmada.

-No podemos- dijo Patiño.

-Sí, ya sé que no hay celulares… pero podemos llegar hasta Sincelejo y hablar con alguien.

-Sí, pero realmente no quiero hacer eso.

-¡Usted está de parte de mi papá!

-¿Yo? Yo estoy de tu parte, Cindy… creí que querías saber la verdad… sobre las tierras de los Mansur y cómo llegamos a todo esto…  ¿Qué quieres hacer? Tienes dos opciones… quedarte aquí y escucharme… o intentar salir de donde estás y fracasar ¿Cuál eliges?

-¿Por qué dice que voy a fracasar?

-¡ELIGE!

-Está bien pero no me grite… dígame lo que va a decir y ya…

-De veras que admiro tu inteligencia… sabes que aunque pudieras detener a tu papá… sólo sería un evento… pero si supieras la verdad, podrías acabar con todo de una vez… me agradas, Cindy.

-Bueno ¿Va a hablar o no?

-Sí, pero vamos a hacer algo de ambiente aquí ¿no crees?- dijo Patiño mientras regresaba a su auto y encendía los faros delanteros y ponía una música extraña, que Cindy, con su limitado conocimiento en el terreno musical podría asociar solamente con Édith Piaf, de algún vídeo que había visto en algún lugar en Internet.

-Te voy a contar una historia, Cindy- dijo- una historia que comenzó hace muchos, muchos años  en un lugar muy, muy lejano.

“Había una vez en un país muy frío, un joven llamado Nikolay. Era un muchacho muy buen mozo, alto, delgado de cabellos negros, piel blanca y ojos azules, como casi todos los muchachos con los que creció.  Todos le llamaban de cariño Kolya”

-Bueno, pero ¿qué tiene que ver todo esto con lo que está pasando hoy en Sincelejo? ¿Y con las tierras de los Mansur? ¿Y con…?

-¿Me vas a dejar terminar la historia, niña insolente? ¡Estoy a punto de arrojarte por ese precipicio a ver si te terminas de callarte de una vez por todas!

-Ya, relájese… todo está bien- dijo Cindy creyendo a Patiño no sólo capaz de arrojarla por el abismo, sino de patearla a la fogata también si no lo dejaba terminar su historia.

-Te decía…

“Todos llamaban a aquel muchacho Kolya. Desde muy pequeño se interesó en los libros, en la lectura y siempre se destacó como un excelente estudiante, además de un magnífico jugador de ajedrez. Era tan bueno, que cuando apenas tenía 14 años, cuatro individuos con una estrella roja pintada sobre sus chaquetas llegaron a buscarlo. De nada sirvieron las súplicas de su madre, y de su padre, ni de sus tres hermanos mayores, ni de su hermanita menor. Kolya se marcharía aquella noche de invierno y no los volvería a ver.

Lo llevaron a una ciudad sin nombre, que no aparecía en los mapas. Aún en el crudo invierno, donde las noches parecían eternas, Kolya debía entrenar con otros diez muchachos. Era un entrenamiento duro, pero nada en comparación con el entrenamiento académico. Nunca volvió a jugar ajedrez. Ocupaba todo su tiempo en comprender el estudio de los minerales, la geología y los suelos. Pero no sólo eso, antes de cumplir 18 años, Kolya ya hablaba cuatro idiomas, todos sin ningún acento que los delatara. A los 19 años estaba listo para su primera misión.

Lo enviaron a un lugar muy, muy distante. Un avión lo sacó de su país hasta una isla tropical donde los autos parecían sacados de una película de época y donde se podía respirar el olor dulce hasta en los sueños y donde todo el mundo era tratado de la misma manera. Pero no era allí donde debía llegar. Allí lo probaron, probaron su acento, sus conocimientos, la historia falsa que debía decir cuando llegar a su destino. No podían correr riesgos.

Llegó en un avión hasta su país de destino, con un pasaporte mexicano, a nombre de Nicolás Ventura. Podrías creer que Kolya tenía miedo al llegar, pero no. Sabía lo que tenía que hacer desde que pusiera un pie en la fría ciudad que servía de capital a aquel país conocido por el café y la cocaína, hasta que llegara al pueblo perdido en el Caribe donde debía terminar su misión.”

-¡Llegó aquí a Sincelejo!

-Así es, niña, veo que estás prestando atención. Como te decía…

“Kolya llego a ese pueblo atrasado y caluroso, tan diferente de su patria, pero nunca dejó traslucir un sentimiento que otra persona pudiera identificar. Kolya estaba hecho de hielo.  Se unió al equipo de ingenieros de la empresa de cementos del lugar. Y lo dejaron a cargo de una zona de exploración, cerca de Toluviejo. Los dueños del lugar, descendientes de libaneses habían dado permiso, a cambio de ciertas prevendas económicas.

Kolya debía encontrar piedra caliza, pero ese no era su verdadero objetivo. Habían pasado cuatro meses y lo único que encontró bajo capas y capas de tierra había sido sal. Todos los fines de semana escribía detalladamente sus descubrimientos en sus letras enrevesadas y enviaba el reporte a sus superiores. Pronto la empresa dio orden de abandonar la exploración. Kolya fue reasignado a labores administrativas, donde demostró todo su talento… y donde también robó toda la información que pudo. Mapas, diagramas del subsuelo, minerales encontrados… todo, pero nunca halló lo que fue a buscar. O bueno al menos no lo que esperaba encontrar.

Un día lo invitaron a una fiesta patronal en un pueblo cercano. Kolya asistió más por curiosidad científica que por diversión. Pero en medio del fandango, de la algarabía y del aguardiente, perdió la noción de la realidad… fue allí, en medio del jolgorio y de la bulla que vio por primera vez a aquella mujer. Era hermosa, de piel canela y ojos vivaces y lo miraba con tanto interés que él se dio cuenta. Borracho y totalmente desinhibido como estaba, se acercó y en su español sin acentos le preguntó si quería bailar.

No sería la última vez que vería a aquella mujer, inventaba excusas para verla, se le enredaban las historias que debía decir para escaparse e ir hasta el pueblo donde la mujer color canela vivía para besarla, amarla y sentirla… hasta el día que enviaron a buscarlo. Y no enviaron a cualquiera, enviaron a uno de sus asesinos, un hombre sin corazón, llamado Demyan”

-¿Cómo vamos hasta ahora? ¿Qué has aprendido de la historia?

-Kolya, era un espía… un espía ruso… si es lo que yo creo, vino a buscar uranio o alguna de esas cosas, para fabricar bombas nucleares ¿no?

-Muy bien… eres muy inteligente niña.

-Estuvo en las tierras de los Mansur… pero no encontró nada… a menos qué…

-Ya veo que sí estás entendiendo… pero la historia no ha terminado aún, tenemos que ir a otro lugar para decirte como termina. ¿Qué dices? ¿Vienes conmigo?

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