El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 96. La Rampa.

La luz de los relámpagos entraba a borbotones en el área de urgencias de la “Clínica Santa Mónica”, las luces se había ido dos veces ya y Laura temía que en cualquier momento estas se fueran para siempre. Estaba tendida en una camilla, en el mismo cubículo donde estuvo alguna vez, quizá en otra vida, cuando entró en shock, luego de ver morir a Francisco Espinosa, tendido en el piso de “El Viento Libre”, la misma noche que se había dado el primer beso de amor con Pechi.

Aquella vez, a pesar de haber visto el rostro de la muerte, no estaba tan vacía y solitaria, no como estaba en ese momento. Se miró la mano izquierda. Tenía todos los dedos cubiertos de vendas impregnadas con alguna sustancia marrón. Dolían, eso sí, pero no tanto como la sensación de haber perdido a Pechi para siempre. De sólo pensar que nunca más volvería a ver su sonrisa, ni sus ojos, sentía que una espina le atravesaba el cuerpo, provocando mucho más dolor que el que le había provocado el desquiciado ese de Lastre, que en aquellos momentos debían estar pudriéndose en el infierno, pero ni siquiera eso le daba consuelo.

Ella lo había visto todo, como Javi lo había arrojado al piso y le había pateado el rostro tantas y tantas veces que su cabeza terminó convertida en una masa sin forma, llena de huesos, dientes y sesos. Pero no sólo Lastre había muerto en aquella habitación húmeda, para ella Javi había muerto con él.  ¿Qué clase de monstruo era aquél hombre? El mismo hombre que se había ganado la confianza y el cariño de su madre y de su hermano, el mismo hombre que la había invitado a una cena a la luz de las velas, el mismo que le había salvado la vida a Pechi en una ocasión. Sí, era el mismo que se había aliado con Lastre para destruir “El Mototaxi Express” con Pechi adentro. ¿Cómo había podido? ¿Cómo? Pero todas aquella preguntas sólo eran la manera de confundir su mente para que no le mostrara la verdad evidente: ella había sido la culpable de todo.

“Tú mataste a Pechi, princesita, por tu culpa Javi me mandó a matarlo. Tú te lo buscaste, perra. ¿No fue así que me dijiste?”

Esas habían sido las palabras de Lastre y por más que tratara de ocultarlo, ella sabía que era cierto; le había dado esperanzas a Javi, le habló de posibilidades, sin pensar que él aprovecharía la oportunidad para deshacerse de Pechi. Y pensar que en realidad si empezaba a sentir algo por Javi, algo más allá de la atracción física que siempre experimentó cuando él se acercaba y que en más de una oportunidad sintió la tentaron a explorar las posibilidades de la lujuria sólo con él. Pero todos esos sentimientos y sensaciones estaba muertos, tanto como el cadáver de Lastre, que ya los gusanos estarían devorando con gusto en aquel momento.

Como pudo se levantó de la cama y se dirigió al baño. Quería ver su rostro. Ella siempre cargaba un espejo de mano en su bolso, pero con todo lo que sucedió, ni siquiera sabía donde lo había dejado.

Al ver a la mujer golpeada, con un parpado hinchado, los pómulos manchados de un color indescifrable y varias cortadas, sintió mucha menos pena de la que hubiese sentido por ella misma, por los tiempos en que conoció a Pechi. En ese entonces sólo era la niña rica, frívola y superficial, ignorante de todo lo que pasaba a su alrededor. Ahora era una mujer, que había experimentado el amor, el dolor y la muerte. Aquello golpes y moretones desaparecerían algún día, pero el vacío que sentía al haber perdido para siempre a Pechi, no se iría tan pronto y ella lo sabía.

Se agarró el cabello de tal forma que no le cayeran las hebras sucias sobre el rostro y cuando regresó a la cama, encontró sobre ella el bolso que no había encontrado.

-¿Laura?- dijo una voz femenina detrás de ella, era una enfermera… pero no una de las que le había curado los dedos hacía un rato.

-Sí, soy yo- respondió Laura extrañada.

-El muchacho que vino con usted me pidió que le entregara su bolso.

-¿Javi?¿Dónde está él?

-No sé- dijo la enfermera encogiéndose de hombros- pero también me pidió que le entregara esto.

La enfermera le extendió una hoja de papel escrita por ambos lados. Al recibirla, Laura pensó en otra carta, la que le había dejado Pechi antes de irse, dejándola a ella esperando un hijo que nunca nacería.

-Gracias- le dijo Laura a la enfermera, antes de que esta se fuera.

Se acomodó nuevamente en la camilla y con la luz parpadeante empezó a leer. Sin duda era la letra de Javi.

