El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 92. La Carta.

Shanghái, China. 

17 de Noviembre de 2029

Cindy:

Hacía tanto que te quería escribir estas letras, pero sólo hasta hoy he podido reunir el valor y la locura suficiente para poder expresar con palabras todo el amor que aún hoy siento por ti.

Aún aquí, después de tantos años, y en el otro extremo del planeta te extraño tanto que  todavía me parece verte entre los rostros de la multitud, como una transeúnte más, como si el tiempo no hubiese pasado.

Me cuesta trabajo creer todo lo que nos pasó, a ti y a mí, después de tantos momentos hermosos que vivimos juntos. ¿Recuerdas la primera vez que jugamos ajedrez? Apenas habían pasado unos días luego de lo de la Plaza de Majagual y mi mamá parecía una loca empecinada en conseguirnos un psicólogo ¿Recuerdas? Me pediste que pasara el día en tu casa y para matar el tiempo, sacaste un viejo tablero de ajedrez que había sido de tu papá en su época de estudiante. Siempre fuiste más brillante, más inteligente que yo. Imagínate, si me costó trabajo aprender a mover las fichas, mucho más entender las estrategias de juego, con las que siempre me ganabas. Cada vez que te acercabas a mi, para explicarme un movimiento o una jugada, podía percibir tu perfume y me excitaba la sola idea de tenerte cerca.

¿Recuerdas el día de tu graduación? Tuvimos que decirle a tu papá que nos habíamos ido a celebrar a Tolú con tus compañeros de clase. Esa fue la excusa que inventamos para quedarnos por primera vez a solas. Fue la mejor noche de mi vida. Cada beso, cada caricia, cada sensación la llevo aún grabada en mi memoria y aunque parezca trillado lo que te voy a decir, aunque me había acostado con muchas mujeres antes de eso, sólo en ese momento, esa noche fue la primera vez que sentí que hacía el amor.

Los paseos que hicimos a La Blanca, los que luego hicimos a la cabaña anónima en Coveñas, e incluso la vez que se te cayó la gaseosa en el regazo cuando estábamos en el cine… no sabes cuanto añoro esos momentos, Cindy, no sabes cuánto desearía tener una máquina para poder regresar el tiempo y vivir todos esos instantes de nuevo contigo.

Ahora, después de todos estos años, reconozco que todo lo que pasó fue mi culpa. Fui yo el que te dejé cuando creía que tenías algo con tu compañero de trabajo, fui yo el que me fui del país para intentar comprender lo inexplicable, fui yo el que caí en una trampa absurda y terminé arriesgando tu vida. Fui yo el que decidí alejarme de ti, para probarme a mi mismo que te merecía, cuando lo que en realidad estaba haciendo era apartarte cada vez más de mi.

Recuerdo esa mañana, antes de que la ciudad se volviera un infierno, estabas allí, frente al lugar donde trabajabas y me adelanté para ser yo quien te recogiera. No me atreví a decirte nada, incluso cuando llegamos a la universidad y te pareció conocerme. Me dio miedo, me dio miedo no estar preparado para ti. Y no sabes cuanto me arrepiento ahora, así como me arrepiento de haberte fallado con otra mujer… solía creer que sólo había sido un momento de debilidad, pero eso sería tratar de justificarme. Fui mi culpa, y sólo mía, yo sabía lo que hacía porque lo que sentía por ti pasó a un segundo plano para satisfacer mi lujuria.

Pero la vida se encargó de cobrarme caro todo lo que hice. Aún puedo recordar claramente como la tierra se hizo pedazos a mis pies, justo cuando había decidido salir del cerro, de Puerto Arturo. Aún me cuesta reprimir el nudo en la garganta cuando pienso en como salí de allí, vivo de milagro.

