El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 82. El Muro.

De pronto, mientras aún soñaba, sintió el toque suave del viento rozando su rostro. Que bien se sentía. Estaba empapado de sudor. “¿Por qué?”. Sentía la camisa pegada sobre su espalda y su pecho, pero sobre todo sentía un rumor sordo en la cabeza que crecía a cada segundo. No quería despertar. Pero el rumor se hacía cada vez más intenso, pero no estaba en su cabeza. Estaba afuera y su cabeza sólo lo repetía como un eco infernal que lo multiplicaba mil veces y más. “Por favor no más” suplicó Pechi aún en sus sueños. “No más”.

El rumor pronto se convirtió en un ruido insoportable que amenazaba con estallarle la cabeza en cualquier segundo y lo obligó a abrir los ojos. Fue peor. La luz que entraba a chorros por sus ojos aumentó aún más el infierno en su cabeza. “Dios ¿Qué es esto?”. Pronto las sombras que se escondían en la luz encandilante empezaron a tomar forma. Algo se movía en el techo y provocaba aquel ruido que le taladraba la cabeza a cada segundo. Era el ventilador de su cuarto.

Pechi se levantó sobre su cama, tratando de entender lo que sucedía. Tenía toda la ropa puesta e incluso los zapatos. Por un instante el espantoso dolor de cabeza pasó a un segundo plano cuando percibió el olor penetrante del alcohol combinado con vómito.  “¿Qué pasó aquí?” Trató de buscar entre sus recuerdos, pero cada vez que lo intentaba el dolor de cabeza aumentaba más. Su habitación estaba tal y como la había dejado el día anterior, luego de que él y Laura salieran al laboratorio a hacerse la prueba del VIH.

-Laura- dijo Pechi susurrando.

Entonces, empezó a recordar. Ella lo había rechazado, le había gritado cosas horribles, luego de saber que estaban sanos. El había sido tan feliz , pero esa felicidad sólo había durando un instante, instante que terminó cuando ella le había dicho que él había sido el peor error de su vida.

Pechi creyó que sólo necesitaba tiempo para asimilarlo, que luego hablarían y todo se arreglaría. Pero no. Cuando intentó comunicarse con Laura, ya no pudo hacerlo. Pasó toda la tarde en el parqueadero, verificando que todas las motocicletas estuvieran a salvo del caos que ya se había empezado a apoderar en Sincelejo. Fue allí que se enteró de que había aparecido una patrulla quemada por los lados de “El Mamón”. Pero no importaba lo que le dijeran, su mente estaba distraída y el único remedio era hablar con Laura.

Cuando la última motocicleta entró al parqueadero de “El Mototaxi: Express”, Pechi tomó la que más cerca estaba de su alcance y salió a buscar a la mujer que amaba, en medio del zumbido infernal de las motocicletas recorriendo la ciudad. Pero ella no estaba en su casa y Adriana se lo hizo saber con toda la mala fe que pudo sin parecer maleducada. Él sabía que aquella mujer lo odiaba, pero a él no le importaba ella en lo más mínimo, lo único que le importaba era Laura.

Estaba de camino a su casa cuando vio en un estanco olvidado por los lados de “La Terraza” algo que le pareció fuera de lo común. Era la misma moto que había manejado hace años. La moto de Migue. Y dentro del negocio, un muchacho alto, rubio, corpulento con una cerveza en la mesa y la peor cara de desolación que se pudiera imaginar. Era Nane.

-¿Mansur? Pero ¿Qué haces aquí, tomando solo?

-¿Viloria? Hombre, siéntate y me acompañas.

Luego los recuerdos no eran tan claros. Pechi se levantó de la cama y entró al baño, que en realidad era la fuente de la pestilencia que había sentido hacía unos momentos. ¿Cómo había terminado en su casa? “Angélica” ¿Por qué tenía ese nombre grabado en la mente? Mientras se quitaba la ropa sudada y terminaba de asear el baño, no pudo pensar en otra cosa que en aquel nombre. “Angélica”.

Ya se estaba cambiando cuando quedó observando el abanico de techo dando vueltas.

-La luz- dijo él en susurros.

Claro, la luz se había ido la noche anterior, luego que… el recuerdo regresó claro a su mente, que aún luchaba por mantener la cordura, dado el dolor tan espantoso que sentía.  Nane y él habían ido a casa de Laura en medio de los tragos y esperaron a media cuadra de allí, a que ella llegara.  Allí los había visto. Eran ella y Javi. Laura estaba sucia y desgreñada, o al menos así la recordaba. No podía creer que ella había terminado con él hacía unas horas y ya se había refugiado en los brazos de Javi. No quería ni imaginar que algo más hubiese sucedido entre ellos.