Laura:

No creas que soy un idiota. Sé que me odias y que nunca me vas a ver con los mismos ojos con los que me viste esta mañana, cuando pareció existir la posibilidad de que algo ocurriera entre nosotros dos. He cometido muchas estupideces, lo sé, pero la más grande ha sido tratar de quitarte la felicidad, porque yo no soy un idiota, siempre supe que tu felicidad estaba con Pechi y no conmigo. Pero me queda la satisfacción de que al menos ustedes tendrán la posibilidad de ser felices, aunque yo esté más allá de la redención.

No sé que fue lo que te dijo Lastre exactamente, pero Pechi está vivo. Y si todo sale bien, estarás con él antes de que amanezca… sólo necesito hablar con él un rato, aunque para hacerlo tuve que mentirle y decirle que estabas en peligro… te dejo todas tus pertenencias y también mi corazón que es tuyo ahora y creo que lo será para siempre.

No me recuerdes con rencor, después de todo, todo lo que hice lo hice por ti, por protegerte, por tratar de eliminar a los que te hicieron daño. Perdóname. Espero verte en otra vida, cuando todo lo que hemos vivido juntos, haya pasado al olvido para siempre.

Te amo.

Javi.

Laura leyó y releyó la carta y las lágrimas le surcaron el rostro de inmediato.

-Está vivo- dijo- está vivo.

Buscó en su bolso su teléfono celular, tenía que hablar con Pechi, tenía que escuchar su voz, tenía que convencerse de que estaba vivo, pero no lo encontró por ninguna parte.

-¡Maldita sea! ¡Maldita sea!

Estaba arrojando el contenido del bolso sobre la cama, cuando la cortina se corrió.

-¡Virgen Santísima, Laura Marcela! ¿Qué fue lo que te pasó?- dijo Adriana poniéndose las manos en la cabeza- ¿Ves lo que te digo? Todo esto es por andar con el mototaxi ese ¿Qué fue lo que te dije yo? ¿AH?

Laura apenas la había visto, más pendiente de buscar su teléfono que de otra cosa.

-Gracias a Dios, Javi te encontró y me llamó. ¿Dónde está él? Quiero darle las gracias.

-Lau- dijo Juan Carlos, al llegar unos segundos después de su madre- ¿Estás bien?

-Sí, Juanca… estoy bien. Sólo que no encuentro mi celular.

-¿Me estás escuchando Laura Marcela? Espero que después de todo esto, te olvides para siempre de ese mototaxi y empieces a reorganizar tu vida.

Definitivamente su teléfono no estaba por ninguna parte. ¿Qué podía hacer?

-Lau, si necesitas algo, ya sabes que estoy aquí- dijo Juan Carlos.

-Gracias, Juanca yo…. bueno creo que si me puedes ayudar.

-¿Cómo?

-¿Si me estás oyendo, Laura Marcela? ¿Qué fue lo que te hizo ese mototaxi? Si fue él el que te golpeó y te dejó así, voy a mover cielo y tierra para hundirlo en la cárcel… tu sabes que yo todavía tengo mis influencias y puedo hacer que pague bien caro por lo que te hizo.

– Préstame tu teléfono, Juanca.

-Claro… pero no tengo minutos, Lau.

-No te preocupes, quiero ver si tienes el número de Pechi allí.

-¿QUÉ? ¿Cómo así que vas a llama al mototaxi ese, después de como te dejó? Mírate como estás… hecha un desastre. No voy a permitir que llames a ese miserable, no señor.- dijo Adriana intentando quitarle el celular de las manos a Juan Carlos- dame eso, dame eso.

Laura ya había aguantado demasiado. Con la mano que tenía ilesa apartó a su madre de su hermano y tomó el celular.

-Ya me tienes harta, harta Mami. ¿Sabes quién me hizo todo esto? El mismo tipo que trabajaba para mi papá, ahora trabajaba para tu adorado Javi, que es un asesino, un criminal…¿ese era el hombre con el que quería que me casara? Ah pero claro, como tu te casaste con mi papá que era igual o peor…

-¿Cómo te atreves a…?

-Ya yo soy una mujer, Mami, no tienes ningún derecho de meterte en mi vida y si crees que puedes venir a darme cantaleta estás muy equivocada. Si tu no quieres a Pechi por tus absurdos prejuicios, ese es tu problema… y creo que ya va siendo hora de que yo busque donde vivir… no puedo vivir más con alguien que prefiere ver fantasmas que ver la realidad. Juanca, préstame el teléfono.

Laura buscó el nombre del hombre que amaba y efectivamente estaba allí. Salió en busca de la enfermera que le había entregado la carta de Javi y le suplicó que le permitiera hacer una llamada de celular. La enfermera estuvo de acuerdo.

