El Mototaxi

Libro 1 de "El Mototaxi"

Capítulo 100. El Fin.

Los pisos y las paredes de vidrio reflejaban la luz infalible del mediodía a través del techo aún sin terminar. Ya los obreros se habían marchado a almorzar y sólo quedaba él en medio de aquella soledad infinita.

Al terminar todo, sería como si nunca hubiese sucedido nada. Se preguntó que pasaría si en la vida todo se pudiera arreglar así, con cemento, bloques y tejas nuevas. Pero no, la vida no era así de sencilla, y los errores que cometes tarde o temprano pasan su cuenta de cobro, y en ocasiones es un precio muy difícil de pagar.

En unos días reabriría la oficina, “El Mototaxi Express” sería el mismo de antes, Ludis se encargaría de eso, pero él sabía que en realidad, no lo sería jamás. Caminó por el lugar vacío y observó el lugar donde se solía sentar Claudia, la recepcionista. Ahora ella no regresaría y alguien más tomaría su lugar. En unos meses sólo su familia se acordaría de ella, pero todos los demás la habrían olvidado y se preguntó si eso sería lo que pasaría cuando el muriera. ¿Sólo Salma y Kate lo recordarían después de un tiempo? Aunque quería convencerse de lo contrario, sabía que la realidad era más dura de lo que quería creer.

-Buenas- escuchó una voz proveniente de la puerta del lugar.

-Sí, buenas ¿en que lo puedo ayudar?- dijo Pechi observando a un muchacho en la puerta con un paquete en la mano.

-Aquí es “El Mototaxi Express” ¿Verdad?

-Sí, pero no estamos recibiendo paquetes en el momento, como puedes ver no hemos abierto aún, pero la próxima semana…

-Bueno, de hecho, vengo a entregarle un paquete al señor Pedro Viloria ¿Es usted?

-Sí, soy yo.

-Me pidieron que se lo entregara en persona, estuve en su casa en Majagual, pero no había nadie y me dijeron que lo podía encontrar aquí también, me firma aquí por favor, gracias.

La luz se filtraba por el techo e iluminaba el paquete que Pechi sostenía con ambas manos, no tenía remitente y el muchacho ya se había marchado para preguntarle. Sintió miedo, pero últimamente era todo lo que sentía. Miedo de lo que le diría Laura cuando se encontraran en unos minutos, miedo de que a su mamá o a su hermana le pasara lo mismo que a Cindy, miedo de que al abrir aquel paquete, todo el lugar explotara nuevamente. Pero no podía vivir con miedo eternamente, ya era hora de dejar atrás todos los terrores que tenía, incluso aquellos que se aferraban a su corazón desde niño.

Le quitó el papel protector  al paquete y una pequeña caja rectangular de madera quedó al descubierto. Pechi la abrió con mucho cuidado. Dentro de la caja había una hermosa cadena de oro, con un dije circular con un sol grabado en el medio. Ya se estaba preguntando quien le podría haber enviado aquel regalo, cuando de la caja cayó una hoja de papel que Pechi recogió del piso.

“Pechi” empezaba la nota.

“No había tenido la oportunidad de agradecerte el que me hayas salvado la vida aquél día en Puerto Arturo, me hubiese gustado hacerlo en persona pero he estado ocupada en la escuela de formación y además no quiero incomodar a Nane con mi presencia. Este pequeño regalo es una muestra de mi agradecimiento, era de mi papá y yo la guardaba como un tesoro para poder recordarlo, pero me di cuenta que el mejor recuerdo de él lo tengo en mi memoria y que él estaría orgulloso de que lo portara el hombre que me salvó la vida. Al respaldo están todos mis datos, si algún día necesitas algo o hay algo en lo que te pueda ayudar, no dudes en hacérmelo saber.  De nuevo muchas gracias por todo.”

“Atte. Angélica Palomino Romero.”

Pechi salió de la oficina en construcción observando la medalla y sintió felicidad y se permitió por primera vez en mucho tiempo, una veta de orgullo en su corazón. Allí mismo se colocó la medalla y luego de cerrar el lugar, salió a cumplirle la cita a Laura. Decidió caminar.

Sintiendo como la brisa veraniega se colaba entre los árboles y en su cabello, observó como todo volvía a la normalidad, el ambiente volvía a ser el mismo de antes y el miedo se había ido. Si tan sólo se pudiera ir de su corazón también así de fácil. Recorrió a pie la Avenida Ocala y luego siguió por la Luis Carlos Galán. Y se vio a si mismo, en el pesado, en las calles, buscando pasajeros, regateando con ellos y pasando los semáforos en rojo sólo para demostrar que tenía agallas. Que tonto e inmaduro había sido en aquel tiempo.

Vio a lejos la valla que Ludis había mandado a poner para anunciar la reapertura del negocio, pero esta vez había utilizado un modelo de verdad. Aunque estaba agradecido de no ser ya la imagen de “El Mototaxi Express”, extrañaba que lo reconocieran, en especial los niños. Pero mejor no seguía pensando en niños. No quería hacerlo.