Recordó que había comprado aguardiente y entre él y Nane lo llevaron hasta su casa. Estaban allí, entre vasitos llenos de licor y canciones viejas de vallenato cuando se fue la luz. “Una explosión” pensó Pechi. Y ese nombre. “Angélica”.

Pechi miró la hora. 8:30 marcaba el reloj-despertador que Laura le había regalado hacía unas semanas. Buscó desesperadamente unas aspirinas que sabía que estaba por alguna parte, hasta que las encontró olvidadas entre una colonia y una caja de zapatos en la parte superior del armario. Había salido a buscar agua en la cocina cuando vio a Nane en la sala.

Estaba tirado en el piso, en la misma posición que salían los muertos en la televisión y en las películas que veía con Laura.  El brazo izquierdo levantado por encima  de la cabeza, a medio lado y el brazo derecho a la altura de la rodilla derecha. El cabello rubio le ocultaba los ojos y una botella vacía de aguardiente estaba junto a una de sus manos. El olor allí era peor que en su propia habitación.

-¿Mansur?- dijo Pechi arrodillandose frente a él, secretamente preguntándose si en esos momentos aún estaría vivo.

Pero el movimiento armónico del torso de Nane, delataba su condición de vivo.

-¿Mansur? ¡Nane! ¡Despierta hombre!- dijo Pechi mientras estremecía el cuerpo de Nane, sin ningún resultado, salvo que ahora los ronquidos del mototaxi era más sonoros que antes. No estaba dormido. Estaba desmayado.

Pechi se tomó las aspirinas para darse fuerzas y luego arrastró a Nane hasta su cama para que descansara y su cerebro se volviera a reconectar con su cuerpo. Pechi recordó que en medio de la luz de las velas, había decidido acostarse pero Nane había seguido el sólo, porque se sentía culpable. “Angélica”. Otra vez ese nombre. ¿Acaso Nane le había hablado de ella?

Había terminado de arrojar a Nane sobre su cama, cuando sucedió algo que lo sorprendió. Su celular sonó. “¿Qué?”

-Ya debe haber señal- se dijo Pechi a si mismo, mientras contaba los segundos para hablar con Laura.

Pero no era Laura quien llamaba. La pantalla del celular no se equivocaba, como tal vez si lo hacía su corazón  y marcó el nombre de la persona que llamaba: “Ludis Espinosa”.

-¿Ludis?

-Pedro, muchacho ¿Dónde estás?

-En mi casa, Ludis, yo…

-Ya estás retrasado ¡van a hacer las 9! y esta mujer que tienes ayudándote me llamó desesperada porque no sabía que hacer.

-No te preocupes, Ludis ya salgo para allá.

Pechi sacó el único par de lentes de sol que tenía de su estuche y sacó la motocicleta amarilla que reposaba junto a la de Migue en medio de la sala de su casa. Se había asegurado de dejarle una nota a Nane. Intentó llamar a Laura, pero el teléfono se iba de inmediato al buzón de mensajes. Hubiese podido llegar a casa de Adriana y Laura en Las Colinas, pero el mero recuerdo de ella tomándose de las manos con Javi lo ponía de mal humor y despertaban en él, unas enormes ganas de mandarla al demonio.

“Angélica”, de pronto aquella combinación de letras empezó a tener rostro. Una mujer muy bella rubia, de ojos verdes apareció en su mente mientras conducía hasta las oficinas de “El Mototaxi: Express”. Si Nane le había hablado de ella ¿Por qué recordaba su rostro? “Eso es lo que pasa cuando tomas sin control, Pedro Viloria” se dijo a sí mismo Pechi mientras llegaba a la oficina. La encontró llena de gente.

Claudia y Ludis estaban en medio de una discusión espantosa con los mototaxis que trabajaban con la empresa. Pechi sintió como cada una de las voces era una espada candente que entraba en su cráneo y al no poder soportarlo más gritó con todas sus fuerzas.

-¡CÁLLENSE, NOJODA!

La oficina quedó en silencio, Pechi con las gafas de sol puestas y con la cabeza hecha un desastre pudo vislumbrar de que se trataba la discusión.

-Muchachos, yo entiendo que quieran salir a buscar las motos, pero yo dejé ordenes de que no sacaran ninguna. Yo se que todos ustedes tienen que llevar algo para sus casa, para el gasto diario, pero si los dejo salir ahora con todo lo que está pasando, quizás mañana no vamos a tener con qué trabajar. La ciudad parece tranquila ahora, pero ¿alguno de ustedes vio la puerta de “El Fresno” achicharrada, porque yo sí. Así que vamos a esperar al medio día, si las cosas siguen con normalidad, doy autorización de sacar las motos, sino mañana evaluamos la situación. Ahora les voy a agradecer que vayan a sus casas y descansen, por favor.

