El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 86. El Corazón.

Nunca antes Nane Mansur había visto a su Sincelejo tan desolado como aquella mañana. No había un alma en alma en la calle, todos los negocios estaban cerrados y los pocos curiosos que se asomaban a la calle reflejaban una mirada de horror y espanto que el mototaxi nunca había visto en su ciudad. Era la primera vez que el miedo superaba a la curiosidad.

El estruendo se había escuchado claramente hacia algunos minutos, seguido de los gritos agonizantes de las sirenas en la distancia. Aunque le costaba admitirlo a él también le había ganado el miedo.

Apestaba a diablos, a vómito y alcohol, se preguntó que diría su madre si lo viera en ese estado tan lamentable. Se hubiese podido asear perfectamente en casa de Pechi, pero el henchido orgullo Mansur era más fuerte que las ganas de estar limpio.

A pesar de el tiempo que había permanecido en Puerto Arturo, trabajando como mototaxi, su orgullo estaba allí, igual que el primer día que tuvo conciencia de ser hijo de su padre. Sólo quería llegar a aquella casa en la que había vivido aquellos meses, bañarse, cambiarse, empacar todo y regresar al lugar de donde nunca debió haber salido.

Recordaba aquella noche, la misma del lanzamiento de “El Mototaxi: Express”, el momento en que Cindy le había pedido que olvidaran todo y regresaran y él, de imbécil, le había pedido tiempo. Tiempo era lo que ya no tenía en ese momento. Aquél estruendo y aquella calma siniestra sólo podía ser el augurio de algo mucho peor que estaba por venir. Sus sueños se lo habían advertido.

Pudo ver a lo lejos la columna de humo negro que se alzaba al oeste, pero no podía ver el punto de donde provenía. “Cindy ¿Dónde estás?”. Había intentado llamarla desde que el teléfono había sonado con mensajes de propaganda de su operador celular. Así había despertado hacía unos minutos. Pero ella no contestó.

Nane cruzó la carretera troncal, en aquella moto que le había dado de comer en los últimos meses y le había enseñado lo que era ser un hombre de verdad, a salir a la calle sin miedo, sin vergüenza, a sudar, a ganarse la vida como nunca lo había hecho. En ese momento sintió nostalgia. Una vida sencilla no tenía por qué ser una vida infeliz, y todas las personas que había conocido en Puerto Arturo durante aquel tiempo lo confirmaban.

El miedo más grande que había tenido cuando fue a casa de Migue a pedirle ayuda, era que lo terminaran robando o asesinando o violando. Pero pronto se dio cuenta de lo equivocado que estaba. La misma madrugada que entró a Puerto Arturo lo invadió el pánico cuando se dio cuenta que no sabía ubicar la casa de Migue. Fue entonces cuando unos muchachos con la peor pinta de malandros que Nane hubiese visto jamás, le preguntaron si estaba perdido. Nane había asentido. Cualquier otro se hubiese conformado con indicarle la forma de llegar, pero aquellos muchachos raquíticos con el cabello engomado del gel y las orejas llenas de piercings, lo acompañaron hasta la casa de Migue quien lo recibió con extrañeza, pero con amabilidad.

Uno  a uno fue conociendo a los habitantes de aquel barrio que a pesar de tener tan poco y de vivir al día, eran capaces de reír y de ser felices a pesar de las adversidades. No era sino recordar a Pipe, el niño que vendía quibees a pie descalzo por todo el barrio. A pesar de tener los ojos hundidos y la piel pegada a los huesos, Pipe no sentía resentimientos ni amarguras y su mayor felicidad era ver partidos de fútbol de la liga europea en casa de algunos de los vecinos.

Nane no podía dejar de compararse a sí mismo de niño con Pipe y el golpe de tantos arrepentimientos atrasados le formaban un nudo en la garganta que tardaba varios minutos en desaparecer. De niño Nane había tenido todo lo que había querido. Tenía tantos pares de zapatos que no alcazaba una semana para ponérselos todos. Recordó que Ludis había tenido que tumbar la pared de uno de los cuartos para ampliar su cuarto y que cupieran todos sus juguetes y el creciente armario. Fue el primero entre sus amigos del colegio que tuvo un computador, una laptop, un reproductor de música, un celular… todo. Y sin embargo nunca fue feliz, nunca tuvo la sonrisa que tenía Pipe cuando le contaba que el próximo año iba a ir al colegio, si este año su mamá se organizaba.

