El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 97. El Héroe.

Estaba cayendo. Podía ver las gotas de lluvia a su alrededor y en el horizonte los relámpagos danzando en un cielo oscuro y sin estrellas. Caía. Pero no había donde caer, la carretera, el piso, la tierra había desaparecido y sólo había un inmenso vacío, la oscuridad, la noche, el miedo y la desesperación. Era allí hacia donde se dirigía, en una caída eterna y sin fin. Así era como terminaría todo. Era eso lo que él merecía. Vio cada uno de los rostros de aquellos a quienes les había quitado la vida, uno por uno, pero ya no recordó sus nombres. El puente de donde había caído se alejaba cada vez más y allí estaba él, sosteniendo las barandas y gritando su nombre, mirándolo con sorpresa y miedo, con aquellos ojos azules, tan azules como el cielo de la sabana. Estaba tranquilo. Él la protegería y no permitiría que alguien le hiciera daño. Cuanto la había amado, pero él lo había arruinado todo y la había perdido para siempre y ahora sólo caía.

Se preguntó si alguien lo extrañaría. Se preguntó si quedaba alguien en el mundo capaz de llorar por él, y por más que trataba de encontrar a alguien , no podía hallarlo entre sus recuerdos. Su madre y su padre lo habían abandonado, no había vuelto a saber de ellos y seguramente hasta se alegrarían de saberlo muerto. ¿Que tal amigos? Pero no, no tenía amigos. Aquellos que trabajaban para él, no estaban con él por gusto, sólo por plata. Pechi había sido el único que le había brindado su amistad sincera, pero él lo había traicionado, había enviado a alguien para que lo asesinara. Nunca más volvería a verlo. Jamás volverían a ser amigos. Quizás Cristian si lo lloraría ¿No? ¿A quién quería engañar? Cristian nunca había sido su amigo, sólo era alguien que era amable con él porque quería llevárselo a la cama, alguien que lo veía como un trozo de carne, útil para satisfacer su lujuria, pero nada más, tal y como él lo había hecho con Angélica. ¿Y Fedorov? El parecía estar interesado en él, no en el mismo sentido que Crisitian, sólo en su capacidad para matar, en hacer daño, en destruir. Pero él ya estaba destruido y sólo seguía cayendo.

Sólo quería chocar con algo y que todo acabara, no sentiría pena, ni dolor, ni angustia, no volvería a sentir nada. Ni alegría, ni satisfacción, ni amor. Sólo quería dejarse llevar por el olvido y desaparecer para siempre. Sólo entonces dejó de caer. Algo lo había movido y lo halaba en todas las direcciones. ¿Que rayos era lo que estaba pasando? No podía ser que él… no, era imposible, imposible.

Sintió que lo sacudían nuevamente y el cielo oscuro desapareció junto con los relámpagos, la lluvia y el rostro de Pechi. Y el mundo se iluminó nuevamente con un tono naranja que hacía que el frío desapareciera. Sólo entonces comprendió que no estaba muerto.

Abrió los ojos y vio como las nubes se teñían del mismo color naranja de sus sueños. Escuchaba el sonido de un motor. Se movía. Sonrió. Estaba vivo. Vivo. Estaba tan contento que le tomó varios minutos sentir el dolor. La espalda, los brazos, las piernas y la cabeza, todo le dolía. Estaba rodeado de tubos. Pero era tubos enormes, tan grandes que él hubiese podido caber perfectamente en uno de ellos y hubiese sobrado espacio. Estaba en un vehículo, en un camión, y estaba rodeado de tubos.

En el primer intento que hizo por levantarse tuvo que aferrarse de la carrocería para no caer al fondo. ¿Dónde rayos estaba? Sólo veía ¿Manglares?¿Acaso eran manglares? Sí, eran manglares, de ambos lados de la carretera, sólo había un lugar así y el lo conocía muy bien, porque era el mismo camino hacía donde se escapa los fines de semana con sus amigos del colegio, antes de que su familia cayera en desgracia. Era la vía para Santa Marta. Pero ¿Cómo había llegado tan lejos? ¿Cómo? Si estaba allí, ya habían pasado por Barranquilla, por su tierra y él no se había dado cuenta. No lo lamentó. Después de todo, Barranquilla le había quitado todo.

Se tocó por todas partes, estaba húmedo y se sentía con algo de temperatura, lo normal por haberse quedado más de cinco horas en ese estado, pero no tenía huesos rotos y los malestares que sentía, se empezaban a disipar. Tenía que buscar un lugar donde bajarse. No quería ni imaginar donde terminaría si esperaba que el camión se detuviese, pero tampoco era como si tuviera muchas opciones. Lanzarse de un camión en movimiento era un suicidio. ¿Pero acaso no era eso lo que él quería? Para eso había citado a Pechi en el puente peatonal, por eso se había lanzado al vacío. Para eso. ¿Entonces por qué ahora tenía tanto miedo de morir si se lanzaba del camión? ¿Por qué?