Lo último que puedo recordar es a una pared cayendo sobre mi. No supe más. Lo que si recuerdo es el sueño que tuve mientras estaba inconsciente aquél día. Nunca te hablé de mis sueños, porque tenía miedo (miedo otra vez ¿te das cuentas?), miedo de que pensaras que estaba loco o trastornado  de que te alejaras de mi por que me creyeras un bicho raro o un fenómeno de circo. Perdóname por no ser completamente sincero contigo.

En ese sueño estabas tú, estaba yo, pero también estaban Laura, Pechi, incluso Javi, el muchacho que le salvó la vida a Pechi en “La Laguna” y también estaba ella, la mujer con la que había saciado mi lascivia, para arrepentirme el resto de mi vida: Ángélica.

Recuerdo perfectamente ese sueño, tal y como los llamaba mi abuelo Anwar en su diario, “los sueños malditos” permanecen en mi memoria, todos y cada uno, pero aquél lo recuerdo más que los demás, porque fue la última vez que apareciste en uno de ellos.

Estaba en medio de un bosque, muy frío, cubierto de hielo y de nieve… pero no era yo, sabía que no era yo… caminé hasta llegar a un claro donde habían seis enormes columnas de hielo. En una estabas tú, con tu cabello negro a la altura de los hombros, y los ojos abiertos, estaba Laura con su cabello ondulado color miel, Pechi con sus ojos azules, Javi, con su nariz afilada y Angélica con su rostro inmaculado, tal y como la había visto ese día, antes de que el cerro se destruyera a nuestros pies, pero también estaba yo. Me pregunté como era posible que estuviera allí. Fue cuando vi que el rostro que se reflejaba en el hielo no era el mio, sino el de un niño, un niño al que jamás había visto.

Aún no salía del asombro, cuando las columnas de hielo empezaron a resquebrajarse, una por una y los seis cuerpos quedaron tendidos en el suelo. Fue entonces cuándo lo más espantoso del sueño ocurrió, los seis cuerpos se levantaron, incluso el mio, con la cara pálida por el frío y sangrando por la nariz y la boca, salí corriendo, después de todo sólo era un niño asustado, corrí y corrí… pero justo cuando creía que estaba a salvo, me vi rodeado. Eran los mismos seis cuerpos, rodeándome y no tenía escapatoria. Fue entonces que empezaron a decir al mismo tiempo una frase, tres palabras, primero en voz baja, pero cada vez que lo decían se escuchaba más fuerte, y lo siguieron diciendo hasta que el ruido era insoportable:

Mira a tu lado, Mira a tu lado, Mira a tu lado.

Y eso fue lo que hice cuando desperté. Estaba en un cuarto de hospital, sin tener la más remota idea de cómo había llegado hasta ahí. Olía a los mil demonios, a vómito y a sudor, pero encima del olor estaba cubierto de una capa de polvo amarillento. No recuerdo un momento de mi vida en el que me sintiera más sucio. Era una habitación con una sola ventana, cuya vista se reducía a una pared de ladrillos rojos. Había una especie de sofá frente a la cama y encerrado en una jaula de hierro, un televisor pequeño por el que nadie hubiese dado un peso, incluso en aquella época.

Miré a mi lado, tal y como lo habían indicado los espectros de mi sueño. No pasó nada, pero sabía que tenía que esperar. Tenía el brazo conectado a una bolsa llena de un líquido transparente que goteaba lentamente. Me dolía el hombro, me dolían las costillas, pero sobre todo me dolía la cabeza. Intenté hablar, pero tenía la garganta tan seca que no me salieron las palabras. Lloré en ese momento Cindy, estaba desesperado, no me podía mover, te había fallado y ahora no podía hablar. Empecé a toser, tosí tan fuerte que un enfermero me escuchó y me ayudó a levantarme de la camilla y me llevó al baño donde de tanto toser me dieron nauseas… pero no pude vomitar nada. Pero ¿Qué podía vomitar? Había pasado más de 24 sin comer y lo último que había comido lo había vomitado en la casa de Pechi. “Ya busco a la doctora” fue lo que me dijo el enfermero cuando me llevó de nuevo a la camilla. Y seguí mirando a mi lado, a la puerta de aquella habitación.

Para mi sorpresa conocía a la doctora,  era la amiga de Ángelica, la esposa de Andrade, el mismo policía de la vez que entré a robar a tu casa, cuando todavía tú eras “El Misionario”, el mismo que fue testigo, junto con mi madre de nuestro primer beso, allá en la estación de policía. Fue en ese momento en que dejé de creer en las casualidades y me convencí que hay Una Fuerza mucho más grande que nosotros, que nos guía y nos protege, a pesar de nuestros pecados y nuestras faltas.

Natalia, era el nombre de la doctora, ella fue quien me contó lo que había sucedido. Me habían sacado del cerro, me habían salvado la vida y había sido Angélica la que me había traído al hospital y le había pedido a Natalia que me cuidara. Fue entonces cuando supe de la explosión en las oficinas de “El Mototaxi Express”, y que aunque Pechi y mi mamá habían estado presentes, ambos estaban vivos, tanto que Pechi había sido el que me había quitado de encima la pared que me cayó en Puerto Arturo. Mi madre estaba en una clínica en el centro, recuperándose y hasta donde supe, había entrado en una crisis cuando alguien le había dicho que yo había muerto. Natalia me contó que Andrade, su marido, había tenido que mostrarle una de mis fotos para convencerse de que yo estaba vivo. No podía ser de otra manera.

Pero aunque Pechi y Angélica me habían salvado la vida, ninguno de ellos estaba allí. Estaba tan solo. Tan solo como cuando me escapaba a escondidas de mi casa para recorrer a pie el arroyo que pasaba detrás del conjunto residencial donde vivía cuando nos conocimos, Cindy. Tan solo como cuando vi a mi papá, muerto delante de mi, sin que yo pudiera hacer nada, tan solo como cada noche de mi vida como mototaxi, cuando soñaba con estar contigo, pero me convencía a mi mismo de que aún no era tiempo.

Mientras tanto seguí mirando a mi lado, a la puerta, pero nada sucedió. El enfermero que Natalia había dejado a mi cargo, me suplicó que me aseara un poco antes de llevarme a que me hicieran las radiografías. Cómo pude, aún con el brazo atravesado por la aguja de la dextrosa, me duché y luego me puse la bata que me habían asignado. Y me senté en la cama, siempre mirando a mi lado, a la puerta. Fue en ese momento cuando le di la razón a mis sueños.

Dos enfermeras pasaron rodando una camilla. No lo podía creer. Pensé que quizás mis ojos me habían engañado, que me había vuelto loco por los golpes que había sufrido, por el dolor. Fue un instante, un segundo, sabía lo había visto, pero tenía que convencerme. Salí de la habitación, descalzo y vistiendo sólo una bata sin ropa interior, estaba tan concentrado que ni siquiera me había dado cuenta que me había arrancado la aguja y que mi brazo estaba lleno de sangre.

Cuando salí vi las enfermeras y la camilla, tenía que seguirlas. Caminé por el pasillo, hasta un letrero enorme que decía “UNIDAD DE CUIDADOS INTENSIVOS” en letras de rojo carmesí. Las enfermeras entraron por una de las puertas y yo las seguí. Aún sin darme cuenta del hilo de sangre que yo había dejado por todo el pasillo.

Entré a la habitación por la que había visto desaparecer a las enfermeras con la camilla. Era una habitación más pequeña que aquella en donde había estado yo. Las enfermeras estaban de espaldas a la puerta, cuchicheando entre ellas, mientras hacían ruido con una bandeja metálica. Pero no fue eso lo que se apoderó de mis sentidos cuando vi la persona que estaba en la cama, golpeada, hinchada, casi irreconocible, y con cables saliendo de ella por todas partes.

Nunca se me va a olvidar, Cindy, porque la persona que estaba en aquella cama, en aquella habitación fría y estéril, eras tú.

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