Una murmuración cargada de resentimiento recorrió la multitud, mientras dejaban la oficina, pero todos se fueron sin protestar en voz alta. Sin mirar a Ludis, Pechi entró en su oficina, sin quitarse los lentes de sol, se sentó frente a su escritorio y empezó a dar vueltas en su silla giratoria.

-¿Mucho guayabo?- preguntó una voz detrás de él. “No, no puede ser ¿esta vieja por qué no se va?” pensó él.

-Más o menos, Ludis, sólo necesito descansar.

-En todo el tiempo que llevo de conocerte, nunca te había visto borracho.

-No estoy borracho.

-No, estas enguayabado. ¿Por eso dejaste ir a los mototaxis? ¿Sabes lo que nos cuesta medio día sin trabajar?

-Yo lo que sé es que tú y la policía deben estar locos si creen que los mototaxis van a dejar las cosas así. Vamos a esperar hasta mediodía. Pero no creo que la situación cambie. Hay que cuidar las motos.

-Sin embargo tú sacaste una.

-La necesitaba.

-Al igual que los mototaxis necesitaban trabajar hoy.

-En todo el tiempo que llevo de conocerte, Ludis, nunca te había visto en esa actitud de Madre Teresa de Calcuta- dijo Pechi mientras giraba en la silla con los ojos cerrados y cubiertos por los lentes de sol.

-¿Pasó algo con Laura?- preguntó Ludis.

-Sí, me di cuenta que no la conozco- dijo él con frialdad.

-Pedro, si no te quedas quieto y te quitas esas gafas baratas de la cabeza, te juro que te voy a arrojar una jarra de agua en la cabeza para ver si así aprendes a respetar- dijo Ludis en voz baja, pero con tono amenazante. Pechi la conocía lo suficiente como para saber que sí hablaba en serio. Obedeció.

-Mucho mejor- dijo ella- lo que quiero que sepas es que el amor es algo muy, muy complicado, y muy frágil. Tú más que nadie debería saberlo, los malentendidos se vuelven remolinos de peleas sin sentido, y las pequeñas cosas se vuelven enormes. Pero lo importante es no dejarse llevar por las apariencias, sino por las certezas. Tú conoces a Laura hace años y cualquier cosa que haya hecho, primero debes darle el beneficio de la duda.

-¿Lo dice por experiencia propia?

-Sí, hace años un malentendido… – dijo ella divagando, pero no terminó de hablar- bueno, suficiente, creo que es hora de que te tomes algo más fuerte para ese guayabo bíblico que tienes.

-No me terminó de contar y ya yo me tomé unas aspirinas.

-Pero no te han hecho efecto, teniendo en cuenta esa cara de zombie que tienes. Ya vengo.

Pechi recordaba a Salma, su madre, que en aquellos momentos debía estar junto a su hermana Kate por el rumbo de Codazzi, Cesar, y la comparaba con Ludis. Era increíble como dos mujeres tan diferentes podían tener un carácter tan parecido. Claro, Salma no tenía la misma educación de Ludis, y utilizaba palabras muy diferentes, pero nunca dejó de corregirlo, al igual que Ludis lo hacía ahora. A pesar de la mano de hierro que utilizaba con él, le agradecía que se preocupara por él y lo cuidara.

-¡Pedro! ven a tomarte esto ¿O es que crees que te lo voy a llevar hasta allá?

Pechi salió de su oficina, a la recepción donde encontró a Ludis con un vaso en las manos, repleto de un liquido azul burbujeante.

-¿Qué es eso?

-Tú tomátelo y más nada.

Claudia observaba la escena con curiosidad pero a la vez burlándose de la extraña dinámica entre los socios de “El Mototaxi: Express”. Ya Pechi se había terminado de tomar la horrible pócima cuando escuchó una motocicleta detenerse frente a la oficina. El sujeto que iba de pasajero se bajó de la moto y subiéndose el visor se aproximó a la puerta. Pechi no tuvo que pensarlo para reconocer a aquellos ojos asesinos, que él había visto apagarse alguna vez con una varilla ensartada en su cuerpo.

El hombre abrió la puerta lentamente y dejó caer algo en el piso, algo que rodó justo a los pies de él y Ludis. Sólo supo en ese momento que era.

-¡CUIDADO… LUDIS!

El hombre salió corriendo de inmediato. Pechi logró empujar a Ludis con todas sus fuerzas hasta la oficina de gerencia, mientras gritaba con todas sus fuerzas. De repente una oleada de aire caliente lo elevó por los aires y lo hizo girar sobre su eje tantas veces que no pudo contarlas. Pechi alcanzó a hacer sus últimas plegarias, justo antes de ver como se aproximaba a toda velocidad uno de los muros, hasta tenerlo a un milímetro de distancia. Y después…. todo fue oscuridad.

 

 

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