Recordó a Mane y a Guillo, los viejitos que se sentaban en sus taburetes decrépitos a componer el mundo en la puerta de la calle y que saludaban a Nane con más amabilidad de la que él había visto junta en su vida. Muchas veces les aceptó la invitación a jugar dominó y él pudo imaginar lo que debía sentirse tener un abuelo, un abuelo que contara historias increíbles que ocurrían en época remotas, donde no había prisas y los niños no crecían tan rápido.

Recordó a Grisela, la mujer del mecánico, que le había brindado un plato de sopa cuando se dio cuenta que había gastado todo lo que había ganado en el día para reponer un neumático que se le había roto a la motocicleta. A la niña Cecilia, la mamá de Cristian, que solía pasar por su casa a preguntar como le había ido en el día y se sentaba junto a él, hablando de todo un poco, no como una mujer le hablaría a un hombre, sino como una madre le hablaría a un hijo y como él habría esperado que Ludis le hablara desde que era un niño.

Hasta Jessy, la hija de Migue salía a abrazarlo cuando el iba a dejar la motocicleta luego de un día duro de trabajo. Ese abrazo sincero de aquella niña lo hacía sentir mejor que cualquier computador, o cualquier pendejada que Ludis o Tito le hubiesen dado de niño, porque sabía que era un gesto sincero derivado del cariño y no de la negligencia.

Nane cruzó la Carretera Troncal y siguió por Uribe Uribe hasta llegar al puente donde había que doblar para llegar hasta el cerro donde empezaba Puerto Arturo. Tal y como él lo había sospechado, el ambiente era muy diferente allí. Algunas mujeres aún estaba terminando de barrer la puerta, todas las tiendas habían abierto y ya se escuchaba la música en la cantina de Guido, a pesar de no ser aún las nueve de la mañana.

-¿Todo bien, viejo Nane?- le dijo “El Tato”, uno de los muchachos del barrio, con el que Nane solía hablar de fútbol y de mujeres, en ocasiones.

-Bien, Tato ¿Y tu qué?

-Bien, aquí, oye ven acá… esa vaina que sonó ahora rato ¿qué fue o qué?

-No tengo ni idea marica- dijo Nane- parecía como una bomba.

-¿No sería que algo explotó? Un incendio o algo, por ahí me tiraron el dato que anoche se fue la luz porque pusieron una bomba en la subestación.

-¿De verdad?

-Sí, claro, marica ¿Y tu por qué hueles así?

-No, nada parce, tengo que ir a cambiarme, me puse a tomar anoche y tú sabes…

-Abre el ojo marica, un día de estos vas a amanecer con el culo roto…- dijo Tato antes de seguir su camino, con la mayor seriedad del mundo.

Nane estaba a punto de subir el último tramo del cerro antes de llegar a su casa cuando escucho un rumor extraño, como de un grito ahogado. Miró alrededor para ver quién había sido pero no vio nada. Al menos nada fuera de lo normal.

Ya sabía lo que tenía que hacer ahora. Se asearía, le devolvería la moto a Migue y dejaría la casa tal y como la encontró. Era hora de marcharse. Se había trazado una meta en el futuro y no pensaba dejarla ir, como había dejado ir a Cindy aquella noche. La había visto tan hermosa hacía un par de días. Si tan sólo hubiese tenido el valor de decirle “Cindy, soy yo, Nane, perdóname”. En ese momento el perdón hubiese sido una formalidad, pero ahora no estaba seguro si Cindy lo perdonaría en el momento en que él le confesara que había estado con otra mujer.

Nane detuvo la moto frente a su casa y Jessy lo miró sonriendo desde el otro lado de la calle. “Cha-cha” dijo ella señalando la puerta. Fue entonces que se dio cuenta que estaba abierta. Migue se asomó a la ventana y con una sonrisa llena de picardía señaló a la puerta entreabierta.  Nane no comprendía nada, mucho menos cuando Migue le hizo la figura de una mujer con ambas manos.

Así, apestando a diablos y sin saber que rayos habría detrás, Nane terminó de abrir la puerta. Por una fracción de segundo creyó que allí estaría ella, Cindy esperándolo y su imaginación voló hasta el momento en que ella le perdonaría todo y él le propusiera matrimonio, para que nunca más se volvieran a separar. Se equivocó.

El cabello rubio y las curvas perfectas de la mujer que daba vueltas en el patio, destruyeron sus ilusiones.

-¿Angélica?

La hembra vestía de pantalón jean y una blusa de mangas largas y cuello de tortuga, ambas prendas ajustadas al cuerpo.  Apenas se dio cuenta de su llegada volteó y corrió dentro de la casa. Nane nuevamente oyó el rumor sordo.

-Nane, menos mal llegaste, yo…

Shhh, ¿Escuchaste?

-¿Escuché qué?

-Ese ruido.

-No ¿Cuál ruido? ¿Eres tú el que huele así?

-Sí, estuve tomando anoche… venía a cambiarme ¿Quién te dejó entrar aquí?

-El señor del frente, fue muy amable, me dejó entrar cuando le dije que te conocía.

-Pero supongo que el señor del frente no te dijo donde vivía ¿O sí?

-No, Andrade me trajo y no fue difícil ubicar tu casa.

-Lo lamento mucho Angélica, de verdad, pero después de lo que pasó ayer, lo mejor es que te vayas y que no nos veamos más. Lo de ayer fue un error, un error muy grave y estoy muy arrepentido.

Angélica fingió una sonrisa.

-No te preocupes, cuando me dejaste tirada de rodillas en ese cuarto, lo entendí todo. Sólo vine a pedirte que me disculpes. De mi parte te prometo que nunca vas a volver a saber más de mi. Estoy de acuerdo en que lo de ayer fue un error. Un error muy grande. Sabes… ojalá nos hubiésemos conocido en otro momento, en otro lugar, a lo mejor hubiésemos podido ser amigos.

-Sí, pero eso ya no es posible- dijo Nane- Ahora si me disculpas, tengo que ir a asearme, yo…

Entonces volvió a escucharse ese rumor extraño, como si un volcan estuviera a punto de estallar.

-¿Lo escuchaste?- preguntó Nane.

-Sí, claro, sí lo escuché-  dijo Angélica con el temor dibujado en el rostro.

Fue entonces que la única mesa que tenía Nane en toda la casa empezó a rodar hacía la pared que daba al patio. En el cuarto la cama hacía lo mismo. Nane se tuvo que agarrar de la puerta para no perder el equilibrio, segundos antes que Angélica cayera apoyada sobre él.

-¿Qué está pasando?

-No tengo la más remota idea- dijo Nane.

Mira a tu lado. Nane no entendía por qué, pero la voz que había escuchado en sus sueños volvía a estar nítida en su cabeza.

Justo en ese momento se oyó un estrépito descomunal. El piso se movió nuevamente. Nane trató de agarrarse de la puerta, antes de ver que la tierra afuera se movía. Angélica estaba abrazada de él y ambos quedaron suspendidos de la puerta, mientras la gravedad los empujaba hacía la puerta de salida al patio. “Qué diablos es lo que está pasando”.

Los gritos empezaron pronto. Nane colgaba de sus brazos con Angélica aferrada a su cuerpo, llorando del miedo, hasta que la tierra se sacudió tan fuerte que ambos cayeron hacía la otra pared. Fue entonces que un dolor que ya creía superado lo recorrió de pies a cabeza.

-¡HIJUEPUTA, MI HOMBRO!

La casa había girado, la puerta de la calle estaba arriba de ellos, el  patio había desaparecido. Y el dolor le recorría el cuerpo a Nane como una ser vivo que amenazaba con destruirlo. Luego se volvió a escuchar el rumor sordo. Ahora era claro que venía desde abajo, desde el corazón del cerro. Una grieta de espanto se abrió por toda la casa y la partió en dos. Nane quedó en medio de una confusión de polvo, humo, piedras y gritos. Sentía que objetos pesados lo golpeaban. Ya no había pared ni techo, nada, estaba desamparado en medio del cerro y ya ni siquiera veía a Angélica.

Estaba tratando de sobreponerse al dolor y ponerse de pie cuando vio que una sombra se aproximaba hacia él. Una sombra enorme. ¿Acaso era eso una?….

-¡UNA PARED!

Nane alcanzó a darle gracias a Dios por haber existido y haber conocido el amor, en las milésimas de segundo que lo separaban de una muerte segura, hasta que volvió a escuchar las palabras que tantas veces había oído en sus sueños.

Mira a tu lado.

 

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