-Porque quiero vivir- dijo Javi sin que nadie lo escuchara.

Fue fácil encontrar un patrón. El enorme camión emitía un sonido agudo cuando disminuía la velocidad, era en esos momentos en que podía saltar sin hacerse daño. Se aferró a la carrocería y se pasó del otro lado, desde donde la carretera parecía llamarlo como un canto de sirena reclamando a su marinero.

Luego escuchó el sonido agudo y Javi pudo descender del camión. Casi se le sale el corazón por la boca cuando vio que otro camión venía detrás y se arrojó hacia un costado de la carretera y cayó por la pendiente hasta un enorme banco de arena. Pudo ver el mar del otro lado de los árboles. ¿Cuánto hacía que no lo veía? Lo había visto en el avión que lo trajo de Europa sano y salvo, luego de pactar con Fedorov la destrucción de Puerto Arturo, pero hacía mucho tiempo, años que no lo veía así de cerca, espumoso, sucio y fresco. Se levantó e intentó sacudirse, pero era inútil, tenía arena hasta en lo boca y necesitaría de un baño para poder quitársela.

Fue entonces que escuchó los gemidos. Había alguien cerca. Del otro lado de los árboles. Javi pensó que quizás habría alguien que lo podría ayudar, quizás prestarle algo de ropa y llevarlo hasta Barranquilla. Se asomó entre los arboles y entonces fue que los vio.

Había un todoterreno rojo, pequeño, pero nada barato, a juzgar por la marca y por la manera en que brillaba con la luz del amanecer. Tenía la puerta del conductor abierta. Un hombre dentro del carro sostenía a una mujer desnuda, cubriéndole la boca, mientras el otro la penetraba de pie, frente a él. Esos eran los gemidos que había escuchado. La muchacha lloraba. Tenía un párpado sangrando. Igual al que tenía Laura cuando él la encontró con Lastre.

-Laura- dijo Javi en voz baja.

-Ya, dale, ven me toca a mi- dijo el sujeto que cubría la boca de la muchacha, que no parecía tener más de 20 años, quizás 18 cuando mucho.

En el instante en que el sujeto dejó de cubrirle la boca, ella grito.

-¡Ayúdenm…!

Pero el otro sujeto le cubrió la boca y cambió de lugar con el que había estado penetrando a la chica.

-Vamos a ver ahora, zorrita… si te gusta que te den por detrás.

La muchacha volvió a gemir tan fuerte que Javi la escuchó con claridad, pero el otro sujeto le dio un puñetazo.

-Cállate, zorra… esto era lo que querías anoche, no me digas que no. Pilas, Paco… dale de una vez, que después me toca a mi de nuevo.

El tal Paco estaba a punto de lograr su cometido, ante los gemidos de dolor de la muchacha, cuando Javi le propinó un golpe con un tronco seco que había encontrado junto a los árboles.

-¿Qué haces hijueputa?- dijo el otro sujeto arrojando a la muchacha a la arena. Javi reconoció aquellos ojos rojos y aquél hálito rancio. Había visto morir a alguien así. Estaban drogados.

El sujeto, desnudo corrió hacia Javi que lo volvió a golpear con la tranca, pero se levantó y corrió hacia el nuevamente. Javi soltó el pedazo de madera y empezó a enfrentarse con el a los puños. Pero tuvo que detenerse, el otro sujeto estaba encima de la muchacha nuevamente.

-¡Quítate!- gritaba ella, pero él le colocó una mano en la boca.

Javi volvió a coger la tranca y golpeó al sujeto por el estómago y se lo quitó de encima a la muchacha. Entonces no vio su cara, sino la cara de Lastre y no vio la cara de la muchacha, sino la de Laura y empezó a golpear al sujeto sin misericordia. Recuperó el control cuando el otro sujeto, el tal Paco, le arrojó arena en los ojos y empezó a golpearlo. “Demonios” Aún estaba débil, y hacía mucho que no comía nada. Paco le colocó el pie sobre la cabeza, mientras estaba en el piso boca abajo. Era cuestión de tiempo nada más para que Javi se asfixiara con la arena. Pero la presión del pie cedió y Javi pudo levantar la cabeza , justo para ver como la arena se teñía de rojo, de la sangre del violador, mientras la muchacha sostenía una piedra puntiaguda con las dos manos.

-¿Por qué no los arrojamos en el mar y dejamos que se los lleve la corriente?- preguntó la muchacha, que se vestía mientras Javi arrastraba los cuerpos hacia los manglares.

-En el mar, saldrán a alguna parte y los van a encontrar, aquí se pudrirán y el olor no los delatará.

-¿Cómo lo sabes?

-Lo leí en el periódico una vez. ¿Cómo te llamas?

-Katia

-¿Y tus amigos? ¿De dónde los sacaste?

-Estaba en una discoteca, por los lados de la 72 y empecé a bailar con uno de ellos- dijo la muchacha, Javi se dio cuenta que tenía cierto parecido con el tal Paco- y pues me dijeron que me darían plata si estaba con los dos.

-¿Y tu aceptaste?

-No, me trajeron aquí a la fuerza- dijo ella tratando de no llorar, o al menos eso creía Javi.

Sacó la billetera del bolsillo trasero de Paco y vio sus documentos. “Francisco Andrés Dancour Dominguez” vio que en las fotografías el parecido era aún mayor. Le quitó el pantalón y la camiseta, manchada de sangre.

Javi empezó a desvestirse en frente de la muchacha.

-Si quieres te volteas- le dijo- sólo me estoy cambiando de ropa.

-Gracias- le dijo- eres un héroe.

-¿Yo?

La muchacha dijo sí con la cabeza.

-¿Crees que yo era la primera que traían acá? Sólo Dios sabe a cuantas le habían hecho lo mismo.

Javi vació el contenido de su vieja billetera en la billetera de Paco y se la metió al bolsillo.

-¿Sabes dónde están las llaves?- le preguntó a la muchacha, mientras arrojaba los cuerpos al fango.

-Están pegadas en el carro.

-Perfecto, este héroe necesita llevarte a un hospital.

-Estoy bien, no es que haya sido la primera vez que me haya pasado algo parecido.

-¿Quién?

-El marido de mi tía, se cobra muy caro que me quede con ellos.

-¿Y tus papas?

-Se largaron. Mi papá se fue para Venezuela y mi mamá para Bogotá. Me dejaron sola.

Javi ya se había subido al todoterreno y había girado la llave, cuando Katia volvió a hablarle.

-Llévame contigo.

-Claro, te voy a llevar a Barranquilla… tu héroe no te va a dejar abandonada aquí.

El vehículo arrancó y Javi se internó rápidamente en la selva de manglares. Dejando atrás la playa. Hacía unas horas había estado a centímetros de morir, ahora tenía un carro todoterreno y estaba más vivo que nunca.

-Llévame contigo, no quiero regresar a mi casa- dijo Katia.

Javi frenó el carro en seco.

-Te voy a dejar algo en claro, yo no soy ningún benefactor y apenas te conozco ¿por qué crees que te voy a dejar venir conmigo?- preguntó Javi.

-Porque estás tan sólo como yo- respondió ella.

Javi abrió la puerta del copiloto.

-¡Bájate! ¡Qué te bajes! Hasta aquí llegó tu héroe. Y si se te da por ir a la policía, recuerda que también te ensuciaste las manos…

-Yo nunca te traicionaría- dijo ella, antes de que Javi pusiera el vehículo en movimiento.

Arrancó tan rapido que la billetera que había dejado sobre la guantera, se cayó al piso. Javi se detuvo y abrió la billetera, para organizar su contenido. Puso todos sus documentos en la parte de atrás, mientras que dejó los de Francisco en la parte de adelante. Tardarían mucho en encontrar los cuerpos de esos degenerados y se parecía lo suficiente a Francisco o Paco, como para poder utilizar sin problemas su identidad. Entonces vio la tarjeta. Era la tarjeta amarilla que Demyan le había entregado como parte del pago por lo de Puerto Arturo. “Dios, no puedo creer tanta suerte”. Entonces miró por el retrovisor. Tenía el cabello desordenado, pero su nariz afilada lucía perfectamente en su rostro y atrás estaba Katia esperando.

¿Y si no era suerte? Quizás era la oportunidad que le estaba dando el cielo de continuar y hacer las cosas bien. Y Katia era parte de esa oportunidad. Giró el auto y puso rumbo a Santa Marta. Se detuvo frente a ella y abrió la puerta del copiloto.

-Te juro que no te vas a …

-Shhh

Javi arrancó el auto, sin tener aún una idea clara de hacia donde se dirigía y mientras veía como el sol se alzaba con fuerza en el firmamento se dio cuenta que no sólo había recobrado su vida, sino que a diferencia de antes, ahora no estaba solo.

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