El teléfono sonó varias veces, pero Pechi no contestó. Al séptimo intento dejó un mensaje de voz.

-Pechi, soy yo, Laura… estoy en la Clínica Santa Mónica, tengo tantas cosas que hablar contigo… no te preocupes, estoy bien, sólo necesito verte… te amo, Pechi, te amo, ojalá puedas venir pronto. ¿Por qué no contestas? Bueno, te dejo porque me prestaron un minutico nada más. Ven pronto.

Laura regresó a su camilla, si bien no tranquila, al menos con la esperanza de ver a Pechi de nuevo.  Adriana no volvió a entrar al cubículo y Juan Carlos la acompañó, mientras afuera llovía a cantaros. Poco después llego el médico con la orden de salida.

Ya estaban en la recepción firmando los documentos de salida, cuando una ambulancia llegó a la puerta del servicio de urgencias. No bien los enfermeros habían abierto la puerta, cuando un hombre con la cara llena de sangre y con el cuerpo cubierto de polvo, apareció gritando. Los enfermeros trataban de calmarlo, pero el hombre parecía inmune a las palabras.

-Es el paciente que encontraron en Puerto Arturo- dijo uno de los sujetos que había salido de la ambulancia.

-¿Puerto Arturo? ¿Qué pasó en Puerto Arturo?- preguntó Laura en voz baja.

-¿No sabes? Hubo un derrumbe y hubo muertos y de todo.

Laura observó a Adriana del otro lado de la sala de esperas, más pendiente del sujeto sangrante que de sus dos hijos.

-¡Mi Hija!- gritaba el hombre, mientras lloraba sin consuelo- ¡Suéltenme! ¡Suéltenme!

Todos los papeles estaban firmados, cuando el sujeto se liberó y arrojó a los enfermeros al piso. Corrió hasta donde estaba la enfermera recepcionista y se armó con una silla.

-¡Apártense! ¡Tengo que buscar a mi hija! ¡Quítense del medio!

Parecía que mientras más gritaba, más sangraba y peor semblante adquiría. La herida que tenía en la cabeza se veía muy profunda. Uno de los enfermeros se acercó, intentando calmarlo, pero el hombre lo golpeó con la silla. Laura puso a Juan Carlos detrás de ella, mientras las enfermeras y enfermeros veían el espectáculo impotentes. Los familiares de los pacientes, incluyendo a Adriana estaba aterrorizados de espaldas a la pared del fondo. Nadie se atrevía a interceder ante el sujeto. Entonces ella dio un paso adelante.

-¡Aléjate!- le dijo el hombre.

-¡Laura no!- dijo Juan Carlos, al verla caminar hacia el sujeto.

-Me llamo Laura- dijo ella levantando las manos- ¿Y tu?

-¿Qué te importa? ¡Aléjate! ¡No te acerques!

-Mira, no eres el único al que le han pasado cosas malas hoy. ¿Crees que eres el único que has perdido a alguien? No es así, mírame a mí- dijo Laura mientras el sujeto parecía prestarle atención- si tu hija está viva, la encontrarás, pero así como estás no llegarás muy lejos, tienen que atenderte.

-Pero y si… -dijo el hombre llorando mientras bajaba la silla- ¿Y si está muerta?

-Entonces no creo que ella hubiese querido que te comportaras así- dijo Laura, acercándose, mientras el sujeto bajaba la silla. Y se sentaba en el suelo llorando. Laura le acarició el rostro, mientras los enfermeros se hacían cargo.

Todos la miraron agradecidos, e incluso una anciana mayor que había estado junto a su madre la abrazó.

-Eres muy valiente, niña- le dijo. Nunca se había sentido más orgullosa de sí misma.

Salió a la puerta, junto a su hermano y su madre, esperando que llegara un taxi y se dio cuenta que estaba en el mismo lugar donde había visto a Pechi, la noche en que Dana se había intoxicado, lo había visto allí, al pie de la rampa,cargando una caja en el hombro. De repente sintió que alguien la estaba mirando. Volteó lentamente y lo vio.

No cargaba ninguna caja, estaba empapado de pies a cabeza, con el cabello negro ocultándole el rostro y los ojos azules perdidos en la lluvia, pero era él. Laura corrió a toda velocidad por la rampa, tenía que convencerse que no era un fantasma, que no era una aparición, que realmente era Pechi, de carne y hueso.

Allí en medio de la lluvia lo abrazó con todas sus fuerzas, lo acarició y lo besó, mientras él trataba de hacer lo mismo. Tenía tantas cosas que decirle, pero sabía por donde tenia que empezar.

-Te extrañé tanto.

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