Llegó con cinco minutos de anticipación al lugar de la cita, la escultura de la fandanguera justo frente a la Plaza de Majagual. Parecía sonreír en medio de aquél lugar que había vivido el horror hacía dos años; él había estado allí y había visto la explosión y el techo del arco viniéndose al piso con todas sus fuerzas. Ahora todo estaba igual que antes, como si nada hubiese pasado. Sólo una placa debajo de la tarima de las banderas, con los nombres de aquellos que murieron aquella noche allí, recordaba el suceso, pero en todo el tiempo que Pechi observó el lugar, ninguno de los transeúntes se digno a verla. Quería tener fe en la gente, pero era demasiado difícil hacerlo.

En esas estaba, cuando una motocicleta se ubicó frente a él.

-¿Moto?- dijo el sujeto que iba sobre el vehículo.

-No, gracias, mi hermano… estoy esperando a alguien- respondió Pechi.

-Ese alguien fue quien me envió- dijo el sujeto subiéndose el visor del casco.

-¿Nane? No me digas que estás de mototaxi de nuevo- dijo Pechi viendo a su amigo sonreír por primera vez desde la muerte de Cindy.

-Esta es la última carrera que hago, y ya me la pagaron, así que súbete y no preguntes.

Pechi obedeció y vio como Nane lo llevaba a través de aquella ciudad que tanto amaba. Se pregunto si la vida le daría tiempo de hacer algo por ella, quizás podría aceptar la oferta que le había hecho los mismos habitantes de Puerto Arturo, cuando él los fue a visitar en el lote que les había ofrecido el gobierno para que abandonaran el cerro, con sus preciosas reservas de Litio, por las que Aarón Paternina y Demyan Fedorov habían estado dispuestos a matar. Pechi quería luchar por ellos, por su gente, pero no sabía si el tiempo le alcanzaría.

Apenas si se dio cuenta que Nane lo había sacado ya de la ciudad y se dirigía a un lugar que él conocía muy bien, porque era el lugar donde se había dado el primer beso con Laura.

-Hasta aquí llegó la carrera, príncipe encantado… ponte las pilas y no hagas esperar a la princesa- le dijo Nane, mientras él se bajaba de la motocicleta-  ¿y esa cadena?

-Es un regalo de agradecimiento… ¿Y tú? ¿Cómo sigues?

-Sigo vivo y eso es lo importante. Te recomiendo que leas mañana “El Manifiesto”, te puedes encontrar una sorpresa- dijo Nane sonriendo y marchándose de aquél lugar.

A unos doscientos metros de donde lo había dejado Nane, vestida de blanco, de espaldas hacía él  y con el cabello moviéndose a la par del viento, estaba Laura Curiel. El corazón se le aceleraba a cada paso, pensando en lo que ella le podría decir a continuación, aunque en el fondo él ya lo sabía. Su teléfono vibró. Era un correo electrónico de un tal “MOTOTAXIJL”. Pechi abrió el mensaje y vio una foto de una cerveza con un nombre extraño y con una playa al fondo.

“Protégela y Hazla Feliz”

Decía la frase escrita sobre la foto y Pechi supo entonces quién la había enviado.

“Hijueputa” pensó Pechi sonriendo, mientras se aproximaba al lugar donde estaba Laura esperándolo.

Pechi se colocó a su lado, mirando la ciudad bajo el sol inclemente de las dos de la tarde.

-¿Recuerdas la ocasión que me trajiste hasta aquí?-preguntó ella.

-Sí, la recuerdo muy bien… fue la primera vez que te di un beso. ¿Por qué estamos aquí Laura?

-Sólo quería recordar- dijo ella bajando la cabeza.

-Laura, sea lo que sea que me vayas a decir, quiero que sepas que te amo y que siempre voy a estar a tu lado y un pedazo de papel no va a cambiar eso. Si vamos a enfrentar la muerte, que sea los dos juntos, sólo tú me puedes dar la fortaleza que necesito y yo voy a estar aquí para ti, para que jamás, nada ni nadie te haga daño.

-¿Es verdad todo lo que me estás diciendo?- preguntó ella mirándolo a los ojos.

-Te lo juro.

Entonces Laura sacó de sus bolsillos y un papel doblado con la palabra “laboratorio” impresa en una de sus caras.

-No sé qué pasó Pechi… pero tienes que leerlo.

Pechi tomó el papel, pidiéndole a Dios resignación para aceptar su destino. Abrió lentamente la hoja y vio que algo no encajaba. La fecha y el tipo de examen no coincidía con el que él estaba esperando.

-Me lo hice esta mañana. Aún no sé como pasó… pero…

Bajo el sol inclemente de la sabana, con su tierra en el horizonte y con la mujer que amaba a su lado, Pechi se liberó de todos sus miedos y dio gracias a Dios por haber nacido y por hacerlo tan dichoso, justo en el momento en que el viento veranero le arrancara el papel de sus manos y él levantara a Laura del piso, aceptando la felicidad que le estaba ofreciendo la vida, con la oportunidad de ser… papá.

*FIN*

 

 

 

Anuncios

Navegación en la entrada única

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: